(escrito el sábado 10 de diciembre de 2011).
Durante mucho tiempo he pensado… en realidad qué quiero decir.
Es decir, me cuesta realmente aceptar darle crédito a un pensamiento, y no pensar que entra como un señuelo a mi mente, para distraerme. El día de hoy, o más bien, la noche de hoy –justo después de un temblor que no sentí, por estar viendo un perro a lo lejos- sé que lo que les quiero decir… es una especie de despedida, una especie de adiós… y no porque me vaya a algún lugar, o porque me vaya a matar y esté escribiendo esto al estilo “Lupe Vélez” , sino porque creo que en las últimas semanas, directamente influenciado por el hecho de que ya no vivo en casa de mi madre, y que por tal motivo, despierto en una cama distinta, mucho más grande, que camino por calles distintas, muchas de ellas con árboles y edificios… con muchas cafeterías y gente amable… que mis rumbos han cambiado… creo que ello me ha ayudado a combatir la depresión que sencillamente, ha declarado un #OcuppyLeonardo.
En los últimos meses, mi vida ha estado marcada por el llanto, la depresión… los recuerdos que bombardean como misiles sin piedad de los civiles… por quiebres involuntarios… por necesidad de que gente me escuche y/o abrace… en los últimos meses… mi vida, ha estado cuasi destruida… derruida… mi vida, es el clásico ejemplo de una eterna depresión de una mente con recuerdos… y un corazón desalojado.
Hace unos días pasó algo… “curioso”. ¿Se los cuento?...
Ocurrió un lunes, al término de una sesión de psicoanálisis (ese eterno psicoanálisis que insiste en analizarme, y yo que me dejo)… surgió la pregunta del por qué no logro enojarme “con él”. Por qué si Leonardo es un tipo sumamente explosivo, por qué no logra expulsar de su mente y corazón ese enojo que sencillamente se niega, inclusive… en hacerse presente. Tres calles después de haber abandonado el consultorio, decidí entrar a una tienda a buscar una frazada que me cubriera del frío que ésa semana en particular, se empeñaba en hacer sufrir a la Ciudad más grande del mundo… por un “error” mío, entré a la tienda atravesando la rampa de salida de los automóviles… cuando de pronto, un Yaris me golpeaba la pierna izquierda, haciéndome girar en 180 grados y un poco hacia atrás… ya ahí, el conductor del auto se empeñó en demostrarle al mundo su estupidez flagrante, dejando caer el auto a todo, golpeando mi mochila. Todo esto que cuento, pasó en no más de 10 segundos. Tras el susto, el conductor me miró, y decidió ignorarme, intentando irse del lugar, sin saber que 1 metro adelante, el tráfico lo conminaría a no poder pasar una calle en al menos 20 minutos (Horacio esquina Arquímedes… en Polanco).
Estallé.
Decididamente golpeé la ventana del automóvil, pateando la defensa del auto japonés (cada que digo alguna palabra y la junto con el gentilicio “japonés” me acuerdo de la frase de la canción “y me contaron que te vieron paseando con ella, en el bosque japonés”…)… mis golpes e intentos (sí… intentos) de patadas voladoras, hicieron que al menos 20 personas miraran con expresión de pánico y otros de empatía a mi enojo.
El punto, es algo que me da pena, y que puede no ser entendido por mucha gente –sobre todo si ésta no me conoce-… pero para que el futuro contexto se entienda, lo tengo que decir…
“¿Vos no sabés manejar? ¡Mirá que sos pendejo!”… cerré mi puño, y tras decir esas palabras –mismas que salieron de mi boca, sin pensarlas… ¿alguna vez han dicho algo, y tras escucharse a sí mismo, se dan cuenta que no lo pensaron… que salió “en automático”?- comencé a golpear el auto…
La “guzmanidad” se apoderó de mi… “transformen éste cuerpo decadente…”… “transfórmame Sinergy”… todo pasó por mi mente… destruir al tipo y al auto en cuestión.
Tres días después, el jueves, comentaría en el diván lo sucedido… además, de ir vestido de forma particular. De negro.
Al final de la sesión, cuando suelo romper en llanto, cuando mi cuerpo ya no aguanta y explota… dije algo… “pues no sé cómo se haga eso… preguntémosle a Cristina Fernández, seguro ella sabe”. Unos minutos después vino el comentario con el que cierro la anécdota del “¿se los cuento?”…
Creo que está en duelo. Esta imposibilidad de enojarse con él… “ay Doctora, lo dice porque hoy me vestí de negro…”, y mire –respondió ella- ahora que lo comenta, desde que lo vi noté algo distinto en usted… que normalmente se viste de colores claros… el que hable de Cristina Fernández, que se viste y vestirá de negro… que está en duelo… que usted llore, que aún no se permita integrar, que no pueda si quiera enojarse… porque tiene motivos, ¿no se merecía usted una explicación a lo que estaba pasando?... y explota… se enfurece con “otro”… con un ajeno.
Pensé en ese momento para “mis adentros”… “y hablo con el vos, y el sos”…
El duelo imposible de combatir…
El duelo que se tiene perdido, antes de que comience… el duelo que me quitó todo, y para que no me quitara más… tuve que adquirir un colchón nuevo… uno que no tuviera recuerdos…
Mi vida no podía permanecer sin cambios, si acaso yo quería seguir viviendo.
Hoy… terminé de ver por segunda ocasión la película “París te amo”. Me encantan algunos de las historias que ahí salen… el matrimonio que se pide el divorcio… el chico invidente que hace una retrospectiva brutal de su relación con la actriz… el muchacho que habla del sentir de un alma gemela, con un chico que no entiende nada por no hablar francés… y por supuesto, la mujer cartera que visita París como su gran sueño… y rompe en alegría / tristeza cuando siente que se ha enamorado de París, porque la ha hecho sentirse viva…
Hoy… otro sábado más… terminé… sintiéndome. En duelo.
Solo que la persona con quien tendría que combatirlo (en juego de palabras)… me dio la espalda, para irse a otra vida…
A veces… últimamente me pregunto… ¿qué tanto vale la pena seguir?
¿o si sólo es… por darle felicidad a otros?… mientras por dentro… la hemorragia –lo sabes- te ha matado…
A veces… últimamente me pregunto… ¿cómo es que sigo aquí?
Si nunca me sentí lo suficientemente fuerte como para aguantarle el paso a la hostilidad…
A veces… me creo el fuerte… juego “al que sí puede”…
Y cuando inicia una canción que lo trae a mi mente… todo se derrumba… y suplico se detenga.
Quiero creer que esto terminará… y que mi sonrisa natural… surgirá con todo.
A título personal… les quiero agradecer, nuevamente, el estar conmigo… el apoyarme… el llevarme e invitarme a los toros… el invitarme a un café en un lugar lindo… el invitarme a una fiesta, y platicarme de su vida… el abrazarme cuando ya no podía mas, y terminar contándome un chiste pendejísimo que a los dos nos hace reír… agradecer el que sean mis amigos… y que me le demuestren con todo.
Gracias… (Hvala!)...
Y que pasen unas buenas fiestas. Las mejores… o por lo menos …unas “no tan peores”…
Cuando llevábamos más de una hora de vuelo, ya de vuelta a México… el piloto extrañamente habló en español, sólo para decirnos que íbamos a entrar en turbulencia “porque estábamos entrando a una nube”… la señora junto a mí dijo riéndose hacia mí: “¿entrando? En qué momento salimos, si esto se mueve todo el tiempo…”
Reí… y pensé, que no voy a salir de esto… en mucho tiempo... tanto como ese avión atravesando la nube.
Un abrazo fuerte… y me quedo con la frase que me vino a la mente, grosera y majadera… naca y sin sentido… gloria y con pena… ¿Quién necesita París?… cuando existe un Budapest.
Se va el año… que me mostró ballenas en Los Cabos… el por qué para los habitantes de Zagreb una fuente representa toda una historia… el dragón esloveno que no me deja (y que bueno) en paz… un parlamento húngaro que me hizo sentir muy chiquito… el laberinto del centro de Bratislava… el museo Freud en la calle Bergasse 19 (asse, significa calle, so… es la calle Berg)… y Jakub, en la torre de Praga…
Ah… y también me tomé un café en Bogotá.
Solo alguien con una depresión de libro… no podría ver que este año, tuvo cosas muy buenas… por otras tantas terribles.
Sretan Božić, Sretna 2012!