Esta
no es una historia triste.
Es
ésta la historia de cuándo y cómo conocí a un vampiro.
Un
vampiro (como todos) que no puede ver la luz, y que no podrá morir… a menos que
le entierren una estaca en el corazón. Uno que, parece, lleva en el ser vampiro,
la penitencia de haber tenido “aquella noche mágica” con la chica de sus
sueños. La chica que en el transmi lo embobaba llamándolo “Kurt Cobain”.
Hablando
en la sala de mi casa, se lo confesé. Le dije que si hay algo que me he tomado
en serio, es pensar que las personas que conozco, que llegan a mi vida,
seguramente han estado vinculadas a mi en otras vidas… le hablé de la teoría de
Cloud Atlas (y le recomendé la película… entiendo que la vio y le gustó).
Me
comentó que habló de mi con su mamá… y eso me dejó “tatareto” (tal y cómo
quedaba él, antes de convertirse en vampiro… cuando veía a la chica de sus
sueños). Cuando “jugó” esa carta, decirme que le había hablado de mi a su madre
y a uno de sus mejores amigos, la cosa se puso seria. Y en una cena improvisada,
envuelta en una pereza total, a causa del fin de semana donde me acompañó
durmiendo “como legos”, me presentó a su amigo. Ya saben, es ese momento en
donde dicen entre líneas a sus amigos: “es él… dime qué piensas”. Creo que pasé
la prueba; pues afortunadamente el atún
“sellado” que preparé, no estuvo nada mal… si no usas una de tus buenas y
dignas defensas y buenas cartas de presentación (cocinar), no aprendiste nada
de Martha Stewart, ergo… eres un imbécil. Y eso a mi, estimados y queridos, no
me pasa.
Cuando
sabes lo que la otra persona está diciendo, sin siquiera escucharlo pronunciar
una palabra… solo viéndolo a los ojos, debes saber que quien está frente a ti,
tiene algo para aportarte: de una u otra forma se ha conectado contigo. Por
eso, viviendo en un mundo cada vez más virtual, más frío… más individual, en
donde las historias donde conoces a alguien que se enamora de ti, y tú de él…
se ven solo en los comerciales de Coca Cola o en alguna serie de HBO; que algo
así te ocurra es una posibilidad mínima. ¿Estás (n) dispuesto (s) a tomar esa
posibilidad?
Una
semana después de esa cena, estando yo en pleno corazón del pueblo Inca, en la
altísima ciudad de Cuzco (o Cusco… me enteré que se puede escribir de cualquier
forma, no hay regla alguna ni manera de debatir), pensaba una y otra vez en él.
Pensaba en mí con él… pensaba en nosotros, envuelto en un frío atroz que atacaba
por las noches la pequeña ciudad andina (rodeada de montes nevados e historias
de Incas y de niños fantasmas que se aparecían afuera de mi habitación). Un sensación extraña recorría mi cuerpo y mi mente. Alguien me tenía pensando mucho en él… y me
distraía de lo que había ido a ver: La Ciudad Inca de Machu Picchu. Fue hasta
que llegué ahí, a la ciudad que fue construida para la clase alta de los Incas
(una ciudad construida para 450 familias), que el efecto que él había puesto en
mi (ese hechizo) me dio unos minutos de tregua… Entrar a ese lugar es algo que
te crispa la piel… Ver esa ciudad desde la puerta de acceso, te abre la boca y
te deja callado. En ese primer minuto que la admiras, no hay mucho que decir,
solo admirar.
Tal
cual me pasó con él… cuando lo vi recargado en la puerta de una ex Hacienda
Bogotana, ahora convertida en centro comercial… su look, su seguridad, su aroma… su
sonrisa al verme y abrazarme (abrazo que yo contuve… ya saben, no me abro con
facilidad… y “contener” es la materia de Doctorado que yo dicto en Harvard).
Una
vez adentro de Machu Picchu, un guía llamado Edy (supongo que del quechua
“Eduardo”… ¡ja!) me dio una explicación privilegiada (solo 4 brasileños y yo)
de cómo fue construida; detalles arquitectónicos, astrológicos, civiles y hasta
teorías extraterrestres, que él se encargó de destruir: “decir que los
extraterrestres fueron quienes construyeron Machu Picchu es un insulto al
pueblo Inca, y yo lo voy a demostrar” (tomó una pequeña piedra, y con otra
piedra más dura –cuyo nombre no recuerdo- partió la primera piedra con un corte
perfecto… me permitió quedarme con un fragmento de la piedra que él cortó… le
dije que sería un regalo para mi mamá, y no mentí… se lo llevaré al D.F. la
próxima vez que vaya). Edy sabía que yo tenía poco tiempo para hacer el
recorrido (no podría tardar más de 4 horas porque el tren de vuelta a Cuzco
salía, y había una enorme cantidad de turistas ese día en particular, por
celebrarse la independencia del Perú). Así que tras la extensa explicación, me
llevó a mí solo al lugar donde se toma la “clásica foto de Machu Picchu”. Y me
tomé HARTAS fotos… Lo había logrado. Estaba ahí, en la Ciudad Inca de Machu
Picchu.
La
sonrisa que enmarca mi rostro es la misma sonrisa que me acompaña al hacer
“click” a la cámara en cualquier lugar icónico del planeta donde he estado…
La
sonrisa es la misma que salió de mi, inesperadamente y sin control, cuando el
vampiro me dijo que yo le gustaba… Me costaba creerle, porque pensaba cómo el
siendo tan guapo, vería algo en mi que le resultara atractivo. Para no entrar
“en líos”, me daba un beso, el argumento
ahí se terminaba.
El
viaje fue muy rápido… lo pude haber planeado mejor, pero decidí guardar días de
vacaciones para un futuro viaje… había logrado mi objetivo y eso me tenía muy
contento. A veces no hay que hacer viajes de días y días para vivir esa
sensación de que has logrado algo. Esos días en Perú me llevaron a comer a uno
de los mejores restaurantes del planeta, el famoso “La Barra” de Astrid y
Gastón; me dejaron conocer una Catedral de impacto y espectacular como lo es la
Catedral del Cuzco; me hicieron entender cómo Cuzco era la capital de los Incas
(cosa que yo no sabía)… y entender las construcciones a su alrededor (con
nombres larguísimos y complicados para la pronunciación)… y después de 4 horas
en un tren con ventanas gigantes, estando ya en el pequeñísimo pueblo de Machu
Picchu, tomar un autobús digno de salir en esa serie de carros locos con “Pier
No Doy Una y su perro Patán” para, luego de sobrevivir a ese recorrido de terror, en el cuál crees muchas veces que vas a morir, llegar al acceso. No se me va a olvidar
nunca lo que sentí cuando entré… cuando vi esa ciudad.
De
igual forma, a veces no necesitas tener meses de relación, e incluso… no
necesitas “declarar” una relación como tal, para saber que alguien hizo ya un
impacto “meteórico” en tu vida… y lo sabes, porque como ya lo dije, cuando lo
ves te quedas “tatareto”. A veces, cuando sabes lo que la otra persona piensa, sin que se haya dicho una sola palabra… a veces, estás frente a alguien que es muy parecido a ti.
¿Y
qué fue de él? Bueno… pues eso es algo que corresponde a nuestras vidas
privadas… y que a nadie le importa. ¡No se
diga más!
Y
como buen vampiro, nos despedimos de noche, nos dimos un beso… y nos fuimos a
nuestras casas. Acompañados de una fría noche de agosto, en la capital de Colombia.
(con
mucho cariño, para el vampiro que va por ahí, demoliendo hoteles …y que
viste calcetines amarillos…).