domingo, 4 de septiembre de 2016

...¡MUY MUCHAS!...

(escrito el 04 de septiembre de 2016).

Cuando despertaste, no estabas en tu casa y tenías la misma ropa que el día anterior (habías dormido con ella). La alarma de, lo que piensas era un carro, no paraba de sonar. Por un momento creías que era el sistema de alerta sísmica que tienes en tu celular… cuando tu mente obtuvo consciencia de lo que pasaba, te ayudó a incorporarte: no estabas en tu casa, era el cuarto de visitas de Hugo… y estabas ahí porque unas horas antes te habían robado, tenías miedo de estar en tu departamento, así que le llamaste para preguntarle si podías ir con el y dormir ahí.

Los temblores son un claro ejemplo de algo que te pone muy nervioso. Algo que no puedes controlar, que mueve tu mundo… mueve el piso sobre el que estás de pie (o crees estarlo), y si bien te va… solo te deja un gran susto. Sino, destruye todo lo que pueda. Todo lo débil o lo mal construido. Te aterran, y lo sabes.

Le contaste al conductor del taxi tu sueño, el tema de la alerta sísmica… y lo asustado que despertaste. El chofer, lo notaste, hacía un olímpico esfuerzo por interesarse en tus palabras… dudo que haya entendido mucho.

Llegaste al aeropuerto con la misma ropa con la que habías dormido (rechazaste la oferta de Hugo de bañarte ahí, para no pasar “todo chamagoso” casi 15 horas en un avión)… y como el drama no habría de terminar aún, la gente de la aerolínea te decía que había un problema con tu reserva… “usted está reservado pero no confirmado… es decir, es como si existiera pero no estuviera”. Pero ahí estabas… y para poder subirte al avión con el que iniciarías el viaje que habías planeado por casi 6 meses, tendrías que pagar una “penalización” por una cantidad de dinero elevadísima.

Lloraste (por fin lloraste) en el counter de la aerolínea…. Al preguntarte si te sentías bien, respondiste que te querías largar ya; que te habían robado… que putos todos y la puta que los parió… La mujer que te escuchaba con toda la atención del mundo (mientras veía como un pasajero histérico lloraba y maldecía en claro acento mexicano) te tranquilizó: “mira, te vas a subir al avión… yo no puedo hacer nada por lo que te acaba de pasar… pero lo que sí puedo hacer es regalarte un upgrade… para que vayas más cómodo y puedas descansar”.

Al subirte al (muy) largo avión, te pusiste los audífonos… querías desparecer un rato (y sabías que viajar es una clara metáfora para lograrlo).  Todo estaba listo… el avión se movía… las instrucciones de seguridad habían sido explicadas (una vez más, por vez número casi 30 en los últimos 3 años las veías)… e hizo su aparición la voz del piloto. Un hombre que se esforzaba (con simpatía) por hablar español… un español terriblemente mal pronunciado:

“estimadows pasallerows… estamos ready! Ya nos vamos a Atlanta… pongan muy comodows y gracias muy muchas!”

“¿Gracias muy muchas?” –pensaste de inmediato- ¿quién le enseñó español a este pobre sujeto? Acaso habrá sido “Open Spanish”… ¡No mame señor, no se dice “gracias muy muchas”! El sonido de la turbina de un venerable (por viejo) avión 757 se escuchaba acelerar… presionaste el botón para que tu lista pregrabada de Spotify iniciara. Arrancó una de las canciones que, sabrías después, te acompañaría muy sigilosamente las siguientes dos semanas: Roses de The Chainsmokers.

Casi 5 horas después decidiste comprar unos audífonos que dieran mejor calidad de sonido a tu música… y todo cambiaría para siempre. Sonidos que no habías detectado en canciones que te encantan, como Green & Gold de Lianne Le Havas (el platillo de una batería es un protagonista sistémico y de importancia prominente). La escucharías una y otra vez… una y otra vez, fascinado del sonido que tus nuevos audífonos mandaban a tus oídos.

En Atlanta, al llegar a la sala, escuchaste por primera vez en tu viaje el idioma que practicarías con empeño los siguientes días. Decenas de italianos abordaban un vuelo que, traía con él un pasajero singular… una señora con un perro a dos asientos del tuyo.

Greg, un norteamericano de Philadelphia que ocuparía el asiento junto a ti, te recomendaría ver “Sospechosos comunes”. Lo hiciste al ritmo de los vodkas que tomabas con singular alegría, y brindabas con Greg y sus Jack with Coke (aceptaste que te encanta la forma en que los norteamericanos piden esa bebida… “Jack”).

A 36,000 pies de altura volviste a soñar con un temblor… te despertaste gritando (odias dormir en los aviones Leonardo, porque siempre despiertas gritando y el de junto se infarta del susto). Greg, que medía como 1.90 y pesaba seguramente más de 100 kilos, te agarro asustado de los hombros, te preguntó si estabas bien. En realidad lo estabas, solo estabas un poco ebrio y habías soñado que un temblor derrumbaba el edificio donde te encontrabas.

Le contaste a Greg el sistema de alerta sísmica que existe en la Ciudad de México… el te miraba con cara de: “hermano… nos pusimos pedos volando a Europa, no pasa nada…”. Yo sabía que quería dar una explicación (no tanto a Greg… sino al terror que me estaba persiguiendo).

Aterrizaste en Roma… nunca pensaste que la capital Italiana estuviera tan cerca del mar. Abriste tu pasaporte y al de migración le dijiste: Buongiorno…

Y comenzaste a hablar en italiano; el idioma que llevas aprendiendo por más de 1 año… y que te catapultó a conocer tu primer país europeo fuera de Europa del Este y Europa Central.

Saliste del tren que conecta el aeropuerto con la central de trenes Termini. Buscaste el autobús que debería llevarte al hotel, que sabías según habías leído… estaba un tanto lejos de la zona turística, pero se encontraba en el vecindario (quartiere) de embajadas. Tenías mucho sueño y mucho calor… lo “chamagoso” ya se hacía notar… querías una ducha y dormir un rato.

Al entrar al hotel, comenzaste a hablar en Italiano… el “receptionist” te veía con cara de risa… tu optaste por la buena, reíste y le dijiste que eras un estudiante de italiano… te felicitó y a partir de ahí, siempre te hablaría en italiano, y esperaría con paciencia a tú ordenaras la idea que querías decirle, ayudándote a corregirla en caso de ser necesario.

Roma es un espectáculo. Aprendiste muchísimo… te encantó estar metido en zonas que tienen miles (en plural) de años de historia. Le escribiste a Fabiola. Sabes que Roma le encanta… te contó con mucha alegría lo impactada que quedó cuando vio el Coliseo. Cuando entraste en él, fue imposible no pensar en ella.

Le escribiste a Fabiola lo que pasó… seguías necesitando (y lo necesité por unos días más) un poco de contención… como en su momento te la dio Sebastián, que desde Houston, hizo gala de su ecuanimidad y te paró en seco: “Leonardo… estás bien, estás vivo… podrías estar en una posición peor… pide ayuda a alguien, y salte de tu casa… ¡Ya!”

Los primeros tres días, tenías miedo. Un miedo poco usual. Estás acostumbrado a viajar solo, a lugares muy turísticos y otros tantos menos receptivos a los extranjeros. Sabías que el miedo venía de lo que había sucedido en Bogotá.

Te llevaría unos días conciliar contigo mismo permitirte disfrutar y distraerte de lo ocurrido. Tenías frente a ti un país que se abría para que lo conocieras y disfrutaras… y eso harías.

También comenzaste a disfrutar lo que denominaste “la bebida del verano”: el gin & tónica. Tomaste cuantos quisiste, y donde quisiste…

Una semana en Roma fue como un orgasmo cultural e histórico… información, datos, arquitectura, pintura, escultura en el Vaticano… la capilla Sixtina, la Basílica de San Pedro, el Coliseo, el Foro Romano, el Museo que diseño la ganadora del Pritzker (Zaha Hadid), el metro, el Quirinal, la fuente de Trevi (y la moneda que lanzaste), la plaza España… Roma. Le dijiste a un taxista: “Roma es Roma”… El tipo te volteó a ver con cara de aprobación. Con esa cara que ponen los locales cuando un extranjero alaba y celebra la existencia de su ciudad y su cultura.

Y sí… Roma es Roma.

Nápoles implicaba tu cumpleaños… y conocer una ciudad que sabes, es importante para alguien importante.  Conociste Pompeya y sabías que estabas parado en uno de los lugares que, sin lugar a dudas, era de los más asombrosos que habrías pisado. Pensaste en Capadocia, que aunque nada que ver, te hizo sentir estar en Marte. El cliché del italiano, el estereotipo, estaba ahí… en Nápoles. Reíste muchísimas veces, escondido, sin que te vieran… no podías no hacerlo.

Llegaste a Capri… y justo unos minutos antes del medio día (hora exacta de tu cumpleaños) entraste a un bar y pediste una copa de vino rosa… (un bicchiere di vino rossé) y brindaste por tu cumpleaños 33. Estabas en una isla que parecía el paraíso de los ricos… te reíste un rato… Disfrutaste mucho.

Pediste una segunda copa de vino rosa… (un altro bicchiere di vino, per cortesía)… el señor que te atendía te sonrió… te lo trajo, e incluyó un platito con quesos.

Sonreías ante ese gesto… y le sonreías a Capri.

Por la noche, cenarías en el restaurante que Fabián y sus amigos tenían como cuartel, como vínculo, y saludarías al dueño… dándole los saludos que Fabián te había pedido darle… con tu mal italiano, te entendió… sonrió y respondió: “es un chico que trabajaba en los barcos, ¿verdad?”

Llegaste a Florencia y resultó ser un museo… el David te maravilló y te hizo pensar en tu ex… sabías que él estuvo ahí. Ver “El nacimiento de Venus” te haría un nudo en la garganta. Pocos (creo que nadie) sabe que es una de tus pinturas favoritas. El nacimiento de Venus y El Grito, al igual que varias de Remedios Varo (por herencia de mi madre) marcaron mi interés por el arte.

Cuando terminó el segundo día en Florencia, te fuiste a dormir cansado. La pequeña habitación que ocupabas, se ubicaba en el 3er. Piso de un hotel a dos calles del Duomo. Esa noche volviste a soñar… y el sueño y el miedo que tenías se harían realidad. En tu sueño, platicabas con Fabián… el sostenía un vaso con agua… el agua comenzaba a girar.

Despertaste… tu cama se movía en círculos. Pensaste por un momento que los huéspedes de la habitación contigua estaban teniendo sexo de una forma animal, y golpeaban contra tu pared… por lo que con el puño golpeaste la pared. Estabas medio dormido… la cama se comenzó a mover mucho; los giros eran más violentos. El vidrio de las ventanas comenzó a crujir. Todo oriundo de la Ciudad de México sabe que el sonido del vidrio al crujir es señal inconfundible de algo malo.

Un temblor azotaba Italia a las 3:36 de la madrugada del 24 de agosto. A la mañana siguiente, sabíamos que un pueblo llamado Amatrice había perdido a muchos de sus habitantes.  En Florencia (a casi 3 horas de distancia del epicentro), solo los turistas hablábamos del tema.

La metáfora del temblor y de que aquello que es débil cae… que un temblor destruye, acaba con la tranquilidad y lo establecido se había aparecido en la realidad en tu vida. Los sueños que habías tenido, antes de abordar y durante el avión, señales inconfundibles del terror que te causó vivir una experiencia donde pensaste y viste, comprometida tu integridad física en uno de los lugares más seguros que podrías haber imaginado… se hizo presente frente a ti.

Pero no te pasó nada. Ni en el asalto, ni en el temblor. La vida, el destino o quien fuera, hizo del sentido figurado… algo real.

Al 3er. día en Florencia, horas antes de irme, atravesando una vez más el Ponte Vecchio, no podías no pensar en tu amigo Sebastián… Te sentaste en un café y pediste un gin & tónica… pensaste en todo lo que él te ha ayudado a lo largo de 13 años de amistad.

Quisiste hacer un detalle que, sabías, entendería. Enviarle la foto de un Pinocchio sobre el puente. Creo que lo entendió.

A Milán llegaste cansado. La Catedral y la moda resultaron un lujo no previsto. La catedral, te impuso. Las gárgolas a las que Óscar Wilde llamó “demasiado”, te fascinaron. Milán te invitó a que la conocieras diferente… y te metiste a un barrio Milanés, a una cafetería local… tomaste café con los locales, y un toast… Milán y su castillo, y sus calles de gran lujo… Tomarte dos Gin & Tónicas e irte de compras, aún no te es perdonado por los de la tarjeta de crédito.

Abordaste el último tren de alta velocidad que tomarías en este largo viaje. De centro, al sur al norte de Italia. Llegaste a Venecia y no sabías qué hacer para llegar a tu hotel. Te subiste, haciendo parte de una estampida de decenas, en un acquataxi que te dejaría en San Marcos. Sonreías cuando, a bordo de un barco… veías pasar a gondoleros… estabas en Venecia. Y conforme iban pasando los minutos, te ibas maravillando de lo hermosa que es… Era como estar en una película… en una película muy bonita.

En la pequeña Isla de Murano pensaste en tu abuelo. Querías comprarte algo rojo, algo que combinara con esa figura de Murano que tu recibiste como parte de los recuerdos de tu abuelo materno, cuando el murió. Pensaste que, él estuvo ahí… con tu abuela. Que seguro estuvieron muy felices… y compraste un pequeño portarretratos rojo… sabías que lo colocarías junto a la figura de cristal de Murano rojo que te recuerda a tu abuelo Tomás.

El día que te fuiste lloraste (como lloras cada que dejas un país que conociste… y que te permitió conocerlo). En el barco que, de noche, te llevaba al aeropuerto… no había nadie… eras el único pasajero frente a una imagen de Venecia única. De noche, Venecia es impactante.

Regresaste con muchos kilos de más… en tu maleta y en tu cuerpo. Regresaste con muchas historias, muchas recetas… olores, sabores, sonidos… aromas, colores… sensaciones, conocimiento, datos, información… música, sueños, libros… ropa, comida… un nuevo póster para tu casa (“La Creación” de Miguel Ángel estará próximamente junto a los póster de Estambul y Viena)…

Regresaste a casa con un recuerdo de Italia increíble. Espectacular. Y eso, nadie te lo puede robar.

Regresaste a casa… y le pediste disculpas al entrar. Es una especie de santuario… Es mi santuario… “¡no volverá a pasar!”. Un día después comprarías flores (rosas), en señal de disculpas y reconciliación.

Y cuando te acostaste ese lunes, ya en Bogotá, en tu cama, antes de cerrar los ojos, dijiste para ti mismo: “gracias …¡MUY MUCHAS!…”.


domingo, 10 de julio de 2016

...yo tengo una bufanda azul...

(escrito el 10 de julio de 2016).

Camilo, el chico que me renta el apartamento donde vivo en Bogotá, me llamó antes del medio día del jueves. Me invitaba a la serenata con mariachis que le llevaría a su novia, esa noche como sorpresa. Me dijo que todo era una sorpresa y que era plenamente improvisado.

Yo pensé, y sigo pensando que, su invitación a que yo asistiera esa noche (pasadas las 10) a su casa –que por cierto, queda a solo unas calles de la que se hace llamar, mi casa- era una respuesta muy elegante, a una cortesía que le hice llegar a los futuros esposos días antes (unas trufas de Havanna que compré en Lima, acompañadas de una botella de vino blanco dulce chileno de Undurraga).

“Eres un snob”.

Daniel, el chico con quien mi vida se enlazó por más de un mes (el último mes), me dijo por teléfono, cuando le conté el detalle que les regalé. Me hizo reír muchísimo, y me hizo sonrojar… porque pudiendo criticar o alejarse de alguien con claras actitudes al mero estilo Martha Stewart, lo nombró como algo que le gustaba (y que supo muy bien leer que a mi también).

Él (Daniel), supo que me tenía pensando en él, cuando a los dos o tres días de habernos conocido, le dije que había descubierto su segundo apellido (tema importante para mi). Fue relativamente fácil… no solo encontrar su apellido, sino involucrarme y abrirme con alguien que, me gustó, desde que nos conocimos… y fuéramos a cenar pizza con alcachofas y un plato de calamares fritos.

Pienso que él y yo, desde nuestras muy individuales trincheras, representamos parte de la sociedad actual.

Estamos solos. Vivimos dependientes de un grupo de amigos que, claramente, se vuelven familia… pasamos grandes periodos de tiempo en nuestros trabajos… nos desplegamos en ellos… y sabemos que no habrá nadie en nuestras casas, esa noche, cuando volvamos a ellas.

Daniel y yo sabíamos el riesgo que corren dos personas que se toman demasiado cariño (demasiado), cuando están separados por cientos de kilómetros. Para ser más complicado el panorama… cuando se vive en países diferentes.

Llegué al edificio donde Camilo a las 10:10… fui el primero en llegar al lobby (me sigue sorprendiendo que en Colombia, una enorme mayoría de edificios cuente con un Hall de espera, y un vigilante –a veces con cara de muy pocos amigos- te invite de forma imperativa, que tomes asiento en un sofá de recepción, junto algún florero pretencioso). De inmediato llegaron muchas personas (entre ellos, alguien que claramente era su familiar, pues era un sujeto idéntico a mi landlord…). Yo, llevaba una bolsita de regalo para la novia (un cactus)… y como en Julio y Agosto, en Bogotá, hace demasiado viento frío por la noche, me puse una bufanda azul… que suelo usar cuando me siento inseguro. Cuando necesito protegerme.

Me la regaló mi mamá en una navidad. Me la compró (porque yo le dije que me gustaba) en uno de los primeros Bazar Fusión, cuando se ponían en el Parque México de la Condesa. Me encanta… es una de mis favoritas. Es azul metálico. Es muy bonita.

Tengo un cajón lleno de bufandas, trapos y cualquier cosa que te puedas poner en el cuello… como buen gay, tengo un lado potentemente inseguro, que evito dejar ver en público; y por algún tema netamente asociado al cliché, una bufanda me hace sentir mejor.

Después de un tema logístico, subimos a escondidas los invitados (sus familiares y amigos… y su inquilino, o arrendador), al apartamento… y entramos al sonido de una trompeta y una guitarra de esas gigantes que usan los mariachis.

Ellos (Camilo y su novia)… se abrazaban… lloraban… se besaban…

Ellos (los familiares y amigos)… sonreían; las nuevas familias se abrazaban entre ellas… las amigas de ella, lloraban abrazadas… los amigos de el, se daban palmadas en la espalda, al estilo macho alfa.

Yo… encontré lugar en el rincón de la cocina (abierta, para mi fortuna)… yo no tenía lugar ahí, pero fui. Con una bufanda que me hace sentir seguro. Llegué a pensar que me veía irrisoriamente gay. Me ponía derecho cuando me sentía observado (¡ponéte derecho!... me dijo al oído, de forma imperativa, una jefa argentina, cuando en una junta, me vio dudar. Fue tan imperativo, que me acuerdo de sus palabras, y me da un poco de miedo). Para mi fortuna, la mamá de Camilo, se acercó (fue la única que se acercó conmigo), me preguntó quien era yo…

“¡Entonces tu vives en el apartamento de Camilo acá arriba!... ¿Dime si no tiene la vista más linda?... ¿Te ofrezco un vino tinto?”.

“Por favor… vino tinto está perfecto”.  Me tomé tres copas, terminó el mariachi… felicité a los futuros esposos… y me fui de ahí.

Pensé en cómo bobadas, como ir solo a una reunión así, requiere de una serie de profundas bocanadas de aire… me pregunté cómo se habrían conocido (no les pregunté, llegó un punto en el que más quería yo salir de ahí, que seguir sintiendo miradas homofóbicas e incriminadoras, que… lo siento, mi seductor acento de extranjero, no logra atajar).

Pensé mucho en Daniel esa noche… habíamos hablado, como todas las noches, por varias decenas de minutos. Por más de una hora y media…

Por horas…

Daniel y yo nos conocimos bastante bien. “Estamos conectados”, me dijo en repetidas ocasiones.

¿Les he contado mi teoría de cómo se refleja un estado de ánimo en el peinado?

¿No?

Pues el viernes fue mi turno. Me sentía brutalmente mal, terriblemente mal al despertar. Llegué casi 40 minutos tarde al trabajo.

Tenía la presión sumamente abajo. Mi familia (casi toda) padece de presión baja y temas relacionados al azúcar. Y como buen solucionador de temas médicos con productos idiotas, incurro al “tómate una coca”…

Caminando, me vi en el reflejo del pilar de una torre… Me veía fatal… ¡Fatal! “Si te viera Adrián (mi estilista en México) ¡te mataría!”, me dije. Vine a casa, y dormí horas… me dolía la cabeza.

La presión tan abajo me la estaba haciendo pasar muy mal. …Imperativamente mal… pero en mi orgullo gigante, y sabedor de una enorme potestad, que me he ganado ante la sociedad, de que puedo hacer todo solo, decidí no pedir ayuda.

Mi estado de ánimo estaba en el piso… sabía que me costaba hacer cosas solo. Que a veces duele mucho (muchísimo) estar solo. Que necesitas a alguien que esté ahí… que te acompañe. Que te procure.

Necesitas amar… y ser amado.

Días atrás me había peleado con Miguel. Unas horas atrás, Fabiola me había dicho que habláramos al medio día para saber cómo estábamos el uno y el otro… pero por temas de una vida ajetreada, no pudimos.

A veces, detalles sutiles (y otros no tan sutiles, como el tono de voz elevado con el que Miguel y yo intercambiamos nuestras opiniones) te golpean… hasta tirarte el ánimo. A veces, sentirte abandonado… juega como comodín en póker, cuando has tenido días esforzándote por valerte por ti mismo.

Y como no quieres hablar del tema, ni afrontarlo, tu peinado y tu cabello lo hacen evidente, y pareces un maniquí de tienda barata del centro. Y eso, hace que se te baje la presión.

Daniel pasaba por un muy mal día, el mismo día que yo. Su viernes no fue nada agradable.

“estamos conectados”.

Tristemente, el chico de la sonrisa encantadora, y el acento serrano… no me tenía a su lado, físicamente, para recibir un abrazo. Para sentirse querido… para saberse acompañado cuando la situación está mal. Cuando lo complicado abruma.

Hay cosas insostenibles. Deal Breakers, diría él.

La distancia es, indiscutiblemente, una de ellas.

Horas después, recordaría en clase que la palabra (o expresión) “cuídate” es un imperativo. Abbi cura di te. Lo apunté en mi cuaderno, e hice un subrayado pretencioso… como el que hago cuando escribo algo que me gusta… es un subrayado, familiar sí, de los floreros que habitan en las recepciones colombianas.

Estar solo no es nada sencillo. Es una elección demasiado compleja y complicada, como para no hablar de ella de vez en cuando. Uno debe tener claro las reglas, y los Deal Breakers… los no negociables.

Daniel y yo nos encontramos con uno. Y se siente feo.

Afortunadamente para mi …yo tengo una bufanda azul…


(gracias por el libro que me regalaste… lo llevaré conmigo. Estarás en Italia conmigo).

domingo, 26 de junio de 2016

...la esperanza del futuro...

(escrito el domingo 26 de junio de 2016).

“Buongiorno ragazzi”

Danielle, se presentaba como el profesor del grupo que inicia un nuevo nivel.  De inmediato inició con las preguntas típicas: ¿Cómo están? ¿Cómo les fue en el examen? (él fue nuestro profesor en el nivel anterior, así que su interés –creo- era muy sincero).

Al momento de iniciar la clase, dijo –con su acento del norte (muy norte) de Italia- “hasta el momento, ¿qué tiempos hemos visto?”. La respuesta, muy natural fue: “presente y pasado (próximo); no hemos visto el futuro”.

Una compañera de inmediato interrumpió diciendo: “¡pero en italiano no hay futuro!”.

Mi mente se escindió en ese momento… por un lado prestaba una buena parte (mucho más que sólo la suficiente) de su atención a la explicación del profesor –que al principio de la clase se disculpó por no haberse podido ir a cortar el cabello-; y la otra, a una serie de pensamientos a los que no les he parado bolas* en los últimos días, e invité a tomar asiento en una sala de espera, con la promesa de que un día los atendería (yo también puedo ser burocrático, si se me pega la gana).

Hace unos días entré en un periodo de tiempo que, conforme avance, será más notoria la necesidad de tomar una decisión.

El periodo de tiempo que acordé vivir fuera de México, para la asignación en Colombia, comienza a llegar a su fin. Increíble cómo pasa de rápido el tiempo… pensé en aquella última semana, que para mi fue como una suerte de emoción constante, en la Ciudad de México. Me acordé, incluso, de lo que pedimos para comer mi mamá, mi hermana y mi sobrina… en un restaurante que no tiene ninguna otra maravilla, más que estar frente al Ángel de la Independencia… una pizzería de cadena que con el tiempo, tendría un éxito relativo (y más de 50 amigos comiendo en ella)… pensé en cómo sería regresar a vivir a la Ciudad de México.

¿En dónde vivirías ahora Leo? ¿En qué colonia? ¿En qué zona? Sonreí… pensé que la Escandón siempre me ha sonreído coquetamente, invitándome a ser uno de sus vecinos (ya que mi colonia favorita –Polanco- es impagable)… pensé que ahora sí podría tener un perro (pues recién me ha entrado una insana obsesión de tener un dálmata… y llamarla Sancha). Pensé también, en qué lindo sería continuar mi italiano allá, en la Dante de la Ciudad de México (que si no me falla, está frente al parque Río de Janeiro, en la colonia Roma… frente a una réplica del David de Miguel Ángel). “Ahora sí” –dije- “me compraría el carro que no quise comprar, me vale…”. Me imaginé de nuevo poder ir a comer con mi mamá y jugar con mi sobrina, a quien quiero mucho… y que de pronto, cuando hablo con ella por teléfono, me pregunta por qué no he ido a verla… (a lo cual no se me ocurre una respuesta sensata para la pregunta de una niña de 4 años)…

¿Y si no es México?

Si por fin te decides a dejarlo todo y largarte a vivir en Buenos Aires… y cumplir el sueño pasional de vivir en la ciudad en la que la palabra “pasión” se siente hasta en el aire…

¿Y si te vas a Buenos Aires? Se me enchinó la piel… sonreí… “¡me encantaría vivir por Palermo!. ¡Me inscribiría a la UBA! Y por fin podría presumirle al mundo que soy un estudiante de la maestría en psicoanálisis en la Universidad de Buenos Aires” –seguro eso me causaría muchos problemas y envidias mexicanas, entre esos círculos de “sagrados” psicoanalistas en la Ciudad, pensé-.

Danielle seguía explicando la función del italiano, que la parte más que suficiente de mi atención, atendía:

Luigi va a Parigi (Luis viaja a París) – Domani Luigi va a Parigi (mañana Luis viaja a París)… “y así, anteponiendo la palabra mañana, ya estamos hablando de algo que va a pasar, por seguro, y estamos hablando en tiempo futuro”…

Me encantó un ejemplo tan sencillo… y el uso de la expresión “por seguro”.

Un cuadro de Venecia, ubicado en el salón de clase, volvió a robar mi atención… y sentí que una clara señal de emoción –que la he tenido bien reprimida para este tema- saltó en mi cuerpo. En unas semanas viajaré (en futuro) a Italia… pasaré mi cumpleaños 33 en una isla del mediterráneo… en un viñedo. Si todo sale como lo tengo planeado, estaré en la ciudad de las góndolas para los últimos días, y podré visitar a un conocido en una ciudad fronteriza con Eslovenia (el país del dragón… un país que hizo, ni más ni menos, que me enamorara de Europa). Me imaginé por un momento en una góndola… cliché, lo sé… ¡pero nadie les critica a lo turistas por ir a México y ponerse un sombrero de mariachi y tomar tequila, pareciendo imbéciles!

Pues entonces, asentí, yo también lo puedo hacer en Italia… subirme en una góndola y sonreír.

Sonreí mucho, pensé en todo lo que he vivido en Colombia, y cómo mi vida se transformó de una manera que (por razones obvias), no habría imaginado.

Recordé por un momento la clase de salsa que había tenido el miércoles pasado, donde al terminar de volver a ensayar giros cruzados, mi profesor aplaudió y me dijo: “es la primera vez contigo, que puedo bailar rápido… ¡muchas felicidades!”. Soledad*, una canción del grupo La 33 (un grupo de salsa bogotana, realmente bueno) me hizo poner en práctica mi capacidad de llevar a mi pareja, y hacerla girar… y girar yo para el sentido inverso.  Pensé rápidamente en las decenas de personas que he conocido… las risas que he tenido, los lugares que he visto, la comida que ya no podré volver a comer (porque seamos realistas, no creo que en otra parte del mundo uno pueda encontrar patacones bien preparados…)… los autores que descubrí acá… La vista desde mi habitación, desde mi cama, a los árboles que inician un bosque en los montes orientales… íconos de una ciudad.

La esencia de lo que para mi, es un país.

Así, de pronto… me llegó un mensaje por Whatsapp desde la ciudad ubicada en la mitad del mundo.

Alguien con quien he estado hablando todas las noches, desde hace 3 semanas, se “apersonó” –por lo menos vía mensaje- para poner en perspectiva todas mis ideas del futuro.

¿Y si mi futuro está en Quito… con él?

Él –quien es homónimo de mi profesor, solo que en la versión que se escribe en español- se ha creado (y le he creado) una especie de imagen espejo junto a mi… en un momento donde es muy bueno sentirse acompañado. Más allá de eso... saberse, bien acompañado.

Tomar decisiones de vida, eso es lo que tendré que hacer en el futuro.

Mi mente –y mi atención- regresaron en su totalidad al salón de clase, justo para escuchar la frase que a todos nos haría reír… (y a más de uno, poner una sonrisa de haber escuchado una frase que, más que regla de tiempo o estructura de una lengua, refleja un contexto social y cultural).

En el italiano –dijo Danielle- no hay futuro como lo hay en el español… no podemos hablar de él… no lo conocemos. Solo nos queda …la esperanza del futuro…

Reímos… todos. Incluso el profesor (que siempre se ríe y se pone rojo).

Y esa frase, totalmente esperanzadora, me hizo pensar (y sentir), que pase lo que pase, cuando llegue el momento (cuando llegue el futuro), tomaré una buena decisión.

“Bene ragazzi, allora… tutti, andiamo al libro a pagina otto”.


*parar bolas (del colombiano, “prestar atención”).

*Según Yoko, mi profesor de salsa... el título que el grupo La 33 le dio a la canción Soledad, es por que ellos -los integrantes- vivían, o tienen un vínculo muy especial, con el barrio del centro de Bogotá, muy lindo por cierto, que lleva ese nombre: La Soledad.