domingo, 31 de enero de 2016

...¡cuídate!...

(escrito el 31 de enero de 2016).

¡Y además de todo, me rompieron mi maleta! ¡Cabrones!

Cuando terminé de decir eso, había ya dos federales a mis espaldas, viéndome feo (como es común en ellos)… tuve que disculparme (muy a mi pesar)… y dejar que hicieran su trabajo.

Para entender el contexto, debemos retroceder un poco… a mediados de octubre, con un calor de infarto, en Cartagena, recibí una llamada que me dejó un bastante consternado.

Más allá del contenido de la llamada, fue la consecuencia. Un periodo de estrés, bastante llamativo en mi. Y un esfuerzo desmedido de mi parte para contenerlo. Empecé a comer desmedidamente… sumado a la temporada, y pensando que el orden de los factores no altera el producto… ¡vaya producto con el que me encontré!

Llegué de vacaciones a la Ciudad de México. A encontrarme con amigos, conocidos… y sumados (por no decir, gente linda con la que tuve el privilegio de convivir… y la que tuve el privilegio de besar y algunos… ver despertar).  Aproveché (excusándome en la necesidad de brindar y alegrar mi vida), para visitar cualquier cantidad de restaurantes, bares y lugares donde hubiera comida y bebida. Bebida cool… término acuñado por un amigo... tal vez fue ese bautizo, lo que nos costó ver cómo casi se volvían uno solo, una mexicana (que fruta vendía) con un escoces ebrio (no conozco alguno que no cumpla tal adjetivo), sobre mi mojito virgen. Conocí a gente inteligente, gente que me hizo esperar… y que me hizo pensar… personas que me hicieron reír… bailar… cantar… y sobretodo, ocultar (o congelar por un par de semanas) el estrés que tenía y que recorría mi torrente sanguíneo.

Yo… elimino el estrés con comida. Ergo, comí media Ciudad de México… y volví a Bogotá con un exceso de equipaje corporal irreal, para unas horas después, aterrizar en una de las ciudades cuya gastronomía puede definir la supremacía de la especie humana.

En Lima uno no solo come cebiches (queridos… la palabra “Cebiche” proviene de “Cebolla”. Eso dicen en Perú, y yo les creo… así que ahórrense sus regaños por mis múltiples faltas de ortografía y redacción impura)… en Lima uno come papa color negra… “sanguches” criollos que son capaces de generar la paz mundial… se deleita con batata (camote) y mazorca (todos saben qué es mazorca) en cualquier cebiche… suspira al ritmo de un suspiro Limeño… se atormenta con algo llamado "causa"  y parece que yo, no puedo vivir sin algo llamado “lúcuma” (un familiar inca del aguacate azteca) en cualquiera de sus presentaciones.

Comí sin pedir permiso, y mucho menos, sin pedir perdón.

Sobra decir, que existieron previo a esto, un par de días, donde visité un país vecino a Colombia, conocido mundialmente por adoptar el nombre de una línea imaginaria que divide el mundo en dos… donde tampoco perdoné comer como si el avión en el que me devolvía a Bogotá (me regresaba a…) se fuera a caer, y asunto resuelto.

Y… ¿qué tiene que ver todo lo que comí en meses pasados? Pues… que llamó mi atención el día que descubrí lo mucho que había subido de peso. Incluso mi madre, en su primer visita al país andino que se ha convertido en mi casa, me hizo un sutil comentario que sirvió para causar en mi, una revolución francesa.

Más bien… todo esto sirvió de introducción para hablar de la visita de mi madre a mi casa, en Bogotá.

Llegó la tarde de un viernes. Me encantó verla y abrazarla, en la recepción de pasajeros del aeropuerto al que tantas veces he llegado yo solo, y caminado de igual manera (solo) a la fila de taxis…

Visitó gran parte de los atractivos turísticos de la capital de Colombia… y la invité a probar cualquier cantidad de productos imposibles de consumir en la capital de México.

Llamó particularmente mi atención que muy pocas veces intentó preguntar cómo “estoy yo”. Es decir, pocas veces llegó a preguntar cómo estoy yo como persona. No quiero decir con esto que sea alguien indiferente o fría, sino que tiene desarrollado un instinto materno (supongo como la gran mayoría de las madres) que logra detectar cuando algo marcha bien, o no.

En esta ocasión, solo detectó que su hijo había pasado por un periodo de estrés en donde se sobre alimentó, y donde disfrutó ver a sus amigos y familia (lo que para mi es lo mismo) en México.

Tal vez no quiso preguntar nada más… porque alguna vez su hijo le dijo que no le permitiría saber nada más que lo básico. Porque, según él… podía arreglárselas solo.

Y al parecer así lo hizo… para el resto del mundo, es alguien que lo ha logrado, alguien que el status quo aplaudiría con fervor… O bueno… con cierto fervor.

El instinto, se diferencia de la pulsión (según recuerdo) por el deseo. Por el significante… No somos animales. Por mas doloroso e infiel que esa última frase le resulte escuchar al perro salchicha que tanto quiero (y siento me quiere). El deseo materno de ver bien a sus hijos… El deseo de saber que están bien, en donde quiera que se encuentren.

Muchas personas me han dicho, a lo largo de mi vida, cuánto me parezco físicamente a mi madre.

Una de mis psicoanalistas… aquella que tiene su consultorio junto a la famosísima cafetería de los macarrones franceses, a unos pasos del Parque Artigas… en Polanco (pronúnciese con elegancia), sería la única que trabajaría a detalle… cuánto me parezco a la persona que yo abracé en el aeropuerto “El Dorado”… en la capital de Colombia.

Pocas personas… mi madre, mis amigos… ,la psicoanalista a quien alguna vez le atribuyera un apellido húngaro, saben lo mucho que me costó levantarme de aquella separación (relación). Pocas personas vieron en mi, alguien que se derrumbaba sin control… alguien que parecía muerto en vida… Nadie veía eso venir (excepto yo... y todos sabemos -sin dramas- que no era posible de detener).

Pocas personas entendieron el “por qué”  de mi decisión de irme de una ciudad que se volvió un contrincante… a la ciudad que disfruto enardecidamente las veces que la he visitado en los (casi) dos años que llevo fuera de ella.

Es por eso, que pasé por alto que mi mamá no me preguntara cómo estoy… cómo van las cosas… en su primer visita a Bogotá (la capital de Colombia… comentario con suma obviedad). ¿Por qué? Porque sé que se dio cuenta que por el momento estoy bien. A secas.

Confirmó que gran parte de mi vida actualmente es mi trabajo… sabe (sospecha) que hay algunas personas que me han causado todo tipo de suspiros. No pregunta quienes… porque sabe que “aquel” llegará… si es que yo lo permito; y si es que irrumpe en mi vida, de forma tal como para causarme un terremoto. Por eso, disfruté viéndola disfrutar el mejor café del planeta... reírse en uno de los restaurantes más irónicos de todo el mundo... probar sabores nuevos... ver atardeceres que solo Manuel Manrique podría describir... y ver que su hijo, como diría ella: "está bien... ahí la lleva".

Sabe que por eso me fui… que me fui porque necesitaba que mi mente se oxigenara… que mi corazón se moviera.

Cuando uno vuela alto (como cuando los aviones logran aquella altitud que anuncian como si fuera cualquier cosa)… algunas cosas se tornan frágiles. Aquello que no está protegido.

Cuando uno vuela alto, se olvida de proteger cosas importantes. Como el corazón. Por más obvio que esto resulte (como que Bogotá es la capital de Colombia... o cuanto quieres a tu familia... y a tus amigos).

Cuando uno vuela alto… se olvida que un golpe acaba con la magia. Un golpe en el lugar indicado, lo rompe todo. Destruye multitudes. 

Como cuando los federales rompieron mi maleta, al llegar al aeropuerto de la Ciudad de México. Mi maleta iba tan fría que un golpe, el más mínimo… rompió el cierre de seguridad; desatando en mi una furia tonta que me causó insultarlos:

¡Y además de todo, rompen mi maleta! ¡Cabrones!

Días después a mi enfrentamiento con los supuestos representantes de la ley, visité una sucursal de la tienda donde compré mi maleta… para preguntar cómo hacía válida la garantía… Me dijeron que fuera a un lugar especializado, y que no me cobrarían nada. Y mi maleta quedaría como nueva. Así... sin más, con la mano en la cintura (como los putos federales).

Hoy, al volver a México, mi mamá me dio un abrazo, mientras me decía cuánto me quiere (mucho)… y al formarse en la línea de espera para ingresar a esa zona del aeropuerto donde no puedes ver más a la persona a quien fuiste a despedir, mirándome con elegancia (de la misma forma en que se pronuncia el nombre de la colonia que tanto me gusta en la Ciudad de México)… sus ojos me decían: “es sólo el cierre de seguridad, no es toda la maleta …¡cuídate!…”.

Solo ella… mis amigos… una mujer con un consultorio junto a unos macarrones de espectáculo en Polanco y yo… sabemos a qué nos referimos.

Y aún así… se atreven a romperme la maleta.

¡CABRONES! ¡HIJOS DE PUTA!

Cuando me decidí irme de la Ciudad de México, a vivir a otro país… pensé que no encontraría palabras que definieran lo que yo sentía… pensaba que solo mis amigos… mi familia… la psicoanalista de Polanco, e incluso mis perros, entendían que pasaba por mi mente. Hasta que un día llegué a Quito, la capital del Ecuador… y en un taxi, sobre la “vía verde” –o una avenida con un nombre similar- leí un grafiti que decía: “para qué volver a caminar… si contigo aprendí a volar”.  Me reí… a carcajadas (el taxista me veía con cara de: “este loco”). Entendí que había tomado la decisión correcta. Y Quito, se consiguió un lugar muy especial en mi corazón.


Como lo tiene mi madre.

P.D.: una amable sugerencia... nunca le digan a un federal, que es un cabrón. De corazón... no lo hagan. 

1 comentario:

  1. Me ha conmovido mucho tu relato y lloré... Quiero abrazarte porque presiento que gustan... Los abrazos curan y te hacen sentir feliz

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