sábado, 18 de abril de 2015

...detrás de un pantalón (cuasi leggin) manchado de café...

(Escrito el 18 de abril de 2015).

Digamos que las palabras volvieron, en el momento en el que el café (su capuchino) cayó en mi pantalón (que más bien, parece un leggin).

Llevaba días con sufriendo de “palabras cortadas”. De esas veces que estás hablando de algo, y simplemente “olvidas” la palabra que define aquello que quieres decir.  Es raro, porque sabes, en verdad, qué es lo que quieres decir… sabes a lo que te refieres… pero no te acuerdas de la palabra que lo define.

A Sebastián lo conozco desde hace un chingo. No hace falta diplomacia entre él y yo, aunque nos tratamos con mucha elegancia, y risas de por medio. Entre él y yo, existe una regla: la neta. Así de simple.

Directo, sin nada de pompa y protocolo. Nos escuchamos… nos entendemos. En sus respectivas dimensiones. Eso nos volvió muy buenos amigos.

Llegó al Aeropuerto de El Dorado, en la Capital de Colombia un viernes. Me dio mucho gusto verlo, era (es) es el segundo de mis amigos que viene a visitarme desde que vivo acá. El primero fue José… y como decimos en México, se la rifó. Y eso, le merece todo el respeto de alguien que hace eso, rifársela.

Una semana después de que Sebastián llegará a Bogotá, pasaría… al despertar, sabía que “debía” –o más bien, quería- decir algo… pero no “quería decirlo”. Preferí ir a comprar jugo de naranja, que hablar…

Me daba “pena”.

Así que preferí  guardármelo, y “pensé” que se tramitaría solo. Sin pena ni gloria.

Desafortunadamente tanto “pena como gloria” saben que llevo mucho tiempo en psicoanálisis, como para no hablar. Y la regla es clara… “o hablas, o hablas”. Y como jugué a llevar la contraria, a “no hablar”… me la regresaron como se debe, como más me molesta. Olvidando lo que quería decir.

Eran palabras tontas… como el nombre de un actor (Hugh)…  emociones que se presentaban en mi cuerpo (y alma)… recuerdos… etc.

Para un buen obsesivo (o bien, un obsesivo… sin el “buen”) como yo, me causaba hasta urticaria… (ojo acá Leo… ¡ojo!).

Un día, una compañera y yo (una persona que cumple con todos aquellos requisitos que uno requiere para poder hablar con toda confianza, sin restricciones…) nos fuimos de almuerzo. Yo me sentía un poco cansado (aparte de la carga de trabajo que me he cargado estos días). Ella y yo hablamos y hablamos y hablamos, casi por dos horas. Ella de pronto me dijo: “¿Leo, vas a querer café?” (algo cuasi típico después de un almuerzo acá en Colombia)… y nos dirigimos a una cafetería icónica en este país. Hablando, ella y yo (hablando)… pasó algo curioso (no, no existen las curiosidades en la vida)… yo le dije algo así como: “es que siento que tengo algo atorado, que debo decir algo y no lo digo, porque siempre que me pasa esto, que se me olvidan las palabras que quiero decir, es que no me atrevo a decir algo… o me da hipo”. Ella me respondió –palabras más, palabras menos- “creo que también estás muy cansado, se te nota… se te escucha. Mira que cuando a mí me pasa eso me tropiezo”  (en ese segundo, mi cerebro se activó… “tropiezo”… “ella se tropieza”… “yo tropiezo con las palabras”… “si te tropiezas te caes”… “algo acá me hace caer”… “me puedo dar en la madre”… “esto me puede doler”… “¡no mames Leonardo para!”)… y ella seguía hablando… hasta que tropezó y empujó su capuchino hacia mí. Específicamente, a mi pantalón, el cuál es tan ajustado (que me da pena usar porque mi mente mafiosa me hace sospechar que parece leggin) que da un poco de qué hablar.

Ella, como cualquier humano con un rasgo de civilidad, se llenó de vergüenza. Yo, como cualquier humano con descaro y cinismo, me ataqué de la risa… la mitad de los asistentes a ese Juan Valdés nos veían con cara de situación, mientras yo no podía parar de reír… y mi cerebro me decía: “wey, ahí lo tienes”…

Mi pantalón color carne, el cual se ajusta a mi delgada pierna (porque sí, ya se los dije… parece leggin), tenía manchas de café… parecía que me salía urticaria. Parecía que mi cuerpo se esforzaba por decir algo.

Cuando tu cuerpo rechaza algo que comes… lo dice de inmediato (una alergia… diarrea… algo).

Cuando tu mente rechaza algo que haces, o le cuesta mucho tramitarlo, te hace decirlo (o por lo menos a gente como yo). Mi mente, quería que yo hablara. Así de simple: abrir mi boca y decir algo… parar la hinchazón que me causaba “aquello”, que yo vivía como una tortura.

Ese día llegué a casa y Sebastián me estaba esperando… me sugirió salir a cenar.

Antes de que eso pasara, yo me senté en la barra de la cocina y le dije: “necesito decirte algo… me pasa algo”.

Y hablé. Sentía como si una tonelada de mi espalda se fuera diluyendo…

Le expliqué el contexto de que estaba olvidando palabras (cosa que él ya había notado, y mucho, esos días acá).

Reímos un poco sobre lo que yo tenía que comentar… me regañó, tal y como un amigo regaña a otro amigo: “Leo, no hagas pendejadas… lo sabes”. Y nos fuimos a cenar… a un restaurante japonés delicioso.

El dilema acabó ahí…

¿Y por qué lo comparto?

Pues porque a veces, una persona cualquiera, puede mejorar su vida, y recordar palabras cotidianas que se ocultan …detrás un pantalón (cuasi leggin) manchado de café… con el simple acto de hablar.

Y fin.

(si estás leyendo esto, gracias… y sí, la mancha de café se quitó…).

(hace ya unos meses… en México… yo comenté de un roomie que tuve –al cual volví loco con mis obsesiones de limpieza-… alguien sumamente atractivo y con muy buen cuerpo –oriundo de la región celta de España, en la frontera con Portugal- que una vez se compró algo que, sencillamente se debe definir como unos leggins… cuando lo comenté con algunos conocidos, se quedaron incrédulos, "con cara de situación"… yo, para defenderlo, dije algo así: “pues sí, para usar eso, se requieren unos huevotes, y miren que con esos pantalones, se nota  -y mucho- que los tiene”… supongo que eso mismo dirán de mi... ¡ja!).

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