domingo, 20 de abril de 2014

...las lágrimas de mi tía...

(escrito el 20 de abril de 2014).
 
Un acumulado de emociones, y de manifestaciones somáticas, es lo que ha transitado en mí, desde que me hicieron oficial el ofrecimiento de irme a vivir a otro país.
Quiero ser realista en algo… no pensé que algo así me fuera a suceder. No niego que mucho tiempo lo pensé, incluso cuando más joven, en un arranque de pasión y emoción, pensé en renunciar a mi trabajo, e irme a vivir a la hermosa tierra porteña bonaerense… pero aun así contuve mi atrabancado instinto, y me mantuve como un normal asalariado en México.
Notar las muy diversas reacciones de aquellos a quienes les fui informando la noticia, fue una experiencia singular… desde la persona que no mostró nada de emoción… hasta la de una persona siempre muy atenta conmigo que, temeroso, quería saber si podría verme pronto, para “despedirnos”. Mi familia, dándome el espacio que desde hace ya unos años me dan… con mucha cautela preguntándome datos… y sobre todo, si estaba feliz o no. La sonrisa de Miguel vía Skype… haciendo ese sonido que hace con su respiración, cuando algo le da mucho gusto… creo que ese sonido fue el que más me ha alentado a pensar que no sería una mala idea, después de todo, aceptar la propuesta.
He pensado en mi papá, quien tuvo la misma aventura por 3 años… y quien en varias ocasiones me reclamó no haber buscado una beca al extranjero (como él hizo) y salirme un rato de la ciudad (y país) que me vio nacer y crecer. Todos los días, prácticamente, pienso en alguien referente en mi vida, que atravesó (o atraviesa… no lo sé) esa misma situación en su vida.
No sentir (y saber que las que hay, no son determinantes) ataduras a la vida que llevas, y creer que puedes relanzar tu vida en otro lugar, es algo que me tiene pensando (casi penando) en todo momento.  
Hace unos días una persona muy querida, a la que le gusta acompañar sus alimentos con distintos tipos de pimienta y con muchas especias (por ella es que me enteré de la existencia de la pimienta roja) le hablaba al mesero que nos atendió la noche que cenamos ella, sus grandes amigas y yo, “señor, me trajo dos saleros… le pedí también pimienta”. En esta ocasión, la cena (ya casi una tradición entre nosotros), estuvo acompañado de un elemento que me tomó por sorpresa… uno de esos detalles con los que te das cuenta lo unido que estás con alguien… el lazo afectivo que hay. El cariño y amor, que como familia, nos tenemos. Al pedir nuestras bebidas (yo una clásica copa de vino “rojo”, como ella lo nombra en español), descubrí que a mi tía le gusta el vodka de naranja, con agua tónica, una rueda de naranja… servido en una copa de vino. Fue imposible no acordarme, que hace casi dos años, mi mejor amigo se burló de mi “particular” forma de preparar los vodkas con agua tónica (vodka tonics) que tanto disfruté desde el día que los descubrí… “wey, ¡¿qué pedo con tu lágrima de señora?!”, Miguel dijo riéndose (y provocando carcajadas), en alguna de las muchas reuniones que tuvimos.
La cena transcurrió sin mayores sobresaltos… hablamos de todo y de todos, de las historias que ya sabemos los unos de los otros, nos pusimos al día con nuevas historias (que serán repetidas hasta el cansancio en un futuro, porque nos causan risa o asombro… o porque nos gusta recordarlas siempre), las películas que hemos visto, lugares a donde hemos ido (se emocionó y me sonrió mucho cuando le dije lo mucho que pensé en ella cuando entré por primera vez al Gran Bazar en Estambul)… familiares con quienes hemos estado en contacto (o en mi caso, con quienes ya no tengo contacto)…
Una de tantas historias que les platiqué, es la de un vecino con una particular afición. Cada noche, este señor saca su telescopio y enfoca algún astro o cuerpo celeste (no me pregunten la diferencia, porque incluso, no sé si exista alguna) e invita a todo el que pasa por esa esquina de la colonia Narvarte a ver por su telescopio… “¿no quiere ver la luna? ¡Es gratis!”…  “¿quiere ver Júpiter? ¡Es gratis!”.
Le dije a mi tía y a sus dos grandes amigas (que para mí, son parte de la familia) que por meses pasé junto a este señor (cuyo nombre desconozco totalmente) y, respondiendo lo más amable posible, rechazaba la propuesta… hasta hace muy poco.
Ese día vi 4 lunas de Júpiter, y al planeta en sí… ¡Se veían espectaculares! Me explicó el señor el tiempo de rotación de esas lunas, me dijo que era afortunado porque la luna más cercana al planeta pronto iba a ser bloqueada por el propio planeta, y ya no se vería… “mire atentamente, ¿ve cómo está muy cerca la luna del planeta? Bueno, pues en unos 5 minutos ya no se verá nada”… No entiendo por qué rechacé por tanto tiempo la invitación –tan amable y efusiva- del vecino a observar “más allá de lo cotidiano”…
Mi tía no vive en México desde hace casi 40 años… año con año hace una visita a su país para ver a su familia y a sus grandes amigas (una de ellas, la primer psicoanalista que conocí en mi vida). Desde muy chico he encontrado muchos temas que me han identificado con ellas…
Al terminar la cena y ver el  abrazo que dio para despedir a su gran amiga (la también seguidora del diván), me transportó a cualquier despedida mía con algún gran amigo…
Llegué a preguntarme, y cuestionarme, por qué un amigo no es razón suficiente para decir “no”… y quedarme a vivir la vida que conozco. Seguir rechazando las invitaciones que me hace la vida, para “ver más allá de lo cotidiano” y maravillarme con lo que pasa cuando lo hago.
Sé que en la cena del próximo año, podré contar todo lo que vino a mi mente (y a mi corazón) a las integrantes de la mesa. Sé que será una historia que les gustará escuchar (sea cual sea el resultado), mientras yo me viajo pensando …en las lágrimas de mi tía…
(Mañana inicio el trámite que resultará en una visa de trabajo para mudarme de país…)

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