Digamos que las palabras volvieron, en el momento en el que el café (su capuchino) cayó en mi pantalón (que más bien, parece un leggin).
Llevaba días con sufriendo de “palabras
cortadas”. De esas veces que estás hablando de algo, y simplemente “olvidas” la
palabra que define aquello que quieres decir. Es raro, porque sabes, en verdad, qué es lo
que quieres decir… sabes a lo que te refieres… pero no te acuerdas de la
palabra que lo define.
A Sebastián lo conozco desde hace un chingo. No
hace falta diplomacia entre él y yo, aunque nos tratamos con mucha elegancia, y
risas de por medio. Entre él y yo, existe una regla: la neta. Así de simple.
Directo, sin nada de pompa y protocolo. Nos
escuchamos… nos entendemos. En sus respectivas dimensiones. Eso nos volvió muy
buenos amigos.
Llegó al Aeropuerto de El Dorado, en la Capital
de Colombia un viernes. Me dio mucho gusto verlo, era (es) es el segundo de mis
amigos que viene a visitarme desde que vivo acá. El primero fue José… y como
decimos en México, se la rifó. Y eso, le merece todo el respeto de alguien que
hace eso, rifársela.
Una semana después de que Sebastián llegará a
Bogotá, pasaría… al despertar, sabía que “debía” –o más bien, quería- decir
algo… pero no “quería decirlo”. Preferí ir a comprar jugo de naranja, que
hablar…
Me daba “pena”.
Así que preferí
guardármelo, y “pensé” que se tramitaría solo. Sin pena ni gloria.
Desafortunadamente tanto “pena como gloria”
saben que llevo mucho tiempo en psicoanálisis, como para no hablar. Y la regla
es clara… “o hablas, o hablas”. Y como jugué a llevar la contraria, a “no
hablar”… me la regresaron como se debe, como más me molesta. Olvidando lo que
quería decir.
Eran palabras tontas… como el nombre de un
actor (Hugh)… emociones que se
presentaban en mi cuerpo (y alma)… recuerdos… etc.
Para un buen obsesivo (o bien, un obsesivo… sin
el “buen”) como yo, me causaba hasta urticaria… (ojo acá Leo… ¡ojo!).
Un día, una compañera y yo (una persona que
cumple con todos aquellos requisitos que uno requiere para poder hablar con
toda confianza, sin restricciones…) nos fuimos de almuerzo. Yo me sentía un
poco cansado (aparte de la carga de trabajo que me he cargado estos días). Ella
y yo hablamos y hablamos y hablamos, casi por dos horas. Ella de pronto me
dijo: “¿Leo, vas a querer café?” (algo cuasi típico después de un almuerzo acá
en Colombia)… y nos dirigimos a una cafetería icónica en este país. Hablando,
ella y yo (hablando)… pasó algo curioso (no, no existen las curiosidades en la
vida)… yo le dije algo así como: “es que siento que tengo algo atorado, que
debo decir algo y no lo digo, porque siempre que me pasa esto, que se me
olvidan las palabras que quiero decir, es que no me atrevo a decir algo… o me
da hipo”. Ella me respondió –palabras más, palabras menos- “creo que también
estás muy cansado, se te nota… se te escucha. Mira que cuando a mí me pasa eso
me tropiezo” (en ese segundo, mi cerebro
se activó… “tropiezo”… “ella se tropieza”… “yo tropiezo con las palabras”… “si
te tropiezas te caes”… “algo acá me hace caer”… “me puedo dar en la madre”… “esto
me puede doler”… “¡no mames Leonardo para!”)… y ella seguía hablando… hasta que
tropezó y empujó su capuchino hacia mí. Específicamente, a mi pantalón, el cuál
es tan ajustado (que me da pena usar porque mi mente mafiosa me hace sospechar
que parece leggin) que da un poco de qué hablar.
Ella, como cualquier humano con un rasgo de civilidad,
se llenó de vergüenza. Yo, como cualquier humano con descaro y cinismo, me
ataqué de la risa… la mitad de los asistentes a ese Juan Valdés nos veían con
cara de situación, mientras yo no podía parar de reír… y mi cerebro me decía: “wey,
ahí lo tienes”…
Mi pantalón color carne, el cual se ajusta a mi
delgada pierna (porque sí, ya se los dije… parece leggin), tenía manchas de café…
parecía que me salía urticaria. Parecía que mi cuerpo se esforzaba por decir algo.
Cuando tu cuerpo rechaza algo que comes… lo
dice de inmediato (una alergia… diarrea… algo).
Cuando tu mente rechaza algo que haces, o le
cuesta mucho tramitarlo, te hace decirlo (o por lo menos a gente como yo). Mi
mente, quería que yo hablara. Así de simple: abrir mi boca y decir algo… parar
la hinchazón que me causaba “aquello”, que yo vivía como una tortura.
Ese día llegué a casa y Sebastián me estaba
esperando… me sugirió salir a cenar.
Antes de que eso pasara, yo me senté en la
barra de la cocina y le dije: “necesito decirte algo… me pasa algo”.
Y hablé. Sentía como si una tonelada de mi
espalda se fuera diluyendo…
Le expliqué el contexto de que estaba olvidando
palabras (cosa que él ya había notado, y mucho, esos días acá).
Reímos un poco sobre lo que yo tenía que
comentar… me regañó, tal y como un amigo regaña a otro amigo: “Leo, no hagas
pendejadas… lo sabes”. Y nos fuimos a cenar… a un restaurante japonés delicioso.
El dilema acabó ahí…
¿Y por qué lo comparto?
Pues porque a veces, una persona cualquiera,
puede mejorar su vida, y recordar palabras cotidianas que se ocultan …detrás un pantalón (cuasi leggin) manchado
de café… con el simple acto de hablar.
Y fin.
(si estás leyendo esto, gracias… y sí, la
mancha de café se quitó…).
(hace ya unos meses… en México… yo
comenté de un roomie que tuve –al cual volví loco con mis obsesiones de
limpieza-… alguien sumamente atractivo y con muy buen cuerpo –oriundo de la
región celta de España, en la frontera con Portugal- que una vez se compró
algo que, sencillamente se debe definir como unos leggins… cuando lo comenté
con algunos conocidos, se quedaron incrédulos, "con cara de situación"… yo, para defenderlo, dije algo
así: “pues sí, para usar eso, se requieren unos huevotes, y miren que con esos
pantalones, se nota -y mucho- que los tiene”… supongo que eso mismo dirán de mi... ¡ja!).