(escrito el 04 de septiembre de 2016).
Cuando
despertaste, no estabas en tu casa y tenías la misma ropa que el día anterior
(habías dormido con ella). La alarma de, lo que piensas era un carro, no paraba
de sonar. Por un momento creías que era el sistema de alerta sísmica que tienes
en tu celular… cuando tu mente obtuvo consciencia de lo que pasaba, te ayudó a
incorporarte: no estabas en tu casa, era el cuarto de visitas de Hugo… y
estabas ahí porque unas horas antes te habían robado, tenías miedo de estar en
tu departamento, así que le llamaste para preguntarle si podías ir con el y
dormir ahí.
Los
temblores son un claro ejemplo de algo que te pone muy nervioso. Algo que no
puedes controlar, que mueve tu mundo… mueve el piso sobre el que estás de pie
(o crees estarlo), y si bien te va… solo te deja un gran susto. Sino, destruye
todo lo que pueda. Todo lo débil o lo mal construido. Te aterran, y lo sabes.
Le
contaste al conductor del taxi tu sueño, el tema de la alerta sísmica… y lo
asustado que despertaste. El chofer, lo notaste, hacía un olímpico esfuerzo por
interesarse en tus palabras… dudo que haya entendido mucho.
Llegaste
al aeropuerto con la misma ropa con la que habías dormido (rechazaste la oferta
de Hugo de bañarte ahí, para no pasar “todo chamagoso” casi 15 horas en un
avión)… y como el drama no habría de terminar aún, la gente de la aerolínea te
decía que había un problema con tu reserva… “usted está reservado pero no
confirmado… es decir, es como si existiera pero no estuviera”. Pero ahí
estabas… y para poder subirte al avión con el que iniciarías el viaje que
habías planeado por casi 6 meses, tendrías que pagar una “penalización” por una
cantidad de dinero elevadísima.
Lloraste
(por fin lloraste) en el counter de
la aerolínea…. Al preguntarte si te sentías bien, respondiste que te querías
largar ya; que te habían robado… que putos todos y la puta que los parió… La
mujer que te escuchaba con toda la atención del mundo (mientras veía como un
pasajero histérico lloraba y maldecía en claro acento mexicano) te tranquilizó:
“mira, te vas a subir al avión… yo no puedo hacer nada por lo que te acaba de
pasar… pero lo que sí puedo hacer es regalarte un upgrade… para que vayas más
cómodo y puedas descansar”.
Al
subirte al (muy) largo avión, te pusiste los audífonos… querías desparecer un
rato (y sabías que viajar es una clara metáfora para lograrlo). Todo estaba listo… el avión se movía… las
instrucciones de seguridad habían sido explicadas (una vez más, por vez número
casi 30 en los últimos 3 años las veías)… e hizo su aparición la voz del
piloto. Un hombre que se esforzaba (con simpatía) por hablar español… un
español terriblemente mal pronunciado:
“estimadows
pasallerows… estamos ready! Ya nos vamos a Atlanta… pongan muy comodows y
gracias muy muchas!”
“¿Gracias muy muchas?” –pensaste de
inmediato- ¿quién le enseñó español a este pobre sujeto? Acaso habrá sido “Open
Spanish”… ¡No mame señor, no se dice “gracias muy muchas”! El sonido de la
turbina de un venerable (por viejo) avión 757 se escuchaba acelerar…
presionaste el botón para que tu lista pregrabada de Spotify
iniciara. Arrancó una de las canciones que, sabrías después, te acompañaría muy
sigilosamente las siguientes dos semanas: Roses
de The Chainsmokers.
Casi
5 horas después decidiste comprar unos audífonos que dieran mejor calidad de
sonido a tu música… y todo cambiaría para siempre. Sonidos que no habías
detectado en canciones que te encantan, como Green & Gold de Lianne Le Havas (el platillo de una batería es
un protagonista sistémico y de importancia prominente). La escucharías una y
otra vez… una y otra vez, fascinado del sonido que tus nuevos audífonos
mandaban a tus oídos.
En
Atlanta, al llegar a la sala, escuchaste por primera vez en tu viaje el idioma
que practicarías con empeño los siguientes días. Decenas de italianos abordaban
un vuelo que, traía con él un pasajero singular… una señora con un perro a dos
asientos del tuyo.
Greg,
un norteamericano de Philadelphia que ocuparía el asiento junto a ti, te
recomendaría ver “Sospechosos comunes”. Lo hiciste al ritmo de los vodkas que
tomabas con singular alegría, y brindabas con Greg y sus Jack with Coke (aceptaste que te encanta la forma en que los
norteamericanos piden esa bebida… “Jack”).
A
36,000 pies de altura volviste a soñar con un temblor… te despertaste gritando
(odias dormir en los aviones Leonardo, porque siempre despiertas gritando y el
de junto se infarta del susto). Greg, que medía como 1.90 y pesaba seguramente
más de 100 kilos, te agarro asustado de los hombros, te preguntó si estabas
bien. En realidad lo estabas, solo estabas un poco ebrio y habías soñado que un
temblor derrumbaba el edificio donde te encontrabas.
Le
contaste a Greg el sistema de alerta sísmica que existe en la Ciudad de México…
el te miraba con cara de: “hermano… nos pusimos pedos volando a Europa, no pasa
nada…”. Yo sabía que quería dar una explicación (no tanto a Greg… sino al
terror que me estaba persiguiendo).
Aterrizaste
en Roma… nunca pensaste que la capital Italiana estuviera tan cerca del mar.
Abriste tu pasaporte y al de migración le dijiste: Buongiorno…
Y
comenzaste a hablar en italiano; el idioma que llevas aprendiendo por más de 1
año… y que te catapultó a conocer tu primer país europeo fuera de Europa del
Este y Europa Central.
Saliste
del tren que conecta el aeropuerto con la central de trenes Termini. Buscaste
el autobús que debería llevarte al hotel, que sabías según habías leído… estaba
un tanto lejos de la zona turística, pero se encontraba en el vecindario (quartiere) de embajadas. Tenías mucho
sueño y mucho calor… lo “chamagoso” ya se hacía notar… querías una ducha y
dormir un rato.
Al
entrar al hotel, comenzaste a hablar en Italiano… el “receptionist” te veía con cara de risa… tu optaste por la buena,
reíste y le dijiste que eras un estudiante de italiano… te felicitó y a partir
de ahí, siempre te hablaría en italiano, y esperaría con paciencia a tú
ordenaras la idea que querías decirle, ayudándote a corregirla en caso de ser
necesario.
Roma
es un espectáculo. Aprendiste muchísimo… te encantó estar metido en zonas que
tienen miles (en plural) de años de historia. Le escribiste a Fabiola. Sabes
que Roma le encanta… te contó con mucha alegría lo impactada que quedó cuando
vio el Coliseo. Cuando entraste en él, fue imposible no pensar en ella.
Le escribiste
a Fabiola lo que pasó… seguías necesitando (y lo necesité por unos días más) un
poco de contención… como en su momento te la dio Sebastián, que desde Houston,
hizo gala de su ecuanimidad y te paró en seco: “Leonardo… estás bien, estás
vivo… podrías estar en una posición peor… pide ayuda a alguien, y salte de tu
casa… ¡Ya!”
Los
primeros tres días, tenías miedo. Un miedo poco usual. Estás acostumbrado a
viajar solo, a lugares muy turísticos y otros tantos menos receptivos a los
extranjeros. Sabías que el miedo venía de lo que había sucedido en Bogotá.
Te
llevaría unos días conciliar contigo mismo permitirte disfrutar y distraerte de
lo ocurrido. Tenías frente a ti un país que se abría para que lo conocieras y
disfrutaras… y eso harías.
También
comenzaste a disfrutar lo que denominaste “la bebida del verano”: el gin & tónica.
Tomaste cuantos quisiste, y donde quisiste…
Una
semana en Roma fue como un orgasmo cultural e histórico… información, datos,
arquitectura, pintura, escultura en el Vaticano… la capilla Sixtina, la
Basílica de San Pedro, el Coliseo, el Foro Romano, el Museo que diseño la
ganadora del Pritzker (Zaha Hadid), el metro, el Quirinal, la fuente de Trevi
(y la moneda que lanzaste), la plaza España… Roma. Le dijiste a un taxista:
“Roma es Roma”… El tipo te volteó a ver con cara de aprobación. Con esa cara
que ponen los locales cuando un extranjero alaba y celebra la existencia de su
ciudad y su cultura.
Y
sí… Roma es Roma.
Nápoles
implicaba tu cumpleaños… y conocer una ciudad que sabes, es importante para
alguien importante. Conociste Pompeya y
sabías que estabas parado en uno de los lugares que, sin lugar a dudas, era de
los más asombrosos que habrías pisado. Pensaste en Capadocia, que aunque nada
que ver, te hizo sentir estar en Marte. El cliché del italiano, el estereotipo,
estaba ahí… en Nápoles. Reíste muchísimas veces, escondido, sin que te vieran…
no podías no hacerlo.
Llegaste
a Capri… y justo unos minutos antes del medio día (hora exacta de tu
cumpleaños) entraste a un bar y pediste una copa de vino rosa… (un bicchiere di vino rossé) y brindaste
por tu cumpleaños 33. Estabas en una isla que parecía el paraíso de los ricos…
te reíste un rato… Disfrutaste mucho.
Pediste
una segunda copa de vino rosa… (un altro
bicchiere di vino, per cortesía)… el señor que te atendía te sonrió… te lo
trajo, e incluyó un platito con quesos.
Sonreías
ante ese gesto… y le sonreías a Capri.
Por
la noche, cenarías en el restaurante que Fabián y sus amigos tenían como cuartel,
como vínculo, y saludarías al dueño… dándole los saludos que Fabián te había
pedido darle… con tu mal italiano, te entendió… sonrió y respondió: “es un
chico que trabajaba en los barcos, ¿verdad?”
Llegaste
a Florencia y resultó ser un museo… el David te maravilló y te hizo pensar en
tu ex… sabías que él estuvo ahí. Ver “El nacimiento de Venus” te haría un nudo
en la garganta. Pocos (creo que nadie) sabe que es una de tus pinturas
favoritas. El nacimiento de Venus y El Grito, al igual que varias de Remedios
Varo (por herencia de mi madre) marcaron mi interés por el arte.
Cuando
terminó el segundo día en Florencia, te fuiste a dormir cansado. La pequeña
habitación que ocupabas, se ubicaba en el 3er. Piso de un hotel a dos calles
del Duomo. Esa noche volviste a soñar… y el sueño y el miedo que tenías se
harían realidad. En tu sueño, platicabas con Fabián… el sostenía un vaso con
agua… el agua comenzaba a girar.
Despertaste…
tu cama se movía en círculos. Pensaste por un momento que los huéspedes de la
habitación contigua estaban teniendo sexo de una forma animal, y golpeaban
contra tu pared… por lo que con el puño golpeaste la pared. Estabas medio
dormido… la cama se comenzó a mover mucho; los giros eran más violentos. El
vidrio de las ventanas comenzó a crujir. Todo oriundo de la Ciudad de México
sabe que el sonido del vidrio al crujir es señal inconfundible de algo malo.
Un
temblor azotaba Italia a las 3:36 de la madrugada del 24 de agosto. A la mañana
siguiente, sabíamos que un pueblo llamado Amatrice había perdido a muchos de
sus habitantes. En Florencia (a casi 3
horas de distancia del epicentro), solo los turistas hablábamos del tema.
La
metáfora del temblor y de que aquello que es débil cae… que un temblor
destruye, acaba con la tranquilidad y lo establecido se había aparecido en la
realidad en tu vida. Los sueños que habías tenido, antes de abordar y durante
el avión, señales inconfundibles del terror que te causó vivir una experiencia
donde pensaste y viste, comprometida tu integridad física en uno de los lugares
más seguros que podrías haber imaginado… se hizo presente frente a ti.
Pero
no te pasó nada. Ni en el asalto, ni en el temblor. La vida, el destino o quien
fuera, hizo del sentido figurado… algo real.
Al
3er. día en Florencia, horas antes de irme, atravesando una vez más el Ponte
Vecchio, no podías no pensar en tu amigo Sebastián… Te sentaste en un café y
pediste un gin & tónica… pensaste en todo lo que él te ha ayudado a lo
largo de 13 años de amistad.
Quisiste
hacer un detalle que, sabías, entendería. Enviarle la foto de un Pinocchio
sobre el puente. Creo que lo entendió.
A
Milán llegaste cansado. La Catedral y la moda resultaron un lujo no previsto.
La catedral, te impuso. Las gárgolas a las que Óscar Wilde llamó “demasiado”,
te fascinaron. Milán te invitó a que la conocieras diferente… y te metiste a un
barrio Milanés, a una cafetería local… tomaste café con los locales, y un toast… Milán y su castillo, y sus calles
de gran lujo… Tomarte dos Gin & Tónicas e irte de compras, aún no te es
perdonado por los de la tarjeta de crédito.
Abordaste
el último tren de alta velocidad que tomarías en este largo viaje. De centro,
al sur al norte de Italia. Llegaste a Venecia y no sabías qué hacer para llegar
a tu hotel. Te subiste, haciendo parte de una estampida de decenas, en un
acquataxi que te dejaría en San Marcos. Sonreías cuando, a bordo de un barco…
veías pasar a gondoleros… estabas en Venecia. Y conforme iban pasando los
minutos, te ibas maravillando de lo hermosa que es… Era como estar en una
película… en una película muy bonita.
En
la pequeña Isla de Murano pensaste en tu abuelo. Querías comprarte algo rojo,
algo que combinara con esa figura de Murano que tu recibiste como parte de los
recuerdos de tu abuelo materno, cuando el murió. Pensaste que, él estuvo ahí…
con tu abuela. Que seguro estuvieron muy felices… y compraste un pequeño portarretratos
rojo… sabías que lo colocarías junto a la figura de cristal de Murano rojo que
te recuerda a tu abuelo Tomás.
El
día que te fuiste lloraste (como lloras cada que dejas un país que conociste… y
que te permitió conocerlo). En el barco que, de noche, te llevaba al
aeropuerto… no había nadie… eras el único pasajero frente a una imagen de
Venecia única. De noche, Venecia es impactante.
Regresaste
con muchos kilos de más… en tu maleta y en tu cuerpo. Regresaste con muchas
historias, muchas recetas… olores, sabores, sonidos… aromas, colores…
sensaciones, conocimiento, datos, información… música, sueños, libros… ropa,
comida… un nuevo póster para tu casa (“La Creación” de Miguel Ángel estará
próximamente junto a los póster de Estambul y Viena)…
Regresaste
a casa con un recuerdo de Italia increíble. Espectacular. Y eso, nadie te lo
puede robar.
Regresaste
a casa… y le pediste disculpas al entrar. Es una especie de santuario… Es mi santuario…
“¡no volverá a pasar!”. Un día después comprarías flores (rosas), en señal de
disculpas y reconciliación.
Y
cuando te acostaste ese lunes, ya en Bogotá, en tu cama, antes de cerrar los
ojos, dijiste para ti mismo: “gracias …¡MUY
MUCHAS!…”.