Luis y yo nos conocimos, físicamente, la tarde de un sábado. Llegó a mi casa, vestido de jeans y una playera negra… y portando esa sonrisa, que enmarcaría nuestra historia.
Durante las siguientes horas, no pararíamos de platicar, rodeados de café… y un sándwich. También sé, que fue ésa sonrisa, la que me llevó a besarlo… muchas veces.
Esa noche le pedí que fuera mi novio… él, demostrándome (no por primera, sino por enésima ocasión) su enorme madurez, pidió ir más despacio. Acordamos conocernos… más.
Durante los siguientes meses, Luis y yo nos vimos muchas veces… muchas en cafés, muchas en restaurantes… muchas más en la casa donde vivo. Mi recámara se convirtió en un lugar donde hablábamos por horas. Mi recámara se convirtió en el lugar donde lo conocí… platicamos, reímos… también lloramos y discutimos.
Cuando le pedí conocer a mis amigos, sonrió y fue a la cita un tanto nervioso. Ese día, particularmente, se veía sumamente atractivo, y olía delicioso. Noté de inmediato que se había puesto más perfume (loción, colonia… como gusten) del que normalmente se ponía, y no me molestó, porque me encantaba ese aroma.
Fuimos al cumpleaños de mi amigo Miguel… Sentados, juntos, en repetidas ocasiones nos dimos la mano… le acariciaba la pierna… nos sonreíamos con nuestra mirada cómplice. Esa noche me trajo a casa. Era un martes o un jueves, no recuerdo… En su auto, me entregó un regalo, que me mira todas las noches. Un muñeco de peluche. Por más infantil que pueda parecer, ese gesto me conmovió muchísimo… notaba que él y yo habíamos pasado la barrera de conocernos, a querernos. Luis me dijo que notó mi expresión cuando abrí el regalo. La voz se me cortó… situación nada nueva en mí, porque tan sentimental soy, que se me corta como 2 veces a la semana… mínimo. Él sacó una botella de perfume, y roció el peluche. “Con éste perfume me conociste… “. Nos besamos… sonreí. Lo quería. Me quería. NOS queríamos.
Mi intensión aquí, no es hacer un resumen de cómo fue “nuestra historia”. Mi intensión es “honrar” la memoria de alguien que, definitivamente, intervino en mi vida de forma abrumadora.
Desde hacía mucho (mucho) no sentía algo así por alguien…
Desde hacía mucho, no le hacía el amor a alguien…
Desafortunadamente, ese “velo” que causa sentir esa avalancha se sentimientos por alguien, no me permitió ver –al menos en ese momento- qué estaba pasando. Su cuerpo se estaba apagando.
Cuando recibí la llamada de su mamá, a quien amorosamente Luis llamaba por su primer nombre, diciéndome que había muerto, yo llevaba días suponiendo que eso ocurriría. El golpe fue fatal, al momento de entrar a la funeraria y …saber que estaba ahí… en ese ataúd al cual, no me atrevía a acercarme.
Me siento muy triste, de pensar muchas cosas… que no volveré a escuchar su voz… que no volveré a escuchar esas frases tan pegajosas y lindas que decía… que no volveré a ver su sonrisa, o a sentir sus caricias… o a sentir sus besos. Que nos separamos…
Que la vida nos separó.
No voy a decir que “tal vez Luis y yo hubiéramos sido tal o cual cosa…” porque al final del día, Luis y yo fuimos algo.
Algo.
¿Qué? En realidad… a nadie le importa… sólo sé que fue algo hermoso… que afortunadamente tuve la oportunidad de vivir.
Luis falleció a la edad de 22 años… unos días antes de cumplir 23.
Esto es solo un mínimo homenaje… a alguien que me leía… y me quería.
A alguien, que nunca olvidaré.
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