(escrito el 4 de Julio de 2015).
La
tarde del jueves fue la señal.
Dicen
que el diablo se esconde en los detalles. Y en esta ocasión, eligió uno grande.
Estaba
sentado en el sofá, leyendo, cuando una escena sacada de un cuadro, un
atardecer de ensueño iluminó a Bogotá. Una combinación de colores (naranja,
rosa, rojo, dorado… azul y blanco) despedían un día más en la capital de
Colombia, y como muchos más de sus habitantes, me dejé embobar. Estaba
iniciando el primer cuento del primer libro de cuentos colombianos que estoy
leyendo, cuando ese color rosa invadió la habitación y me hizo voltear
asustado, pensando en que algo se estaba incendiando. Era el cielo lo que
“parecía” incendiarse.
Esa
debió ser la señal, la señal clave a todo.
Al
día siguiente mi rutina habitual me despertaba a las 6.30am… pero en esta
ocasión decidí preparar un te en vez de café, e irme a trabajar. Conversé con
mucha gente a quien le tengo un gran respeto profesional. Unos de ellos me
buscaron, más que yo a ellos… con la mayoría de ellos hablé –evidentemente- de
temas de trabajo, y con los que tengo mayor confianza, hablé del atardecer
espectacular del día anterior.
Hablé
–entre líneas, pero creo que nadie lo notó- de lo bien que me sentía en las
últimas semanas. Noticias, tanto laborales como personales, me habían elevado
el estado anímico. Me sentía de tan buen humor, que me di permiso hasta de
hablar, de temas banales: los converse rojos de mi compañero de trabajo (y su
muy buena combinación), la maleta naranja que me quiero comprar, la ruta y
hotel que usaré para mi próximo viaje personal (y la descripción del mismo).
Si
la meteorología se prestaba para buenos espectáculos, ¿por qué yo no?
Y
llegué a mi casa tarde, mucho más tarde de lo que había planeado. “Mi” casa, es en verdad la casa en la que
llevo viviendo menos de una semana (a la fecha en la que escribo esto); es un
apartamento ubicado en las montañas de Bogotá (en los montes orientales), muy
cerca de mi trabajo. Tiene una vista sublime de la zona norte de esta ciudad, y
mi habitación, la habitación más grande (en tamaño) que he tenido en toda mi
vida, tiene 3 ventanas, dos de las cuales tienen una vista suntuosa (no hay
otra palabra que pueda describir la vista) al bosque que corona las montañas
andinas de la capital colombiana. Llegue a vivir aquí el lunes. Cuasi iniciando
mi segundo año de asignación en la región andina, basado en Colombia.
Subí
la montaña para llegar a casa, pensando en que era una lástima que no hubiera
nuevamente el mismo atardecer que el día anterior (“es cosa de un solo día” dije).
Al llegar al edificio, pensé en muchas alternativas que podrían poner un fin
destructivo a mi vida (un terremoto, un infarto… un avionazo). Y nada: “deja de
pensar en eso” –estúpida premisa, el intentar dejar de pensar-… entré a casa.
Al
abrir la puerta de la casa, me quedé congelado… no hablé casi durante una hora, y me senté
(casi) en posición fetal (estaba -yo- transparente) en el mismo sillón que me había visto admirar el
atardecer 24 horas antes. Mi mente sacaba –y utilizaba- todos los recursos
posibles y a su alcance para sacarme de esa posición. Para hacerme hablar.
Más
allá de decir: “no podía creer lo que vi”, es pensar que me “horrorizó lo que
vi”.
Unas
horas después, busqué a Fabiola. Me calmó escucharla. Me tranquilizó escuchar a
su bebé… a su esposo… sentir que “todo era normal”. A veces pienso que ella,
Fabiola, me terminará odiando por solo mantener un contacto o cuando estoy
supremamente feliz… o cuando tengo una emergencia. A veces siento que peco de
no buscarla cuando las cosas están normales… cuando no hay sobresaltos.
Hoy.
Hoy no estaba para chistes. Hoy agrupé los libros que estaban guardados en dos
cajas (que llegaron desde México) en un estante. Mi “biblioteca” (pequeña, pero
digna) estaba lista para salir a relucir.
No por nada, puse sobre un “sobre libros” (estoy seguro que esa palabra
no existe, y la acabo de inventar… y que en doscientos años, alguien se
atribuirá su invención… eso, o en alguna tienda “independiente” de la Condesa o
Chapinero…) un libro que más que una autobiografía, me hizo recordar por qué mi
carácter y personalidad, no es para dejarse detrás. Frente a todos los libros,
Cristina Fernández se postra con la portada de “La Presidenta: Historia de una
vida” (de Sandra Russo) –ya en otro escrito, hablé de ese libro-.
No
es un tema político. Me sentía indefenso… y necesitaba que alguien me ayudara a
recordar que puedo yo solo.
Y
claro que puedo yo solo…
Le
prometí “no joderlo”. No estarlo buscando un día sí y al otro también… Y hoy lo
busqué. Su respuesta, de lo más normal… de lo más “él”… hoy no me gustó. Hoy
quería que él me preguntara “¿Leo… cómo estás tu?”… y que su pregunta se
escuchara “más allá del compromiso”. Tal vez mi momento me hizo sentirla así... comprometida. Molesta. Tal vez fue así. Tal vez, "un puro es un puro". Lástima... nunca he fumado uno.
Unos
minutos después revisé mi correo personal… “la verdad es que me decepcionó que
algo que te comenté de forma confidencial, lo hicieras trascender”. (palabras modificadas)… ¡Dios! Me
sentí de la verga. Soy un pendejo. Soy un imbécil.
La
cagué.
Y
cerré las ventanas… puse los blackouts (una cosa rara que usan en Colombia porque amanece muy temprano en esta zona del planeta, que tapa la entrada de luz a las habitaciones). Hoy no estaba
para “atardeceres”. Hoy “no llegó el detalle” de que me preguntaran “¿cómo
estás?”… Hoy llegó el reclamo, de haber hablado lo que no debiste: “me
decepcionaste”.
El
diablo, dicen… se esconde en los detalles.
Como
“mi pequeño” detalle de haber dejado la estufa prendida… todo el día de ayer –viernes-.
Y que la hornilla permaneciera encendida por, aproximadamente, 9 o 10 horas…
junto a un paquete de servitoallas (esas servilletotas que vienen en un rollo
gigante, que uso obsesivamente)…
Claro
que puedes tu solo Leo… pero también puedes –tu solo- joderte la vida. Sin
nadie que te ayude. Con tus decisiones. Con tus actos.
El
detalle… es que mi vida, “mi hermosa vida”… aquella donde a veces traiciono a
quienes les tengo un gran aprecio… aquella donde a veces “busco a quien le dije
que lo dejaría en paz”… aquella donde viajo y sonrío… aquella donde a veces me
emociono –y mi piel se encoje- por escuchar a Cristina… aquella donde leo
cuentos colombianos, y tomo café –o vino tinto argentino-… se pudo ir a la verga
… por un puto detalle…
Por
eso, es que me afecta tanto (al menos en días como hoy) … que no se tomen en
serio, el “detalle” de preguntar “¿cómo
estás?”.
Al
final nada pasó… solo es un serio llamado de atención de mi mente. Hay ciertos
temas, que mi mente no me perdona.
Y
otras …que yo no le perdono…
(if I had a ponny… I
ride him on my boat).