sábado, 27 de abril de 2013

...del por qué los mexicanos no hablamos en húngaro...

(escrito el 28 de abril de 2013)

La semana pasada parecía todo estar muy claro. En especial el sábado.

Atravesé por “esos momentos” en los cuales tienes una serie de descubrimientos ante los que te quedas perplejo. Uno de ellos, fue el considerar (casi asegurar) que no había podido enfrentar de lleno la muerte de alguien a quien quise mucho. Por más que hubiera tenido la oportunidad de despedirme de él, su muerte me afectó. Comencé una intempestiva y casi compulsiva rutina de negación y distracción fácil. Cogía con todos, y con todo.

El final a esto vino hace dos semanas, cuando hablando con alguien que intermitentemente se aparece en mi vida, y cada que lo hace noto mayor amabilidad en su persona, me preguntó por el… yo le dije que había muerto, y como tal vez es natural (y más natural después de haber tomado alcohol) solté a llorar… le dije, a este personaje intermitente, cuánto lo extraño y lo que su muerte me hizo sentir…

Esa plática la tuvimos mientras nos dirigíamos a casa de Miguel. Esa noche, no era una noche común, o por lo menos, una como las que he tenido desde el pasado enero, cuando Mike se fue del Distrito Federal. Miguel se encontraba aquí, en el D.F. y por esa noche, todos “jugaríamos” a que “todo seguía igual”…

Me encontré a mi amigo muy contento… y en un momento que tuvimos él y yo, en medio de los gritos, las cervezas, el vodka y lo demás… hablamos. Me preguntó cómo estaba yo, me dijo cómo estaba él… comentamos lo que había pasado en mi reciente visita a la ciudad donde actualmente vive… y extrañamente, lo vi muy conmovido. Le dije, bromeando: “Miguel, ahora tú eres yo… eres el sentimental”… reímos. Nos abrazamos… éramos de nuevo dos amigos queriéndose… encontrándose… y riéndose.

Unos días después tenía claro que quería seguir con un poco de introspección en mi vida. Viendo una película un tanto cuanto infantil… no pude evitar “quebrarme”… término que uso cada que lloro sin control. En ese momento hice algo que no me había atrevido a hacer. Miré la única fotografía que él y no nos tomamos, y que había puesto sobre un espejo que está en mi habitación. En esa fotografía, los dos sonreímos mucho. Había sido un buen día, importante para mí, porque le presenté a Miguel. Fuimos a comer a un lugar que me gusta mucho, y comimos muy rico… y reímos. El se veía muy guapo. Y su sonrisa lo hacía mucho más guapo. Mientras sostenía la fotografía recordé eso… su sonrisa, y lo que me causaba verla… Lo feliz que me hacía verlo sonreír. Y la última vez que salimos… ahora que lo pienso, sonreía con dolor. Se sentía muy mal.

Hablé con él, llorando… y sin más ni más… le pedí disculpas, por no haber podido “sobrellevar” su muerte como tal vez el hubiera querido…

Incluso, me siento mal y un poco culpable por no haber ido a ver, en todo este tiempo, a su mamá… quien durante todo el tiempo que estuvo hospitalizado, se portó muy linda conmigo.

Al día siguiente, logré terminar de leer un libro que tenía detenido, señal de que una buena energía pasaba por mi momento del día… sonreí cuando eso pasó… Esa sensación, esa descarga de adrenalina que pasa por tu cuerpo cuando llegas a la última página del libro… cuando ves que sólo le quedan unas líneas a esa historia que alguien te está contando… cuando ese personaje, de quien tú eres confidente, está a punto de decirte adiós… esa adrenalina me encanta.

Salí a caminar… noté lo bonito que puedes ver las cosas que normalmente ves y que te rodean, si las miras desde una perspectiva distinta… Son momentos que debes aprovechar, porque son momentos. No duran para toda la vida.

Esa noche, de sábado… sucedió lo que tal vez debía suceder.

Tuve un sueño. Aunque si nos apegamos a que siempre soñamos, debería decir, esa noche recordé mi sueño. Entre los personajes se encontraba mi psicoanalista. Una mujer judía. Tal vez eso último suene extraño, pero en una ocasión, yo hablando de un tema en cuestión, entre lo que surgió fue un comentario de su parte diciéndome: “usted sabe que yo soy una mujer judía”.

Desperté de golpe. Asocié un viaje a Hungría –a Budapest- donde vi en una pared de la sinagoga de ésa ciudad, un apellido similar al de ella (Weiss), cosa que le mencioné cuando volví (siempre supuse que su apellido es compuesto, como según entiendo, muchos apellidos judíos son). Acompañaba a mi anécdota, el hecho de que quien me hubiera dado el recorrido turístico ahí, fuera una mujer con un enorme –desde mi punto de vista- parecido físico a “la doctora”… Le pregunté si ella –o sus orígenes- se encontraban en Hungría. Nunca respondió (nada raro).

Cuando Luis Ricardo falleció, tomé una amarga decisión. Puse en “jaque” (tal como yo definí) mi situación económica, comprando un boleto a un destino bastante lejano, porque se me antojó… y porque decidía volver a viajar “lejos”… El boleto según yo (y sigo sosteniéndolo) era una ganga… pero el sacrificio que implica poder pagar el resto del viaje incluía, entre otras cosas, suspender mi psicoanálisis. Fueron 6 sesiones más.

El “no se puede ir así… usted no está bien” fue determinante. El “no me importa… no quiero seguir con esto… es muy doloroso”, también.

Se hablaron de algunas últimas cosas… que evidentemente quedarían en el tintero… sobre todo mi “casi” imposible trámite ante los duelos…

La decisión de Carlos de terminar nuestra relación, y mi implicación en ello… la muerte de mi padre, y mi abandono hacia él… la partida de Miguel a otra ciudad, y la amistad que era más que evidente, es el único pilar que me sostiene cuerdo… y ahora la muerte Luis Ricardo.

Vaya a donde vaya… toda mi historia irá conmigo…

Vaya a donde vaya… mi mente habla en español…

Pero a veces… el lenguaje entra en problemas, y no entiendo nada. “Y eso me gusta”… me gusta no entender… me gusta no saber qué dicen, ni saber qué dice un letrero o un aviso… me gusta no saber… “me gusta no hablar”.

Frase CATACLÍSMICA en una persona que por años se ha acostado en un diván a decir lo que le cruza por la cabeza…

El no hablar en psicoanálisis, por no querer explorar algún tema… no “querer saber”… es casi un volver a repetir aquello que le aqueja, más que asegurado.

El hacerme víctima por mucho tiempo, el no aceptar o reconocer mi responsabilidad en muchos de mis actos… el saberme solo, y por qué mi soledad me lleva directamente a una asociación con mis “modelos” de vida (mi padre y mi madre), son temas que sin duda, me acompañarán en cualquiera de mis viajes y en cualquier idioma.

“Tal vez sea por eso que usted se identifica con una mujer judía”. “Tal vez por eso es que se identifica con la víctima”.

Y me quedé callado.

Ya no dije más… al igual que no dije nada cuando ella dijo, con un tono de voz enfático: “usted sabía que él iba a morir… ¡el estaba enfermo!”…

Fue distinto de la primera vez que lo escuché… aún recuerdo su tono de voz diciéndome “él se va a morir, y muy pronto”. En esa ocasión… todavía intenté negarlo. Diciéndole que no, que ella se equivocaba… que él estaría bien. Que él saldría del hospital y estaría bien.

Anoche soné con Luis Ricardo… era su funeral… y por un momento cobraba vida y alguien tenía que matarlo. Yo sufría mucho… gritaba y lloraba. Y lo veía muerto. La imagen era aterradora.

De pronto, su cuerpo… todo él… se parecía a mi padre.

Y desperté.

Y di gracias… pensé que había tenido un terrible sueño. Fue lo primero que dije: “que sueño tan horrendo”. Miré el reloj, eran las 06:08am…

Intenté dormir un poco más.

Recuperé la idea de que mi vida no es tan sencilla… de que lo difícil no ha pasado… volví a pensar …del por qué los mexicanos no hablamos en húngaro…

Porque personas como yo, no tendrían cómo complicarse más la vida.