“no hay lío Leo”.
No tengo ni idea cuántas veces me
habrá dicho eso esa noche… solo sé que me encantaba que lo dijera, porque lo
acompañaba de una sonrisa y una mirada que parecía destinada a causarme mucho
más interés en él (y sospechar del interés, o lo que sea que yo le cause). La
misma sonrisa y mirada fue la que utilizó cuando nos conocimos, meses atrás, cuando
llevaba esa “cazadora” verde y su playera negra, con un toque desalineado pero “cool”,
muy a la Mark Zukerberg… No hubo defensa en mí que pudiera contra eso.
Unas horas después de lo
ocurrido, como de costumbre, llegué al espacio en donde hablo y analizo lo que
ha transitado por mi mente, e intento –a veces con sendos errores- darles una
interpretación y un “por qué” ante mi vida. En esta ocasión hablé de mi
mecanismo de seducción, de cómo idealizo a la gente de una forma que impacta,
de cómo le puedo decir al chico que me gusta, cómo iba vestido la primera vez
que lo vi… de qué hablamos… y de por qué, me gusta tanto. Al final, esta manera
“muy mía”, me ha dado, todo tipo de resultados (cualquiera que éstos sean). Me
cuesta trabajo aceptar que hay en mí una forma de seducir –como si eso estuviera
permitido únicamente a modelos de revista que se pasean en los bares o en los
barrios de clase alta-, pero sé que ese día perdí el control, y fui yo quien se
rindió plenamente. Él ganó. Y por mayoría absoluta.
En este caso en particular… aún
es muy pronto para saber qué es lo que está ocurriendo, por su mente y su
corazón… y saber qué de eso tiene que ver conmigo. Me gusta “fantasear” con que
resultará en algo… pero me hago el discreto para no caer presa del miedo o
desesperación –cosa que, estando lejos de casa, de mis amigos y de mi círculo
de protección, me pondría en una situación (muy) comprometedora-.
Tiendo a idealizar a las personas
(amigos, conocidos, compañeros… etc.), eso ya lo he escrito muchas veces antes,
y sé que es de forma desproporcionada. Tiendo a idealizar sus vidas, a pensar
que éstas son “mejores” que la mía, atribuyéndoles cualquier cantidad de
juicios de valor, que hacen palidecer cualquier intento de presentar mi vida
como “atractiva”.
Pienso que la vida que veo, que
me cuentan de otras personas, es mucho mejor a la mía, por continuamente estarme
cuestionando las decisiones que he tomado sobre ésta. Por necesitar
constantemente una aprobación o una palmada en la espalda. Por saber que la
forma en que mi mente me dirá que está bien lo que hago, es cuando tenga a
alguien a mi lado que esté deseoso de compartir conmigo aquello que yo he
creado a mi alrededor. Cuando la llamada “psicología de café” (o psicología de
los alienados, lo siento) me “intenta” hacer ver que tengo mucho por lo cual
sentirme “orgulloso” o “contento”, prefiero quedarme callado antes de responder
con alguna frase cargada de sarcasmo hiriente y agresión directa.
Cuando en la obscuridad, me
recuerdo que en la forma en que está construida –o sostenida- mi mente, hay un
pilar que reclama estar acompañado de alguien. Y es entonces cuando viene una
carga de autocrítica que no responde a súplicas, y no sabe lo que es una
indulgencia. Es feroz… arrasa con todo… y me deja seco. En posición fetal…
angustiado. Temeroso…
No es momento de hablar del por
qué la necesidad de estar con alguien, como tampoco es momento para debatir la
existencia de Dios, o si es mejor hacer un spin o un pasing shot para
defenderte en el tenis… son posturas, son formas de acomodarse ante el deseo de
vivir… maneras de sobrellevarlo.
Esa figura de amor tan necesaria
en mí, y que que fuera tan perfectamente representada por Él, ahora desvanecida…
me ha llevado a estar en severos aprietos por intentar recuperarla.
Severos aprietos que al día de
hoy no terminan.
Cuando pienso en las vidas que
otros viven, es imposible de vez en vez no realizar una comparación con la mía.
A veces eso es bueno. A veces descubres cosas que quieres para ti, y está en ti
–y en tus posibilidades- buscar incorporarlas. A veces, descubres que ni por
error quisieras estar en los pies del otro.
El tema es, únicamente, ir un
poco más allá. Cuando escarbas, cuando indagas en esa vida que aparenta tan
atractiva, descubres que hay una persona como tú, que no sólo también tiene
problemas, sino que descubres que esa persona tiene más –o menos- desarrollados
pilares o ejes de su vida, y que por lo tanto, pueden o no ser compatibles con
los tuyos. Sé también, que muy difícilmente esto puede ser modificado, porque
eso es algo que se forja muy a temprana edad (y no quiero sonar teórico con esto),
¡pero lo sabemos! Sabemos que algo que fue “mamado”, cuando eras un niño
(formas de relacionarte con los otros, el cómo percibiste el primer “amor
verdadero”, valores y actitudes ante la vida) muy difícilmente podrá ser
modificado. Creo que puedes entenderlos, identificarlos, para detectarlos
cuando se activan. Desde lo más simple, hasta temas complejos que, a veces, son
totalmente nocivos para ti.
Cuando este chico comenzó a
hablar de su vida, frente a mí, “eso” se activó. Que se abriera de tal forma,
que frente a un total desconocido (o sea yo) compartiera cosas que lo habrían
marcado (o tocado) de la manera en que dijo había ocurrido, trascendió en mí. Recordé
un libro… “Amante de lo Ajeno” de Sabina Berman. Pensé que esa sería nuestra
historia; no porque yo fuera a caer en la desgracia (eso espero), sino por la
forma tan titánica en cómo conducía su diálogo… en cómo me seducía y disfrutaba
tenerme ahí, atrapado contra la pared (metafóricamente hablando… en realidad estaba
sentado en una silla de la barra de mi cocina).
Me gusta pensar, y confieso
haberlo realizado varias veces ya, que esa “conexión” que se dio –no solo por
la botella de vino que compartimos- se volverá a dar. Solo es cuestión de
esperar. Si pasa… y si no pasa, quedará para esos misterios de la vida, en los
que uno a veces se dice… “si acaso hubiera pasado que…”
Hace tiempo, en una clase de un
gran profesor –del cual también ya he hablado acá- escuché un ejemplo que, en
un principio me costó mucho trabajo entender. Hablábamos del “nombre”. El
nombre que cualquier de nosotros tenemos, la carga afectiva… la historia detrás
de ese nombre. Habló de Van Gogh, y de cómo había tenido un hermano antes que
él que habría llevado su mismo nombre –Vincent-, y que habría muerto y había
sido enterrado. Como hemos de suponer, en la lápida estaba escrito el nombre: “Vincent
Van Gogh”… El profesor habló de cómo al pintor le generaba un verdadero
desorden que lo llevaran al cementerio y le dijeran: “aquí está enterrado
Vincent Van Gogh”.
Hasta que un día, alguien le
dijo: “aquí está enterrado Vincent Van Gogh… ¡pero ese no eres tú!”.
Me llevó mucho tiempo entender
esa frase…
Sé que ahora tengo que entender
que …la vida que viven los otros… es
la de otros, no la tuya (no la mía).
Suena fácil, suena obvio… pero detrás
de esa frase, está la defensa que necesito ante mi propia autocrítica que en
últimas fechas, me ha dejado en estado de shock. Indefenso. Asustado.
Pienso que por eso sentí escalofríos, cuando en una película escuché la
frase: “por culpa de ese tipo se suicidó tu padre, ¿y a ti lo único que se te
ocurre es insultarlo?”.
Sentí que un pilar (un eje) muy dentro de
mí, se activó. Y que había, muy (pero muy adentro) un ejército dispuesto a
defenderme. Tan solo es cuestión de encontrarlo.
(Es probable que el profesor haya
usado una metáfora con este pintor… metáfora que a mí me sirvió).