(escrito el domingo 31 de marzo del 2013).
“Tranquilidad… se llama el juego”. Esa era la frase que continuamente una ex compañera de trabajo decía, cuando las cosas se ponían tensas, o cuando me veía nervioso.
Era mi primer trabajo “grande”, en una empresa “enorme”… de esas empresas en donde las áreas (o departamentos internos) se hacen llamar en inglés, con acrónimos a veces difíciles de recordar. Yo, muchas veces, me ponía nervioso. Ella, sabía jugar su juego.
Las cosas no me han salido del todo bien en las últimas semanas.
Hace unos días, incluso me molesté, por recibir una devolución de mi analista, en la que me decía (casi en tono de oráculo): “los actos que usted está haciendo, pueden poner en serio riesgo su salud… y su vida –además de otras cosas-“.
Soy alguien que, desde hace mucho tiempo, dejó de creer en el destino. No puedo concebir que haya algo “escrito” y que no podamos movernos de ahí… eso me parece casi una tragedia griega. Intento muchas ocasiones, ver en dónde está el error o la acción que me llevó al lugar donde estoy; sea bueno o malo.
Tampoco soy alguien religioso, que de para bien la voluntad del Dios al que confíe –y agradezca- mi existencia… es más, siendo honestos, me parece un poco espantoso ese pensamiento… “si Dios lo quiso así, así será”… Casi puedo escuchar a mi abuela diciéndolo, y yo casi puedo ver mi rostro enfadándose y ver a mi padre sonriendo sarcástico…
Desde hace semanas no me he sentido en mi mejor momento para tomar decisiones; y sin embargo… las tomé.
Mi afán por “conocer gente” y pensar que tal vez así pueda ampliar mi círculo social… o encontrar a alguien dispuesto a arriesgar-se en un compromiso conmigo… es la mayor de las falacias que me construí, y en la cual decidí creer… y cuando conocí a alguien con quien me involucré, no pude ver la magnitud de la decisión que estaba tomando. Hasta que asistí a su funeral, y su mamá al despedirse de mí, se acercó y en voz baja me dijo: “Leo… cuídate”.
Mi analista elevó en esa ocasión el tono de voz: “usted sabía que iba a morir”… “usted se involucró como hacía mucho no lo hacía…”… “usted así lo decidió…”
Mi mente se defendió… “aléjate”.
Y estaba tan alejado (o no sé si decir estoy) que ni para leer he “estado”. Todo lo que abro y leo me parece lejano, insuficiente, poco interesante… poco ligado a mí. Inclusive, “poco arriesgado”.
Pienso, parece que únicamente en mí… en él… y en el otro que también se fue –el que no murió… pero sí logró que una parte mía muriera-.
Y entonces sucedió (así como decía Kevin Arnold). Mi nuevo profesor (Juan, un chico de 21 años que juega al tenis desde los 8) me dijo: “va, te tiro un revés al fondo”… y brinqué, doblé la rodilla y puse la raqueta en posición (logré ver ese punto débil que debes ver en tu contrincante para devolver la pelota. Debía ser un revés cruzado). Algo no funcionó, algo no “fue” como “debía ser”… mi pié izquierdo se dobló y caí al piso. El dolor fue demasiado elevado. Grité, maldije… casi lloré…
Por la noche, en el hospital, el médico (un idiota por cierto) se burlaba sarcásticamente de mi poco umbral de dolor, porque según él, un esguince de 1er. grado, no justifica una visita a un hospital. También se burló de mi desmayo causado por mezclar una pastilla contra el dolor con un merlot de Mendoza…
Por la noche, con mi pie vendado, vino a mi mente la frase: “pueden poner en riesgo su salud… y su vida”.
También pensé en él, cuando me confió qué había pasado ese día. “Yo pienso Leo, que cuando uno busca algo, lo encuentra…” (recuerdo que bajó la mirada, y sonrió de la forma en lo que lo hacía… se puso triste…).
Pienso que las decisiones que he tomado me pueden llevar a un severo conflicto con mi existencia, y no sólo con mi existencia futura (si es que…) sino con mi presente, y en ambas la situación se complicaría y MUCHO.
Las falacias en las cuales creí, deben convertirse en eso, y dejar (yo) de pensar que son “realidades”. Recuerdan ustedes al “Sr. Falacia” (¿vieron la serie Ángeles en América?). Una vez, hablé de eso en el diván… me reí: “era un negro doctora, el Sr. Falacia era un negro, un tipo “Pimp”… era EL Pimp… ya sabe, recargado, seductor, mascando chicle… y le preguntaba a la chica, cuyo nombre no recuerdo (ni ahora) a dónde quieres ir nena… ella le respondía, sáqueme de aquí Sr. Falacia… lléveme… al polo norte”.
Las decisiones que tomé, están mal tomadas… ahora, debo decidir qué hacer con ellas.
Y para eso debo recordar que: “tranquilidad …se llama el juego…”