(escrito el 30 de diciembre de 2015).
Tal
vez esta sea la historia o la reflexión más boba que les pueda yo contar… pero
es algo que me ha estado dando vueltas toda esta semana.
He
pasado días escondiéndome de una responsabilidad propia. Una de esas
responsabilidades que no fueron impuestas por alguien más, sino por uno mismo. Cada
año, por muchos años ya, he intentando transmitir el sentimiento que me aborda
cuando el año en curso culmina. Este, sin embargo, me tomó un tanto con la
mente en blanco.
No
tener algo qué querer compartir, o que reflexionar, me resulta patético, hasta
el tuétano. Afortunadamente una gallega me ayudó a encontrarlo (irónicamente).
Hace
dos diciembres escuché una historia muy simpática, de la hermana de un gran
amigo (alguien a quien quise mucho, y quien falleciera justo hace dos
diciembres). Ella, con toda su argentinidad, nos contaba a varias personas,
cómo una ocasión, en un viaje al extranjero (a Miami para ser exactos), ella y
su amiga usaron un dispositivo móvil para ser guiadas en el auto que rentaron.
La guía resultó ser una gallega que, ¡las guió ni mas ni menos que a un sentido
contrario de una autopista! Un policía las detendría en segundos, y al pedirles
una explicación contundente y clara, ella (la hermana de mi amigo), le gritaba
(con esa pasión porteña que solo se da en el sur del continente americano)
“¡fue la gallega! ¡Joder tío, que fue la gallega!”
Todos
quienes escuchábamos la historia de la hermana de nuestro amigo, nos reíamos a
carcajadas…
Y
dos años después de haber escuchado esa historia, la gallega se apareció en mi
vida.
Haciendo
uso esta semana en la ciudad de México de un servicio de taxis, escuché esa voz
característica… “la gallega”. Y noté
algo, el poder que tiene esa voz de “comando” sobre quien maneja el auto. “El
sistema nos está mandando por esa calle” me dijo el chófer, respondiéndome al
ser cuestionado (por mi, obvio) del súbito cambio de ruta… y tomando una ruta
claramente más peligrosa y poco usual. “No, vayámonos por la ruta original… no
le hagas caso al sistema”. La cara de molestia
del chofer no se hizo esperar… su mirada por el retrovisor lo decía todo:
“pinche wey mamón… y además de todo, creo que es maricón”.
Cinco
o seis conductores de este “mundialmente conocido” servicio de taxis de
avanzada (muy aspiracional, pienso) me
respondían lo mismo: “el sistema nos está mandando por aquí… el sistema nos
está mandando por allá”. Todos ellos recibieron la misma indicación que di al
primero (solo que tal vez, de una forma mucho más diplomática y elegante). “No
hagas caso a la gallega… vámonos por donde te digo, es mejor y más seguro”.
Y es
aquí donde viene la parte boba de mi historia; porque mi mente que a veces se
revoluciona por cosas a las que “no debería pararle bolas”… me dejó pensando en
la gallega que todos tenemos en nuestra mente, y nos dice que hagamos tal o
cual cosa… porque “está comprobado que nos conviene… porque el sistema así lo
indica” “porque para brindarle un viaje y una experiencia más placentera,
tenemos que acatar esa indicación”. Ante lo cual, sale de ese pequeño porteño
que llevo dentro (mezcla rara con chilango absoluto) un: “la puta que la parió,
que se vaya a la chingada”.
Un
amigo muy querido e inteligente que tengo, el cual llegó a mi vida en la
secundaria, digno y fiel defensor de la tecnología y esos sistemas
“inteligentes” me hizo saber que yo estaba equivocado (al quejarme del sistema
que encarna a la gallega): “es un sistema de recopilación de datos de miles de
usuarios que se llama –inserte aquí un nombre técnico que no recuerdo y que no
me quita el sueño recordar-“. Yo, que
intento ser un digno defensor de la especie humana y el pensamiento
independiente, le respondí: “me vale madres… toma tus propias decisiones,
maneja y si sabes la ruta que quieres tomar, dale… no te vayas por donde te
dice ella –la gallega-”. Ambos nos reímos y nos vimos con cara de “nunca
cambias”… y seguimos disfrutando de nuestra cena a unos pasos de la maravillosa
avenida Paseo de la Reforma.
Así
que le di vueltas a lo que definitivamente, nadie le importa (pero a mi sí)… y
llegué a la siguiente conclusión muy obvia sí… pero que no vale dejar “en saco
roto” al estar a horas de terminar el año:
Si
ustedes son los conductores de su vida (sus sueños y sus deseos), no dejen que
un sistema les indique qué decisiones tomar. Puede resultar peligroso. Por más
que les digan que eso les conviene…
Pueden
terminar …insultando a la gallega…
¡Mucho (¡harto!) cariño y Felices fiestas!
(con
enorme cariño para todos y todo lo que marcó mi año… espero el próximo seguir
escribiendo y contarles a cuántos metros debo girar a la derecha).
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