(escrito el 13 de Julio de 2012).
Las historias… casi siempre tienen un final.
Las historias… casi siempre tienen un final.
Odio los finales, porque si la historia logró conmoverme, el final me hará llorar.
Hace unos días decidí terminar con la historia de un guardián. Un guardián que por mucho tiempo “nos” miró, y nos prestó mucha atención. Aunque tenía una mala costumbre: “caerse”.
El guardián no es otro que un portarretratos que recibí de regalo en el 2008. En él estaba una fotografía donde Carlos y yo aparecíamos muy juntitos, apretados, en los asientos de un barco que nos llevaba de un país a otro, cruzando un río –que en realidad es un estuario- con nombre de metal precioso.
Ya lo saben… ¿no?... es una foto que nos tomamos en ese espectacular viaje a “la patria de la primavera” (según Sabina)… en la mismísima tarde donde conoceríamos el “medio y medio”… donde una guía nos enseñó que el portoñol es una lengua graciosa… y donde, con cara de situación, tomaríamos una fotografía a un monumento… “a la carreta” (lo escribo y me río).
De inmediato puse el portarretratos en un librero junto a mi cama. Cambió algunas veces de lugar, pero siempre estuvo en mi recámara… siempre viendo a nosotros… siempre –parecía- vigilante.
Era raro… cada que limpiaba (sacudía) los muebles de mi recámara (disculpen los millonarios, nunca tuve “servicio”), el marco (llamémoslo así) se caía… se daba cada putazo que qué barbaridad… yo me encabronaba… yo “le echaba bronca”…
Tal vez… y sin mayor pena a que me tiren de loco… años después creí que esa era una señal, una advertencia a la que nunca presté atención…
Recuerdo, que entre lágrimas y llanto de tragedia, mi psicoanalista comentó: “eso no es una advertencia… eso es un acto fallido… -¿del portarretratos, doctora?, pregunté yo”… reí por un momento.
La historia se sabe… Carlos y yo terminamos una relación que, más que todos los años que duró… dolía que la pasión se hubiera ido… que el amor, se hubiera exiliado… y que alguien más, hubiera entrado.
O bueno… debo decir que esa es mi versión de la historia… que como siempre, tiene muchas historias.
En una comida, unas semanas después de que nuestra relación terminara (comida que habíamos pactado tiempo atrás, en dónde sólo estaríamos él y yo), le comenté a Carlos que había quitado todos los marcos que con el paso del tiempo, había comprado y puesto con fotos nuestras (aproximadamente 8) en mi recámara. Le dije que había decidido dejar el marco que él me había regalado, porque era –de todos- el que más me gustaba. Carlos se mostró intrigado, pero con una mirada de: “¿en serio?”… me pidió que, tan pronto llegara a mi casa, revisara el espacio en dónde se coloca la fotografía.
Esa noche descubriría que Carlos me había dejado un tesoro dentro del regalo… un tesoro MUY bien guardado… pasó muchos años ahí, sin ser visto.
En el espacio en donde se coloca la fotografía, Carlos puso una segunda fotografía… una que nos tomamos debajo de la torre de los ingleses, frente al parque San Martín (lugar icónico en Buenos Aires… y que está justo, frente al mausoleo de los caídos en la guerra de las Malvinas), al fondo en la foto se ve la pared del mausoleo y la bandera Argentina. La fotografía tiene una dedicatoria:
“Me pregunto cuánto tiempo estará oculta la versatilidad de este portarretrato… jejeje.
Ya que la descubras podrás elegir la apariencia que más te agrade. Para mí, ver cualquiera
de las 2 fotos será siempre maravilloso.
Gracias por estar conmigo y por regalarme cosas tan grandes y a la vez tan simples como
tu linda sonrisa.
Te amo Leo…
Carlos G.”
Vaya sorpresa…
Vaya situación…
Vaya desesperación y momento tan difícil el que se venía para mí.
Tan sólo unos días después de nuestra ruptura, se venía el viaje que habíamos planeado por casi un año (esto también lo saben ya). Carlos no iría a ese viaje. Yo me lanzaba a una aventura, que las primeras horas me llevaría a un museo (mmm… un cementerio simbólico) de relaciones rotas. Un lugar en la que un miembro de lo que alguna vez fuera una relación (usualmente el que se denomina “el afectado”), donó un artículo que le recordaba ésa relación, y contaba la historia de ése artículo en la relación…
(La mujer que atendía el museo me veía con cara de impacto cuando rompí en llanto al entrar a la exposición y decidí mejor ponerme los lentes obscuros para que no me vieran “tan” mal).
Pues bueno… supongo que a estas “alturas del partido” saben por dónde va esto, ¿no?
El próximo lunes 16 de Julio… el portarretratos que Carlos me regaló unos meses después de que “nos volvimos de Buenos Aires”…. llegará a su nuevo hogar, justo frente a la plaza de San Marcos, en Zagreb, Croacia (Hrvatska). Me encanta decir esta palabra… ¡Hrvatska, Hrvatska, Hrvatska!... jajaja…
El alguna vez “guardián”, se convirtió en uno de los mayores tesoros que tenía de mi relación con Carlos…
Como buen tesoro (como se lo dije a Carlos recientemente), debe estar en un museo.
Les comparto la historia que acompañará a …el portarretratos…
(en un afán por no morir… pienso que nuestra historia sólo está en una pausa).
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El Portarretratos.
Fue un regalo de nuestro viaje a Buenos Aires en el 2008. Ese viaje nos cambiaría la vida. Coloqué el portarretrato sobre un librero en mi recámara, y ahí permaneció durante 3 años más. Por alguna extraña razón, que yo se la atribuía a un defecto de fabricación, el portarretrato se caía constantemente… eso causó que se dañara el marco.
La relación entre Carlos y yo duró un poco más de 5 años… fue una relación donde predominó el afecto… las palabras y el amor; hasta que me dijo las palabras que sepultaron toda una historia: “ya no te amo”.
En pocos días, nuestra relación dejaría de existir.
En un acto de valor, decidí quitar los más de 8 portarretratos con fotografías de él y yo, excepto éste. A éste le tenía especial cariño. Cuando le dije (en una comida que acordamos) que había dejado el portarretratos en su lugar, me pidió revisar el espacio donde se guarda la fotografía, porque había una sorpresa que había estado escondida por más de 3 años. La sorpresa era una fotografía con una dedicatoria suya…
Esa noche lloré mucho… pensé que, inclusive el portarretratos se estaba despidiendo de nosotros… como un guardián, que ya no tenía a quién vigilar.
Pocos días pasaron, para que él iniciara una nueva relación, saliera del closet… y se mudara con su nueva pareja. Yo ya no existía.
Por algunas semanas el portarretratos se convirtió en algo así como, un tesoro.
Pienso que… si es un tesoro, debe estar en un museo.
Leonardo (México).