(escrito el 16 de octubre de 2016).
“Leo,
¿conoces el restaurante “La Provence de
Andrei”? Ayer comí ahí y me pareció bueno”.
El
mensaje llegó a mi sistema de mensajería instantánea, un sábado por la tarde,
mientras yo dormía profundamente. Mi jefa, con quien guardo una cercana
confianza, me lo enviaba porque sabe bien, que me gusta salir a comer a lugares
lindos. Cuando me vine a vivir a Bogotá, tras una serie de cuestionamientos
raros por parte de mucha gente, ella defendía mi decisión con el argumento de
que “en Bogotá, existen buenos lugares para ir a comer”.
Y
sí. Los hay.
Ese
fue el primero de muchos mensajes que durante este mes y medio, mucha gente me
ha enviado para preguntarme cómo estoy… hacerme saber de ellos… y en síntesis…
hacernos saber que nos apreciamos.
Mensajes
en todas vías, incluso el tan poco usado ya correo electrónico… llegaron a mi,
casi como en premonición… desde muchas ciudades en el mundo. Y eso, a una
persona que se las cree de “muchas ciudades en el mundo”, pues le hace sonreír.
Detalles… detalles buena onda.
Hasta
que llega un detalle, mala onda.
Hoy
domingo, el día parecía bárbaro. Desperté a la hora que se me dio la gana, por
segundo día consecutivo (por un feriado masivo en Colombia, no tuve clase de
italiano en más de 6 meses seguidos). Desayuné, como nunca, una bomba de
azúcar… una deliciosa mermelada atacó todo lo que se presentó ante mi.
(si
no lo saben, tengo una sumisión absoluta a la mermelada… a la buena mermelada).
Continué
con la lectura a un libro nuevo, que decidí iniciar ayer… que aún me tiene
“mareado”. Y encendí la T.V. El equipo de fútbol americano, que apoyo desde que
tengo escasos 8 años, jugaba contra un acérrimo rival.
Mi
silencio era partidario del mal momento que atraviesa la franquicia a quien
apoyo incondicionalmente, y que de broma digo, “no me moriré, hasta verlos
ganar un súper tazón”.
Ganaron.
Por una paliza… si me dejan expresarlo así.
Bailé
frente a la televisión. La felicidad la veían los árboles que se posan frente a
mi ventana, y mi cama recién tendida… no sin antes escuchar mis mentadas de
madre, y mis “son mamadas, pinche árbitro culero…”.
Mi
felicidad me llevó a comer, no a la Provence
(…) sino a un “carrito de comidas” (un food park, donde venden salchichas
alemanas. Pedí una salchicha blanca… me encantan. No tienen un idea cuánto. Esto
por una historia familiar, que otro día relataré...
Y
ahí arrancó el tema.
Mi
último domicilio en la Ciudad de México, se encontraba a unos pasos de un muy
buen restaurante alemán, llamado “el jardín Nibelungo” (o su equivalente en
inglés).
Fui
ahí, las veces que quise… tan así, que ahí fue el primer lugar que mi sobrina
(Diana) vio caer hielo del cielo.
La
mesera de este carro de comidas, fue a preguntarme un gran número de ocasiones,
“¿cómo me había parecido todo?”. En verdad la comida era buena, aunque la
poción un poco pequeña.
La
señora, amable “hasta el tuétano” me dijo: “en dónde se hospeda”… y mi mente,
juguetona como ella sola, me respondió: “Claro Leo, es que no eres de aquí… ¿te
acuerdas que eres extranjero… y que por más que te intentes ver cool, no lo logras?”. Respondí, vivo
acá, cerca. Acaban de abrir una cafetería cerca de mi casa… en Bella Suiza,
donde venden salchichas y cerveza alemana… pero no las he probado. “¿Y qué le
parecieron las nuestras?” (pensé que solo le faltaba el “sumercé” para
separarme más de ella)… “La verdad, muy buenas…”.
“Me
alegro… se va a amañar”.
Fui
a caminar, acompañado de un extraño sabor de boca… a unos pasos de ahí, está el
parque de Usaquén (que como saben, es “vecino” a mi casa). Visité el pequeño
local de personas que dan perros en adopción. Llevo semanas pensándolo. No me
atrevo. Ridículamente pienso en llamarle a mi landlord y preguntarle qué piensa de mi idea, y si lo permitiría…
al final, es su casa…
Caminé
a una de las mejores cafeterías que tiene Bogotá, y por ende, el mundo. Ya me
conocen. Un helado de mascarpone, un “hechizo perfecto” (un cóctel a base de
ron barranquillero, crema irlandesa y helado de café) y un flat white (mi excentricidad lo convirtió en mi café insignia ahí).
Mi mente estaba en otro lado… no me concentraba… algo me pasaba.
Salí
a caminar, y pensé lo que obvio. Y de esta forma: “quiero un vino”.
Fui
a un supermercado, donde justo a fuera hay un local de flores donde siempre
compro, a buscar una botella individual de vino tinto… aproveché para comprar
unas arepas, crema para el cuerpo, y una hogaza de pan con queso recién
horneado.
Al
formarme en la caja, me llamaron a pagar. De pronto, regresó el señor que
recién había pagado sus productos.
“Bueno,
pero qué le pasa… si le pedí hacer un retiro”. “Usted está muy distraída… usted
es una incompetente”.
Me
puse rojo…
“Oiga,
no sea grosero” (dijo la voz de un chico, que acompañado de su novia, o una
mujer que se hacía parecer a su novia, estaban detrás de mi).
“¡La
puta que te parió! ¡Te formas y le pides disculpas!” Habló mi intestino. Nos
hicimos a los gritos… alguien me dotó de una voz, prominente, cuando quiero
insultar.
Solté
uno de los mayores insultos que jamás se me habrían ocurrido.
Hubo
un silencio encapsulador. Una señora, vestida con un intento de abrigo, que
compraba un suavizante de telas, me veía horrorizada.
(Nadie
viste de abrigo, para comprar un suavizante de telas).
El
sujeto a quien dirigí mi insulto era calvo… se calló… y respondió: “vete…
largo, anda”. Peor… me fui hacia él, mientras el vigilante del Carulla (un
intento de Superama) se alertó. De a poco se acercaba a mi.
Detrás
del tipo al que yo insultaba, había un estante de mermeladas (algunas de ellas,
las he comprado… sobre todo una de higos, que me resulta fantástica).
Sentía
como mi cabello se movía, mientras le gritaba, mirándolo a los ojos, todas mis
maldiciones (que por cortesía, no describiré aquí)…
Hace
poco, Camilo… mi estilista, mientras me aplicaba un “menjurje” me dijo:
“marica… tienes pelo mejor que vieja”. Nos reímos por minutos, él y yo. Camilo,
sabe que soy gay… y sabe que me resulta (muy) sexy… Fue uno de los mejores
piropos que he recibido este año.
El
guardia del Carulla se acercó a centímetros míos… Cuando el tipo me dijo vete,
me le fui encima… “vete a donde… ¡ven! Discúlpate!”. El silencio en esa tienda,
era especular.
El
tipo se fue… hubo gritos. Insultos “hasta la madre”.
La
cajera lloraba. Le hablé claro y fuerte: “no dejes que te hablen así”. Me vio a
los ojos, me dio mi voucher y susurró… “gracias”.
No
supe, no sé, por qué lo dijo.
Salí
del Carulla y vino un flash a mi mente… Me acordé de algo: estaba en un
Superama (una tienda muy tipo el Carulla) cerca de mi última casa, en la
Narvarte… por la calle Cumbres de Maltrata… en la colonia Narvarte. Compraba un vino. Un tipo se
acercó a mi, a la cajera que me atendía y le quitó el vino de la mano a cajera.
Reaccioné con toda la furia de mi ser… lo insulté hasta que me sangró la
garganta…
Un silencio
atormentaba el Superama que está a unos metros de la estación del metro Xola.
El
tipo, mientras yo lo insultaba, me tomó de los hombros y me dijo:
“lo
único que te quiero decir, es que si compras 2 de estas botellas, una te sale
gratis… hoy hay dos por uno”.
Sentí
como mi páncreas se detuvo. No sabía qué decir… Mis ojos se pusieron rojos. La
vergüenza me carcomía. El insultado, me tomó de los hombros, con sus dos manos,
y me dijo: “ve a tu casa, y abre el vino… lo necesitas”. Me reí… el tipo me hizo
un guiño. Entendió que no era personal.
Le
conté, unos minutos después, a Federico, lo que había pasado. Él, aterrado,
salió del depa, y volvió minutos después con una bolsa de Rancheritos.
“¡Boludo!” (yo amaba que Fede me dijera “boludo”)… “mirá… vení, chupáte el vino”…
Reímos
como 1 hora (para mi, fueron como mil horas… en verdad extraño a un amigo como
Fede).
Mi
amigo me conocía… sabía que una bolsa de Rancheritos… me calma mejor que un
Prozac.
Hoy,
salí del Carulla… La cajera lloraba… el tipo abrazaba a su novia… la mujer del
abrigo seguía horrorizada, y el guardia me dijo: “no pasó nada”.
Lo
miré a los ojos y le dije: “claro que pasó… insultó a tu compañera… ¡y tú no
hiciste nada!”.
Llegué
a mi casa con un ramo de gladiolas rosas… una botella de vino, y unas arepas de
yuca para mi desayuno semanal.
Pensé
en que quería algo “mío”. Quería una bolsa de Rancheritos… quería que no me
dijeran “extranjero”… quería poder hablar con alguien de la victoria de mi
equipo, los poderosísimos (adjetivo superlativo otorgado por mi) Delfines de
Miami… quería sentirme normal, en un día normal.
Pero
cuando eres extranjero, y susceptible como yo, la normalidad no existe.
Hace
unos días… un amigo (al que le tengo un aprecio, superlativo) fue hospitalizado
y no estuve ahí… para acompañarlo… mi sobrina (que padece una complicación
médica, compleja, mas no imposible), tuvo una ligera recaída; y mi perro, que
tiene tantos años como Tutankamón (y que me conoce al cien) fue salvado de
una eutanasia canina… Para ninguno de ellos estuve.
Para mi mejor amigo, que no
la pasa bien, hace meses… estoy lejos. A veces, no sé como hacerle saber lo mucho que lo quiero.
“Boludo…
chupáte el vino”… Fede, siempre tenía una respuesta inteligente.
Hoy
era un día, de esos lindos en Bogotá. Cielo azul, y mucha gente en Usaquén… hoy
era un día normal para mi… hasta que alguien me hizo saber, que no… no
soy de aquí.
(aunque
sus salchichas, sean muy buenas)…
Y
por eso, entre otras cosas …me agarré a gritos con un pelón en el Carulla…
(Fede, un gran amigo mío, al quiero un montón,
murió el 14 de diciembre de 2013 en la colonia Condesa, en la Ciudad de México.
Su muerte me afectó demasiado… Una
vez, hablando él y yo… echando vinos… me
dijo que si quería superar a mi ex, me tenía que ir de México. Y por eso, entre
otras cosas, me fui).
El
restaurante “La Provence de Andrei”
es muy cercano a mi casa. Está en Usaquén. Es bueno… sus meseros (muy guapos
por cierto), usan una playera a rayas rojas, con blanco… les recomiendo, la
codorniz.