(escrito el 10 de julio de 2016).
Camilo,
el chico que me renta el apartamento donde vivo en Bogotá, me llamó antes del
medio día del jueves. Me invitaba a la serenata con mariachis que le llevaría a
su novia, esa noche como sorpresa. Me dijo que todo era una sorpresa y que era
plenamente improvisado.
Yo
pensé, y sigo pensando que, su invitación a que yo asistiera esa noche (pasadas
las 10) a su casa –que por cierto, queda a solo unas calles de la que se hace
llamar, mi casa- era una respuesta
muy elegante, a una cortesía que le hice llegar a los futuros esposos días
antes (unas trufas de Havanna que compré en Lima, acompañadas de una botella de
vino blanco dulce chileno de Undurraga).
“Eres
un snob”.
Daniel,
el chico con quien mi vida se enlazó por más de un mes (el último mes), me dijo
por teléfono, cuando le conté el detalle que les regalé. Me hizo reír
muchísimo, y me hizo sonrojar… porque pudiendo criticar o alejarse de alguien
con claras actitudes al mero estilo Martha Stewart, lo nombró como algo que le
gustaba (y que supo muy bien leer que a mi también).
Él
(Daniel), supo que me tenía pensando en él, cuando a los dos o tres días de
habernos conocido, le dije que había descubierto su segundo apellido (tema
importante para mi). Fue relativamente fácil… no solo encontrar su apellido,
sino involucrarme y abrirme con alguien que, me gustó, desde que nos conocimos…
y fuéramos a cenar pizza con alcachofas y un plato de calamares fritos.
Pienso
que él y yo, desde nuestras muy individuales trincheras, representamos parte de
la sociedad actual.
Estamos
solos. Vivimos dependientes de un grupo de amigos que, claramente, se vuelven
familia… pasamos grandes periodos de tiempo en nuestros trabajos… nos
desplegamos en ellos… y sabemos que no habrá nadie en nuestras casas, esa
noche, cuando volvamos a ellas.
Daniel
y yo sabíamos el riesgo que corren dos personas que se toman demasiado cariño
(demasiado), cuando están separados por cientos de kilómetros. Para ser más
complicado el panorama… cuando se vive en países diferentes.
Llegué
al edificio donde Camilo a las 10:10… fui el primero en llegar al lobby (me
sigue sorprendiendo que en Colombia, una enorme mayoría de edificios cuente con
un Hall de espera, y un vigilante –a
veces con cara de muy pocos amigos- te invite de forma imperativa, que tomes
asiento en un sofá de recepción, junto algún florero pretencioso). De inmediato
llegaron muchas personas (entre ellos, alguien que claramente era su familiar,
pues era un sujeto idéntico a mi landlord…).
Yo, llevaba una bolsita de regalo para la novia (un cactus)… y como en Julio y
Agosto, en Bogotá, hace demasiado viento frío por la noche, me puse una bufanda
azul… que suelo usar cuando me siento inseguro. Cuando necesito protegerme.
Me
la regaló mi mamá en una navidad. Me la compró (porque yo le dije que me
gustaba) en uno de los primeros Bazar Fusión, cuando se ponían en el Parque
México de la Condesa. Me encanta… es una de mis favoritas. Es azul metálico. Es
muy bonita.
Tengo
un cajón lleno de bufandas, trapos y cualquier cosa que te puedas poner en el
cuello… como buen gay, tengo un lado potentemente inseguro, que evito dejar ver
en público; y por algún tema netamente asociado al cliché, una bufanda me hace
sentir mejor.
Después
de un tema logístico, subimos a escondidas los invitados (sus familiares y
amigos… y su inquilino, o arrendador), al apartamento… y entramos al sonido de
una trompeta y una guitarra de esas gigantes que usan los mariachis.
Ellos
(Camilo y su novia)… se abrazaban… lloraban… se besaban…
Ellos
(los familiares y amigos)… sonreían; las nuevas familias se abrazaban entre
ellas… las amigas de ella, lloraban abrazadas… los amigos de el, se daban
palmadas en la espalda, al estilo macho alfa.
Yo…
encontré lugar en el rincón de la cocina (abierta, para mi fortuna)… yo no
tenía lugar ahí, pero fui. Con una bufanda que me hace sentir seguro. Llegué a
pensar que me veía irrisoriamente gay. Me ponía derecho cuando me sentía
observado (¡ponéte derecho!... me
dijo al oído, de forma imperativa, una jefa argentina, cuando en una junta, me
vio dudar. Fue tan imperativo, que me acuerdo de sus palabras, y me da un poco
de miedo). Para mi fortuna, la mamá de Camilo, se acercó (fue la única que se
acercó conmigo), me preguntó quien era yo…
“¡Entonces
tu vives en el apartamento de Camilo acá arriba!... ¿Dime si no tiene la vista
más linda?... ¿Te ofrezco un vino tinto?”.
“Por
favor… vino tinto está perfecto”. Me
tomé tres copas, terminó el mariachi… felicité a los futuros esposos… y me fui
de ahí.
Pensé
en cómo bobadas, como ir solo a una reunión así, requiere de una serie de
profundas bocanadas de aire… me pregunté cómo se habrían conocido (no les
pregunté, llegó un punto en el que más quería yo salir de ahí, que seguir
sintiendo miradas homofóbicas e incriminadoras, que… lo siento, mi seductor
acento de extranjero, no logra atajar).
Pensé
mucho en Daniel esa noche… habíamos hablado, como todas las noches, por varias
decenas de minutos. Por más de una hora y media…
Por
horas…
Daniel
y yo nos conocimos bastante bien. “Estamos conectados”, me dijo en repetidas
ocasiones.
¿Les
he contado mi teoría de cómo se refleja un estado de ánimo en el peinado?
¿No?
Pues
el viernes fue mi turno. Me sentía brutalmente mal, terriblemente mal al
despertar. Llegué casi 40 minutos tarde al trabajo.
Tenía
la presión sumamente abajo. Mi familia (casi toda) padece de presión baja y
temas relacionados al azúcar. Y como buen solucionador de temas médicos con
productos idiotas, incurro al “tómate una coca”…
Caminando,
me vi en el reflejo del pilar de una torre… Me veía fatal… ¡Fatal! “Si te viera
Adrián (mi estilista en México) ¡te mataría!”, me dije. Vine a casa, y dormí horas…
me dolía la cabeza.
La
presión tan abajo me la estaba haciendo pasar muy mal. …Imperativamente mal…
pero en mi orgullo gigante, y sabedor de una enorme potestad, que me he ganado
ante la sociedad, de que puedo hacer todo solo, decidí no pedir ayuda.
Mi
estado de ánimo estaba en el piso… sabía que me costaba hacer cosas solo. Que a
veces duele mucho (muchísimo) estar solo. Que necesitas a alguien que esté ahí…
que te acompañe. Que te procure.
Necesitas
amar… y ser amado.
Días
atrás me había peleado con Miguel. Unas horas atrás, Fabiola me había dicho que
habláramos al medio día para saber cómo estábamos el uno y el otro… pero por
temas de una vida ajetreada, no pudimos.
A
veces, detalles sutiles (y otros no tan sutiles, como el tono de voz elevado
con el que Miguel y yo intercambiamos nuestras opiniones) te golpean… hasta
tirarte el ánimo. A veces, sentirte abandonado… juega como comodín en póker,
cuando has tenido días esforzándote por valerte por ti mismo.
Y
como no quieres hablar del tema, ni afrontarlo, tu peinado y tu cabello lo
hacen evidente, y pareces un maniquí de tienda barata del centro. Y eso, hace
que se te baje la presión.
Daniel
pasaba por un muy mal día, el mismo día que yo. Su viernes no fue nada
agradable.
“estamos
conectados”.
Tristemente,
el chico de la sonrisa encantadora, y el acento serrano… no me tenía a su lado,
físicamente, para recibir un abrazo. Para sentirse querido… para saberse acompañado
cuando la situación está mal. Cuando lo complicado abruma.
Hay
cosas insostenibles. Deal Breakers,
diría él.
La
distancia es, indiscutiblemente, una de ellas.
Horas
después, recordaría en clase que la palabra (o expresión) “cuídate” es un
imperativo. Abbi cura di te. Lo
apunté en mi cuaderno, e hice un subrayado pretencioso… como el que hago cuando
escribo algo que me gusta… es un subrayado, familiar sí, de los floreros que
habitan en las recepciones colombianas.
Estar
solo no es nada sencillo. Es una elección demasiado compleja y complicada, como
para no hablar de ella de vez en cuando. Uno debe tener claro las reglas, y los
Deal Breakers… los no negociables.
Daniel
y yo nos encontramos con uno. Y se siente feo.
Afortunadamente
para mi …yo tengo una bufanda azul…
(gracias
por el libro que me regalaste… lo llevaré conmigo. Estarás en Italia conmigo).