martes, 27 de junio de 2017

…y luego comenzó a contar chistes que no son chistosos...

…y luego comenzó a contar chistes que no son chistosos...

Pasaron unos segundos, nos miramos a los ojos, y nos reímos de la frase que había dicho. Nos reímos bastante.

Mi amigo (me gusta pensar que él es mi amigo… aunque no nos veamos y/o hablemos con singular regularidad), hablaba de alguien que conocíamos en común –y con quien trabajábamos… aunque mucho más él que yo-.

Por situaciones del día a día, vino a mi mente ese momento en mi vida, cuando él y yo nos reímos de una –de muchas- características de esta persona (pensaba que decía cosas sumamente graciosas, las cuales no eran así). Y por esas mismas situaciones de todos los días, donde súbitamente me encuentro pensando en cosas que no dejarán mucho a mi mente, llegué a la conclusión que seguramente era uno de sus recursos para disminuir la tensión de toda la gente que trabajábamos a su alrededor, acostumbrados a exasperaciones y explosiones macabras de carácter.

Hoy por hoy, cuando paseo con mi amigo en cuatro patas, aprovecho para pensar muchas cosas… no estoy acostumbrado a caminar sin hacerlo, es algo natural... pensar en lo que sea… en lo mínimo, “aunque no deje” (tal vez por eso es que me molesto tanto con él, que sigue siendo un cachorro, por sentir que me interrumpe de mis reflexiones de suma importancia cuando me jala por querer ir a olisquear la basura o los excrementos de otro perro).

La característica principal de un “día a día” es la falta de trascendencia.

Las últimas semanas lo único que trascendía en mi vida era llenarme de felicidad por llegar a mi casa y no ver algo destruido, y a su lado, la cara de felicidad de mi perro por haberme dejado un regalo de destrucción.

Yo siento que estoy en un momento de mucha tranquilidad. Pensaba que me hace falta un buen libro, que no había buenas películas por el momento… que ya había terminado de ver las únicas dos series que me interesaban y que incluso, había poca música nueva. Supongo que mi novio ya se sabe mi playlist favorito de arriba a abajo. Supongo que ya lo alucina... 

Creo que ya había dicho alguna vez que tengo la creencia que cuando llega nueva música a mi vida, es que siento que se abre un pequeño (a veces no tan pequeño…) momento en mi vida. Debo admitir que esta idea no es propia, es compartida, y que la hice consciente al volverme fiel escucha de un programa de radio que se llamaba El Soundtrack de una Vida (en Horizonte radio, por supuesto).

El fin de semana que la agrupación francesa Phoenix lanzó su último sencillo Ti Amo, me llegó un halo de buen humor. Escuché la canción más de 10 veces seguidas... ¡me encantó! 

Esa noche, previo a la reunión en casa de un amigo, me llegó otra cosa: un mensaje. De la persona en cuestión, no había tenido noticias en meses. Y en esta ocasión me comentaba una situación estrictamente personal, y por situaciones que no sé (pero que agradezco en verdad), me escribía para contármela. Quiso decirme lo que estaba haciendo al respecto, y además, recordó una conversación que tuvimos (ambos) en donde yo le dije algo que, por lo que me escribió, le provocó reflexionar de su momento en la vida… pero sobre todo, de su vida.

Al final del mensaje, que leí mientras me arreglaba para ir a la reunión (creo que aún tenía la toalla amarrada a mi cintura y el cuerpo mojado, pues acababa de salir de la regadera), puso un enunciado que me emocionó, pero a su vez, me puso un poco triste: “gracias Leo, el mundo te necesita”.

Hacía mucho no recibía un halago de semejantes proporciones… por lo que mi cuerpo mojado, mi toalla y yo tomamos asiento sobre mi cama… y comencé a pensar que tal vez, esa era una noche (o una tarde) complicada en su vida.  Que tal vez era una de esas noches donde lanzas cariño, esperando recibir cariño. ¿Y por qué lanzas cariño, esperando recibir cariño…? Porque a veces, en las noches de un sábado, todos nos podemos sentir solos… tristes. Y se vale.

Al día siguiente, un domingo por la mañana, tuve que llevar a Zampe a que lo nebulizaran. Un tratamiento contra la tos de perrera que por el momento funcionó… mientras eso pasó, decidí ir por un café y ahí comencé a recordar las conversaciones de almuerzo que he tenido con la gente, lo que habré dicho y lo que no… las veces que soy muy grosero, las veces en que me río… las veces en que doy cariño (a veces de más… otras de menos)… en cómo todo lo que haces, de una u otra forma, tiene un impacto en la vida de los otros. Aunque creas que no tiene trascendencia, olvidas (o más bien, desconoces) la realidad del otro. El cómo lo recibe, y el cómo lo digiere.

Me quedé con lo bueno… con que algo que dije, en uno de mis “día a día” le ayudó… y que ahora hace algo para estar mejor. Y cuando la gente está bien, el mundo también lo está… así que de cierta forma… el mundo le necesita; y le necesita bien.

Ayer… unas semanas después de lo que estoy contando, en el parque a donde llevo a Zampe a que juegue con sus amigos, me pregunté qué llegará a decir la gente con quien que trabajo (o la gente en general) cuando ya no estemos juntos… ¿Será que dicen que mis chistes tampoco son chistosos?

¿O será que se acordarán de alguna frase que les dije en el almuerzo…?

Sonreí… fueron esos momentos lindos, que agradeces, porque el cariño es cariño. "Sin filtros, sin dramas"... Y punto.

En ese instante Zampe me ladró, me veía atento (como ve un Dálmata a su dueño)… me sonreía (les aseguro que mi perro me sonríe, solo que lo hace a solas, cuando no lo ven)… lo acaricié, y me puse a jugar con él y con su amigo Samuel (un Golden que ama las pelotas y a los humanos por igual)… y por un segundo, dejé de pensar.

(Dedicado a la mamá de Josh… quien nos recordó que nunca dejó de sentirse triste y se quitó la vida, faltando dos capítulos para el final…). 

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