domingo, 6 de noviembre de 2016

...las postales que nunca llegaron...

(escrito el 06 de noviembre de 2016).


Nunca he recibido una postal. A veces, me sorprende verlas en venta, y me pregunto quién, además de yo (si es que así se debe de escribir), las utiliza.

Fue en mi segundo viaje, que se debería definir como mi primer viaje absolutamente solo, cuando decidí empezar a enviar postales.

Decidí que eso se convertiría en una “tradición”. Misma que se vio truncada por un pésimo sistema de correos a nivel mundial. De las más de 15 postales que he enviado, solo 5 han llegado a su destino.

A veces, tienes toda la intención de contarle a alguien lo bien que la estás pasando, o decirle por qué te acordaste de él (o ella)… y la vida, lo logístico, te juega una broma pesada. La historia que quieres, con mucho entusiasmo, contarle a alguien, no le es informada.

¿Destino… desgracia… o infortunio? No estoy en condiciones de saberlo, a veces me quedo en lo superficial. En la emoción de contarle a alguien a quien estimo, un familiar o un amigo –para mi, lo mismo-, algo que atravesó mi mente en el momento en el que escribí unas líneas en un cartón que no mide más de 10 centímetros de largo, por mucho menos de ancho.

Hace unos días, alguien, me escribió algo así como: “nunca me cuentas nada de ti”.

Lo tomé a personal. E intenté reflexionar sobre lo último acontecido en mi vida. Lo primero que sentí fue una evidente lejanía con él… “¿qué se supone que le debo responder? ¿Me lo preguntará por mero compromiso? ¿Será prudente que le cuente que lo de adoptar un perro va en serio… que mi vida se volvió una rutina, con ciertos “tropiezos” (como aparecen definidos en los menús de restaurantes, aquellos adornos en pequeñas proporciones que acompañan a los platillos) que me causan muchísima satisfacción…? ¿Sería mejor decirle que me encuentro en unos días donde veo la tarde pasar, pensando en qué será de mi vida el siguiente año… si debo renunciar a mi trabajo, si debo esperar a que se acomode todo… si debo marcharme a Buenos Aires a vivir mi capricho de vida… o si debo pensar seriamente en volver a México, para evitar que mi familia me vea como un extraño?

Me molesta (así, en seco) que me pregunten cómo estoy, y luego no respondan. Que me dejen en “visto”.

Me molesta pensar que (yo) acepto, que ese sea el único medio de comunicación con la gente que quiero… Me molesta, como también me molesta que los conductores en Bogotá, cuando chocan con otro auto, se nieguen a retirar su auto, aún así bloqueen el paso a cientos de otros seres humanos detrás de ellos. Me parece una hijoputez. Me expliquen lo que me quieran explicar; es una hijoputez.

Su pregunta (la esencia del “cómo estás”) combinada con reclamo, llegó mientras yo me dirigía a mi casa… el trayecto de no más de 30 minutos (afrontémoslo, en Bogotá los trayectos son cortos) me llenó de preguntas e interrogantes.

Desde pensar que soy mal amigo por mantenerme “a raya” en lo que comunico o no comunico… en pensar que debo “no extra comunicar” a la gente que no me haya pedido “extra información”… y que esa, e-s-a, es la forma en como la gente quiere una amistad hoy en día… en esperar a que pase un año, para verte con tus amigos, sonreír y decir que todo está “chévere”.

Me molesta ese tipo de “establishment”.

Cambié el nombre que pondré a mi perro. En realidad quiero que sea hembra… se llamará “Almojábana”. Quiero que algo colombiano me acompañe por mucho tiempo.

Me quedé frío, cuando, al preguntar por un perro en adopción, la mujer que atendía el lugar, me dijo que pensara bien las cosas… “esto es una decisión a, mínimo, quince años”. (La pronunciación del “mínimo”, fue remarcado con un clarísimo acento colombiano… que los colombianos no notan jamás, pero yo sí. Sentí que Andrea Echeverri hablaba conmigo).

¿Pienso vivir al menos otros 15 años? –Me pregunté de inmediato-. ¿Acaso quiero eso?

¿Te ves al espejo de 48 años… con un perro dálmata, colombiano… que se llamaría Almojábana, junto a ti?

A veces, cuando escribo postales, quisiera una respuesta igual de eufórica a mi redacción… quisiera que alguien, mi “contradialogante” (aquel que dialoga, en posición contraria –físicamente- a mi), respondiera de forma que me hiciera sentir bien. Contento… y acompañado. Escuchado.

La única alternativa que se me ocurre al momento, solo llega en figura de 4 patas (y con motas… siendo perseguido por una mala del cuento, que busca a toda costa hacerse un abrigo con su piel).

Mis amigos y familiares (y mi ex), han sido destinatarios de postales desde Turquía, Polonia, ESLOVEnia, Hungría e Italia… solo han recibido una postal, de las muchas que les he enviado. Desafortunadamente, no recibieron mis historias del lado asiático, contadas desde una ciudad maravillosa –y gigante-, como Estambul… no supieron la historia de Laocoon, la cual me dejó helado, en los jardines de la Ciudad del Vaticano… Pensé, y quería transmitirle, a mi gran amiga Fabiola, lo importante que era para la psicología, y el desarrollo del Psicoanálisis, la historia –ahí plasmada, frente a mis ojos- de la primera escultura que hablaba de la tragedia… de lo trágico. Jamás la recibió.

Pienso, hoy… tarde de domingo. Tarde de esos domingos en que sobreviviste a ser soltero, en tus treinta… gay, expatriado… en una ciudad pequeña, que a veces se esfuerza demasiado para resultarte atractiva, cuando tú ya piensas en alguien más… que, de lo poco que estás plenamente seguro, es que no quieres terminar siendo uno de esos atractivos y neuróticos chicos judíos que protagonizan películas de Woody Allen.

Y que sabes que el nombre de tu perrita, que te acompañará los próximos 15 años (mínimo), te hará sonreír mucho… y te recordará a Usaquén: al grupo que toca Jazz los domingos… a los helados de Mascarpone con Flat White (y hechizo perfecto) que te tomas en tu cafetería favorita… y los ventarrones de domingos por la tarde.

Mientras todo esto pasa, sabes también, que tus amigos son personas que viven un mundo distinto al tuyo (y tú, al suyo)… ninguno mejor, o peor… que tienen expectativas tuyas, que a veces no cumplirás… que a veces los has hecho sentir abandonados… que no has estado cuando te han necesitado. Y que no te lo dicen, porque no son tan dramáticos como tú.

Así son las cosas… y fin. A veces las postales no llegan.

Y mientras tu crees que esto se debe a que, porque en su momento Purificación Carpitneyro te caía muy bien, el mundo te castiga… Otros, solo se lo dejan a que así son las cosas. Forman parte del club  de ...las postales que nunca llegaron… Con historias increíbles por contar.

(en enero llega Almojábana… ya la conocerán).

*He inventado la palabra (término y como le quieran usar) "Contradialogante". Si algún día la RAE la registra y no me agradece tan destacada creación, será una tragedia (así como el Laocoon... y una hijoputez de su parte, como los conductores que chocan en Bogotá, y se niegan a quitar sus putos  y mierderos coches del camino). 




domingo, 16 de octubre de 2016

...me agarré a gritos con un pelón en el Carulla...

(escrito el 16 de octubre de 2016).

“Leo, ¿conoces el restaurante “La Provence de Andrei”? Ayer comí ahí y me pareció bueno”.

El mensaje llegó a mi sistema de mensajería instantánea, un sábado por la tarde, mientras yo dormía profundamente. Mi jefa, con quien guardo una cercana confianza, me lo enviaba porque sabe bien, que me gusta salir a comer a lugares lindos. Cuando me vine a vivir a Bogotá, tras una serie de cuestionamientos raros por parte de mucha gente, ella defendía mi decisión con el argumento de que “en Bogotá, existen buenos lugares para ir a comer”.

Y sí. Los hay.

Ese fue el primero de muchos mensajes que durante este mes y medio, mucha gente me ha enviado para preguntarme cómo estoy… hacerme saber de ellos… y en síntesis… hacernos saber que nos apreciamos.

Mensajes en todas vías, incluso el tan poco usado ya correo electrónico… llegaron a mi, casi como en premonición… desde muchas ciudades en el mundo. Y eso, a una persona que se las cree de “muchas ciudades en el mundo”, pues le hace sonreír.  Detalles… detalles buena onda.

Hasta que llega un detalle, mala onda.

Hoy domingo, el día parecía bárbaro. Desperté a la hora que se me dio la gana, por segundo día consecutivo (por un feriado masivo en Colombia, no tuve clase de italiano en más de 6 meses seguidos). Desayuné, como nunca, una bomba de azúcar… una deliciosa mermelada atacó todo lo que se presentó ante mi.

(si no lo saben, tengo una sumisión absoluta a la mermelada… a la buena mermelada).

Continué con la lectura a un libro nuevo, que decidí iniciar ayer… que aún me tiene “mareado”. Y encendí la T.V. El equipo de fútbol americano, que apoyo desde que tengo escasos 8 años, jugaba contra un acérrimo rival.

Mi silencio era partidario del mal momento que atraviesa la franquicia a quien apoyo incondicionalmente, y que de broma digo, “no me moriré, hasta verlos ganar un súper tazón”.

Ganaron. Por una paliza… si me dejan expresarlo así.

Bailé frente a la televisión. La felicidad la veían los árboles que se posan frente a mi ventana, y mi cama recién tendida… no sin antes escuchar mis mentadas de madre, y mis “son mamadas, pinche árbitro culero…”.

Mi felicidad me llevó a comer, no a la Provence (…) sino a un “carrito de comidas” (un food park, donde venden salchichas alemanas. Pedí una salchicha blanca… me encantan. No tienen un idea cuánto. Esto por una historia familiar, que otro día relataré...

Y ahí arrancó el tema.

Mi último domicilio en la Ciudad de México, se encontraba a unos pasos de un muy buen restaurante alemán, llamado “el jardín Nibelungo” (o su equivalente en inglés).

Fui ahí, las veces que quise… tan así, que ahí fue el primer lugar que mi sobrina (Diana) vio caer hielo del cielo.

La mesera de este carro de comidas, fue a preguntarme un gran número de ocasiones, “¿cómo me había parecido todo?”. En verdad la comida era buena, aunque la poción un poco pequeña.

La señora, amable “hasta el tuétano” me dijo: “en dónde se hospeda”… y mi mente, juguetona como ella sola, me respondió: “Claro Leo, es que no eres de aquí… ¿te acuerdas que eres extranjero… y que por más que te intentes ver cool, no lo logras?”. Respondí, vivo acá, cerca. Acaban de abrir una cafetería cerca de mi casa… en Bella Suiza, donde venden salchichas y cerveza alemana… pero no las he probado. “¿Y qué le parecieron las nuestras?” (pensé que solo le faltaba el “sumercé” para separarme más de ella)… “La verdad, muy buenas…”.

“Me alegro… se va a amañar”.

Fui a caminar, acompañado de un extraño sabor de boca… a unos pasos de ahí, está el parque de Usaquén (que como saben, es “vecino” a mi casa). Visité el pequeño local de personas que dan perros en adopción. Llevo semanas pensándolo. No me atrevo. Ridículamente pienso en llamarle a mi landlord y preguntarle qué piensa de mi idea, y si lo permitiría… al final, es su casa…

Caminé a una de las mejores cafeterías que tiene Bogotá, y por ende, el mundo. Ya me conocen. Un helado de mascarpone, un “hechizo perfecto” (un cóctel a base de ron barranquillero, crema irlandesa y helado de café) y un flat white (mi excentricidad lo convirtió en mi café insignia ahí). Mi mente estaba en otro lado… no me concentraba… algo me pasaba.

Salí a caminar, y pensé lo que obvio. Y de esta forma: “quiero un vino”.

Fui a un supermercado, donde justo a fuera hay un local de flores donde siempre compro, a buscar una botella individual de vino tinto… aproveché para comprar unas arepas, crema para el cuerpo, y una hogaza de pan con queso recién horneado.

Al formarme en la caja, me llamaron a pagar. De pronto, regresó el señor que recién había pagado sus productos.

“Bueno, pero qué le pasa… si le pedí hacer un retiro”. “Usted está muy distraída… usted es una incompetente”.

Me puse rojo…

“Oiga, no sea grosero” (dijo la voz de un chico, que acompañado de su novia, o una mujer que se hacía parecer a su novia, estaban detrás de mi).

“¡La puta que te parió! ¡Te formas y le pides disculpas!” Habló mi intestino. Nos hicimos a los gritos… alguien me dotó de una voz, prominente, cuando quiero insultar.

Solté uno de los mayores insultos que jamás se me habrían ocurrido.

Hubo un silencio encapsulador. Una señora, vestida con un intento de abrigo, que compraba un suavizante de telas, me veía horrorizada.

(Nadie viste de abrigo, para comprar un suavizante de telas).

El sujeto a quien dirigí mi insulto era calvo… se calló… y respondió: “vete… largo, anda”. Peor… me fui hacia él, mientras el vigilante del Carulla (un intento de Superama) se alertó. De a poco se acercaba a mi.

Detrás del tipo al que yo insultaba, había un estante de mermeladas (algunas de ellas, las he comprado… sobre todo una de higos, que me resulta fantástica).

Sentía como mi cabello se movía, mientras le gritaba, mirándolo a los ojos, todas mis maldiciones (que por cortesía, no describiré aquí)…

Hace poco, Camilo… mi estilista, mientras me aplicaba un “menjurje” me dijo: “marica… tienes pelo mejor que vieja”. Nos reímos por minutos, él y yo. Camilo, sabe que soy gay… y sabe que me resulta (muy) sexy… Fue uno de los mejores piropos que he recibido este año.

El guardia del Carulla se acercó a centímetros míos… Cuando el tipo me dijo vete, me le fui encima… “vete a donde… ¡ven! Discúlpate!”. El silencio en esa tienda, era especular.

El tipo se fue… hubo gritos. Insultos “hasta la madre”.

La cajera lloraba. Le hablé claro y fuerte: “no dejes que te hablen así”. Me vio a los ojos, me dio mi voucher y susurró… “gracias”.

No supe, no sé, por qué lo dijo.

Salí del Carulla y vino un flash a mi mente… Me acordé de algo: estaba en un Superama (una tienda muy tipo el Carulla) cerca de mi última casa, en la Narvarte… por la calle Cumbres de Maltrata… en la  colonia Narvarte. Compraba un vino. Un tipo se acercó a mi, a la cajera que me atendía y le quitó el vino de la mano a cajera. Reaccioné con toda la furia de mi ser… lo insulté hasta que me sangró la garganta…

Un silencio atormentaba el Superama que está a unos metros de la estación del metro Xola.

El tipo, mientras yo lo insultaba, me tomó de los hombros y me dijo:

“lo único que te quiero decir, es que si compras 2 de estas botellas, una te sale gratis… hoy hay dos por uno”.

Sentí como mi páncreas se detuvo. No sabía qué decir… Mis ojos se pusieron rojos. La vergüenza me carcomía. El insultado, me tomó de los hombros, con sus dos manos, y me dijo: “ve a tu casa, y abre el vino… lo necesitas”. Me reí… el tipo me hizo un guiño. Entendió que no era personal.

Le conté, unos minutos después, a Federico, lo que había pasado. Él, aterrado, salió del depa, y volvió minutos después con una bolsa de Rancheritos. “¡Boludo!” (yo amaba que Fede me dijera “boludo”)… “mirá… vení,  chupáte el vino”…

Reímos como 1 hora (para mi, fueron como mil horas… en verdad extraño a un amigo como Fede).

Mi amigo me conocía… sabía que una bolsa de Rancheritos… me calma mejor que un Prozac.

Hoy, salí del Carulla… La cajera lloraba… el tipo abrazaba a su novia… la mujer del abrigo seguía horrorizada, y el guardia me dijo: “no pasó nada”.

Lo miré a los ojos y le dije: “claro que pasó… insultó a tu compañera… ¡y tú no hiciste nada!”.

Llegué a mi casa con un ramo de gladiolas rosas… una botella de vino, y unas arepas de yuca para mi desayuno semanal.

Pensé en que quería algo “mío”. Quería una bolsa de Rancheritos… quería que no me dijeran “extranjero”… quería poder hablar con alguien de la victoria de mi equipo, los poderosísimos (adjetivo superlativo otorgado por mi) Delfines de Miami… quería sentirme normal, en un día normal.

Pero cuando eres extranjero, y susceptible como yo, la normalidad no existe.

Hace unos días… un amigo (al que le tengo un aprecio, superlativo) fue hospitalizado y no estuve ahí… para acompañarlo… mi sobrina (que padece una complicación médica, compleja, mas no imposible), tuvo una ligera recaída; y mi perro, que tiene tantos años como Tutankamón (y que me conoce al cien) fue salvado de una eutanasia canina… Para ninguno de ellos estuve. 

Para mi mejor amigo, que no la pasa bien, hace meses… estoy lejos. A veces, no sé como hacerle saber lo mucho que lo quiero.

“Boludo… chupáte el vino”… Fede, siempre tenía una respuesta inteligente.

Hoy era un día, de esos lindos en Bogotá. Cielo azul, y mucha gente en Usaquén… hoy era un día normal para mi… hasta que alguien me hizo saber, que no… no soy de aquí.

(aunque sus salchichas, sean muy buenas)…

Y por eso, entre otras cosas …me agarré a gritos con un pelón en el Carulla…

(Fede, un gran amigo mío, al quiero un montón, murió el 14 de diciembre de 2013 en la colonia Condesa, en la Ciudad de México. Su muerte me afectó demasiado… Una vez,  hablando él y yo… echando vinos… me dijo que si quería superar a mi ex, me tenía que ir de México. Y por eso, entre otras cosas, me fui).


El restaurante “La Provence de Andrei” es muy cercano a mi casa. Está en Usaquén. Es bueno… sus meseros (muy guapos por cierto), usan una playera a rayas rojas, con blanco… les recomiendo, la codorniz.

domingo, 4 de septiembre de 2016

...¡MUY MUCHAS!...

(escrito el 04 de septiembre de 2016).

Cuando despertaste, no estabas en tu casa y tenías la misma ropa que el día anterior (habías dormido con ella). La alarma de, lo que piensas era un carro, no paraba de sonar. Por un momento creías que era el sistema de alerta sísmica que tienes en tu celular… cuando tu mente obtuvo consciencia de lo que pasaba, te ayudó a incorporarte: no estabas en tu casa, era el cuarto de visitas de Hugo… y estabas ahí porque unas horas antes te habían robado, tenías miedo de estar en tu departamento, así que le llamaste para preguntarle si podías ir con el y dormir ahí.

Los temblores son un claro ejemplo de algo que te pone muy nervioso. Algo que no puedes controlar, que mueve tu mundo… mueve el piso sobre el que estás de pie (o crees estarlo), y si bien te va… solo te deja un gran susto. Sino, destruye todo lo que pueda. Todo lo débil o lo mal construido. Te aterran, y lo sabes.

Le contaste al conductor del taxi tu sueño, el tema de la alerta sísmica… y lo asustado que despertaste. El chofer, lo notaste, hacía un olímpico esfuerzo por interesarse en tus palabras… dudo que haya entendido mucho.

Llegaste al aeropuerto con la misma ropa con la que habías dormido (rechazaste la oferta de Hugo de bañarte ahí, para no pasar “todo chamagoso” casi 15 horas en un avión)… y como el drama no habría de terminar aún, la gente de la aerolínea te decía que había un problema con tu reserva… “usted está reservado pero no confirmado… es decir, es como si existiera pero no estuviera”. Pero ahí estabas… y para poder subirte al avión con el que iniciarías el viaje que habías planeado por casi 6 meses, tendrías que pagar una “penalización” por una cantidad de dinero elevadísima.

Lloraste (por fin lloraste) en el counter de la aerolínea…. Al preguntarte si te sentías bien, respondiste que te querías largar ya; que te habían robado… que putos todos y la puta que los parió… La mujer que te escuchaba con toda la atención del mundo (mientras veía como un pasajero histérico lloraba y maldecía en claro acento mexicano) te tranquilizó: “mira, te vas a subir al avión… yo no puedo hacer nada por lo que te acaba de pasar… pero lo que sí puedo hacer es regalarte un upgrade… para que vayas más cómodo y puedas descansar”.

Al subirte al (muy) largo avión, te pusiste los audífonos… querías desparecer un rato (y sabías que viajar es una clara metáfora para lograrlo).  Todo estaba listo… el avión se movía… las instrucciones de seguridad habían sido explicadas (una vez más, por vez número casi 30 en los últimos 3 años las veías)… e hizo su aparición la voz del piloto. Un hombre que se esforzaba (con simpatía) por hablar español… un español terriblemente mal pronunciado:

“estimadows pasallerows… estamos ready! Ya nos vamos a Atlanta… pongan muy comodows y gracias muy muchas!”

“¿Gracias muy muchas?” –pensaste de inmediato- ¿quién le enseñó español a este pobre sujeto? Acaso habrá sido “Open Spanish”… ¡No mame señor, no se dice “gracias muy muchas”! El sonido de la turbina de un venerable (por viejo) avión 757 se escuchaba acelerar… presionaste el botón para que tu lista pregrabada de Spotify iniciara. Arrancó una de las canciones que, sabrías después, te acompañaría muy sigilosamente las siguientes dos semanas: Roses de The Chainsmokers.

Casi 5 horas después decidiste comprar unos audífonos que dieran mejor calidad de sonido a tu música… y todo cambiaría para siempre. Sonidos que no habías detectado en canciones que te encantan, como Green & Gold de Lianne Le Havas (el platillo de una batería es un protagonista sistémico y de importancia prominente). La escucharías una y otra vez… una y otra vez, fascinado del sonido que tus nuevos audífonos mandaban a tus oídos.

En Atlanta, al llegar a la sala, escuchaste por primera vez en tu viaje el idioma que practicarías con empeño los siguientes días. Decenas de italianos abordaban un vuelo que, traía con él un pasajero singular… una señora con un perro a dos asientos del tuyo.

Greg, un norteamericano de Philadelphia que ocuparía el asiento junto a ti, te recomendaría ver “Sospechosos comunes”. Lo hiciste al ritmo de los vodkas que tomabas con singular alegría, y brindabas con Greg y sus Jack with Coke (aceptaste que te encanta la forma en que los norteamericanos piden esa bebida… “Jack”).

A 36,000 pies de altura volviste a soñar con un temblor… te despertaste gritando (odias dormir en los aviones Leonardo, porque siempre despiertas gritando y el de junto se infarta del susto). Greg, que medía como 1.90 y pesaba seguramente más de 100 kilos, te agarro asustado de los hombros, te preguntó si estabas bien. En realidad lo estabas, solo estabas un poco ebrio y habías soñado que un temblor derrumbaba el edificio donde te encontrabas.

Le contaste a Greg el sistema de alerta sísmica que existe en la Ciudad de México… el te miraba con cara de: “hermano… nos pusimos pedos volando a Europa, no pasa nada…”. Yo sabía que quería dar una explicación (no tanto a Greg… sino al terror que me estaba persiguiendo).

Aterrizaste en Roma… nunca pensaste que la capital Italiana estuviera tan cerca del mar. Abriste tu pasaporte y al de migración le dijiste: Buongiorno…

Y comenzaste a hablar en italiano; el idioma que llevas aprendiendo por más de 1 año… y que te catapultó a conocer tu primer país europeo fuera de Europa del Este y Europa Central.

Saliste del tren que conecta el aeropuerto con la central de trenes Termini. Buscaste el autobús que debería llevarte al hotel, que sabías según habías leído… estaba un tanto lejos de la zona turística, pero se encontraba en el vecindario (quartiere) de embajadas. Tenías mucho sueño y mucho calor… lo “chamagoso” ya se hacía notar… querías una ducha y dormir un rato.

Al entrar al hotel, comenzaste a hablar en Italiano… el “receptionist” te veía con cara de risa… tu optaste por la buena, reíste y le dijiste que eras un estudiante de italiano… te felicitó y a partir de ahí, siempre te hablaría en italiano, y esperaría con paciencia a tú ordenaras la idea que querías decirle, ayudándote a corregirla en caso de ser necesario.

Roma es un espectáculo. Aprendiste muchísimo… te encantó estar metido en zonas que tienen miles (en plural) de años de historia. Le escribiste a Fabiola. Sabes que Roma le encanta… te contó con mucha alegría lo impactada que quedó cuando vio el Coliseo. Cuando entraste en él, fue imposible no pensar en ella.

Le escribiste a Fabiola lo que pasó… seguías necesitando (y lo necesité por unos días más) un poco de contención… como en su momento te la dio Sebastián, que desde Houston, hizo gala de su ecuanimidad y te paró en seco: “Leonardo… estás bien, estás vivo… podrías estar en una posición peor… pide ayuda a alguien, y salte de tu casa… ¡Ya!”

Los primeros tres días, tenías miedo. Un miedo poco usual. Estás acostumbrado a viajar solo, a lugares muy turísticos y otros tantos menos receptivos a los extranjeros. Sabías que el miedo venía de lo que había sucedido en Bogotá.

Te llevaría unos días conciliar contigo mismo permitirte disfrutar y distraerte de lo ocurrido. Tenías frente a ti un país que se abría para que lo conocieras y disfrutaras… y eso harías.

También comenzaste a disfrutar lo que denominaste “la bebida del verano”: el gin & tónica. Tomaste cuantos quisiste, y donde quisiste…

Una semana en Roma fue como un orgasmo cultural e histórico… información, datos, arquitectura, pintura, escultura en el Vaticano… la capilla Sixtina, la Basílica de San Pedro, el Coliseo, el Foro Romano, el Museo que diseño la ganadora del Pritzker (Zaha Hadid), el metro, el Quirinal, la fuente de Trevi (y la moneda que lanzaste), la plaza España… Roma. Le dijiste a un taxista: “Roma es Roma”… El tipo te volteó a ver con cara de aprobación. Con esa cara que ponen los locales cuando un extranjero alaba y celebra la existencia de su ciudad y su cultura.

Y sí… Roma es Roma.

Nápoles implicaba tu cumpleaños… y conocer una ciudad que sabes, es importante para alguien importante.  Conociste Pompeya y sabías que estabas parado en uno de los lugares que, sin lugar a dudas, era de los más asombrosos que habrías pisado. Pensaste en Capadocia, que aunque nada que ver, te hizo sentir estar en Marte. El cliché del italiano, el estereotipo, estaba ahí… en Nápoles. Reíste muchísimas veces, escondido, sin que te vieran… no podías no hacerlo.

Llegaste a Capri… y justo unos minutos antes del medio día (hora exacta de tu cumpleaños) entraste a un bar y pediste una copa de vino rosa… (un bicchiere di vino rossé) y brindaste por tu cumpleaños 33. Estabas en una isla que parecía el paraíso de los ricos… te reíste un rato… Disfrutaste mucho.

Pediste una segunda copa de vino rosa… (un altro bicchiere di vino, per cortesía)… el señor que te atendía te sonrió… te lo trajo, e incluyó un platito con quesos.

Sonreías ante ese gesto… y le sonreías a Capri.

Por la noche, cenarías en el restaurante que Fabián y sus amigos tenían como cuartel, como vínculo, y saludarías al dueño… dándole los saludos que Fabián te había pedido darle… con tu mal italiano, te entendió… sonrió y respondió: “es un chico que trabajaba en los barcos, ¿verdad?”

Llegaste a Florencia y resultó ser un museo… el David te maravilló y te hizo pensar en tu ex… sabías que él estuvo ahí. Ver “El nacimiento de Venus” te haría un nudo en la garganta. Pocos (creo que nadie) sabe que es una de tus pinturas favoritas. El nacimiento de Venus y El Grito, al igual que varias de Remedios Varo (por herencia de mi madre) marcaron mi interés por el arte.

Cuando terminó el segundo día en Florencia, te fuiste a dormir cansado. La pequeña habitación que ocupabas, se ubicaba en el 3er. Piso de un hotel a dos calles del Duomo. Esa noche volviste a soñar… y el sueño y el miedo que tenías se harían realidad. En tu sueño, platicabas con Fabián… el sostenía un vaso con agua… el agua comenzaba a girar.

Despertaste… tu cama se movía en círculos. Pensaste por un momento que los huéspedes de la habitación contigua estaban teniendo sexo de una forma animal, y golpeaban contra tu pared… por lo que con el puño golpeaste la pared. Estabas medio dormido… la cama se comenzó a mover mucho; los giros eran más violentos. El vidrio de las ventanas comenzó a crujir. Todo oriundo de la Ciudad de México sabe que el sonido del vidrio al crujir es señal inconfundible de algo malo.

Un temblor azotaba Italia a las 3:36 de la madrugada del 24 de agosto. A la mañana siguiente, sabíamos que un pueblo llamado Amatrice había perdido a muchos de sus habitantes.  En Florencia (a casi 3 horas de distancia del epicentro), solo los turistas hablábamos del tema.

La metáfora del temblor y de que aquello que es débil cae… que un temblor destruye, acaba con la tranquilidad y lo establecido se había aparecido en la realidad en tu vida. Los sueños que habías tenido, antes de abordar y durante el avión, señales inconfundibles del terror que te causó vivir una experiencia donde pensaste y viste, comprometida tu integridad física en uno de los lugares más seguros que podrías haber imaginado… se hizo presente frente a ti.

Pero no te pasó nada. Ni en el asalto, ni en el temblor. La vida, el destino o quien fuera, hizo del sentido figurado… algo real.

Al 3er. día en Florencia, horas antes de irme, atravesando una vez más el Ponte Vecchio, no podías no pensar en tu amigo Sebastián… Te sentaste en un café y pediste un gin & tónica… pensaste en todo lo que él te ha ayudado a lo largo de 13 años de amistad.

Quisiste hacer un detalle que, sabías, entendería. Enviarle la foto de un Pinocchio sobre el puente. Creo que lo entendió.

A Milán llegaste cansado. La Catedral y la moda resultaron un lujo no previsto. La catedral, te impuso. Las gárgolas a las que Óscar Wilde llamó “demasiado”, te fascinaron. Milán te invitó a que la conocieras diferente… y te metiste a un barrio Milanés, a una cafetería local… tomaste café con los locales, y un toast… Milán y su castillo, y sus calles de gran lujo… Tomarte dos Gin & Tónicas e irte de compras, aún no te es perdonado por los de la tarjeta de crédito.

Abordaste el último tren de alta velocidad que tomarías en este largo viaje. De centro, al sur al norte de Italia. Llegaste a Venecia y no sabías qué hacer para llegar a tu hotel. Te subiste, haciendo parte de una estampida de decenas, en un acquataxi que te dejaría en San Marcos. Sonreías cuando, a bordo de un barco… veías pasar a gondoleros… estabas en Venecia. Y conforme iban pasando los minutos, te ibas maravillando de lo hermosa que es… Era como estar en una película… en una película muy bonita.

En la pequeña Isla de Murano pensaste en tu abuelo. Querías comprarte algo rojo, algo que combinara con esa figura de Murano que tu recibiste como parte de los recuerdos de tu abuelo materno, cuando el murió. Pensaste que, él estuvo ahí… con tu abuela. Que seguro estuvieron muy felices… y compraste un pequeño portarretratos rojo… sabías que lo colocarías junto a la figura de cristal de Murano rojo que te recuerda a tu abuelo Tomás.

El día que te fuiste lloraste (como lloras cada que dejas un país que conociste… y que te permitió conocerlo). En el barco que, de noche, te llevaba al aeropuerto… no había nadie… eras el único pasajero frente a una imagen de Venecia única. De noche, Venecia es impactante.

Regresaste con muchos kilos de más… en tu maleta y en tu cuerpo. Regresaste con muchas historias, muchas recetas… olores, sabores, sonidos… aromas, colores… sensaciones, conocimiento, datos, información… música, sueños, libros… ropa, comida… un nuevo póster para tu casa (“La Creación” de Miguel Ángel estará próximamente junto a los póster de Estambul y Viena)…

Regresaste a casa con un recuerdo de Italia increíble. Espectacular. Y eso, nadie te lo puede robar.

Regresaste a casa… y le pediste disculpas al entrar. Es una especie de santuario… Es mi santuario… “¡no volverá a pasar!”. Un día después comprarías flores (rosas), en señal de disculpas y reconciliación.

Y cuando te acostaste ese lunes, ya en Bogotá, en tu cama, antes de cerrar los ojos, dijiste para ti mismo: “gracias …¡MUY MUCHAS!…”.