(escrito el 15 de mayo de 2011).
Mi vida se encuentra en calma... creo haber encontrado una forma de estar, en la medida de lo posible, estable... contento... y alegre.
Como saben, en mi trabajo día con día tengo trato con gente que de profesión, podríamos decir, son grandes cuates de las letras. Hace unos días hablando con una compañera de trabajo que, aunque sé no lo sabe, ha logrado impactar mi inconsciente de forma amena... al mero estilo rococó... descubrí cómo se llama una herramienta de escritura que suelo utilizar, no porque me crea ni siquiera un escritor, sino porque me ayuda a dar un espacio donde en lo literal, me explico... ¿me explico? (jejeje).
Y es que en este periodo ha ocurrido algo que no suele suceder a menudo... me congelo, me quedo sin esa energía necesaria para escribir lo que pienso... y lo que pienso se queda en mi mente, creando revoluciones que no suceden, cantando canciones que sólo yo escucho... contando historias que sólo a mí me parecen graciosas... caminando por los mismos lugares representativos de mi vida, 2 o 3 veces a la semana... Sé que son cosas que podrían parecer comunes, o bien sin importancia. Algo dentro de mí me hacía señales para levantar la cabeza, e intentar nombrar aquello que vivía.
Y ocurrió... con un cuadro.
Hace unos días inició un proceso en mi familia, donde por motivos que no vienen al caso explicar, se puso a la venta la mayoría de artículos existentes en casa de una de mis abuelas... mi abuela materna. Mi madre y mi hermana estuvieron muy activas en este proceso, digamos... "apoyando que todo saliera bien". Un día, en un desayuno en casa, mi madre me preguntó si yo ya había escogido algo que quisiera comprar... y no pensé en algo en particular... hasta que vino a mi mente un cuadro, "el cuadro del japonés". Este cuadro estaba colgado justo a un costado de la chimenea (o lo que suponía debía ser una chimenea) en la casa de mis abuelos... en Echegaray. Pregunté si el cuadro alguien ya lo había adquirido... y para resumir, lo tengo yo.
¿Y esto qué?
Bueno... hace un lunes, en mi pactada cita ya de todos los lunes a las 18:45 en la calle de Hegel, ocurría algo que tenía que ocurrir en algún momento en todo proceso de análisis... el ponerme a discutir con mi analista de una situación ocurrida en ese mismo espacio, días atrás. Pasada la discusión, salió el tema del cuadro... hablé de la emoción que sentí cuando un domingo en la madrugada llegué a mi recámara... y ahí estaba. Mi madre lo había puesto sobre mi cama, para que fuera notoria su presencia en mi recámara... fue su forma de decir: "es tuyo... te lo mandan tus abuelos". Se me enchinó la piel... el corazón se me agitó... sonreí. Carlos estaba conmigo esa noche... se lo mostré y le pregunté si le gustaba el cuadro que algún día, estará en nuestra casa. Evidentemente, el cuadro representa mucho más que la simple imagen (linda en sí) de un japonés acompañado por otro japonés en ropas tradicionales, con un bastón. Hablé entonces... de lo feliz era para mí, cuando yo era un niño... estar en casa de mis abuelos, y lo que mis abuelos representan para mí. Esa casa, la de mis abuelos en Echegaray, siempre fue como un reflejo de calma... plática, sentimientos... honradez... y familia. Lo que acostumbro llamar, al menos en análisis, "la gran familia Guzmán"... o "la guzmanidad".
El discurso continuó, y mi mente se centró en mis amigos... y en que al iniciar este periodo de sequía de escritura, iniciaba también un periodo de cuestionamiento sobre el por qué cada vez me rodeaba de menos gente... de amigos que veía partir (por causas tan diversas, como extrañas). "Parece que se repite... una forma de relación", dijo la persona a quien saludo al entrar al consultorio y no vuelvo a ver hasta que me levanto del diván.
El estar rodeado de poca gente, el contar con muy pocos amigos... el, en ocasiones sentirme conmigo mismo ante el mundo... es algo común en mi vida, desde que tengo uso de razón...
Algo que recuerdo muy bien... es que si bien la casa de mis abuelos (que para mí era enorme... aunque en realidad... era solo una casa... grande sí, pero no enorme) era punto obligado para fiestas y reuniones (navidad... año nuevo... cumpleaños... y hasta bodas) la recuerdo mejor estando yo solo. Me encantaba explorarla... aunque la conociera tan bien, como el arquitecto que la construyó... aún hoy, puedo recorrerla de extremo a extremo en mi mente, y recordar donde estaba cada cosa... la cocina y su papel tapiz amarillo con flores... el pasillo con el carrito del té (que nunca vi que usaran, jajaja), el estudio de mi abuelo (el cual originalmente, era una terraza), las recámaras... y mi espacio favorito... el jardín. Ya que el departamento donde vivo, como todo departamento, no tiene jardín... me encantaba estar afuera... pero estar en la sala, junto al espacio donde estaba la chimenea, yo solo... me daba miedo. Tal vez porque recuerdo algunas ocasiones que llovía, y la luz de los relámpagos se metía entre la "toma de luz" (un cubo raro que estaba muy cerca de ahí en el techo) creando un juego de luz que a todo niño, le causaría temor. Ahí, frente al piano... de lado derecho de la chimenea... sobre el radio... ahí, estaba el cuadro del japonés.
Parecía, lo veo hoy así, que ese señor era el guardián de la calma en esa casa. Calma con la que me gusta recordar esa casa... calma con la que mis abuelos vivían su vida, sin dejar de estar emocionados... calma con la que la voz de mi abuelo se expresaba... calma con la que mi abuela se peinaba frente a su espejo enorme...
Calma, con la que mi vida se vive en este momento.
Para aquellos que me conocen, que han hablado alguna vez conmigo... que me han escuchado contar algo de mi vida familiar, o personal, habrán notado que muchas veces, cuando explico algo, intento darle el énfasis o bien, intentar transmitir la importancia que para mí, lo que estoy relatando, tiene en mi vida o en el evento al que lo estoy ligando... Creo que en mi análisis funciona de la misma forma... al estar acostado en un diván, hablando... el discurso, mi diálogo conmigo mismo, en ocasiones se explica... intenta explicar lo que pienso... lo que siento... lo que vivo.
Y siendo muy sincero... me gusta ser así, porque así soy... y así me quiero, aunque a veces me duela.
Mi compañera se llama Mónica, es homónima, tanto de nombre y apellido de una compañera de mi anterior trabajo (de la empresa de los refrescos de manantial)... y homónima de mi hermana, que se llama Mónica (tal vez por eso, hace unos segundos, que estaba escribiendo la palabra homónima, me equivoqué y escribí "homonica"). Esta persona es editora, y me apoyo en ella muchas ocasiones para la corrección de estilo de algunos escritos. Me encanta ver cómo raya el papel con esos símbolos que maneja con toda perfección (y no como un novato como yo). Esa ocasión, Mónica me explicó un uso de guiones con el que estaba equivocado. Me explicó que la literatura francesa es la reina por excelencia en el uso de dicha herramienta -aunque también dijo que ellos le dan un toque muy rococó, de ahí que usé la palaba-.
Mira Leo -dijo- aquí yo te sugeriría poner la oración entre dos "comas" (,), tal como lo haces líneas arriba... Así, entras en un periodo explicativo.
Suena a exageración... suena a drama... suena a disco histriónico (como el disco Congratulations de MGMT en su canción Lady Dada's Nightmare)... suena muy "leonardescu", suena muy Djokovic gritando al ganar Roma... decirles que sentí que la emoción recorría mi cuerpo al haber escuchado el término en sí, y poder nombrar, lo que ocurre en mi vida.
Estoy contento, tranquilo pero contento... porque ya lo puedo explicar.
Espero que estas mismas historias, y muchas otras más, se presenten en mi vida en un futuro. Quiero creer que el japonés defenderá la calma... como ya alguna vez lo logró.
Estoy seguro, que en mi vida se presentarán muchos mas ...periodos explicativos... y si con ellos viene una taza de café Juan Valdez, la cosa se pondrá bárbara...
Un abrazo.
Como saben, en mi trabajo día con día tengo trato con gente que de profesión, podríamos decir, son grandes cuates de las letras. Hace unos días hablando con una compañera de trabajo que, aunque sé no lo sabe, ha logrado impactar mi inconsciente de forma amena... al mero estilo rococó... descubrí cómo se llama una herramienta de escritura que suelo utilizar, no porque me crea ni siquiera un escritor, sino porque me ayuda a dar un espacio donde en lo literal, me explico... ¿me explico? (jejeje).
Y es que en este periodo ha ocurrido algo que no suele suceder a menudo... me congelo, me quedo sin esa energía necesaria para escribir lo que pienso... y lo que pienso se queda en mi mente, creando revoluciones que no suceden, cantando canciones que sólo yo escucho... contando historias que sólo a mí me parecen graciosas... caminando por los mismos lugares representativos de mi vida, 2 o 3 veces a la semana... Sé que son cosas que podrían parecer comunes, o bien sin importancia. Algo dentro de mí me hacía señales para levantar la cabeza, e intentar nombrar aquello que vivía.
Y ocurrió... con un cuadro.
Hace unos días inició un proceso en mi familia, donde por motivos que no vienen al caso explicar, se puso a la venta la mayoría de artículos existentes en casa de una de mis abuelas... mi abuela materna. Mi madre y mi hermana estuvieron muy activas en este proceso, digamos... "apoyando que todo saliera bien". Un día, en un desayuno en casa, mi madre me preguntó si yo ya había escogido algo que quisiera comprar... y no pensé en algo en particular... hasta que vino a mi mente un cuadro, "el cuadro del japonés". Este cuadro estaba colgado justo a un costado de la chimenea (o lo que suponía debía ser una chimenea) en la casa de mis abuelos... en Echegaray. Pregunté si el cuadro alguien ya lo había adquirido... y para resumir, lo tengo yo.
¿Y esto qué?
Bueno... hace un lunes, en mi pactada cita ya de todos los lunes a las 18:45 en la calle de Hegel, ocurría algo que tenía que ocurrir en algún momento en todo proceso de análisis... el ponerme a discutir con mi analista de una situación ocurrida en ese mismo espacio, días atrás. Pasada la discusión, salió el tema del cuadro... hablé de la emoción que sentí cuando un domingo en la madrugada llegué a mi recámara... y ahí estaba. Mi madre lo había puesto sobre mi cama, para que fuera notoria su presencia en mi recámara... fue su forma de decir: "es tuyo... te lo mandan tus abuelos". Se me enchinó la piel... el corazón se me agitó... sonreí. Carlos estaba conmigo esa noche... se lo mostré y le pregunté si le gustaba el cuadro que algún día, estará en nuestra casa. Evidentemente, el cuadro representa mucho más que la simple imagen (linda en sí) de un japonés acompañado por otro japonés en ropas tradicionales, con un bastón. Hablé entonces... de lo feliz era para mí, cuando yo era un niño... estar en casa de mis abuelos, y lo que mis abuelos representan para mí. Esa casa, la de mis abuelos en Echegaray, siempre fue como un reflejo de calma... plática, sentimientos... honradez... y familia. Lo que acostumbro llamar, al menos en análisis, "la gran familia Guzmán"... o "la guzmanidad".
El discurso continuó, y mi mente se centró en mis amigos... y en que al iniciar este periodo de sequía de escritura, iniciaba también un periodo de cuestionamiento sobre el por qué cada vez me rodeaba de menos gente... de amigos que veía partir (por causas tan diversas, como extrañas). "Parece que se repite... una forma de relación", dijo la persona a quien saludo al entrar al consultorio y no vuelvo a ver hasta que me levanto del diván.
El estar rodeado de poca gente, el contar con muy pocos amigos... el, en ocasiones sentirme conmigo mismo ante el mundo... es algo común en mi vida, desde que tengo uso de razón...
Algo que recuerdo muy bien... es que si bien la casa de mis abuelos (que para mí era enorme... aunque en realidad... era solo una casa... grande sí, pero no enorme) era punto obligado para fiestas y reuniones (navidad... año nuevo... cumpleaños... y hasta bodas) la recuerdo mejor estando yo solo. Me encantaba explorarla... aunque la conociera tan bien, como el arquitecto que la construyó... aún hoy, puedo recorrerla de extremo a extremo en mi mente, y recordar donde estaba cada cosa... la cocina y su papel tapiz amarillo con flores... el pasillo con el carrito del té (que nunca vi que usaran, jajaja), el estudio de mi abuelo (el cual originalmente, era una terraza), las recámaras... y mi espacio favorito... el jardín. Ya que el departamento donde vivo, como todo departamento, no tiene jardín... me encantaba estar afuera... pero estar en la sala, junto al espacio donde estaba la chimenea, yo solo... me daba miedo. Tal vez porque recuerdo algunas ocasiones que llovía, y la luz de los relámpagos se metía entre la "toma de luz" (un cubo raro que estaba muy cerca de ahí en el techo) creando un juego de luz que a todo niño, le causaría temor. Ahí, frente al piano... de lado derecho de la chimenea... sobre el radio... ahí, estaba el cuadro del japonés.
Parecía, lo veo hoy así, que ese señor era el guardián de la calma en esa casa. Calma con la que me gusta recordar esa casa... calma con la que mis abuelos vivían su vida, sin dejar de estar emocionados... calma con la que la voz de mi abuelo se expresaba... calma con la que mi abuela se peinaba frente a su espejo enorme...
Calma, con la que mi vida se vive en este momento.
Para aquellos que me conocen, que han hablado alguna vez conmigo... que me han escuchado contar algo de mi vida familiar, o personal, habrán notado que muchas veces, cuando explico algo, intento darle el énfasis o bien, intentar transmitir la importancia que para mí, lo que estoy relatando, tiene en mi vida o en el evento al que lo estoy ligando... Creo que en mi análisis funciona de la misma forma... al estar acostado en un diván, hablando... el discurso, mi diálogo conmigo mismo, en ocasiones se explica... intenta explicar lo que pienso... lo que siento... lo que vivo.
Y siendo muy sincero... me gusta ser así, porque así soy... y así me quiero, aunque a veces me duela.
Mi compañera se llama Mónica, es homónima, tanto de nombre y apellido de una compañera de mi anterior trabajo (de la empresa de los refrescos de manantial)... y homónima de mi hermana, que se llama Mónica (tal vez por eso, hace unos segundos, que estaba escribiendo la palabra homónima, me equivoqué y escribí "homonica"). Esta persona es editora, y me apoyo en ella muchas ocasiones para la corrección de estilo de algunos escritos. Me encanta ver cómo raya el papel con esos símbolos que maneja con toda perfección (y no como un novato como yo). Esa ocasión, Mónica me explicó un uso de guiones con el que estaba equivocado. Me explicó que la literatura francesa es la reina por excelencia en el uso de dicha herramienta -aunque también dijo que ellos le dan un toque muy rococó, de ahí que usé la palaba-.
Mira Leo -dijo- aquí yo te sugeriría poner la oración entre dos "comas" (,), tal como lo haces líneas arriba... Así, entras en un periodo explicativo.
Suena a exageración... suena a drama... suena a disco histriónico (como el disco Congratulations de MGMT en su canción Lady Dada's Nightmare)... suena muy "leonardescu", suena muy Djokovic gritando al ganar Roma... decirles que sentí que la emoción recorría mi cuerpo al haber escuchado el término en sí, y poder nombrar, lo que ocurre en mi vida.
Estoy contento, tranquilo pero contento... porque ya lo puedo explicar.
Espero que estas mismas historias, y muchas otras más, se presenten en mi vida en un futuro. Quiero creer que el japonés defenderá la calma... como ya alguna vez lo logró.
Estoy seguro, que en mi vida se presentarán muchos mas ...periodos explicativos... y si con ellos viene una taza de café Juan Valdez, la cosa se pondrá bárbara...
Un abrazo.
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