(escrito el 8 de noviembre de 2015).
Últimamente
he tenido problemas con mi nivel de concentración, y evidentemente, con mi
nivel de tolerancia a lo que yo considero estúpido.
Lo
noto (y se nota desde afuera) con cierta facilidad: no he podido terminar de
leer el libro que elegí leer, no me atrapa… sin embargo, “siento”, y me digo a
mi mismo –ya saben, en ese “deber ser” nefasto y atosigante que parece, no nos deja ser-, que “tengo que
terminarlo”.
Hace
ya algunos años, casi diez (o un poco más), en una clase con dos profesores que
simplemente no me caían, y con quien tuve mi primer encuentro serio de
conflicto de ideas (en el cual me resguardó mi “siempre” fiel compañera de
batallas, Fabiola), les escuché argumentar una patología con la imposibilidad
de terminar los libros que uno empieza a leer… en lo general, era con la
imposibilidad de terminar las cosas que uno inicia. En esa época, me acuerdo
perfectamente bien, tuve algunos problemas (considerados por mi “deber ser”
como graves), al leer un libro que se convertiría en uno de mis favoritos: “El
Retrato de Dorian Gray”. No podía pasar de aquel capítulo –según yo es el XII-
en donde Wilde describe con gran precisión detalles y artículos que se albergan
en la casa de uno de los protagonistas… uno no se da cuenta, hasta después de
haber terminado el capítulo, que es con esa letanía de detalles que el autor da
a entender que pasan los años, y como sabemos, Dorian Gray no envejece.
Yo
llevé ese texto a mi análisis, con mi psicoanalista de ese momento (la de la
calle de Lope de Vega… en Polanco), por mi gran sabido temor a envejecer, y a
crecer… el tema pasó, y ese año hice mi trabajo final para esa materia,
Psicopatología de la Vida Cotidiana, sobre ese libro.
He
intentado dar explicaciones al por qué no puedo avanzar con alguno de los tres
libros que tengo como meta para antes de finalizar el 2015… Me respondo que el
último que leí fue tal EXPLOSIÓN de emociones y sensaciones magistrales, que
aún me niego a dejarlo… En agosto decidí abrir un libro que había visto, por
primera vez, en un anaquel de la sucursal de Porrúa, en el centro comercial que
lleva por nombre, el nombre de la avenida donde se encuentra y 3 números, ubicado en la Ciudad de México... por una larga historia bastante extraña, terminaría comprándolo en la Feria Internacional del Libro de Bogotá. En aquella ocasión (en México) llamó mucho mi atención la historia en la contraportada –nótese
que eso fue hace como 4 años-… Yo ni idea que la vida me traería a vivir a
Bogotá… a unas calles de distancia de donde el autor (Santiago Gamboa) decidió
darle domicilio al protagonista de “Plegarias Nocturnas”.
Aún
hoy, por más imbécil y pendejo… mediocre e infantil que me quieran considerar,
cuando paso por el cementerio de Usaquén, toco la pared… pensando en que fue
ahí donde Manuel Manrique pintó parte de sus graffitis… y cuando veo pasar un BMW, supongo que es Edgar “Alan”
Porras el que va manejándolo. (Para
aquellos que no conocen Bogotá, Usaquén es un barrio o colonia, dentro de la
municipalidad o alcaldía con el mismo nombre; es muy famoso por su pintoresco
centro, en donde junto, se encuentra un cementerio... Usaquén es el primo lejano de Coyoacán).
“Plegarias
Nocturnas” ha sido, para mi, una revelación que impactó de tal forma en mi
vida, que me he sentido obligado a contarle esa experiencia a más de uno… (en
realidad, a casi todo con el que he hablado).
Una
vez, cuando le conté sobre el libro a alguien que, notablemente no le importaba
una verga la historia que salía de mi boca (y no podía ver lo emocionado que me
encontraba), me acordé de una entrevista que le hicieron a una señora bastante
“controvertida”, en relación a una historia que decidió plasmar en un compilado
de muchas historias, de muchas mujeres (me refiero a Guadalupe Loaeza, y el
libro "Gritos y Susurros" de Denise Dresser)… En esa entrevista, que salió por
televisión en un programa especial del Canal Dos… Loaeza hablaba de cómo,
cuando descubrió a su entonces novio/pareja… o significant other, con su amante… ella arrancó en ira (al menos eso
dijo ella, así lo describió… “ira”… para mi me parecía muy simpático escucharla
decir frases muy “Loaeza” como “puntapié”)… El punto al que quiero llegar, es
que ella dijo que después de mucho hablarlo con su psicoanalista (recuerdo bien
que eso me hizo reír, por obvias razones)… comenzó a contarle la historia a
todos… al taxista, a sus amigas… a la gente con la que hablaba… a la cajera de
El Palacio de Hierro… etc. Hasta que un día pasó.
Abreacción…
¡lo sé Freud, deja de joderme!
A
veces, estando yo en el diván de la última psicoanalista con la que asistía en
México, la de la calle de Hegel (también en el barrio de Polanco), y decía algo
que ya sabía… algo que era obvio, algo que me chocaba… yo solía gritarme a mi
mismo: “lo sé Freud, ya lo sé… deja de joderme”… el silencio de ella, era lo
que continuaba a mi queja; seguro porque sabía que cuando ya había llegado a
ese punto, yo seguiría hablando. Ya lo sabía… ahora qué haría con ello.
Mi
mal humor ha estado caracterizado por una falta de tolerancia casi absoluta a
lo estúpido. Mi nivel de diplomacia ha estado en lo más mínimo… casi
inoperante. Y no me importa. Esta semana que terminó, dos personas me dijeron
que “nunca me habían visto tan enojado”… Por un evento que pasó en el trabajo,
salí furioso a unas oficinas del piso superior, y entré a gritarles… Cual loco
desquiciado. No es algo de lo que me alegre. Es solo una señal. Y las señales,
hay que verlas.
¿Señal
de qué?
Señal
de que estoy… molesto y saturado. Molesto porque… pues por varias razones, pero
se resume a que no siempre las cosas llegan a donde tu crees que llegarán.
Molesto porque a veces parece que mi mente se deja controlar, se vende como
prostituta venida a menos, a lo que el deber
ser le indica que debe hacer…
Y
ahí va… de puta, a hacerlo.
Y
ahí voy… de pendejo, porque, es lo que debo hacer.
Desde
hace unas semanas para acá, decidí atacar ese sentimiento con dos acciones
claras… hacer algo que irremediablemente, y sin discusión, hubieran estado en
mi lista de cosas que yo “siempre había querido hacer, pero no lo había echo”: aprender
italiano… y tomar clases de salsa.
Así
logré un pacto con mi mente, acostumbrada a prostituirse al “deber ser”, con
algo que mi pasión más nata, más mía… quería hacer: hablar italiano y bailar.
En
mis clases tengo tareas que hacer… estudiar para el examen… practicar… aprender
a conjugar… presentarme… escuchar nueva música (o entender la que ya me
gustaba); y/o… practicar mis pasos… contar la música en ritmos de 8 (¿sabían
que la música lleva compases de 8 tiempos?)… bailar frente al espejo… y bailar
con mi maestro (un tipo súper chévere, que me pidió bailar frente a él el
primer día, para saber si aceptaba o no, ser mi profesor).
Parece
que mi mente se relajó… hay una mezcla entre “lo que tengo que hacer” y lo que
“quiero hacer”…
Es
un pacto muy sano. Es el lado puta de mi mente, renegociando con su chulo… con
el pimp. Lo siento, pero no cualquier
puta, renegocia con su pimp.
Eso
me ayudó a disparar un objetivo: “viajar a Italia, regresar a EsLOVEnia y
terminar en la amada y endiosada Hungría”. No hay ciudad más bonita, que la
capital de Hungría.
¿Y
sobre los libros…? Pues… es complejo aceptarlo, pero… me duele mucho saber la
muerte de un personaje. Me duele bastante. Ya me había pasado, cuando mi ex
pareja y yo nos dejamos, decidí leer un devastador libro llamado “Conversación al Sur”
(de Marta Trava). El final me puso tan –pero tan mal- que, combinado con la depresión que me
cargaba, mi madre accedió a darme pastillas para poder dormir ese noche (en mi
familia, los medicamentos están alejados de nuestra rutina).
Me
duele saber que un personaje con el que te involucras tanto, pero tanto, tenga
un final tan duro.
Eso
me pasó con Manuel.
Por
eso, al pasar por el cementerio de Usaquén… y tocar parte de sus paredes…pienso que lo traigo a la vida…
Estoy
asustado, o casi negado… a perder a otro personaje. Al menos por este año. Lo
bueno, es que al año, le quedan pocas semanas de vida.
(ironías
de la vida… no sabía, hasta que llegué a vivir a Bogotá, que Marta Trava vivió
aquí. El museo de arte moderno de Bogotá, MAMBO, se llama como ella, por ser una
de quienes impulsó el arte moderno en Colombia. Ella, como saben, era
Argentina… y uno de los personajes en el libro que mencioné, se viene a vivir a
Bogotá. Curioso, ella fue también la escritora de “En cualquier lugar”… de ahí
el nombre del programa de entrevistas del canal 22 ya hace unos años. Si nos
apegamos la teoría de Donald Winnicott, que vi en la clase con los dichosos profesores, “todo esto yo ya lo sabía, solo que no me acordaba").