Me daban ganas de gritarle: “ya
cállate, ¡déjame hablar a mí!”.
Más de un año (casi año y medio)
después, he vuelvo a psicoanálisis. Un póster con una imagen “tradicional” de
Sigmund Freud fumándose un puro (a veces un puro, es sólo un puro) me mira con
desdén hacia un diván improvisado. Mi primer psicoanalista no judía,
extrañamente, una psicoanalista que me habla de encuadres ortodoxos, y se
despide de mi con un beso en la mejilla… cualquier de ustedes me ha escuchado alguna
vez decir la frase: “es por ese tipo de cosas que ahora mismo necesito una copa
de vino (o tal vez dos)”.
“Dime Leonardo… ¿qué te trae por acá?” Su pregunta resonó, “en sus
centros la tierra” dentro de mí… “¿Qué me trae por acá a consulta… de nuevo a
psicoanálisis… de nuevo al diván… de nuevo a luchar (dialogar) con mi
inconsciente… o acaso se referirá a qué me trae por Bogotá?” De nuevo hablé de
él, pues cómo no… la pregunta será si algún día podré dejar de hablar de él… De
nuevo apareció Luis Ricardo… y por ahí, en mi mente jocosa, Federico se
aparecía con una copa de vino y su argentinidad atestiguada. Hablé del
sentimiento de confusión (combinado con muchos otros, por lo menos una docena)
que me había generado la última conversación con alguien que me compartió su
molestia (en términos claros, se quejó amargamente) porque aparentemente busco
continuamente añadir más drama (o drama) a mi vida. Hablé del por qué siento
que mi vida es una fuga… de los duelos no resueltos que tengo, de mi
imposibilidad de decir adiós… de lo “abismáticamente” apartado que me siento de
mi familia, y de la decisión de haberme ido de México (como si se tratara de ir
“a la esquina a comprar un pan”).
Mi (no tan) reciente
determinación de actuar como un ser autómata… alguien frío, alguien que toma
decisiones razonadas, está inspirada claramente en personas a quienes admiro, y
que desde mi particular punto de vista, se manejan así en sus vidas. Ambos, en
distintas ocasiones, me han demostrado mucho cariño… a su manera… rompiendo con
la etiqueta de “autómatas” ante mí. Me resulta muy significativo que una de
ellas, en fechas recientes, me esté considerando de sobremanera… Me ha
resultado, a su vez, un golpe bajo (una patada en los huevos) que la otra, me
haya dicho que se quiere tomar unas vacaciones de mi drama…
El estilo de la primera es
ponerme a prueba, es meterme en situaciones en donde yo tenga que tomar
decisiones… y decírselas. El lazo que nos identifica se volvió mucho más
notorio cuando le dije que quería tomar una posición internacional, que quería
vivir la experiencia que ella tuvo en México (país al que sé, adora… y dudo que
deje algún día). Ese día, su expresión facial cambió por completo, me pidió
tomar asiento, y lanzó la pregunta que meses después cambió mi vida: “¿estás hablando en serio?”.
Por otro lado, él siempre me
resultó atractivamente ecuánime. Cuando supo que se convirtió en mi ídolo, en
una ilusión que aún hoy me cuesta romper, ese fue el pedestal que lo sostenía…
su tranquilidad (ante mi) al tomar decisiones y su seguridad ante el mundo… se
convirtió en mi mejor amigo. La historia todos la saben. Lo importante acá es
que yo la conozco. Sé en qué momento pasó… sé qué es lo que nos une… y lo que
nos genera conflicto. Por eso, cuando me dijo que iba a tomar su distancia, me
dolió. Son esos dolores “entendidos”… que no porque estén “convenidos” son
menos difíciles de llevar.
Y dolió lo suficiente para darme
cuenta que, volver a psicoanálisis, para hablar de lo que necesito hablar, es
una decisión, de esas que debo decir. Que debo escuchar de mí que me molesta
estar así… como pinche clima limeño: con un cielo gris todo el santo día, que
opaca lo lindo que hay que ver… escuchar que no me joda como lo he estado
haciendo (paradojas de la vida, y una historia que los hará reír horas, la cual les contaré en otro momento… a mi vecino le llueven condones usados a su
terraza, de una loca que vive arriba de nosotros… never mind), y escuchar el por qué llegué a ese punto de
confrontación con mi vida… que debo dejar de pensar en él, y si no puedo, por
lo menos pensarlo diferente… y que, aunque duela, sé que me fui de México,
porque allá no iba a lograr esto.
Es jugarme la carta que no estaba
dispuesto a jugar estando allá. Y pienso eso exactamente hoy, cuando hace dos
meses, salía de México.
La extraña sensación que recorrió
mi mente apenas unos días atrás, cuando al volver de un viaje a Bogotá, entré
por primera vez a Colombia con un documento que me acredita como residente de este
país (no por nada el señor de inmigración me lanzó un cordial: “bienvenido a
casa”). El entender que es ésta mi casa, es un proceso que ya inició. Cada
quien vive los cambios como puede. Cada quien se vive como puede, y se coloca
en donde su estructura le permite… me sorprende cómo me he permitido yo
colocarme en donde estoy, y el por qué a veces pareciera que a la par, planeo
un boicot.
Tengo un claro sentido de
pertenencia… necesito “ser” de alguien. Me encuentro en un momento en donde no
soy de nadie, y tristemente actúo como si esto me hiciera valer menos (o nada)…
y pienso que comienzo realmente a trabajar la idea de ser mío, y no de un tercero,
con la idea/esperanza de recobrar valor. Haber salido de una enorme zona de confort,
me lleva a valerme con todos mis recursos, y a saber en realidad qué puedo y qué
no puedo hacer por mí mismo. Ante esto, mi ahora psicoanalista, que también es
psiquiatra (¡¡¡por el amor de DIOS Leonardo, mejor pide como 5 copas de vino!!!)
comenzó a hablar y a hablar… y a hablar… a un punto donde me sentí la paciente
de Freud, la que le dijo “déjeme hablar”… y Freud con esa frase (entre muchas
otras cosas más), desarrolló el psicoanálisis. En el psicoanálisis… como en los
partidos de tenis, se aprecia el silencio… excepto en momentos de ovación, de
descubrimiento.
En el reciente recorrido que me
llevó a conocer dos países de la región Andina, llegué a la capital peruana. Al
tercer día de estar en Lima, entendí que su clima es su peor enemigo. Esa bruma
intensa que la encierra todo el día… la niebla de un momento a otro se forma
sobre su bahía, impidiendo que salga el sol. El efecto climático que hace que
su cielo sea color, literalmente, gris todo el tiempo.
Pensé que Lima me estaba jugando
una broma pesada… que se estaba burlando de mí. Me mostraba, poniéndose ella
como ejemplo, lo “fastidioso” que puede llegar a ser estar todo el tiempo “gris”
volviéndose protagonista sobre el resto… teniendo tantas cosas tan lindas por
ver. Pensé que seguramente así me vio, por un momento, mi amigo… y entendí lo
pesado de la situación para él… y para mí.
Es por eso esta semana me sentí
totalmente energizado… renovado. Disfruté regresar a la vida que estoy
construyendo… a la vida donde me siento diferente. En donde respiro aromáticas
que me fascinan… tomo el mejor café del mundo, y me emociono cuando me dan una
almojábana; la cuadrícula de las calles me resulta totalmente lógica… de pronto
todo suena “chévere”… de pronto la vida es “bacana”, y “esas vainas” se vuelven
algo para atender… y si no, mejor te vas a rumbear.
Es feo, duele, escuchar que alguien tan
importante en tu vida está “saturado” de ti… pero es bueno saber que su saturación
tiene por qué: el no quererte ver (ni vivir) …como
un pinche clima limeño…
Esos Incas y sus analogías tan condenadotas…