(escrito el jueves 27 de abril).
Todo el mundo merece una copa de vino, de vez en cuando.
Había escuchado hablar de él; principalmente a la hora del
almuerzo, en conversaciones con mis colegas de trabajo … Lo llamaban “el
astrólogo”.
En noviembre pasado, en un almuerzo cotidiano, una compañera de
trabajo me comentó un sin fin de situaciones demasiado interesantes, como para
definirlas como una mera coincidencia. Al menos no podría haberlas definido
así, tanto por el cariño que le tengo a mi compañera, como por el interés
legítimo que me causaron.
Decidí ponerme en contacto con este hombre… Y recurrir a él para
conocer y entender mi “carta astral”.
“¡Qué estupidez!”, respondió Edisson cuando se lo dije. Su
respuesta me molestó de inmediato, pero pensé que así habría respondido yo unos
años atrás…
Llegué a la cita un tanto (demasiado) crudo, y con una cara de
“sobreviví a una fiesta de fin de año más… ¡soy un héroe!”. Me sentó en una
silla que parecía que se iba a romper en segundos, y me explicó el cómo iba a
hablar de la posición que los astros tenían en el momento en que yo nací (el 22
de agosto de 1983, a las 12.45 del medio día, en la Ciudad de México). Y así
comenzó:
“De inicio quiero decirte que no, no eres Leo, tu signo Zodiacal
no es aquel que pensaste toda tu vida… tu signo es Virgo”. Me quedé pasmado…
les dije a varias personas que sentía como si alguien me hubiera dicho: “no
eres mexicano, eres de Singapur…”.
Me dio una letanía de explicaciones, imágenes de los astros… me
describió de piso a techo la personalidad de los Virgo, habló de mis otros
signos (el lunar y el ascendente), y después hablaría por espacio de una hora
sobre qué me depara, según la posición de los astros, este año (y los
siguientes). Y soltó una frase, tan potente, como slogan de producto de
belleza: “a más tardar en junio, pasará algo muy importante… muy importante”.
Ese día, por la noche, dos amigos estarían en mi casa para una
reunión. Esa sería la primera vez que
sacaría el tema con ellos (en realidad, con cualquiera…). Les dije que lo que más me había sorprendido
es la descripción, bastante detallada, que hizo de mis últimos 3 años (la depresión
por la ruptura de la relación sentimental que en su momento existió, la muerte
de personas cercanas a mi, y algo que llamó “un cambio radical en tu vida”… mi
mudanza a la capital de Colombia). Creo que el haberles dicho todo esto,
provocó que ellos mismos (mis amigos) fueran a visitarlo semanas después…
Días después, viajé a la Ciudad de México… Yo sabía que en esos
días tendría que tomar decisiones importantes en mi vida, y en esta ocasión, no
dejaba de repetirme que esas decisiones tendrían un impacto (poco o mucho) en
la vida de otros, pero sobre todo, en la mía. Me tomé el tiempo, dedicado
(juicioso, como dicen los colombianos) para pensar en cada una de ellas… e
incluso un día decidí no asistir a una reunión familiar (cosa que después me
causó un gran arrepentimiento, e incluso culpa) para atender temas que –pienso-
a muchos les podrían parecer triviales…
Ese día descubrí que en la Colonia Condesa habitan muchos
Dálmatas… Y pocas horas después, con un café en mi mano, frente al Ángel de la
Independencia, me enteré que había muerto George Michael…
El tiempo para pensar se agotó, las decisiones estaban tomadas… y
volví a Bogotá.
Y entonces, sí… mi vida tenía ya un acompañante… Edisson y yo nos
conocimos la tarde de un viernes de noviembre. Estaba por comenzar a llover, y
él me esperaba sentado afuera de una cafetería (la de la mula Conchita y el
señor Juan). Ese día, yo había comprado la versión en español del tercer libro
de Paolo Giordano… Llegué a la cita, nos
tomamos un café… llovió… y decidimos no separarnos hasta que llegó la mañana
del lunes. Unas semanas después, en mi cama… segundos antes de irnos a
almorzar, formalizamos lo que ya era una relación. Es oficialmente, la relación
más larga que he tenido en años… y si nos vemos drásticos, enfáticos y
precisos… es la única relación que he tenido en años. En la que decidí entrar…
y él, se convirtió en la persona a quien más le he abierto mi vida en el mismo
periodo de tiempo. Y eso me tiene muy
contento.
También me puso muy contento, conocer a la Señora “A”.
El 16 de enero, nació Zampe. Lo conocí por una fotografía hasta
inicios de febrero… y llegó a mi casa a finales de marzo.
Zampe (que significa patas en italiano…) es el perro que, ahora
mismo, descansa junto a mi… que me agarra la mano cuando escribo. El día que
llegó a la casa, se resbalaba en el piso de madera falsa… buscó dónde sentarse,
y optó por orinar la alfombra (misma que tuve que quitar, hasta estar seguro
que aprendió a no usarla como baño).
Debo decir que a veces pienso en que no seré el mejor de los dueños para
Zampe… que sería mucho más feliz con otra familia… viviendo en alguna finca,
entre vacas y con un río cercano…
Pero, me gusta pensar que él y yo nos buscamos. Que lo pensé
tanto, que llegó a mi vida. ¡Y no! No creo en teorías estúpidas como El
Secreto, y similares… es simplemente que desde hace muchos meses, había pensado
que un perro debía acompañarme… y que debía ser un perro como él. Zampe ahora
es el perro más popular en la veterinaria… y de los más consentidos. Apenas me
deja un pequeño espacio para dormir en la cama… porque sí, no me importa que
duerma en la cama.
En febrero vi una película que, entre muchas otras cosas
interesantes, habla del nombre que recibe el valor de las relaciones humanas. O
más bien, el término con el que las compañías aseguradoras definen el monto a
pagar (mayor o menor), de acuerdo al vínculo afectivo que los seres humanos
tienen con quienes le rodean…
De inmediato pensé en mis propios vínculos afectivos… creo que los
únicos cuatro espectadores, ese día ahí, debimos pensar exactamente lo mismo.
Pero más allá de eso, pensé en los vínculos que ahora están en mi vida… mi vida
en Colombia, mi novio… mi familia en México… mis amigos… todo.
Por semanas me lo pregunté… ¿Cuánto valdré yo… cuánto vale mi
vida, o La Vida?
Cuando salí a caminar, en diciembre… por Avenida Paseo de la
Reforma… tomé decisiones, falté a una comida familiar… y también se murió
George Michael. Decidí que mi vida, este año, fuera diferente… quise dejar de
estar solo (o tan solo)… quise sonreír y reír… quise leer cosas bonitas… dejar
rutinas que no me llevaban a ningún lugar… ver películas que me hicieran pensar
por semanas…
Todo tiene un costo. Y no siempre, es monetario.
El día que lo asimilé –creo- soñé con dos de mis psicoanalistas…
Estábamos en una especie de túnel… y ellas estaban entre la gente que pasaba.
Una de ellas se me acercó y me dijo: “puede regresar… ya faltan menos años para
que usted termine su análisis”. Desperté… por razones evidentes pensé casi todo
el día en el sueño.
El costo, es el cambio de vida que implica asimilar tus decisiones…
Por lo que, tomé con un poco de simpatía, que unos días después de
que todo lo anterior ocurriera, recibiera una llamada de alguien que me decía:
“Leonardo, tenemos que hablar”.
Y ahí… ¡pensé en el astrólogo!
Todo el mundo merece una copa de vino, de vez en cuando. Yo hoy …me tomé dos…
(el libro de Paolo Giordano se llama Como de la Familia; y la película –homónima al término que explica- lleva por nombre “Il Capitale Umano” –El Capital
Humano-).
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