(escrito el 8 de junio de 2015).
La
última vez que tuve una vista tan espectacular, fue en Cracovia. La habitación tenía una ventana enorme que daba
justo al castillo de esa ciudad (alguna vez hogar del Rey de Polonia y
territorios aledaños). Desperté en la habitación del chico que conocí la noche
anterior en un bar llamado “Angeles Azules” (nada que ver, hasta donde
entiendo, con el grupo de música mexicano)… me invitó a seguir tomando en la
terraza del hotel donde estaba hospedado, el “Leonardo DaVinci” cuya habitación (una suite) tenía
vista al castillo de Cracovia… yo estaba embobado… él abrió una botella de vino
tinto que le habían dado como cortesía… y todo fluyó (¡¿cómo no iban a fluir las
cosas con ese escenario?!). Lo hicimos, perdón lo abierto de la situación, viendo
al castillo. Fue increíble. Suena a película…
Pensé
que algo así jamás me volvería a pasar… pero el Empire State se encargaría de
demostrarme que estaba equivocado.
Pero,
¿a qué viene esto? ¿Por qué hablar de la vista que tengo –o he tenido- cuando
tengo relaciones sexuales?
Hace
un par de semanas, creo que tres…. Tuve uno de esos días fatales. Estuve
enojado por todo y con todos, simplemente porque en la mañana, al despertarme,
había tenido la idea brillante de mirar una de esas aplicaciones que te dicen
qué fue lo que hiciste ese preciso día años atrás… y con quién. Si nos apegamos a la
máxima “el que busca encuentra”… (o en este caso, el que recuerda se afecta)
más temprano que tarde, habría de encontrarme con “algo” que me afectara.
Ahí
estaba una foto suya. Estaba, en lo que hoy el mundo define como “etiquetado”…
no pensé que esa aplicación “me la aplicaría” de esa forma. Ver su foto actual…
él, con lentes negros de pasta y una playera beige (que bien se le ve el
beige). Eran menos de las seis de la mañana en Bogotá, y yo ya me había clavado
un cuchillo para todo el día. “Me quité
de las manos” el aparato con el que veía esto, y me preparé para mi día. No había visto ninguna foto suya en años.
Sobra
decir que esa imagen suya me acompañó por varios días… pensando cómo estaría
él, pensando en mi… en los momentos tan distintos en los que me muevo hoy, a
los que me movía hace más 3 años (casi 4) que terminó nuestra relación. Fueron
días de pensar muchas cosas, cosas bobas, por demasiado tiempo. Cosas que “a
simple vista” te quitan el tiempo. Pero a mi, al menos, me sirve invertirles
justamente eso: tiempo. En mi no aplica el "no pienses en eso", como si existiera un botón que al presionarlo, hace que tu cerebro deje de hacerlo... como si existiera ese grado de voluntad en el control de tus pensamientos.
Y
justamente eso es lo que me ha llevado escribir esto. “Tiempo y Control”. Creo, o más bien, sé, que soy alguien que
toma demasiado de lo ya mencionado para superar sus propias barreras, o aquello
que le resulta difícil. Por ejemplo, en esta ocasión, se me ha complicado
enormemente ordenar mis ideas para ponerlas en lo que quería escribir hoy. Controlarlas fue (ha sido) todo un tema... llevo días viéndolas volar frente a mi, sin yo poderlas recolectar y darles sentido.
Escribo
esto cuando, regreso a casa tras unos días de trabajo fuera de “mi patria
adoptiva”, y en los cuales pude disfrutar una experiencia que me emocionó como
hacía mucho no pasaba. Visitar la ciudad que, de una u otra forma, está
inscrita en mis genes. Mis papás me concibieron ahí. No hay de otra, si uno
hace la suma de los tiempos, ellos tuvieron “a bien” embarazarse –para
escucharme “progre”- en Nueva York. Durante toda mi vida crecí escuchando a mi
papá sobre esa ciudad, en la cual estoy seguro, vivió unos años increíbles con
mi mamá y mi hermana… y conmigo. Para mi, era un asunto de “tiempo” viajar a
esa ciudad, y encontrarme con todas aquellas historias que me contaba, él y mi mamá. Caminar
por todos esos barrios, y sentir como si algo muy (pero muy) adentro de mi, se
activara y disfrutara que yo estuviera ahí.
También
fue un ejercicio para verme al espejo, y ver cómo ha pasado el tiempo en mi
vida. Si “hace 4 años” estaba comiendo en aquel restaurante argentino que tanto
nos gustaba… hoy mi vida (y la suya también) es otra. Pinta y juega distinto…
(me encanta cuando la gente usa el término “juega” para hablar de hacer). La nostalgia es algo que, de
pronto, se vuelve un acompañante con el que tengo que acostumbrarme a vivir. No
lo veo como algo malo. Malo acostumbrase a una relación y quedarse ahí, víctima
de la costumbre… bueno saber cuando, esa sensación de enojo y tristeza que te
da por unos días… es la nostalgia, que “acostumbra” aparecerse en tu vida, te
arma un tango… y después, se va. Y tu sigues con lo tuyo.
Fue
muy reconfortante “escuchar” los mensajes que la gente que me importa y toca mi
vida, me escribía y grababa el día de ayer, cuando estaba caminando como todo
un “arrogant New Yorker”… escuchar a
Fabiola hablarme… y ver a Miguel cómo escuchaba algo que quería (y tenía) que
decirle… y verlo tan guapo (mi amigo es muy guapo), comiendo cacahuates. Leer
como “aquel chico”, el barranquillero del nombre único… te saluda desde la
hermosa Buenos Aires. Y saber que se quieren –y mucho-. Saber que nuestras
vidas se unieron.
Saberme
y sentirme querido. Apreciado…y como dicen los colombianos "pensado".
Y
déjenme les digo algo: saber eso, cuando vas caminando por Manhattan, te hace
sonreír, sí o sí.
Por
eso, cuando le dije: “¿por qué no vamos a mi hotel?, la vista es el Empire
State", sabía que la posibilidad de un “no” era mínima. Ya saben… como todo un “arrogant New Yorker”, supe jugar mis
cartas… solo que no hubo vino, al menos no en la habitación.
A
veces, la vista, es parte del espectáculo …que
si lo sabré yo…
(Ustedes
seguramente leyeron la historia de cómo conocí a Kate y Jill… bueno pues, en
ese viaje eterno que emprendimos por las carreteras turcas, hablamos de una
mujer que parecía se iba a unir a nuestra aventura –y la cual, afortunadamente
no lo hizo-. Kate la describió como una neoyorkina arrogante… “You know… she’s a tipical arrogat new
yorker”… ambos reímos un poco -porque a veces se vale ser políticamente incorrecto-. De
ahí adopté el calificativo).