domingo, 9 de agosto de 2015

...y que viste calcetines amarillos...

Esta no es una historia triste.

Es ésta la historia de cuándo y cómo conocí a un vampiro.  

Un vampiro (como todos) que no puede ver la luz, y que no podrá morir… a menos que le entierren una estaca en el corazón. Uno que, parece, lleva en el ser vampiro, la penitencia de haber tenido “aquella noche mágica” con la chica de sus sueños.  La chica que en el transmi lo embobaba llamándolo “Kurt Cobain”.

Hablando en la sala de mi casa, se lo confesé. Le dije que si hay algo que me he tomado en serio, es pensar que las personas que conozco, que llegan a mi vida, seguramente han estado vinculadas a mi en otras vidas… le hablé de la teoría de Cloud Atlas (y le recomendé la película… entiendo que la vio y le gustó).

Me comentó que habló de mi con su mamá… y eso me dejó “tatareto” (tal y cómo quedaba él, antes de convertirse en vampiro… cuando veía a la chica de sus sueños). Cuando “jugó” esa carta, decirme que le había hablado de mi a su madre y a uno de sus mejores amigos, la cosa se puso seria. Y en una cena improvisada, envuelta en una pereza total, a causa del fin de semana donde me acompañó durmiendo “como legos”, me presentó a su amigo. Ya saben, es ese momento en donde dicen entre líneas a sus amigos: “es él… dime qué piensas”. Creo que pasé la prueba; pues  afortunadamente el atún “sellado” que preparé, no estuvo nada mal… si no usas una de tus buenas y dignas defensas y buenas cartas de presentación (cocinar), no aprendiste nada de Martha Stewart, ergo… eres un imbécil. Y eso a mi, estimados y queridos, no me pasa.

Cuando sabes lo que la otra persona está diciendo, sin siquiera escucharlo pronunciar una palabra… solo viéndolo a los ojos, debes saber que quien está frente a ti, tiene algo para aportarte: de una u otra forma se ha conectado contigo. Por eso, viviendo en un mundo cada vez más virtual, más frío… más individual, en donde las historias donde conoces a alguien que se enamora de ti, y tú de él… se ven solo en los comerciales de Coca Cola o en alguna serie de HBO; que algo así te ocurra es una posibilidad mínima. ¿Estás (n) dispuesto (s) a tomar esa posibilidad? 

Una semana después de esa cena, estando yo en pleno corazón del pueblo Inca, en la altísima ciudad de Cuzco (o Cusco… me enteré que se puede escribir de cualquier forma, no hay regla alguna ni manera de debatir), pensaba una y otra vez en él. Pensaba en mí con él… pensaba en nosotros, envuelto en un frío atroz que atacaba por las noches la pequeña ciudad andina (rodeada de montes nevados e historias de Incas y de niños fantasmas que se aparecían afuera de mi habitación). Un sensación extraña recorría mi cuerpo y mi mente.  Alguien me tenía pensando mucho en él… y me distraía de lo que había ido a ver: La Ciudad Inca de Machu Picchu. Fue hasta que llegué ahí, a la ciudad que fue construida para la clase alta de los Incas (una ciudad construida para 450 familias), que el efecto que él había puesto en mi (ese hechizo) me dio unos minutos de tregua… Entrar a ese lugar es algo que te crispa la piel… Ver esa ciudad desde la puerta de acceso, te abre la boca y te deja callado. En ese primer minuto que la admiras, no hay mucho que decir, solo admirar.

Tal cual me pasó con él… cuando lo vi recargado en la puerta de una ex Hacienda Bogotana, ahora convertida en centro comercial… su look, su seguridad, su aroma… su sonrisa al verme y abrazarme (abrazo que yo contuve… ya saben, no me abro con facilidad… y “contener” es la materia de Doctorado que yo dicto en Harvard).

Una vez adentro de Machu Picchu, un guía llamado Edy (supongo que del quechua “Eduardo”… ¡ja!) me dio una explicación privilegiada (solo 4 brasileños y yo) de cómo fue construida; detalles arquitectónicos, astrológicos, civiles y hasta teorías extraterrestres, que él se encargó de destruir: “decir que los extraterrestres fueron quienes construyeron Machu Picchu es un insulto al pueblo Inca, y yo lo voy a demostrar” (tomó una pequeña piedra, y con otra piedra más dura –cuyo nombre no recuerdo- partió la primera piedra con un corte perfecto… me permitió quedarme con un fragmento de la piedra que él cortó… le dije que sería un regalo para mi mamá, y no mentí… se lo llevaré al D.F. la próxima vez que vaya). Edy sabía que yo tenía poco tiempo para hacer el recorrido (no podría tardar más de 4 horas porque el tren de vuelta a Cuzco salía, y había una enorme cantidad de turistas ese día en particular, por celebrarse la independencia del Perú). Así que tras la extensa explicación, me llevó a mí solo al lugar donde se toma la “clásica foto de Machu Picchu”. Y me tomé HARTAS fotos… Lo había logrado. Estaba ahí, en la Ciudad Inca de Machu Picchu.

La sonrisa que enmarca mi rostro es la misma sonrisa que me acompaña al hacer “click” a la cámara en cualquier lugar icónico del planeta donde he estado…

La sonrisa es la misma que salió de mi, inesperadamente y sin control, cuando el vampiro me dijo que yo le gustaba… Me costaba creerle, porque pensaba cómo el siendo tan guapo, vería algo en mi que le resultara atractivo. Para no entrar “en líos”, me daba un beso,  el argumento ahí se terminaba.

El viaje fue muy rápido… lo pude haber planeado mejor, pero decidí guardar días de vacaciones para un futuro viaje… había logrado mi objetivo y eso me tenía muy contento. A veces no hay que hacer viajes de días y días para vivir esa sensación de que has logrado algo. Esos días en Perú me llevaron a comer a uno de los mejores restaurantes del planeta, el famoso “La Barra” de Astrid y Gastón; me dejaron conocer una Catedral de impacto y espectacular como lo es la Catedral del Cuzco; me hicieron entender cómo Cuzco era la capital de los Incas (cosa que yo no sabía)… y entender las construcciones a su alrededor (con nombres larguísimos y complicados para la pronunciación)… y después de 4 horas en un tren con ventanas gigantes, estando ya en el pequeñísimo pueblo de Machu Picchu, tomar un autobús digno de salir en esa serie de carros locos con “Pier No Doy Una y su perro Patán” para, luego de sobrevivir a ese recorrido de terror, en el cuál crees muchas veces que vas a morir, llegar al acceso. No se me va a olvidar nunca lo que sentí cuando entré… cuando vi esa ciudad.

De igual forma, a veces no necesitas tener meses de relación, e incluso… no necesitas “declarar” una relación como tal, para saber que alguien hizo ya un impacto “meteórico” en tu vida… y lo sabes, porque como ya lo dije, cuando lo ves te quedas “tatareto”. A veces, cuando sabes lo que la otra persona piensa, sin que se haya dicho una sola palabra… a veces, estás frente a alguien que es muy parecido a ti.

¿Y qué fue de él? Bueno… pues eso es algo que corresponde a nuestras vidas privadas… y que a nadie le importa. ¡No se diga más!

Y como buen vampiro, nos despedimos de noche, nos dimos un beso… y nos fuimos a nuestras casas. Acompañados de una fría noche de agosto, en la capital de Colombia.


(con mucho cariño, para el vampiro que va por ahí, demoliendo hoteles …y que viste calcetines amarillos…).

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