domingo, 30 de noviembre de 2014

...la vida que viven los otros...

(escrito el 30 de noviembre de 2014).
 
“no hay lío Leo”.

No tengo ni idea cuántas veces me habrá dicho eso esa noche… solo sé que me encantaba que lo dijera, porque lo acompañaba de una sonrisa y una mirada que parecía destinada a causarme mucho más interés en él (y sospechar del interés, o lo que sea que yo le cause). La misma sonrisa y mirada fue la que utilizó cuando nos conocimos, meses atrás, cuando llevaba esa “cazadora” verde y su playera negra, con un toque desalineado pero “cool”, muy a la Mark Zukerberg… No hubo defensa en mí que pudiera contra eso.

Unas horas después de lo ocurrido, como de costumbre, llegué al espacio en donde hablo y analizo lo que ha transitado por mi mente, e intento –a veces con sendos errores- darles una interpretación y un “por qué” ante mi vida. En esta ocasión hablé de mi mecanismo de seducción, de cómo idealizo a la gente de una forma que impacta, de cómo le puedo decir al chico que me gusta, cómo iba vestido la primera vez que lo vi… de qué hablamos… y de por qué, me gusta tanto. Al final, esta manera “muy mía”, me ha dado, todo tipo de resultados (cualquiera que éstos sean). Me cuesta trabajo aceptar que hay en mí una forma de seducir –como si eso estuviera permitido únicamente a modelos de revista que se pasean en los bares o en los barrios de clase alta-, pero sé que ese día perdí el control, y fui yo quien se rindió plenamente. Él ganó. Y por mayoría absoluta.

En este caso en particular… aún es muy pronto para saber qué es lo que está ocurriendo, por su mente y su corazón… y saber qué de eso tiene que ver conmigo. Me gusta “fantasear” con que resultará en algo… pero me hago el discreto para no caer presa del miedo o desesperación –cosa que, estando lejos de casa, de mis amigos y de mi círculo de protección, me pondría en una situación (muy) comprometedora-.

Tiendo a idealizar a las personas (amigos, conocidos, compañeros… etc.), eso ya lo he escrito muchas veces antes, y sé que es de forma desproporcionada. Tiendo a idealizar sus vidas, a pensar que éstas son “mejores” que la mía, atribuyéndoles cualquier cantidad de juicios de valor, que hacen palidecer cualquier intento de presentar mi vida como “atractiva”.

Pienso que la vida que veo, que me cuentan de otras personas, es mucho mejor a la mía, por continuamente estarme cuestionando las decisiones que he tomado sobre ésta. Por necesitar constantemente una aprobación o una palmada en la espalda. Por saber que la forma en que mi mente me dirá que está bien lo que hago, es cuando tenga a alguien a mi lado que esté deseoso de compartir conmigo aquello que yo he creado a mi alrededor. Cuando la llamada “psicología de café” (o psicología de los alienados, lo siento) me “intenta” hacer ver que tengo mucho por lo cual sentirme “orgulloso” o “contento”, prefiero quedarme callado antes de responder con alguna frase cargada de sarcasmo hiriente y agresión directa.

Cuando en la obscuridad, me recuerdo que en la forma en que está construida –o sostenida- mi mente, hay un pilar que reclama estar acompañado de alguien. Y es entonces cuando viene una carga de autocrítica que no responde a súplicas, y no sabe lo que es una indulgencia. Es feroz… arrasa con todo… y me deja seco. En posición fetal… angustiado. Temeroso…

No es momento de hablar del por qué la necesidad de estar con alguien, como tampoco es momento para debatir la existencia de Dios, o si es mejor hacer un spin o un pasing shot para defenderte en el tenis… son posturas, son formas de acomodarse ante el deseo de vivir… maneras de sobrellevarlo.

Esa figura de amor tan necesaria en mí, y que que fuera tan perfectamente representada por Él, ahora desvanecida… me ha llevado a estar en severos aprietos por intentar recuperarla.

Severos aprietos que al día de hoy no terminan.

Cuando pienso en las vidas que otros viven, es imposible de vez en vez no realizar una comparación con la mía. A veces eso es bueno. A veces descubres cosas que quieres para ti, y está en ti –y en tus posibilidades- buscar incorporarlas. A veces, descubres que ni por error quisieras estar en los pies del otro.

El tema es, únicamente, ir un poco más allá. Cuando escarbas, cuando indagas en esa vida que aparenta tan atractiva, descubres que hay una persona como tú, que no sólo también tiene problemas, sino que descubres que esa persona tiene más –o menos- desarrollados pilares o ejes de su vida, y que por lo tanto, pueden o no ser compatibles con los tuyos. Sé también, que muy difícilmente esto puede ser modificado, porque eso es algo que se forja muy a temprana edad (y no quiero sonar teórico con esto), ¡pero lo sabemos! Sabemos que algo que fue “mamado”, cuando eras un niño (formas de relacionarte con los otros, el cómo percibiste el primer “amor verdadero”, valores y actitudes ante la vida) muy difícilmente podrá ser modificado. Creo que puedes entenderlos, identificarlos, para detectarlos cuando se activan. Desde lo más simple, hasta temas complejos que, a veces, son totalmente nocivos para ti.

Cuando este chico comenzó a hablar de su vida, frente a mí, “eso” se activó. Que se abriera de tal forma, que frente a un total desconocido (o sea yo) compartiera cosas que lo habrían marcado (o tocado) de la manera en que dijo había ocurrido, trascendió en mí. Recordé un libro… “Amante de lo Ajeno” de Sabina Berman. Pensé que esa sería nuestra historia; no porque yo fuera a caer en la desgracia (eso espero), sino por la forma tan titánica en cómo conducía su diálogo… en cómo me seducía y disfrutaba tenerme ahí, atrapado contra la pared (metafóricamente hablando… en realidad estaba sentado en una silla de la barra de mi cocina).

Me gusta pensar, y confieso haberlo realizado varias veces ya, que esa “conexión” que se dio –no solo por la botella de vino que compartimos- se volverá a dar. Solo es cuestión de esperar. Si pasa… y si no pasa, quedará para esos misterios de la vida, en los que uno a veces se dice… “si acaso hubiera pasado que…”

Hace tiempo, en una clase de un gran profesor –del cual también ya he hablado acá- escuché un ejemplo que, en un principio me costó mucho trabajo entender. Hablábamos del “nombre”. El nombre que cualquier de nosotros tenemos, la carga afectiva… la historia detrás de ese nombre. Habló de Van Gogh, y de cómo había tenido un hermano antes que él que habría llevado su mismo nombre –Vincent-, y que habría muerto y había sido enterrado. Como hemos de suponer, en la lápida estaba escrito el nombre: “Vincent Van Gogh”… El profesor habló de cómo al pintor le generaba un verdadero desorden que lo llevaran al cementerio y le dijeran: “aquí está enterrado Vincent Van Gogh”.

Hasta que un día, alguien le dijo: “aquí está enterrado Vincent Van Gogh… ¡pero ese no eres tú!”.

Me llevó mucho tiempo entender esa frase…

Sé que ahora tengo que entender que …la vida que viven los otros… es la de otros, no la tuya (no la mía).

Suena fácil, suena obvio… pero detrás de esa frase, está la defensa que necesito ante mi propia autocrítica que en últimas fechas, me ha dejado en estado de shock. Indefenso. Asustado. Pienso que por eso sentí escalofríos, cuando en una película escuché la frase: “por culpa de ese tipo se suicidó tu padre, ¿y a ti lo único que se te ocurre es insultarlo?”.

Sentí que un pilar (un eje) muy dentro de mí, se activó. Y que había, muy (pero muy adentro) un ejército dispuesto a defenderme. Tan solo es cuestión de encontrarlo.

(Es probable que el profesor haya usado una metáfora con este pintor… metáfora que a mí me sirvió).

No hay comentarios:

Publicar un comentario