domingo, 10 de julio de 2016

...yo tengo una bufanda azul...

(escrito el 10 de julio de 2016).

Camilo, el chico que me renta el apartamento donde vivo en Bogotá, me llamó antes del medio día del jueves. Me invitaba a la serenata con mariachis que le llevaría a su novia, esa noche como sorpresa. Me dijo que todo era una sorpresa y que era plenamente improvisado.

Yo pensé, y sigo pensando que, su invitación a que yo asistiera esa noche (pasadas las 10) a su casa –que por cierto, queda a solo unas calles de la que se hace llamar, mi casa- era una respuesta muy elegante, a una cortesía que le hice llegar a los futuros esposos días antes (unas trufas de Havanna que compré en Lima, acompañadas de una botella de vino blanco dulce chileno de Undurraga).

“Eres un snob”.

Daniel, el chico con quien mi vida se enlazó por más de un mes (el último mes), me dijo por teléfono, cuando le conté el detalle que les regalé. Me hizo reír muchísimo, y me hizo sonrojar… porque pudiendo criticar o alejarse de alguien con claras actitudes al mero estilo Martha Stewart, lo nombró como algo que le gustaba (y que supo muy bien leer que a mi también).

Él (Daniel), supo que me tenía pensando en él, cuando a los dos o tres días de habernos conocido, le dije que había descubierto su segundo apellido (tema importante para mi). Fue relativamente fácil… no solo encontrar su apellido, sino involucrarme y abrirme con alguien que, me gustó, desde que nos conocimos… y fuéramos a cenar pizza con alcachofas y un plato de calamares fritos.

Pienso que él y yo, desde nuestras muy individuales trincheras, representamos parte de la sociedad actual.

Estamos solos. Vivimos dependientes de un grupo de amigos que, claramente, se vuelven familia… pasamos grandes periodos de tiempo en nuestros trabajos… nos desplegamos en ellos… y sabemos que no habrá nadie en nuestras casas, esa noche, cuando volvamos a ellas.

Daniel y yo sabíamos el riesgo que corren dos personas que se toman demasiado cariño (demasiado), cuando están separados por cientos de kilómetros. Para ser más complicado el panorama… cuando se vive en países diferentes.

Llegué al edificio donde Camilo a las 10:10… fui el primero en llegar al lobby (me sigue sorprendiendo que en Colombia, una enorme mayoría de edificios cuente con un Hall de espera, y un vigilante –a veces con cara de muy pocos amigos- te invite de forma imperativa, que tomes asiento en un sofá de recepción, junto algún florero pretencioso). De inmediato llegaron muchas personas (entre ellos, alguien que claramente era su familiar, pues era un sujeto idéntico a mi landlord…). Yo, llevaba una bolsita de regalo para la novia (un cactus)… y como en Julio y Agosto, en Bogotá, hace demasiado viento frío por la noche, me puse una bufanda azul… que suelo usar cuando me siento inseguro. Cuando necesito protegerme.

Me la regaló mi mamá en una navidad. Me la compró (porque yo le dije que me gustaba) en uno de los primeros Bazar Fusión, cuando se ponían en el Parque México de la Condesa. Me encanta… es una de mis favoritas. Es azul metálico. Es muy bonita.

Tengo un cajón lleno de bufandas, trapos y cualquier cosa que te puedas poner en el cuello… como buen gay, tengo un lado potentemente inseguro, que evito dejar ver en público; y por algún tema netamente asociado al cliché, una bufanda me hace sentir mejor.

Después de un tema logístico, subimos a escondidas los invitados (sus familiares y amigos… y su inquilino, o arrendador), al apartamento… y entramos al sonido de una trompeta y una guitarra de esas gigantes que usan los mariachis.

Ellos (Camilo y su novia)… se abrazaban… lloraban… se besaban…

Ellos (los familiares y amigos)… sonreían; las nuevas familias se abrazaban entre ellas… las amigas de ella, lloraban abrazadas… los amigos de el, se daban palmadas en la espalda, al estilo macho alfa.

Yo… encontré lugar en el rincón de la cocina (abierta, para mi fortuna)… yo no tenía lugar ahí, pero fui. Con una bufanda que me hace sentir seguro. Llegué a pensar que me veía irrisoriamente gay. Me ponía derecho cuando me sentía observado (¡ponéte derecho!... me dijo al oído, de forma imperativa, una jefa argentina, cuando en una junta, me vio dudar. Fue tan imperativo, que me acuerdo de sus palabras, y me da un poco de miedo). Para mi fortuna, la mamá de Camilo, se acercó (fue la única que se acercó conmigo), me preguntó quien era yo…

“¡Entonces tu vives en el apartamento de Camilo acá arriba!... ¿Dime si no tiene la vista más linda?... ¿Te ofrezco un vino tinto?”.

“Por favor… vino tinto está perfecto”.  Me tomé tres copas, terminó el mariachi… felicité a los futuros esposos… y me fui de ahí.

Pensé en cómo bobadas, como ir solo a una reunión así, requiere de una serie de profundas bocanadas de aire… me pregunté cómo se habrían conocido (no les pregunté, llegó un punto en el que más quería yo salir de ahí, que seguir sintiendo miradas homofóbicas e incriminadoras, que… lo siento, mi seductor acento de extranjero, no logra atajar).

Pensé mucho en Daniel esa noche… habíamos hablado, como todas las noches, por varias decenas de minutos. Por más de una hora y media…

Por horas…

Daniel y yo nos conocimos bastante bien. “Estamos conectados”, me dijo en repetidas ocasiones.

¿Les he contado mi teoría de cómo se refleja un estado de ánimo en el peinado?

¿No?

Pues el viernes fue mi turno. Me sentía brutalmente mal, terriblemente mal al despertar. Llegué casi 40 minutos tarde al trabajo.

Tenía la presión sumamente abajo. Mi familia (casi toda) padece de presión baja y temas relacionados al azúcar. Y como buen solucionador de temas médicos con productos idiotas, incurro al “tómate una coca”…

Caminando, me vi en el reflejo del pilar de una torre… Me veía fatal… ¡Fatal! “Si te viera Adrián (mi estilista en México) ¡te mataría!”, me dije. Vine a casa, y dormí horas… me dolía la cabeza.

La presión tan abajo me la estaba haciendo pasar muy mal. …Imperativamente mal… pero en mi orgullo gigante, y sabedor de una enorme potestad, que me he ganado ante la sociedad, de que puedo hacer todo solo, decidí no pedir ayuda.

Mi estado de ánimo estaba en el piso… sabía que me costaba hacer cosas solo. Que a veces duele mucho (muchísimo) estar solo. Que necesitas a alguien que esté ahí… que te acompañe. Que te procure.

Necesitas amar… y ser amado.

Días atrás me había peleado con Miguel. Unas horas atrás, Fabiola me había dicho que habláramos al medio día para saber cómo estábamos el uno y el otro… pero por temas de una vida ajetreada, no pudimos.

A veces, detalles sutiles (y otros no tan sutiles, como el tono de voz elevado con el que Miguel y yo intercambiamos nuestras opiniones) te golpean… hasta tirarte el ánimo. A veces, sentirte abandonado… juega como comodín en póker, cuando has tenido días esforzándote por valerte por ti mismo.

Y como no quieres hablar del tema, ni afrontarlo, tu peinado y tu cabello lo hacen evidente, y pareces un maniquí de tienda barata del centro. Y eso, hace que se te baje la presión.

Daniel pasaba por un muy mal día, el mismo día que yo. Su viernes no fue nada agradable.

“estamos conectados”.

Tristemente, el chico de la sonrisa encantadora, y el acento serrano… no me tenía a su lado, físicamente, para recibir un abrazo. Para sentirse querido… para saberse acompañado cuando la situación está mal. Cuando lo complicado abruma.

Hay cosas insostenibles. Deal Breakers, diría él.

La distancia es, indiscutiblemente, una de ellas.

Horas después, recordaría en clase que la palabra (o expresión) “cuídate” es un imperativo. Abbi cura di te. Lo apunté en mi cuaderno, e hice un subrayado pretencioso… como el que hago cuando escribo algo que me gusta… es un subrayado, familiar sí, de los floreros que habitan en las recepciones colombianas.

Estar solo no es nada sencillo. Es una elección demasiado compleja y complicada, como para no hablar de ella de vez en cuando. Uno debe tener claro las reglas, y los Deal Breakers… los no negociables.

Daniel y yo nos encontramos con uno. Y se siente feo.

Afortunadamente para mi …yo tengo una bufanda azul…


(gracias por el libro que me regalaste… lo llevaré conmigo. Estarás en Italia conmigo).

domingo, 26 de junio de 2016

...la esperanza del futuro...

(escrito el domingo 26 de junio de 2016).

“Buongiorno ragazzi”

Danielle, se presentaba como el profesor del grupo que inicia un nuevo nivel.  De inmediato inició con las preguntas típicas: ¿Cómo están? ¿Cómo les fue en el examen? (él fue nuestro profesor en el nivel anterior, así que su interés –creo- era muy sincero).

Al momento de iniciar la clase, dijo –con su acento del norte (muy norte) de Italia- “hasta el momento, ¿qué tiempos hemos visto?”. La respuesta, muy natural fue: “presente y pasado (próximo); no hemos visto el futuro”.

Una compañera de inmediato interrumpió diciendo: “¡pero en italiano no hay futuro!”.

Mi mente se escindió en ese momento… por un lado prestaba una buena parte (mucho más que sólo la suficiente) de su atención a la explicación del profesor –que al principio de la clase se disculpó por no haberse podido ir a cortar el cabello-; y la otra, a una serie de pensamientos a los que no les he parado bolas* en los últimos días, e invité a tomar asiento en una sala de espera, con la promesa de que un día los atendería (yo también puedo ser burocrático, si se me pega la gana).

Hace unos días entré en un periodo de tiempo que, conforme avance, será más notoria la necesidad de tomar una decisión.

El periodo de tiempo que acordé vivir fuera de México, para la asignación en Colombia, comienza a llegar a su fin. Increíble cómo pasa de rápido el tiempo… pensé en aquella última semana, que para mi fue como una suerte de emoción constante, en la Ciudad de México. Me acordé, incluso, de lo que pedimos para comer mi mamá, mi hermana y mi sobrina… en un restaurante que no tiene ninguna otra maravilla, más que estar frente al Ángel de la Independencia… una pizzería de cadena que con el tiempo, tendría un éxito relativo (y más de 50 amigos comiendo en ella)… pensé en cómo sería regresar a vivir a la Ciudad de México.

¿En dónde vivirías ahora Leo? ¿En qué colonia? ¿En qué zona? Sonreí… pensé que la Escandón siempre me ha sonreído coquetamente, invitándome a ser uno de sus vecinos (ya que mi colonia favorita –Polanco- es impagable)… pensé que ahora sí podría tener un perro (pues recién me ha entrado una insana obsesión de tener un dálmata… y llamarla Sancha). Pensé también, en qué lindo sería continuar mi italiano allá, en la Dante de la Ciudad de México (que si no me falla, está frente al parque Río de Janeiro, en la colonia Roma… frente a una réplica del David de Miguel Ángel). “Ahora sí” –dije- “me compraría el carro que no quise comprar, me vale…”. Me imaginé de nuevo poder ir a comer con mi mamá y jugar con mi sobrina, a quien quiero mucho… y que de pronto, cuando hablo con ella por teléfono, me pregunta por qué no he ido a verla… (a lo cual no se me ocurre una respuesta sensata para la pregunta de una niña de 4 años)…

¿Y si no es México?

Si por fin te decides a dejarlo todo y largarte a vivir en Buenos Aires… y cumplir el sueño pasional de vivir en la ciudad en la que la palabra “pasión” se siente hasta en el aire…

¿Y si te vas a Buenos Aires? Se me enchinó la piel… sonreí… “¡me encantaría vivir por Palermo!. ¡Me inscribiría a la UBA! Y por fin podría presumirle al mundo que soy un estudiante de la maestría en psicoanálisis en la Universidad de Buenos Aires” –seguro eso me causaría muchos problemas y envidias mexicanas, entre esos círculos de “sagrados” psicoanalistas en la Ciudad, pensé-.

Danielle seguía explicando la función del italiano, que la parte más que suficiente de mi atención, atendía:

Luigi va a Parigi (Luis viaja a París) – Domani Luigi va a Parigi (mañana Luis viaja a París)… “y así, anteponiendo la palabra mañana, ya estamos hablando de algo que va a pasar, por seguro, y estamos hablando en tiempo futuro”…

Me encantó un ejemplo tan sencillo… y el uso de la expresión “por seguro”.

Un cuadro de Venecia, ubicado en el salón de clase, volvió a robar mi atención… y sentí que una clara señal de emoción –que la he tenido bien reprimida para este tema- saltó en mi cuerpo. En unas semanas viajaré (en futuro) a Italia… pasaré mi cumpleaños 33 en una isla del mediterráneo… en un viñedo. Si todo sale como lo tengo planeado, estaré en la ciudad de las góndolas para los últimos días, y podré visitar a un conocido en una ciudad fronteriza con Eslovenia (el país del dragón… un país que hizo, ni más ni menos, que me enamorara de Europa). Me imaginé por un momento en una góndola… cliché, lo sé… ¡pero nadie les critica a lo turistas por ir a México y ponerse un sombrero de mariachi y tomar tequila, pareciendo imbéciles!

Pues entonces, asentí, yo también lo puedo hacer en Italia… subirme en una góndola y sonreír.

Sonreí mucho, pensé en todo lo que he vivido en Colombia, y cómo mi vida se transformó de una manera que (por razones obvias), no habría imaginado.

Recordé por un momento la clase de salsa que había tenido el miércoles pasado, donde al terminar de volver a ensayar giros cruzados, mi profesor aplaudió y me dijo: “es la primera vez contigo, que puedo bailar rápido… ¡muchas felicidades!”. Soledad*, una canción del grupo La 33 (un grupo de salsa bogotana, realmente bueno) me hizo poner en práctica mi capacidad de llevar a mi pareja, y hacerla girar… y girar yo para el sentido inverso.  Pensé rápidamente en las decenas de personas que he conocido… las risas que he tenido, los lugares que he visto, la comida que ya no podré volver a comer (porque seamos realistas, no creo que en otra parte del mundo uno pueda encontrar patacones bien preparados…)… los autores que descubrí acá… La vista desde mi habitación, desde mi cama, a los árboles que inician un bosque en los montes orientales… íconos de una ciudad.

La esencia de lo que para mi, es un país.

Así, de pronto… me llegó un mensaje por Whatsapp desde la ciudad ubicada en la mitad del mundo.

Alguien con quien he estado hablando todas las noches, desde hace 3 semanas, se “apersonó” –por lo menos vía mensaje- para poner en perspectiva todas mis ideas del futuro.

¿Y si mi futuro está en Quito… con él?

Él –quien es homónimo de mi profesor, solo que en la versión que se escribe en español- se ha creado (y le he creado) una especie de imagen espejo junto a mi… en un momento donde es muy bueno sentirse acompañado. Más allá de eso... saberse, bien acompañado.

Tomar decisiones de vida, eso es lo que tendré que hacer en el futuro.

Mi mente –y mi atención- regresaron en su totalidad al salón de clase, justo para escuchar la frase que a todos nos haría reír… (y a más de uno, poner una sonrisa de haber escuchado una frase que, más que regla de tiempo o estructura de una lengua, refleja un contexto social y cultural).

En el italiano –dijo Danielle- no hay futuro como lo hay en el español… no podemos hablar de él… no lo conocemos. Solo nos queda …la esperanza del futuro…

Reímos… todos. Incluso el profesor (que siempre se ríe y se pone rojo).

Y esa frase, totalmente esperanzadora, me hizo pensar (y sentir), que pase lo que pase, cuando llegue el momento (cuando llegue el futuro), tomaré una buena decisión.

“Bene ragazzi, allora… tutti, andiamo al libro a pagina otto”.


*parar bolas (del colombiano, “prestar atención”).

*Según Yoko, mi profesor de salsa... el título que el grupo La 33 le dio a la canción Soledad, es por que ellos -los integrantes- vivían, o tienen un vínculo muy especial, con el barrio del centro de Bogotá, muy lindo por cierto, que lleva ese nombre: La Soledad.

domingo, 10 de abril de 2016

...instructivo para usar un prepucio latinoamericano...

(…) pero quería decirte “hola amigo” (…)

Despertar el lunes, con un correo electrónico de alguien con quien no cruzas una línea desde hace más de un año, me alegró la semana. Y desbloqueó mi mente, que llevaba varias semanas orbitando sobre un mismo tema.

El primer “tiempo” del año me entregó un par de noticias que, por un lado me dieron mucho gusto, y por otro, me causaron un efecto colateral. Despedirme de alguien que, por una u otra razón, me es importante, me provoca ansiedad. En el corto y mediano plazo. Me hace pensar viciosamente en si, será la última vez que nos veamos… y así, sin más ni más, nuestra relación (cualquiera que ésta fuera) se convertirá en una pieza de museo…

Dos personas me hicieron saber que se van, de forma “temporal”, de la que se volvió (como alguna vez me dijeron), mi “patria adoptiva”… dejarán de habitar en la ciudad que está 2600 metros más cerca de las estrellas, por unas nuevas sedes… por obtener y buscar, nuevos retos personales y profesionales.

En ambos casos, me emocioné. Pero la emoción llegó a tal, que me hizo un poco mal. Y para todo mal, un buen mezcal… y fue así como llamé a México.

Mi amiga Fabiola atendió mi llamada un domingo muy en la mañana. Ambos nos conocimos en la universidad. Ambos, somos psicólogos. Ambos, no nos andamos por las ramas… le dije que me sentía mal, que estaba muy ansioso… que me sentía un tanto solo y que, en mi eterna paranoia y necesidad de ver mensajes donde no (sé si) los hay… pensaba que la vida me mandaba un claro mensaje de que ésta etapa, el “haberme ido”, estaba terminando.

“Tal vez esto está por terminar Fa… y me aterra”. Fabiola está acostumbrada a que mis llamadas en ataques de pánico y estrés, no duran 15 minutos…

Durante las casi dos horas que hablamos… le conté sueños que había tenido (donde aparecía él… otros donde aparecía mi psicoanalista… y en varios de ellos, mi familia y amigos).  Le dije que estaba supremamente estresado… tanto así, que hasta sentía que estaba sudando demasiado… “pues claro Leo, tu cuerpo te lo está aventado… lo tiene que sacar por algún lado… está hirviendo, estás hirviendo… y claro, estás sudando”.

Hablé… le conté de ellos dos. Uno de ellos se habría ido para ese momento a la ciudad de los vientos a estudiar un idioma nuevo… el otro, unos días antes, frente a mi… en mi casa… tomando vino, comiendo fresas, queso y jamón serrano, me dio una noticia que me congeló. Aun me emociono cuando la pienso –la noticia- (y cuando lo pienso –a él-…). “Te tengo que decir que me voy…”.

Sí… en Colombia me enseñaron a combinar vino tinto y fresas. Aún desconozco si ése maridaje va con noticias así… pero él tiene fuero ante muchas cosas. Yo se lo he dado, y no hay negociación alguna para dirimírselo. Me declaro incompetente. 

Uno de los protagonistas de las historiecillas de amor me hablaba de frente… obtuvo una beca, según me dijo… con un cuadro de una película de la que le hablé una vez en mi casa.

Sentí que el cuerpo se me partía en pedazos. Y no sabía si de la alegría, de la emoción… de la tristeza… o de algo extraño que pocas veces sientes, y por eso cuesta trabajo nombrarlo.

Se va… ni más ni menos… que a la Capital de la Galaxia.

Bogotá es una ciudad hermosa… pero todos lo sabemos, a él le quedaba chica (tal vez muy chica). O al menos, esa es la respuesta que me doy para justificar y alentar su partida.

Pero eso él no lo sabe (a menos que lo leas, claro).

Minutos después de hablar con Fabiola, apareció Miguel. Despeinado y en la sala de su casa (¿les he comentado que me encanta cómo diseñó Miguel la sala de su casa? ¿No?... pues me parece espectacular… me parece fenómeno… de portada de revista de Marta Stewart).

Miguel no es psicólogo. Miguel me conoce absolutamente todo… Me veía (a través de esta herramienta tecnológica que te permite hacer llamadas por video de forma gratuita) con cara de: “Leo… ¿tomaste mucho anoche… estás pedo, ¿verdad?”.

Me reí… le dije que un poco (que había tomado un poco)… pero que en verdad necesitaba verlo, y hablar un poco con él de esto.

Una hora y media después… mi alma estaba más tranquila. Sentía que tenía respuesta a la pregunta que orbitaba, una vez más (porque mi alma es muy obstinada, habrán de entender)…. Saber si estaba listo para algo nuevo… saber si había valido la pena todo esto… saber si el “haberme ido” (de mi mismo) había valido la pena…

Reímos mucho… Y la risa, me calmó.

Me acordé de un capítulo de Los Simpsons… donde Bart vende su alma por unos dólares a Milhouse. En un sueño, Bart se ve a sí mismo, intentando remar un pequeño bote, sin su alma… y no puede; mientras, a su alrededor, todos sus amigos, reman a la par con su alma muy sonrientes. Bart despierta gritando, y sale corriendo a buscar su alma.

Una vez, comenté esa escena de esa caricatura –que marcó no solo mi infancia- en el diván… hablé demasiado de eso. No es fácil andar remando solo; pero conozco a varios que lo hacemos.

Cuando nos despedíamos, el alguna vez vecino del monte “PioNono”, en Sopó, (ahora habitante de la Ciudad de los Vientos), en el sonido ambiental comenzó una canción que hacía años no escuchaba… “Linger”. The Cranberries tomaban por sorpresa la cervecería pequeña más grande de Colombia. Me acordé en qué momento de mi vida me encontraba cuando esa canción estaba sonando a todo. Estaba terminando la preparatoria, sabía que sería psicólogo, estaba enamorado de mi amigo Adrián y hasta ese momento, mi sueño más grande había sido ser el dueño de un restaurante gourmet en Madrid. (Cuando le dije a mi papá que mi estrategia sería precios altos por pequeñas porciones de comida fusión, me respondió: “¿nunca has visto comer a un español?” Mi sueño se esfumó).

Hoy, casi 15 años después… mi vida es otra. Las decisiones que tomé, me llevaron a lugares que, en ese momento, no había –ni siquiera-imaginado.

Tal vez no rompa el pacto de silencio, diciéndoles que, así como me encanta cómo Miguel decoró su sala… me parece que Camilo, el muy orgulloso embajador de Sopó ante el mundo… tiene una de las sonrisas más lindas que el mundo haya visto jamás.

Saber-te lejos… saber-te en un proceso, que tal vez comienza a culminar, genera miedo. Miedo porque sabes que nuevamente vendrá algo nuevo. Pero saber que todo ese camino andado, ha rendido frutos, causó en mi, una gran sonrisa (casi tan linda como la de Cami).

Kate, mi amiga de Australia, habitante de Melbourne… que también es psicóloga, y que reímos a carcajadas, mientras disfrutábamos un helado de queso de cabra con ralladura de pistache en las carreteras turcas, me escribió a principios de la semana. Me dijo que estaba muy bien; escribió de cómo esta su mamá (y la salud de la misma)… cómo están sus hijos y esposo… y que el hijo de Jill (su amiga de Tazmania; la famosa usuaria de la muy querida palabra shenanigans), se casó.

Me escribió diciéndome que en la boda, pensó mucho en mí…

Me escribió. Y eso me hizo recordar que, a veces... por mucha distancia que exista, o que haya pasado mucho tiempo, la gente sigue pensando en ti. Y eso, para mi... tiene mucho valor. 

Mi buen humor regresó. Mi ánimo se vio impactado, esta vez, para bien. Hasta el peinado me cambió (¿les he hablado ya de mi teoría del peinado… por la que alguna vez Fabiola me mandó a chingar a mi madre? Creo que aún no… algún día lo haré). Recordé que en estos meses, para suavizar mi estrés me puse a ver nuevas películas, nuevas series… retomé la lectura… mis clases de salsa van cada vez mejor (¡mi profesor de salsa ya me enseñó a dar 4 tipos distintos de giros!), y ayer por primera vez, hablé en tiempo “passato prossimo” en italiano: “nosotros fuimos a comer una empanada” (noi abbiamo mangiato una empanada). A lo que el profesor respondió: “lastimosamente, no sé como se diga empanada en italiano… creo que no hay traducción”.

No puedes evitar sentirte ansioso, o que el nivel de estrés aumente, porque las noticas que pasan a tu alrededor, te afecten más de lo que a otros los afectaría. El asunto, es cómo reaccionas ante ello. Yo sudé, recordé mis sueños, les llamé a mis amigos y hablé... y después de eso, me sentí mejor, y seguí viviendo.

Ahora, tal vez, lo único que me falta… es seguir los pasos del protagonista de la nueva serie que estoy viendo por televisión y buscar un …instructivo para usar un prepucio latinoamericano…

(debería existir un instructivo para saber cómo decir adiós sin sentir que el páncreas te deja de funcionar… pues el primero mencionado… ya lo domino).


Con atentos abrazos hasta la ciudad de los vientos...