(escrito el 20 de octubre de 2013).
“Acaba de suceder. Murió su
esposo”.
Evidentemente afectada, la
persona que nos informó esto, tuvo que tomar asiento… pasar saliva (un trago
amargo), mientras mi jefa y yo veíamos cómo sus ojos se ponían rojos. Una gran
amiga suya, compañera nuestra, y persona (más allá de en dónde nos conocimos) a
quien yo admiro y aprecio mucho, estaba atravesando una muy dolorosa situación.
Eso pasó hace casi un mes…
Hoy, desperté después de haber
conciliado el sueño, evidentemente molesto… malhumorado… y creo que
decepcionado, no sé si de mí mismo, o de un conjunto de situaciones que se
presentaron… situaciones que no supe manejar y que me llevaron a quedarme
callado. En una esquina, con los brazos cruzados… emputado.
Me sentí, o me quería sentir, un
poco solo. Pero tenía que librar dos frentes en ese “enojo”; uno de ellos era
aquel donde se encontraban las situaciones que me molestaron en extremo (vale
decir que son estupideces que en su momento me confrontaron a: o atacar y armar
un desastre, o quedarme callado… pendejamente, creo, opté por lo segundo); en
el otro frente, se encuentra la lucha que tengo conmigo mismo en últimas
fechas, cada vez que algo malo ocurre, que una situación no me es favorable, y
siento que hago un drama y me victimizo… y entonces comienzo a preguntarme si
ese “victimizarme” es exagerado… real… confiable… Me enojo. Me enojo porque me
acuerdo de las personas que usaron la expresión “te victimizas” con fines de
lucro y/o agresión.
“Curiosamente” el día había
iniciado con una historia que me permitió hilar las ideas hasta este momento.
Desperté ese sábado e hice mi
rutina: tomar un buen café… hacerme un desayuno ligero… y salir al cine a ver
una película que había esperado durante unos meses. Una persona de esas que
crees conocer, pero que en realidad no conoces, me había dicho que esa película
me gustaría porque, “todo viajero en solitario se sentiría identificado con la
idea que hay detrás del tema original”. Bastó ese argumento para esperar con
ansias el día del estreno, y llegado el mismo, asistir con entusiasmo a verla.
Me encantó… el final me hizo
vibrar… el final me hizo reír… el final me hizo sentir lo mismo que he sentido
muchas ocasiones, cuando me atrevo a decir: “olviden eso… olviden esa historia…
olviden todo… porque todo se puede acabar ahora” mientras me río con descaro
que disfraza miedo y emoción (tal vez exista en alemán alguna palabra para
describir eso, jajaja)…
Por la noche, intenté transmitir
esa idea a varias personas, quienes parecían, o no estar interesados en
escucharla o entenderla… o estar rodeados por un mal humor que me terminó
haciendo su presa.
Hice algo que, créanme, nunca
había hecho antes. Me levanté, y me retiré de la reunión… no sin antes sentirme
absolutamente enojado por todo lo que estaba pasando…
Ya en mi cama, me enfrenté (como
ya les comenté) a ese terror que me ataca de victimizarme más de la cuenta, y
por ende, sufrir de más… sufrir como medio de chantaje.
A veces envidio a las personas
que parecen no sentir sufrimiento, que parecen indiferentes a muchas cosas… que
parecen superhombres.
Parecen… pero no lo son. Y ahí,
sonrío yo solito, mientras recuerdo decenas de sesiones en el diván.
Enfrentarse a uno mismo, a miedos
que cualquiera de nosotros puede tener, y que nos pueden retener, es en
realidad, el tema que vino a mi mente para escribir esto… enfrentarse a lidiar
con aquello que muchos te han dicho que haces para complicar tu vida, y
chantajear a gente con lágrimas o con argumentos cuasi-perfectamente
estructurados en el lenguaje… de esos que nadie puede debatir… enfrentarse a
tener que poner esa idea sobre la mesa (o sobre la mente, porque hacía rato ya
que me había levantado de la mesa) y cuestionarme qué tanto mi encabronamiento
era “válido” y no era un enojo “de sentimiento”… “No hagas de tripas corazón
Leonardo”, me decía una persona hace mucho tiempo… me encantaba que lo dijera.
Enfrentarse a quedarse “solo”… y
tener que rehacer tu vida. Con lo que tengas, con lo que puedas… y como puedas.
Cuando la vi, tres semanas
después, vestida de negro absoluto… en riguroso luto, frente a mí, me detuve.
Caminé hacia ella, mientras ella me veía y me abrió los brazos. “Lo siento
mucho… de verdad, siento mucho lo que estás pasando… y quiero decirte que te
aprecio mucho, y te respeto mucho… si puedo hacer algo por ti, no dudes en
pedírmelo… De corazón”. Su voz entrecortada, respondió lo que tenía que
responder: “gracias chico… (me abrazó de nuevo)”. (Me gusta mucho, por cierto,
que ella me diga “chico”).
A veces, quiero pensar… y por
experiencias personales lo digo (y pido por favor, no hacer de ese comentario
algo egocentrista, o “creído”) que cuando te quedas sin “Gravedad”, simplemente,
te agarras de lo que puedes, con tal de seguir, o mejor dicho, de intentar
seguir.
A veces no sabes si es lo
correcto; y creo que también es válido preguntarse si es “válido” hacerlo, si
no deberíamos dejarnos arrastrar con todo lo que está pasando. Si nuestro mundo
“parece” estar destruido, por qué no dejarnos destruir con él.
A veces, siento, es válido
levantarse de la mesa, y decir: “estoy molesto… estoy MUY molesto”.
Y creo, que eso, no es hacerse la
víctima, sino simplemente es …lo que
estás sintiendo…
Cuando la vi vestida de luto
riguroso… me acordé de mí… en el peor momento de mi vida… en el diván…
berreando… destruido… empapado… con la presión baja… no podía ni hablar… Y mi
analista lo dijo: “se da cuenta que viene vestido de negro… todo de negro…
porque está en luto… y en vez de hablar de él, de quien lo dejó… habla de
Cristina Fernández… y de su difunto esposo”.
Nos vemos, en otra sesión.
(con mucho cariño, a esa persona
que en enero pasado, en una comida junto al mar, me dijo: “Leo, vete a Turquía").