domingo, 10 de abril de 2016

...instructivo para usar un prepucio latinoamericano...

(…) pero quería decirte “hola amigo” (…)

Despertar el lunes, con un correo electrónico de alguien con quien no cruzas una línea desde hace más de un año, me alegró la semana. Y desbloqueó mi mente, que llevaba varias semanas orbitando sobre un mismo tema.

El primer “tiempo” del año me entregó un par de noticias que, por un lado me dieron mucho gusto, y por otro, me causaron un efecto colateral. Despedirme de alguien que, por una u otra razón, me es importante, me provoca ansiedad. En el corto y mediano plazo. Me hace pensar viciosamente en si, será la última vez que nos veamos… y así, sin más ni más, nuestra relación (cualquiera que ésta fuera) se convertirá en una pieza de museo…

Dos personas me hicieron saber que se van, de forma “temporal”, de la que se volvió (como alguna vez me dijeron), mi “patria adoptiva”… dejarán de habitar en la ciudad que está 2600 metros más cerca de las estrellas, por unas nuevas sedes… por obtener y buscar, nuevos retos personales y profesionales.

En ambos casos, me emocioné. Pero la emoción llegó a tal, que me hizo un poco mal. Y para todo mal, un buen mezcal… y fue así como llamé a México.

Mi amiga Fabiola atendió mi llamada un domingo muy en la mañana. Ambos nos conocimos en la universidad. Ambos, somos psicólogos. Ambos, no nos andamos por las ramas… le dije que me sentía mal, que estaba muy ansioso… que me sentía un tanto solo y que, en mi eterna paranoia y necesidad de ver mensajes donde no (sé si) los hay… pensaba que la vida me mandaba un claro mensaje de que ésta etapa, el “haberme ido”, estaba terminando.

“Tal vez esto está por terminar Fa… y me aterra”. Fabiola está acostumbrada a que mis llamadas en ataques de pánico y estrés, no duran 15 minutos…

Durante las casi dos horas que hablamos… le conté sueños que había tenido (donde aparecía él… otros donde aparecía mi psicoanalista… y en varios de ellos, mi familia y amigos).  Le dije que estaba supremamente estresado… tanto así, que hasta sentía que estaba sudando demasiado… “pues claro Leo, tu cuerpo te lo está aventado… lo tiene que sacar por algún lado… está hirviendo, estás hirviendo… y claro, estás sudando”.

Hablé… le conté de ellos dos. Uno de ellos se habría ido para ese momento a la ciudad de los vientos a estudiar un idioma nuevo… el otro, unos días antes, frente a mi… en mi casa… tomando vino, comiendo fresas, queso y jamón serrano, me dio una noticia que me congeló. Aun me emociono cuando la pienso –la noticia- (y cuando lo pienso –a él-…). “Te tengo que decir que me voy…”.

Sí… en Colombia me enseñaron a combinar vino tinto y fresas. Aún desconozco si ése maridaje va con noticias así… pero él tiene fuero ante muchas cosas. Yo se lo he dado, y no hay negociación alguna para dirimírselo. Me declaro incompetente. 

Uno de los protagonistas de las historiecillas de amor me hablaba de frente… obtuvo una beca, según me dijo… con un cuadro de una película de la que le hablé una vez en mi casa.

Sentí que el cuerpo se me partía en pedazos. Y no sabía si de la alegría, de la emoción… de la tristeza… o de algo extraño que pocas veces sientes, y por eso cuesta trabajo nombrarlo.

Se va… ni más ni menos… que a la Capital de la Galaxia.

Bogotá es una ciudad hermosa… pero todos lo sabemos, a él le quedaba chica (tal vez muy chica). O al menos, esa es la respuesta que me doy para justificar y alentar su partida.

Pero eso él no lo sabe (a menos que lo leas, claro).

Minutos después de hablar con Fabiola, apareció Miguel. Despeinado y en la sala de su casa (¿les he comentado que me encanta cómo diseñó Miguel la sala de su casa? ¿No?... pues me parece espectacular… me parece fenómeno… de portada de revista de Marta Stewart).

Miguel no es psicólogo. Miguel me conoce absolutamente todo… Me veía (a través de esta herramienta tecnológica que te permite hacer llamadas por video de forma gratuita) con cara de: “Leo… ¿tomaste mucho anoche… estás pedo, ¿verdad?”.

Me reí… le dije que un poco (que había tomado un poco)… pero que en verdad necesitaba verlo, y hablar un poco con él de esto.

Una hora y media después… mi alma estaba más tranquila. Sentía que tenía respuesta a la pregunta que orbitaba, una vez más (porque mi alma es muy obstinada, habrán de entender)…. Saber si estaba listo para algo nuevo… saber si había valido la pena todo esto… saber si el “haberme ido” (de mi mismo) había valido la pena…

Reímos mucho… Y la risa, me calmó.

Me acordé de un capítulo de Los Simpsons… donde Bart vende su alma por unos dólares a Milhouse. En un sueño, Bart se ve a sí mismo, intentando remar un pequeño bote, sin su alma… y no puede; mientras, a su alrededor, todos sus amigos, reman a la par con su alma muy sonrientes. Bart despierta gritando, y sale corriendo a buscar su alma.

Una vez, comenté esa escena de esa caricatura –que marcó no solo mi infancia- en el diván… hablé demasiado de eso. No es fácil andar remando solo; pero conozco a varios que lo hacemos.

Cuando nos despedíamos, el alguna vez vecino del monte “PioNono”, en Sopó, (ahora habitante de la Ciudad de los Vientos), en el sonido ambiental comenzó una canción que hacía años no escuchaba… “Linger”. The Cranberries tomaban por sorpresa la cervecería pequeña más grande de Colombia. Me acordé en qué momento de mi vida me encontraba cuando esa canción estaba sonando a todo. Estaba terminando la preparatoria, sabía que sería psicólogo, estaba enamorado de mi amigo Adrián y hasta ese momento, mi sueño más grande había sido ser el dueño de un restaurante gourmet en Madrid. (Cuando le dije a mi papá que mi estrategia sería precios altos por pequeñas porciones de comida fusión, me respondió: “¿nunca has visto comer a un español?” Mi sueño se esfumó).

Hoy, casi 15 años después… mi vida es otra. Las decisiones que tomé, me llevaron a lugares que, en ese momento, no había –ni siquiera-imaginado.

Tal vez no rompa el pacto de silencio, diciéndoles que, así como me encanta cómo Miguel decoró su sala… me parece que Camilo, el muy orgulloso embajador de Sopó ante el mundo… tiene una de las sonrisas más lindas que el mundo haya visto jamás.

Saber-te lejos… saber-te en un proceso, que tal vez comienza a culminar, genera miedo. Miedo porque sabes que nuevamente vendrá algo nuevo. Pero saber que todo ese camino andado, ha rendido frutos, causó en mi, una gran sonrisa (casi tan linda como la de Cami).

Kate, mi amiga de Australia, habitante de Melbourne… que también es psicóloga, y que reímos a carcajadas, mientras disfrutábamos un helado de queso de cabra con ralladura de pistache en las carreteras turcas, me escribió a principios de la semana. Me dijo que estaba muy bien; escribió de cómo esta su mamá (y la salud de la misma)… cómo están sus hijos y esposo… y que el hijo de Jill (su amiga de Tazmania; la famosa usuaria de la muy querida palabra shenanigans), se casó.

Me escribió diciéndome que en la boda, pensó mucho en mí…

Me escribió. Y eso me hizo recordar que, a veces... por mucha distancia que exista, o que haya pasado mucho tiempo, la gente sigue pensando en ti. Y eso, para mi... tiene mucho valor. 

Mi buen humor regresó. Mi ánimo se vio impactado, esta vez, para bien. Hasta el peinado me cambió (¿les he hablado ya de mi teoría del peinado… por la que alguna vez Fabiola me mandó a chingar a mi madre? Creo que aún no… algún día lo haré). Recordé que en estos meses, para suavizar mi estrés me puse a ver nuevas películas, nuevas series… retomé la lectura… mis clases de salsa van cada vez mejor (¡mi profesor de salsa ya me enseñó a dar 4 tipos distintos de giros!), y ayer por primera vez, hablé en tiempo “passato prossimo” en italiano: “nosotros fuimos a comer una empanada” (noi abbiamo mangiato una empanada). A lo que el profesor respondió: “lastimosamente, no sé como se diga empanada en italiano… creo que no hay traducción”.

No puedes evitar sentirte ansioso, o que el nivel de estrés aumente, porque las noticas que pasan a tu alrededor, te afecten más de lo que a otros los afectaría. El asunto, es cómo reaccionas ante ello. Yo sudé, recordé mis sueños, les llamé a mis amigos y hablé... y después de eso, me sentí mejor, y seguí viviendo.

Ahora, tal vez, lo único que me falta… es seguir los pasos del protagonista de la nueva serie que estoy viendo por televisión y buscar un …instructivo para usar un prepucio latinoamericano…

(debería existir un instructivo para saber cómo decir adiós sin sentir que el páncreas te deja de funcionar… pues el primero mencionado… ya lo domino).


Con atentos abrazos hasta la ciudad de los vientos...

domingo, 31 de enero de 2016

...¡cuídate!...

(escrito el 31 de enero de 2016).

¡Y además de todo, me rompieron mi maleta! ¡Cabrones!

Cuando terminé de decir eso, había ya dos federales a mis espaldas, viéndome feo (como es común en ellos)… tuve que disculparme (muy a mi pesar)… y dejar que hicieran su trabajo.

Para entender el contexto, debemos retroceder un poco… a mediados de octubre, con un calor de infarto, en Cartagena, recibí una llamada que me dejó un bastante consternado.

Más allá del contenido de la llamada, fue la consecuencia. Un periodo de estrés, bastante llamativo en mi. Y un esfuerzo desmedido de mi parte para contenerlo. Empecé a comer desmedidamente… sumado a la temporada, y pensando que el orden de los factores no altera el producto… ¡vaya producto con el que me encontré!

Llegué de vacaciones a la Ciudad de México. A encontrarme con amigos, conocidos… y sumados (por no decir, gente linda con la que tuve el privilegio de convivir… y la que tuve el privilegio de besar y algunos… ver despertar).  Aproveché (excusándome en la necesidad de brindar y alegrar mi vida), para visitar cualquier cantidad de restaurantes, bares y lugares donde hubiera comida y bebida. Bebida cool… término acuñado por un amigo... tal vez fue ese bautizo, lo que nos costó ver cómo casi se volvían uno solo, una mexicana (que fruta vendía) con un escoces ebrio (no conozco alguno que no cumpla tal adjetivo), sobre mi mojito virgen. Conocí a gente inteligente, gente que me hizo esperar… y que me hizo pensar… personas que me hicieron reír… bailar… cantar… y sobretodo, ocultar (o congelar por un par de semanas) el estrés que tenía y que recorría mi torrente sanguíneo.

Yo… elimino el estrés con comida. Ergo, comí media Ciudad de México… y volví a Bogotá con un exceso de equipaje corporal irreal, para unas horas después, aterrizar en una de las ciudades cuya gastronomía puede definir la supremacía de la especie humana.

En Lima uno no solo come cebiches (queridos… la palabra “Cebiche” proviene de “Cebolla”. Eso dicen en Perú, y yo les creo… así que ahórrense sus regaños por mis múltiples faltas de ortografía y redacción impura)… en Lima uno come papa color negra… “sanguches” criollos que son capaces de generar la paz mundial… se deleita con batata (camote) y mazorca (todos saben qué es mazorca) en cualquier cebiche… suspira al ritmo de un suspiro Limeño… se atormenta con algo llamado "causa"  y parece que yo, no puedo vivir sin algo llamado “lúcuma” (un familiar inca del aguacate azteca) en cualquiera de sus presentaciones.

Comí sin pedir permiso, y mucho menos, sin pedir perdón.

Sobra decir, que existieron previo a esto, un par de días, donde visité un país vecino a Colombia, conocido mundialmente por adoptar el nombre de una línea imaginaria que divide el mundo en dos… donde tampoco perdoné comer como si el avión en el que me devolvía a Bogotá (me regresaba a…) se fuera a caer, y asunto resuelto.

Y… ¿qué tiene que ver todo lo que comí en meses pasados? Pues… que llamó mi atención el día que descubrí lo mucho que había subido de peso. Incluso mi madre, en su primer visita al país andino que se ha convertido en mi casa, me hizo un sutil comentario que sirvió para causar en mi, una revolución francesa.

Más bien… todo esto sirvió de introducción para hablar de la visita de mi madre a mi casa, en Bogotá.

Llegó la tarde de un viernes. Me encantó verla y abrazarla, en la recepción de pasajeros del aeropuerto al que tantas veces he llegado yo solo, y caminado de igual manera (solo) a la fila de taxis…

Visitó gran parte de los atractivos turísticos de la capital de Colombia… y la invité a probar cualquier cantidad de productos imposibles de consumir en la capital de México.

Llamó particularmente mi atención que muy pocas veces intentó preguntar cómo “estoy yo”. Es decir, pocas veces llegó a preguntar cómo estoy yo como persona. No quiero decir con esto que sea alguien indiferente o fría, sino que tiene desarrollado un instinto materno (supongo como la gran mayoría de las madres) que logra detectar cuando algo marcha bien, o no.

En esta ocasión, solo detectó que su hijo había pasado por un periodo de estrés en donde se sobre alimentó, y donde disfrutó ver a sus amigos y familia (lo que para mi es lo mismo) en México.

Tal vez no quiso preguntar nada más… porque alguna vez su hijo le dijo que no le permitiría saber nada más que lo básico. Porque, según él… podía arreglárselas solo.

Y al parecer así lo hizo… para el resto del mundo, es alguien que lo ha logrado, alguien que el status quo aplaudiría con fervor… O bueno… con cierto fervor.

El instinto, se diferencia de la pulsión (según recuerdo) por el deseo. Por el significante… No somos animales. Por mas doloroso e infiel que esa última frase le resulte escuchar al perro salchicha que tanto quiero (y siento me quiere). El deseo materno de ver bien a sus hijos… El deseo de saber que están bien, en donde quiera que se encuentren.

Muchas personas me han dicho, a lo largo de mi vida, cuánto me parezco físicamente a mi madre.

Una de mis psicoanalistas… aquella que tiene su consultorio junto a la famosísima cafetería de los macarrones franceses, a unos pasos del Parque Artigas… en Polanco (pronúnciese con elegancia), sería la única que trabajaría a detalle… cuánto me parezco a la persona que yo abracé en el aeropuerto “El Dorado”… en la capital de Colombia.

Pocas personas… mi madre, mis amigos… ,la psicoanalista a quien alguna vez le atribuyera un apellido húngaro, saben lo mucho que me costó levantarme de aquella separación (relación). Pocas personas vieron en mi, alguien que se derrumbaba sin control… alguien que parecía muerto en vida… Nadie veía eso venir (excepto yo... y todos sabemos -sin dramas- que no era posible de detener).

Pocas personas entendieron el “por qué”  de mi decisión de irme de una ciudad que se volvió un contrincante… a la ciudad que disfruto enardecidamente las veces que la he visitado en los (casi) dos años que llevo fuera de ella.

Es por eso, que pasé por alto que mi mamá no me preguntara cómo estoy… cómo van las cosas… en su primer visita a Bogotá (la capital de Colombia… comentario con suma obviedad). ¿Por qué? Porque sé que se dio cuenta que por el momento estoy bien. A secas.

Confirmó que gran parte de mi vida actualmente es mi trabajo… sabe (sospecha) que hay algunas personas que me han causado todo tipo de suspiros. No pregunta quienes… porque sabe que “aquel” llegará… si es que yo lo permito; y si es que irrumpe en mi vida, de forma tal como para causarme un terremoto. Por eso, disfruté viéndola disfrutar el mejor café del planeta... reírse en uno de los restaurantes más irónicos de todo el mundo... probar sabores nuevos... ver atardeceres que solo Manuel Manrique podría describir... y ver que su hijo, como diría ella: "está bien... ahí la lleva".

Sabe que por eso me fui… que me fui porque necesitaba que mi mente se oxigenara… que mi corazón se moviera.

Cuando uno vuela alto (como cuando los aviones logran aquella altitud que anuncian como si fuera cualquier cosa)… algunas cosas se tornan frágiles. Aquello que no está protegido.

Cuando uno vuela alto, se olvida de proteger cosas importantes. Como el corazón. Por más obvio que esto resulte (como que Bogotá es la capital de Colombia... o cuanto quieres a tu familia... y a tus amigos).

Cuando uno vuela alto… se olvida que un golpe acaba con la magia. Un golpe en el lugar indicado, lo rompe todo. Destruye multitudes. 

Como cuando los federales rompieron mi maleta, al llegar al aeropuerto de la Ciudad de México. Mi maleta iba tan fría que un golpe, el más mínimo… rompió el cierre de seguridad; desatando en mi una furia tonta que me causó insultarlos:

¡Y además de todo, rompen mi maleta! ¡Cabrones!

Días después a mi enfrentamiento con los supuestos representantes de la ley, visité una sucursal de la tienda donde compré mi maleta… para preguntar cómo hacía válida la garantía… Me dijeron que fuera a un lugar especializado, y que no me cobrarían nada. Y mi maleta quedaría como nueva. Así... sin más, con la mano en la cintura (como los putos federales).

Hoy, al volver a México, mi mamá me dio un abrazo, mientras me decía cuánto me quiere (mucho)… y al formarse en la línea de espera para ingresar a esa zona del aeropuerto donde no puedes ver más a la persona a quien fuiste a despedir, mirándome con elegancia (de la misma forma en que se pronuncia el nombre de la colonia que tanto me gusta en la Ciudad de México)… sus ojos me decían: “es sólo el cierre de seguridad, no es toda la maleta …¡cuídate!…”.

Solo ella… mis amigos… una mujer con un consultorio junto a unos macarrones de espectáculo en Polanco y yo… sabemos a qué nos referimos.

Y aún así… se atreven a romperme la maleta.

¡CABRONES! ¡HIJOS DE PUTA!

Cuando me decidí irme de la Ciudad de México, a vivir a otro país… pensé que no encontraría palabras que definieran lo que yo sentía… pensaba que solo mis amigos… mi familia… la psicoanalista de Polanco, e incluso mis perros, entendían que pasaba por mi mente. Hasta que un día llegué a Quito, la capital del Ecuador… y en un taxi, sobre la “vía verde” –o una avenida con un nombre similar- leí un grafiti que decía: “para qué volver a caminar… si contigo aprendí a volar”.  Me reí… a carcajadas (el taxista me veía con cara de: “este loco”). Entendí que había tomado la decisión correcta. Y Quito, se consiguió un lugar muy especial en mi corazón.


Como lo tiene mi madre.

P.D.: una amable sugerencia... nunca le digan a un federal, que es un cabrón. De corazón... no lo hagan. 

miércoles, 30 de diciembre de 2015

...insultando a la gallega...

(escrito el 30 de diciembre de 2015).

Tal vez esta sea la historia o la reflexión más boba que les pueda yo contar… pero es algo que me ha estado dando vueltas toda esta semana.

He pasado días escondiéndome de una responsabilidad propia. Una de esas responsabilidades que no fueron impuestas por alguien más, sino por uno mismo. Cada año, por muchos años ya, he intentando transmitir el sentimiento que me aborda cuando el año en curso culmina. Este, sin embargo, me tomó un tanto con la mente en blanco.

No tener algo qué querer compartir, o que reflexionar, me resulta patético, hasta el tuétano. Afortunadamente una gallega me ayudó a encontrarlo (irónicamente).

Hace dos diciembres escuché una historia muy simpática, de la hermana de un gran amigo (alguien a quien quise mucho, y quien falleciera justo hace dos diciembres). Ella, con toda su argentinidad, nos contaba a varias personas, cómo una ocasión, en un viaje al extranjero (a Miami para ser exactos), ella y su amiga usaron un dispositivo móvil para ser guiadas en el auto que rentaron. La guía resultó ser una gallega que, ¡las guió ni mas ni menos que a un sentido contrario de una autopista! Un policía las detendría en segundos, y al pedirles una explicación contundente y clara, ella (la hermana de mi amigo), le gritaba (con esa pasión porteña que solo se da en el sur del continente americano) “¡fue la gallega! ¡Joder tío, que fue la gallega!”

Todos quienes escuchábamos la historia de la hermana de nuestro amigo, nos reíamos a carcajadas…

Y dos años después de haber escuchado esa historia, la gallega se apareció en mi vida.

Haciendo uso esta semana en la ciudad de México de un servicio de taxis, escuché esa voz característica… “la gallega”.  Y noté algo, el poder que tiene esa voz de “comando” sobre quien maneja el auto. “El sistema nos está mandando por esa calle” me dijo el chófer, respondiéndome al ser cuestionado (por mi, obvio) del súbito cambio de ruta… y tomando una ruta claramente más peligrosa y poco usual. “No, vayámonos por la ruta original… no le hagas caso al sistema”.  La cara de molestia del chofer no se hizo esperar… su mirada por el retrovisor lo decía todo: “pinche wey mamón… y además de todo, creo que es maricón”.

Cinco o seis conductores de este “mundialmente conocido” servicio de taxis de avanzada (muy aspiracional, pienso) me respondían lo mismo: “el sistema nos está mandando por aquí… el sistema nos está mandando por allá”. Todos ellos recibieron la misma indicación que di al primero (solo que tal vez, de una forma mucho más diplomática y elegante). “No hagas caso a la gallega… vámonos por donde te digo, es mejor y más seguro”.

Y es aquí donde viene la parte boba de mi historia; porque mi mente que a veces se revoluciona por cosas a las que “no debería pararle bolas”… me dejó pensando en la gallega que todos tenemos en nuestra mente, y nos dice que hagamos tal o cual cosa… porque “está comprobado que nos conviene… porque el sistema así lo indica” “porque para brindarle un viaje y una experiencia más placentera, tenemos que acatar esa indicación”. Ante lo cual, sale de ese pequeño porteño que llevo dentro (mezcla rara con chilango absoluto) un: “la puta que la parió, que se vaya a la chingada”.

Un amigo muy querido e inteligente que tengo, el cual llegó a mi vida en la secundaria, digno y fiel defensor de la tecnología y esos sistemas “inteligentes” me hizo saber que yo estaba equivocado (al quejarme del sistema que encarna a la gallega): “es un sistema de recopilación de datos de miles de usuarios que se llama –inserte aquí un nombre técnico que no recuerdo y que no me quita el sueño recordar-“.  Yo, que intento ser un digno defensor de la especie humana y el pensamiento independiente, le respondí: “me vale madres… toma tus propias decisiones, maneja y si sabes la ruta que quieres tomar, dale… no te vayas por donde te dice ella –la gallega-”. Ambos nos reímos y nos vimos con cara de “nunca cambias”… y seguimos disfrutando de nuestra cena a unos pasos de la maravillosa avenida Paseo de la Reforma.

Así que le di vueltas a lo que definitivamente, nadie le importa (pero a mi sí)… y llegué a la siguiente conclusión muy obvia sí… pero que no vale dejar “en saco roto” al estar a horas de terminar el año:

Si ustedes son los conductores de su vida (sus sueños y sus deseos), no dejen que un sistema les indique qué decisiones tomar. Puede resultar peligroso. Por más que les digan que eso les conviene…

Pueden terminar …insultando a la gallega…

¡Mucho (¡harto!) cariño y Felices fiestas!


(con enorme cariño para todos y todo lo que marcó mi año… espero el próximo seguir escribiendo y contarles a cuántos metros debo girar a la derecha).