miércoles, 30 de diciembre de 2015

...insultando a la gallega...

(escrito el 30 de diciembre de 2015).

Tal vez esta sea la historia o la reflexión más boba que les pueda yo contar… pero es algo que me ha estado dando vueltas toda esta semana.

He pasado días escondiéndome de una responsabilidad propia. Una de esas responsabilidades que no fueron impuestas por alguien más, sino por uno mismo. Cada año, por muchos años ya, he intentando transmitir el sentimiento que me aborda cuando el año en curso culmina. Este, sin embargo, me tomó un tanto con la mente en blanco.

No tener algo qué querer compartir, o que reflexionar, me resulta patético, hasta el tuétano. Afortunadamente una gallega me ayudó a encontrarlo (irónicamente).

Hace dos diciembres escuché una historia muy simpática, de la hermana de un gran amigo (alguien a quien quise mucho, y quien falleciera justo hace dos diciembres). Ella, con toda su argentinidad, nos contaba a varias personas, cómo una ocasión, en un viaje al extranjero (a Miami para ser exactos), ella y su amiga usaron un dispositivo móvil para ser guiadas en el auto que rentaron. La guía resultó ser una gallega que, ¡las guió ni mas ni menos que a un sentido contrario de una autopista! Un policía las detendría en segundos, y al pedirles una explicación contundente y clara, ella (la hermana de mi amigo), le gritaba (con esa pasión porteña que solo se da en el sur del continente americano) “¡fue la gallega! ¡Joder tío, que fue la gallega!”

Todos quienes escuchábamos la historia de la hermana de nuestro amigo, nos reíamos a carcajadas…

Y dos años después de haber escuchado esa historia, la gallega se apareció en mi vida.

Haciendo uso esta semana en la ciudad de México de un servicio de taxis, escuché esa voz característica… “la gallega”.  Y noté algo, el poder que tiene esa voz de “comando” sobre quien maneja el auto. “El sistema nos está mandando por esa calle” me dijo el chófer, respondiéndome al ser cuestionado (por mi, obvio) del súbito cambio de ruta… y tomando una ruta claramente más peligrosa y poco usual. “No, vayámonos por la ruta original… no le hagas caso al sistema”.  La cara de molestia del chofer no se hizo esperar… su mirada por el retrovisor lo decía todo: “pinche wey mamón… y además de todo, creo que es maricón”.

Cinco o seis conductores de este “mundialmente conocido” servicio de taxis de avanzada (muy aspiracional, pienso) me respondían lo mismo: “el sistema nos está mandando por aquí… el sistema nos está mandando por allá”. Todos ellos recibieron la misma indicación que di al primero (solo que tal vez, de una forma mucho más diplomática y elegante). “No hagas caso a la gallega… vámonos por donde te digo, es mejor y más seguro”.

Y es aquí donde viene la parte boba de mi historia; porque mi mente que a veces se revoluciona por cosas a las que “no debería pararle bolas”… me dejó pensando en la gallega que todos tenemos en nuestra mente, y nos dice que hagamos tal o cual cosa… porque “está comprobado que nos conviene… porque el sistema así lo indica” “porque para brindarle un viaje y una experiencia más placentera, tenemos que acatar esa indicación”. Ante lo cual, sale de ese pequeño porteño que llevo dentro (mezcla rara con chilango absoluto) un: “la puta que la parió, que se vaya a la chingada”.

Un amigo muy querido e inteligente que tengo, el cual llegó a mi vida en la secundaria, digno y fiel defensor de la tecnología y esos sistemas “inteligentes” me hizo saber que yo estaba equivocado (al quejarme del sistema que encarna a la gallega): “es un sistema de recopilación de datos de miles de usuarios que se llama –inserte aquí un nombre técnico que no recuerdo y que no me quita el sueño recordar-“.  Yo, que intento ser un digno defensor de la especie humana y el pensamiento independiente, le respondí: “me vale madres… toma tus propias decisiones, maneja y si sabes la ruta que quieres tomar, dale… no te vayas por donde te dice ella –la gallega-”. Ambos nos reímos y nos vimos con cara de “nunca cambias”… y seguimos disfrutando de nuestra cena a unos pasos de la maravillosa avenida Paseo de la Reforma.

Así que le di vueltas a lo que definitivamente, nadie le importa (pero a mi sí)… y llegué a la siguiente conclusión muy obvia sí… pero que no vale dejar “en saco roto” al estar a horas de terminar el año:

Si ustedes son los conductores de su vida (sus sueños y sus deseos), no dejen que un sistema les indique qué decisiones tomar. Puede resultar peligroso. Por más que les digan que eso les conviene…

Pueden terminar …insultando a la gallega…

¡Mucho (¡harto!) cariño y Felices fiestas!


(con enorme cariño para todos y todo lo que marcó mi año… espero el próximo seguir escribiendo y contarles a cuántos metros debo girar a la derecha).

domingo, 8 de noviembre de 2015

...pienso que lo traigo a la vida...

(escrito el 8 de noviembre de 2015).

Últimamente he tenido problemas con mi nivel de concentración, y evidentemente, con mi nivel de tolerancia a lo que yo considero estúpido.

Lo noto (y se nota desde afuera) con cierta facilidad: no he podido terminar de leer el libro que elegí leer, no me atrapa… sin embargo, “siento”, y me digo a mi mismo –ya saben, en ese “deber ser” nefasto y atosigante que parece, no nos deja ser-, que “tengo que terminarlo”.

Hace ya algunos años, casi diez (o un poco más), en una clase con dos profesores que simplemente no me caían, y con quien tuve mi primer encuentro serio de conflicto de ideas (en el cual me resguardó mi “siempre” fiel compañera de batallas, Fabiola), les escuché argumentar una patología con la imposibilidad de terminar los libros que uno empieza a leer… en lo general, era con la imposibilidad de terminar las cosas que uno inicia. En esa época, me acuerdo perfectamente bien, tuve algunos problemas (considerados por mi “deber ser” como graves), al leer un libro que se convertiría en uno de mis favoritos: “El Retrato de Dorian Gray”. No podía pasar de aquel capítulo –según yo es el XII- en donde Wilde describe con gran precisión detalles y artículos que se albergan en la casa de uno de los protagonistas… uno no se da cuenta, hasta después de haber terminado el capítulo, que es con esa letanía de detalles que el autor da a entender que pasan los años, y como sabemos, Dorian Gray no envejece.

Yo llevé ese texto a mi análisis, con mi psicoanalista de ese momento (la de la calle de Lope de Vega… en Polanco), por mi gran sabido temor a envejecer, y a crecer… el tema pasó, y ese año hice mi trabajo final para esa materia, Psicopatología de la Vida Cotidiana, sobre ese libro.

He intentado dar explicaciones al por qué no puedo avanzar con alguno de los tres libros que tengo como meta para antes de finalizar el 2015… Me respondo que el último que leí fue tal EXPLOSIÓN de emociones y sensaciones magistrales, que aún me niego a dejarlo… En agosto decidí abrir un libro que había visto, por primera vez, en un anaquel de la sucursal de Porrúa, en el centro comercial que lleva por nombre, el nombre de la avenida donde se encuentra y 3 números, ubicado en la Ciudad de México... por una larga historia bastante extraña, terminaría comprándolo en la Feria Internacional del Libro de Bogotá. En aquella ocasión (en México) llamó mucho mi atención la historia en la contraportada –nótese que eso fue hace como 4 años-… Yo ni idea que la vida me traería a vivir a Bogotá… a unas calles de distancia de donde el autor (Santiago Gamboa) decidió darle domicilio al protagonista de “Plegarias Nocturnas”.

Aún hoy, por más imbécil y pendejo… mediocre e infantil que me quieran considerar, cuando paso por el cementerio de Usaquén, toco la pared… pensando en que fue ahí donde Manuel Manrique pintó parte de sus graffitis… y cuando veo pasar un BMW, supongo que es Edgar “Alan” Porras el que va manejándolo.   (Para aquellos que no conocen Bogotá, Usaquén es un barrio o colonia, dentro de la municipalidad o alcaldía con el mismo nombre; es muy famoso por su pintoresco centro, en donde junto, se encuentra un cementerio... Usaquén es el primo lejano de Coyoacán).

“Plegarias Nocturnas” ha sido, para mi, una revelación que impactó de tal forma en mi vida, que me he sentido obligado a contarle esa experiencia a más de uno… (en realidad, a casi todo con el que he hablado).

Una vez, cuando le conté sobre el libro a alguien que, notablemente no le importaba una verga la historia que salía de mi boca (y no podía ver lo emocionado que me encontraba), me acordé de una entrevista que le hicieron a una señora bastante “controvertida”, en relación a una historia que decidió plasmar en un compilado de muchas historias, de muchas mujeres (me refiero a Guadalupe Loaeza, y el libro "Gritos y Susurros" de Denise Dresser)… En esa entrevista, que salió por televisión en un programa especial del Canal Dos… Loaeza hablaba de cómo, cuando descubrió a su entonces novio/pareja… o significant other, con su amante… ella arrancó en ira (al menos eso dijo ella, así lo describió… “ira”… para mi me parecía muy simpático escucharla decir frases muy “Loaeza” como “puntapié”)… El punto al que quiero llegar, es que ella dijo que después de mucho hablarlo con su psicoanalista (recuerdo bien que eso me hizo reír, por obvias razones)… comenzó a contarle la historia a todos… al taxista, a sus amigas… a la gente con la que hablaba… a la cajera de El Palacio de Hierro… etc. Hasta que un día pasó.

Abreacción… ¡lo sé Freud, deja de joderme!

A veces, estando yo en el diván de la última psicoanalista con la que asistía en México, la de la calle de Hegel (también en el barrio de Polanco), y decía algo que ya sabía… algo que era obvio, algo que me chocaba… yo solía gritarme a mi mismo: “lo sé Freud, ya lo sé… deja de joderme”… el silencio de ella, era lo que continuaba a mi queja; seguro porque sabía que cuando ya había llegado a ese punto, yo seguiría hablando. Ya lo sabía… ahora qué haría con ello.

Mi mal humor ha estado caracterizado por una falta de tolerancia casi absoluta a lo estúpido. Mi nivel de diplomacia ha estado en lo más mínimo… casi inoperante. Y no me importa. Esta semana que terminó, dos personas me dijeron que “nunca me habían visto tan enojado”… Por un evento que pasó en el trabajo, salí furioso a unas oficinas del piso superior, y entré a gritarles… Cual loco desquiciado. No es algo de lo que me alegre. Es solo una señal. Y las señales, hay que verlas.

¿Señal de qué?

Señal de que estoy… molesto y saturado. Molesto porque… pues por varias razones, pero se resume a que no siempre las cosas llegan a donde tu crees que llegarán. Molesto porque a veces parece que mi mente se deja controlar, se vende como prostituta venida a menos, a lo que el deber ser le indica que debe hacer…

Y ahí va… de puta, a hacerlo.

Y ahí voy… de pendejo, porque, es lo que debo hacer.

Desde hace unas semanas para acá, decidí atacar ese sentimiento con dos acciones claras… hacer algo que irremediablemente, y sin discusión, hubieran estado en mi lista de cosas que yo “siempre había querido hacer, pero no lo había echo”: aprender italiano… y tomar clases de salsa.

Así logré un pacto con mi mente, acostumbrada a prostituirse al “deber ser”, con algo que mi pasión más nata, más mía… quería hacer: hablar italiano y bailar.

En mis clases tengo tareas que hacer… estudiar para el examen… practicar… aprender a conjugar… presentarme… escuchar nueva música (o entender la que ya me gustaba); y/o… practicar mis pasos… contar la música en ritmos de 8 (¿sabían que la música lleva compases de 8 tiempos?)… bailar frente al espejo… y bailar con mi maestro (un tipo súper chévere, que me pidió bailar frente a él el primer día, para saber si aceptaba o no, ser mi profesor).

Parece que mi mente se relajó… hay una mezcla entre “lo que tengo que hacer” y lo que “quiero hacer”…

Es un pacto muy sano. Es el lado puta de mi mente, renegociando con su chulo… con el pimp. Lo siento, pero no cualquier puta, renegocia con su pimp.

Eso me ayudó a disparar un objetivo: “viajar a Italia, regresar a EsLOVEnia y terminar en la amada y endiosada Hungría”. No hay ciudad más bonita, que la capital de Hungría.

¿Y sobre los libros…? Pues… es complejo aceptarlo, pero… me duele mucho saber la muerte de un personaje. Me duele bastante. Ya me había pasado, cuando mi ex pareja y yo nos dejamos, decidí leer un devastador libro llamado “Conversación al Sur” (de Marta Trava). El final me puso tan –pero tan mal-  que, combinado con la depresión que me cargaba, mi madre accedió a darme pastillas para poder dormir ese noche (en mi familia, los medicamentos están alejados de nuestra rutina).

Me duele saber que un personaje con el que te involucras tanto, pero tanto, tenga un final tan duro.

Eso me pasó con Manuel.

Por eso, al pasar por el cementerio de Usaquén… y tocar parte de sus paredes…pienso que lo traigo a la vida…

Estoy asustado, o casi negado… a perder a otro personaje. Al menos por este año. Lo bueno, es que al año, le quedan pocas semanas de vida.


(ironías de la vida… no sabía, hasta que llegué a vivir a Bogotá, que Marta Trava vivió aquí. El museo de arte moderno de Bogotá, MAMBO, se llama como ella, por ser una de quienes impulsó el arte moderno en Colombia. Ella, como saben, era Argentina… y uno de los personajes en el libro que mencioné, se viene a vivir a Bogotá. Curioso, ella fue también la escritora de “En cualquier lugar”… de ahí el nombre del programa de entrevistas del canal 22 ya hace unos años. Si nos apegamos la teoría de Donald Winnicott, que vi en la clase con los dichosos profesores, “todo esto yo ya lo sabía, solo que no me acordaba").

domingo, 9 de agosto de 2015

...y que viste calcetines amarillos...

Esta no es una historia triste.

Es ésta la historia de cuándo y cómo conocí a un vampiro.  

Un vampiro (como todos) que no puede ver la luz, y que no podrá morir… a menos que le entierren una estaca en el corazón. Uno que, parece, lleva en el ser vampiro, la penitencia de haber tenido “aquella noche mágica” con la chica de sus sueños.  La chica que en el transmi lo embobaba llamándolo “Kurt Cobain”.

Hablando en la sala de mi casa, se lo confesé. Le dije que si hay algo que me he tomado en serio, es pensar que las personas que conozco, que llegan a mi vida, seguramente han estado vinculadas a mi en otras vidas… le hablé de la teoría de Cloud Atlas (y le recomendé la película… entiendo que la vio y le gustó).

Me comentó que habló de mi con su mamá… y eso me dejó “tatareto” (tal y cómo quedaba él, antes de convertirse en vampiro… cuando veía a la chica de sus sueños). Cuando “jugó” esa carta, decirme que le había hablado de mi a su madre y a uno de sus mejores amigos, la cosa se puso seria. Y en una cena improvisada, envuelta en una pereza total, a causa del fin de semana donde me acompañó durmiendo “como legos”, me presentó a su amigo. Ya saben, es ese momento en donde dicen entre líneas a sus amigos: “es él… dime qué piensas”. Creo que pasé la prueba; pues  afortunadamente el atún “sellado” que preparé, no estuvo nada mal… si no usas una de tus buenas y dignas defensas y buenas cartas de presentación (cocinar), no aprendiste nada de Martha Stewart, ergo… eres un imbécil. Y eso a mi, estimados y queridos, no me pasa.

Cuando sabes lo que la otra persona está diciendo, sin siquiera escucharlo pronunciar una palabra… solo viéndolo a los ojos, debes saber que quien está frente a ti, tiene algo para aportarte: de una u otra forma se ha conectado contigo. Por eso, viviendo en un mundo cada vez más virtual, más frío… más individual, en donde las historias donde conoces a alguien que se enamora de ti, y tú de él… se ven solo en los comerciales de Coca Cola o en alguna serie de HBO; que algo así te ocurra es una posibilidad mínima. ¿Estás (n) dispuesto (s) a tomar esa posibilidad? 

Una semana después de esa cena, estando yo en pleno corazón del pueblo Inca, en la altísima ciudad de Cuzco (o Cusco… me enteré que se puede escribir de cualquier forma, no hay regla alguna ni manera de debatir), pensaba una y otra vez en él. Pensaba en mí con él… pensaba en nosotros, envuelto en un frío atroz que atacaba por las noches la pequeña ciudad andina (rodeada de montes nevados e historias de Incas y de niños fantasmas que se aparecían afuera de mi habitación). Un sensación extraña recorría mi cuerpo y mi mente.  Alguien me tenía pensando mucho en él… y me distraía de lo que había ido a ver: La Ciudad Inca de Machu Picchu. Fue hasta que llegué ahí, a la ciudad que fue construida para la clase alta de los Incas (una ciudad construida para 450 familias), que el efecto que él había puesto en mi (ese hechizo) me dio unos minutos de tregua… Entrar a ese lugar es algo que te crispa la piel… Ver esa ciudad desde la puerta de acceso, te abre la boca y te deja callado. En ese primer minuto que la admiras, no hay mucho que decir, solo admirar.

Tal cual me pasó con él… cuando lo vi recargado en la puerta de una ex Hacienda Bogotana, ahora convertida en centro comercial… su look, su seguridad, su aroma… su sonrisa al verme y abrazarme (abrazo que yo contuve… ya saben, no me abro con facilidad… y “contener” es la materia de Doctorado que yo dicto en Harvard).

Una vez adentro de Machu Picchu, un guía llamado Edy (supongo que del quechua “Eduardo”… ¡ja!) me dio una explicación privilegiada (solo 4 brasileños y yo) de cómo fue construida; detalles arquitectónicos, astrológicos, civiles y hasta teorías extraterrestres, que él se encargó de destruir: “decir que los extraterrestres fueron quienes construyeron Machu Picchu es un insulto al pueblo Inca, y yo lo voy a demostrar” (tomó una pequeña piedra, y con otra piedra más dura –cuyo nombre no recuerdo- partió la primera piedra con un corte perfecto… me permitió quedarme con un fragmento de la piedra que él cortó… le dije que sería un regalo para mi mamá, y no mentí… se lo llevaré al D.F. la próxima vez que vaya). Edy sabía que yo tenía poco tiempo para hacer el recorrido (no podría tardar más de 4 horas porque el tren de vuelta a Cuzco salía, y había una enorme cantidad de turistas ese día en particular, por celebrarse la independencia del Perú). Así que tras la extensa explicación, me llevó a mí solo al lugar donde se toma la “clásica foto de Machu Picchu”. Y me tomé HARTAS fotos… Lo había logrado. Estaba ahí, en la Ciudad Inca de Machu Picchu.

La sonrisa que enmarca mi rostro es la misma sonrisa que me acompaña al hacer “click” a la cámara en cualquier lugar icónico del planeta donde he estado…

La sonrisa es la misma que salió de mi, inesperadamente y sin control, cuando el vampiro me dijo que yo le gustaba… Me costaba creerle, porque pensaba cómo el siendo tan guapo, vería algo en mi que le resultara atractivo. Para no entrar “en líos”, me daba un beso,  el argumento ahí se terminaba.

El viaje fue muy rápido… lo pude haber planeado mejor, pero decidí guardar días de vacaciones para un futuro viaje… había logrado mi objetivo y eso me tenía muy contento. A veces no hay que hacer viajes de días y días para vivir esa sensación de que has logrado algo. Esos días en Perú me llevaron a comer a uno de los mejores restaurantes del planeta, el famoso “La Barra” de Astrid y Gastón; me dejaron conocer una Catedral de impacto y espectacular como lo es la Catedral del Cuzco; me hicieron entender cómo Cuzco era la capital de los Incas (cosa que yo no sabía)… y entender las construcciones a su alrededor (con nombres larguísimos y complicados para la pronunciación)… y después de 4 horas en un tren con ventanas gigantes, estando ya en el pequeñísimo pueblo de Machu Picchu, tomar un autobús digno de salir en esa serie de carros locos con “Pier No Doy Una y su perro Patán” para, luego de sobrevivir a ese recorrido de terror, en el cuál crees muchas veces que vas a morir, llegar al acceso. No se me va a olvidar nunca lo que sentí cuando entré… cuando vi esa ciudad.

De igual forma, a veces no necesitas tener meses de relación, e incluso… no necesitas “declarar” una relación como tal, para saber que alguien hizo ya un impacto “meteórico” en tu vida… y lo sabes, porque como ya lo dije, cuando lo ves te quedas “tatareto”. A veces, cuando sabes lo que la otra persona piensa, sin que se haya dicho una sola palabra… a veces, estás frente a alguien que es muy parecido a ti.

¿Y qué fue de él? Bueno… pues eso es algo que corresponde a nuestras vidas privadas… y que a nadie le importa. ¡No se diga más!

Y como buen vampiro, nos despedimos de noche, nos dimos un beso… y nos fuimos a nuestras casas. Acompañados de una fría noche de agosto, en la capital de Colombia.


(con mucho cariño, para el vampiro que va por ahí, demoliendo hoteles …y que viste calcetines amarillos…).

sábado, 4 de julio de 2015

...que yo no le perdono...

(escrito el 4 de Julio de 2015).

La tarde del jueves fue la señal.

Dicen que el diablo se esconde en los detalles. Y en esta ocasión, eligió uno grande.

Estaba sentado en el sofá, leyendo, cuando una escena sacada de un cuadro, un atardecer de ensueño iluminó a Bogotá. Una combinación de colores (naranja, rosa, rojo, dorado… azul y blanco) despedían un día más en la capital de Colombia, y como muchos más de sus habitantes, me dejé embobar. Estaba iniciando el primer cuento del primer libro de cuentos colombianos que estoy leyendo, cuando ese color rosa invadió la habitación y me hizo voltear asustado, pensando en que algo se estaba incendiando. Era el cielo lo que “parecía” incendiarse.

Esa debió ser la señal, la señal clave a todo.

Al día siguiente mi rutina habitual me despertaba a las 6.30am… pero en esta ocasión decidí preparar un te en vez de café, e irme a trabajar. Conversé con mucha gente a quien le tengo un gran respeto profesional. Unos de ellos me buscaron, más que yo a ellos… con la mayoría de ellos hablé –evidentemente- de temas de trabajo, y con los que tengo mayor confianza, hablé del atardecer espectacular del día anterior.

Hablé –entre líneas, pero creo que nadie lo notó- de lo bien que me sentía en las últimas semanas. Noticias, tanto laborales como personales, me habían elevado el estado anímico. Me sentía de tan buen humor, que me di permiso hasta de hablar, de temas banales: los converse rojos de mi compañero de trabajo (y su muy buena combinación), la maleta naranja que me quiero comprar, la ruta y hotel que usaré para mi próximo viaje personal (y la descripción del mismo).

Si la meteorología se prestaba para buenos espectáculos, ¿por qué yo no?

Y llegué a mi casa tarde, mucho más tarde de lo que había planeado. “Mi” casa, es en verdad la casa en la que llevo viviendo menos de una semana (a la fecha en la que escribo esto); es un apartamento ubicado en las montañas de Bogotá (en los montes orientales), muy cerca de mi trabajo. Tiene una vista sublime de la zona norte de esta ciudad, y mi habitación, la habitación más grande (en tamaño) que he tenido en toda mi vida, tiene 3 ventanas, dos de las cuales tienen una vista suntuosa (no hay otra palabra que pueda describir la vista) al bosque que corona las montañas andinas de la capital colombiana. Llegue a vivir aquí el lunes. Cuasi iniciando mi segundo año de asignación en la región andina, basado en Colombia.

Subí la montaña para llegar a casa, pensando en que era una lástima que no hubiera nuevamente el mismo atardecer que el día anterior (“es cosa de un solo día” dije). Al llegar al edificio, pensé en muchas alternativas que podrían poner un fin destructivo a mi vida (un terremoto, un infarto… un avionazo). Y nada: “deja de pensar en eso” –estúpida premisa, el intentar dejar de pensar-… entré a casa.

Al abrir la puerta de la casa, me quedé congelado… no hablé casi durante una hora, y me senté (casi) en posición fetal (estaba -yo- transparente) en el mismo sillón que me había visto admirar el atardecer 24 horas antes. Mi mente sacaba –y utilizaba- todos los recursos posibles y a su alcance para sacarme de esa posición. Para hacerme hablar. 

Más allá de decir: “no podía creer lo que vi”, es pensar que me “horrorizó lo que vi”.

Unas horas después, busqué a Fabiola. Me calmó escucharla. Me tranquilizó escuchar a su bebé… a su esposo… sentir que “todo era normal”. A veces pienso que ella, Fabiola, me terminará odiando por solo mantener un contacto o cuando estoy supremamente feliz… o cuando tengo una emergencia. A veces siento que peco de no buscarla cuando las cosas están normales… cuando no hay sobresaltos.

Hoy. Hoy no estaba para chistes. Hoy agrupé los libros que estaban guardados en dos cajas (que llegaron desde México) en un estante. Mi “biblioteca” (pequeña, pero digna) estaba lista para salir a relucir.  No por nada, puse sobre un “sobre libros” (estoy seguro que esa palabra no existe, y la acabo de inventar… y que en doscientos años, alguien se atribuirá su invención… eso, o en alguna tienda “independiente” de la Condesa o Chapinero…) un libro que más que una autobiografía, me hizo recordar por qué mi carácter y personalidad, no es para dejarse detrás. Frente a todos los libros, Cristina Fernández se postra con la portada de “La Presidenta: Historia de una vida” (de Sandra Russo) –ya en otro escrito, hablé de ese libro-.

No es un tema político. Me sentía indefenso… y necesitaba que alguien me ayudara a recordar que puedo yo solo.

Y claro que puedo yo solo…

Le prometí “no joderlo”. No estarlo buscando un día sí y al otro también… Y hoy lo busqué. Su respuesta, de lo más normal… de lo más “él”… hoy no me gustó. Hoy quería que él me preguntara “¿Leo… cómo estás tu?”… y que su pregunta se escuchara “más allá del compromiso”. Tal vez mi momento me hizo sentirla así... comprometida. Molesta. Tal vez fue así. Tal vez, "un puro es un puro". Lástima... nunca he fumado uno. 

Unos minutos después revisé mi correo personal… “la verdad es que me decepcionó que algo que te comenté de forma confidencial, lo hicieras trascender”. (palabras modificadas)… ¡Dios! Me sentí de la verga. Soy un pendejo. Soy un imbécil.

La cagué.

Y cerré las ventanas… puse los blackouts  (una cosa rara que usan en Colombia porque amanece muy temprano en esta zona del planeta, que tapa la entrada de luz a las habitaciones). Hoy no estaba para “atardeceres”. Hoy “no llegó el detalle” de que me preguntaran “¿cómo estás?”… Hoy llegó el reclamo, de haber hablado lo que no debiste: “me decepcionaste”.

El diablo, dicen… se esconde en los detalles.

Como “mi pequeño” detalle de haber dejado la estufa prendida… todo el día de ayer –viernes-. Y que la hornilla permaneciera encendida por, aproximadamente, 9 o 10 horas… junto a un paquete de servitoallas (esas servilletotas que vienen en un rollo gigante, que uso obsesivamente)…

Claro que puedes tu solo Leo… pero también puedes –tu solo- joderte la vida. Sin nadie que te ayude. Con tus decisiones. Con tus actos.  

El detalle… es que mi vida, “mi hermosa vida”… aquella donde a veces traiciono a quienes les tengo un gran aprecio… aquella donde a veces “busco a quien le dije que lo dejaría en paz”… aquella donde viajo y sonrío… aquella donde a veces me emociono –y mi piel se encoje- por escuchar a Cristina… aquella donde leo cuentos colombianos, y tomo café –o vino tinto argentino-… se pudo ir a la verga … por un puto detalle…

Por eso, es que me afecta tanto (al menos en días como hoy) … que no se tomen en serio, el “detalle” de preguntar “¿cómo estás?”.

Al final nada pasó… solo es un serio llamado de atención de mi mente. Hay ciertos temas, que mi mente no me perdona.

Y otras …que yo no le perdono…


(if I had a ponny… I ride him on my boat).