jueves, 12 de enero de 2017

...porque te quiero Leo...

“¿Por qué?”

A pesar de ser una pregunta que hacemos una buena cantidad de veces por día, en ocasiones, resuena en nuestra cabeza. Hace eco… hace ruido. Y si no haces caso a explorar (a responder), haciendo un buen ejercicio de introspección y análisis, pierdes una oportunidad de oro de encontrar algo que está queriendo comunicarse contigo.

Así que, por mi parte… estoy contento (y agradecido) con una persona que un día, creo que fue en noviembre, me preguntó “por qué” había tomado una decisión, que les compartí casualmente… en una conversación de elevador.

Le comenté que, un propósito personal el año pasado, había sido no viajar a México durante un año… dejar que el tiempo pasara, y no aferrarme a tener que ir “a cada rato”, pues tenía muchas cosas que ver por otras partes del mundo, y porque quería demostrarme que yo era capaz de mantenerme bien sin tener que estar usando a la Ciudad, a mis amigos… o mi familia, casi con la misma función que un objeto transicional. Ella no se enteró de esto último, que fue reservado “para mis adentros”… como un importante pie de página.

Su respuesta fue un: “ah bueno, pues, mirá, si te sirve… bien”.  La escena terminó ahí, atestiguada por un tercero que, siempre que escucha una conversación entre otros, sonríe y complementa con un comentario con intensión positiva…

El por qué, retumbó en mis centros la tierra. Esa tarde me quedé pensando, casi mudo cuál era el resultado de mi propósito… y llegué a la conclusión de que no lo sabría hasta que llegaran mis vacaciones y viajara a México. Y así fue…

Mi madre y mi sobrina me esperaban en el aeropuerto… jugando junto a una maceta enorme color amarillo. Mi sobrina, al verme, quiso correr para abrazarme, pero esos ataques de pena que les dan a los niños, la hizo detenerse y correr más bien, para abrazar a su abuela, que me recibía con un abrazo. Diana, mi sobrina, acapararía la conversación en el taxi que nos llevaba a la casa… un tema importante para ella, era decirme que su mamá le había comprado el vestido tan bonito que estaba usando ese día (mi mamá me diría después que Diana insistía en ir de vestido a recibirme), y que los Converse eran iguales a unos que también tiene mi hermana (su mamá)… de ahí saltó a darme un estatus del comportamiento de los perros, y decirme que mi perro consentido, está ya muy viejito, se orina en todos lados y la hace enojar mucho.

A lo largo de las siguientes dos semanas, sería testigo de muchos pleitos entre un perro salchicha sumamente viejo, que casi no ve y no tiene dientes, y una niña (mi sobrina) que lo usa de excusa para enojarse y pelearse con la existencia.

El segundo día me sentí fuera de lugar… por un lado sentía que no había pasado tanto tiempo desde la última vez que estuve ahí… fue raro. Pero no le di mucha importancia, y seguí el plan que llevaba. Ir a comprar un regalo para mi sobrina. Esa tarde empecé a notar que la Ciudad en la que crecí, y que es uno de mis más grandes amores, ha cambiado. Descubrí que se me olvidaron nombres de calles, que restaurantes que me encantaban ya no existen, una saturación de centros comerciales donde antes había nada… y una onda de calor que me pareció imposible en esa época del año.

Vi a mis amigos, en momentos y lugares diferentes… y volví a sentir que no había pasado tanto… pero al mismo tiempo, notaba cosas diferentes. Y escuchaba aquellas cosas que me hacían recordar por qué somos amigos.

Por qué nos queremos tanto.

Me sentí invitado, me sentí… extranjero.

El 25 de diciembre decidí tomar acciones al respecto. Regresar a mi espacio, tomar energía. Hice el recorrido que muchísimas veces realicé viviendo ahí… caminé por todo Reforma… una avenida casi vacía (por el importante feriado religioso) dejaba ver que todo sigue ahí, pero diferente. Y que el diferente, también… soy yo. Todo sigue en mi, pero diferente.

Durante dos semanas pude ser el amigo, el conocido… el compañero de trabajo, el hijo, hermano y tío (incluso hasta el humano de mis perros) que ellos recuerdan.  Me dio mucho (mucho en verdad) ver a gente que hace demasiado tiempo no veía.  

Descubrí que el aprecio que hay entre nosotros, no ha desaparecido… me invitaron a sus casas a tomar Gin & tónicas con cardamomo, mientras escuchábamos a The Kooks y hablábamos del pasado, el presente y el futuro. Comí rosca de reyes con chocolate casero (delicioso), y me enteré de las travesías de un amigo y su familia en su viaje al otro lado del planeta… Comí Rancheritos a montón en una cena (reunión) con amigos que, hace mucho tiempo, no faltaban a reuniones en mi casa donde en vez de Rancheritos, les daba papas baratas (y aún no me lo perdonan)… visité un restaurante que era clásico de mi infancia… y comí la misma sopa que mis abuelos tanto disfrutaban (la sopa Luz) y una hamburguesa alemana con papas a la vinagreta que, desde que tengo 7 años, me hace feliz… me enteré que la vía que rodea el Lago de Chapultepec no se llama El Sope, como yo creía… sino que El Sope está detrás, y al parecer es una vía muy bien plantada para corredores… el hijo de mi mejor amiga, me hacía sonidos de “rrrrrauuuuurrrr” mientras me mostraba a su dinosaurio de juguete, y vi que su mirada, es exactamente la misma a la que tiene Fabiola… me dio muchísimo gusto comer unos tacos gobernador, mientras escuchábamos la canción “Hoy Quiero Chupar” un amigo y yo… Después de eso, fuimos por un café al lugar que yo visitaba –siempre, religiosamente- antes de ir a psicoanálisis (creo que el dueño me reconoció).  Mis perros y yo corrimos por toda la calle, Salchichudo ya muy pausado, pero con entusiasmo… y Juana, con más entusiasmo que reparo por su tío ya muy viejito (es normal, Juana es de Torreón, y Salchicha de la Gran Ciudad)… me tomé unas copas de vino en El Palacio de los Palacios… y me comí unos montaditos junto a una señora que, además de llamarlos insistentemente "tortitas", tenía una competencia clara por ser la campeona universal en romper dietas… Me llevaron a un bar absolutamente “diferente” en la Zona Rosa, al que entras bajando unas escaleras subterráneas (no sé si sea pleonasmo esto último…) y donde me explicaron, “se ve tiene mucha producción… porque si te fijas, el diseño tiene patrón en todo”, en el menú, en las cortinas, en el techo, en todo… me comí una torta de bacalao y una tostada de Marlin en La Cervecería, mientras la copia de la Fuente de las Cibeles (regalo de la comunidad madrileña a la Ciudad de México) nos observaba… Fui (con toda mi familia) a uno de los restaurantes más pretenciosos (y deliciosos) de la Colonia Roma (que lleva el nombre de un color, y un estado mexicano)… y mi sobrina puede presumir que le prepararon un menú especial, único para ella… y casi me explota el páncreas al reírme a carcajadas locas cuando fui con mis compañeros de trabajo a tomar unas margaritas… tan de buenas estábamos, que saludamos telefónicamente a un buen amigo en Australia.

El resumen de mis vacaciones, está en los abrazos, las historias, las canciones, las miradas… y las muchas veces que escuché la expresión: “te quiero Leo”.

Cuando volaba de vuelta a Bogotá, llegué a la conclusión de que ésa es la mejor respuesta que pude haber dado a la pregunta de “por qué” …porque te quiero Leo… Y saber, que es mutuo. 

¡Feliz año!


(y ya en Bogotá, alguien me esperaba en el Aeropuerto… a la 1 de la madrugada, y cuando me dio un beso, me dijo: “¡te extrañé!”).

domingo, 6 de noviembre de 2016

...las postales que nunca llegaron...

(escrito el 06 de noviembre de 2016).


Nunca he recibido una postal. A veces, me sorprende verlas en venta, y me pregunto quién, además de yo (si es que así se debe de escribir), las utiliza.

Fue en mi segundo viaje, que se debería definir como mi primer viaje absolutamente solo, cuando decidí empezar a enviar postales.

Decidí que eso se convertiría en una “tradición”. Misma que se vio truncada por un pésimo sistema de correos a nivel mundial. De las más de 15 postales que he enviado, solo 5 han llegado a su destino.

A veces, tienes toda la intención de contarle a alguien lo bien que la estás pasando, o decirle por qué te acordaste de él (o ella)… y la vida, lo logístico, te juega una broma pesada. La historia que quieres, con mucho entusiasmo, contarle a alguien, no le es informada.

¿Destino… desgracia… o infortunio? No estoy en condiciones de saberlo, a veces me quedo en lo superficial. En la emoción de contarle a alguien a quien estimo, un familiar o un amigo –para mi, lo mismo-, algo que atravesó mi mente en el momento en el que escribí unas líneas en un cartón que no mide más de 10 centímetros de largo, por mucho menos de ancho.

Hace unos días, alguien, me escribió algo así como: “nunca me cuentas nada de ti”.

Lo tomé a personal. E intenté reflexionar sobre lo último acontecido en mi vida. Lo primero que sentí fue una evidente lejanía con él… “¿qué se supone que le debo responder? ¿Me lo preguntará por mero compromiso? ¿Será prudente que le cuente que lo de adoptar un perro va en serio… que mi vida se volvió una rutina, con ciertos “tropiezos” (como aparecen definidos en los menús de restaurantes, aquellos adornos en pequeñas proporciones que acompañan a los platillos) que me causan muchísima satisfacción…? ¿Sería mejor decirle que me encuentro en unos días donde veo la tarde pasar, pensando en qué será de mi vida el siguiente año… si debo renunciar a mi trabajo, si debo esperar a que se acomode todo… si debo marcharme a Buenos Aires a vivir mi capricho de vida… o si debo pensar seriamente en volver a México, para evitar que mi familia me vea como un extraño?

Me molesta (así, en seco) que me pregunten cómo estoy, y luego no respondan. Que me dejen en “visto”.

Me molesta pensar que (yo) acepto, que ese sea el único medio de comunicación con la gente que quiero… Me molesta, como también me molesta que los conductores en Bogotá, cuando chocan con otro auto, se nieguen a retirar su auto, aún así bloqueen el paso a cientos de otros seres humanos detrás de ellos. Me parece una hijoputez. Me expliquen lo que me quieran explicar; es una hijoputez.

Su pregunta (la esencia del “cómo estás”) combinada con reclamo, llegó mientras yo me dirigía a mi casa… el trayecto de no más de 30 minutos (afrontémoslo, en Bogotá los trayectos son cortos) me llenó de preguntas e interrogantes.

Desde pensar que soy mal amigo por mantenerme “a raya” en lo que comunico o no comunico… en pensar que debo “no extra comunicar” a la gente que no me haya pedido “extra información”… y que esa, e-s-a, es la forma en como la gente quiere una amistad hoy en día… en esperar a que pase un año, para verte con tus amigos, sonreír y decir que todo está “chévere”.

Me molesta ese tipo de “establishment”.

Cambié el nombre que pondré a mi perro. En realidad quiero que sea hembra… se llamará “Almojábana”. Quiero que algo colombiano me acompañe por mucho tiempo.

Me quedé frío, cuando, al preguntar por un perro en adopción, la mujer que atendía el lugar, me dijo que pensara bien las cosas… “esto es una decisión a, mínimo, quince años”. (La pronunciación del “mínimo”, fue remarcado con un clarísimo acento colombiano… que los colombianos no notan jamás, pero yo sí. Sentí que Andrea Echeverri hablaba conmigo).

¿Pienso vivir al menos otros 15 años? –Me pregunté de inmediato-. ¿Acaso quiero eso?

¿Te ves al espejo de 48 años… con un perro dálmata, colombiano… que se llamaría Almojábana, junto a ti?

A veces, cuando escribo postales, quisiera una respuesta igual de eufórica a mi redacción… quisiera que alguien, mi “contradialogante” (aquel que dialoga, en posición contraria –físicamente- a mi), respondiera de forma que me hiciera sentir bien. Contento… y acompañado. Escuchado.

La única alternativa que se me ocurre al momento, solo llega en figura de 4 patas (y con motas… siendo perseguido por una mala del cuento, que busca a toda costa hacerse un abrigo con su piel).

Mis amigos y familiares (y mi ex), han sido destinatarios de postales desde Turquía, Polonia, ESLOVEnia, Hungría e Italia… solo han recibido una postal, de las muchas que les he enviado. Desafortunadamente, no recibieron mis historias del lado asiático, contadas desde una ciudad maravillosa –y gigante-, como Estambul… no supieron la historia de Laocoon, la cual me dejó helado, en los jardines de la Ciudad del Vaticano… Pensé, y quería transmitirle, a mi gran amiga Fabiola, lo importante que era para la psicología, y el desarrollo del Psicoanálisis, la historia –ahí plasmada, frente a mis ojos- de la primera escultura que hablaba de la tragedia… de lo trágico. Jamás la recibió.

Pienso, hoy… tarde de domingo. Tarde de esos domingos en que sobreviviste a ser soltero, en tus treinta… gay, expatriado… en una ciudad pequeña, que a veces se esfuerza demasiado para resultarte atractiva, cuando tú ya piensas en alguien más… que, de lo poco que estás plenamente seguro, es que no quieres terminar siendo uno de esos atractivos y neuróticos chicos judíos que protagonizan películas de Woody Allen.

Y que sabes que el nombre de tu perrita, que te acompañará los próximos 15 años (mínimo), te hará sonreír mucho… y te recordará a Usaquén: al grupo que toca Jazz los domingos… a los helados de Mascarpone con Flat White (y hechizo perfecto) que te tomas en tu cafetería favorita… y los ventarrones de domingos por la tarde.

Mientras todo esto pasa, sabes también, que tus amigos son personas que viven un mundo distinto al tuyo (y tú, al suyo)… ninguno mejor, o peor… que tienen expectativas tuyas, que a veces no cumplirás… que a veces los has hecho sentir abandonados… que no has estado cuando te han necesitado. Y que no te lo dicen, porque no son tan dramáticos como tú.

Así son las cosas… y fin. A veces las postales no llegan.

Y mientras tu crees que esto se debe a que, porque en su momento Purificación Carpitneyro te caía muy bien, el mundo te castiga… Otros, solo se lo dejan a que así son las cosas. Forman parte del club  de ...las postales que nunca llegaron… Con historias increíbles por contar.

(en enero llega Almojábana… ya la conocerán).

*He inventado la palabra (término y como le quieran usar) "Contradialogante". Si algún día la RAE la registra y no me agradece tan destacada creación, será una tragedia (así como el Laocoon... y una hijoputez de su parte, como los conductores que chocan en Bogotá, y se niegan a quitar sus putos  y mierderos coches del camino). 




domingo, 16 de octubre de 2016

...me agarré a gritos con un pelón en el Carulla...

(escrito el 16 de octubre de 2016).

“Leo, ¿conoces el restaurante “La Provence de Andrei”? Ayer comí ahí y me pareció bueno”.

El mensaje llegó a mi sistema de mensajería instantánea, un sábado por la tarde, mientras yo dormía profundamente. Mi jefa, con quien guardo una cercana confianza, me lo enviaba porque sabe bien, que me gusta salir a comer a lugares lindos. Cuando me vine a vivir a Bogotá, tras una serie de cuestionamientos raros por parte de mucha gente, ella defendía mi decisión con el argumento de que “en Bogotá, existen buenos lugares para ir a comer”.

Y sí. Los hay.

Ese fue el primero de muchos mensajes que durante este mes y medio, mucha gente me ha enviado para preguntarme cómo estoy… hacerme saber de ellos… y en síntesis… hacernos saber que nos apreciamos.

Mensajes en todas vías, incluso el tan poco usado ya correo electrónico… llegaron a mi, casi como en premonición… desde muchas ciudades en el mundo. Y eso, a una persona que se las cree de “muchas ciudades en el mundo”, pues le hace sonreír.  Detalles… detalles buena onda.

Hasta que llega un detalle, mala onda.

Hoy domingo, el día parecía bárbaro. Desperté a la hora que se me dio la gana, por segundo día consecutivo (por un feriado masivo en Colombia, no tuve clase de italiano en más de 6 meses seguidos). Desayuné, como nunca, una bomba de azúcar… una deliciosa mermelada atacó todo lo que se presentó ante mi.

(si no lo saben, tengo una sumisión absoluta a la mermelada… a la buena mermelada).

Continué con la lectura a un libro nuevo, que decidí iniciar ayer… que aún me tiene “mareado”. Y encendí la T.V. El equipo de fútbol americano, que apoyo desde que tengo escasos 8 años, jugaba contra un acérrimo rival.

Mi silencio era partidario del mal momento que atraviesa la franquicia a quien apoyo incondicionalmente, y que de broma digo, “no me moriré, hasta verlos ganar un súper tazón”.

Ganaron. Por una paliza… si me dejan expresarlo así.

Bailé frente a la televisión. La felicidad la veían los árboles que se posan frente a mi ventana, y mi cama recién tendida… no sin antes escuchar mis mentadas de madre, y mis “son mamadas, pinche árbitro culero…”.

Mi felicidad me llevó a comer, no a la Provence (…) sino a un “carrito de comidas” (un food park, donde venden salchichas alemanas. Pedí una salchicha blanca… me encantan. No tienen un idea cuánto. Esto por una historia familiar, que otro día relataré...

Y ahí arrancó el tema.

Mi último domicilio en la Ciudad de México, se encontraba a unos pasos de un muy buen restaurante alemán, llamado “el jardín Nibelungo” (o su equivalente en inglés).

Fui ahí, las veces que quise… tan así, que ahí fue el primer lugar que mi sobrina (Diana) vio caer hielo del cielo.

La mesera de este carro de comidas, fue a preguntarme un gran número de ocasiones, “¿cómo me había parecido todo?”. En verdad la comida era buena, aunque la poción un poco pequeña.

La señora, amable “hasta el tuétano” me dijo: “en dónde se hospeda”… y mi mente, juguetona como ella sola, me respondió: “Claro Leo, es que no eres de aquí… ¿te acuerdas que eres extranjero… y que por más que te intentes ver cool, no lo logras?”. Respondí, vivo acá, cerca. Acaban de abrir una cafetería cerca de mi casa… en Bella Suiza, donde venden salchichas y cerveza alemana… pero no las he probado. “¿Y qué le parecieron las nuestras?” (pensé que solo le faltaba el “sumercé” para separarme más de ella)… “La verdad, muy buenas…”.

“Me alegro… se va a amañar”.

Fui a caminar, acompañado de un extraño sabor de boca… a unos pasos de ahí, está el parque de Usaquén (que como saben, es “vecino” a mi casa). Visité el pequeño local de personas que dan perros en adopción. Llevo semanas pensándolo. No me atrevo. Ridículamente pienso en llamarle a mi landlord y preguntarle qué piensa de mi idea, y si lo permitiría… al final, es su casa…

Caminé a una de las mejores cafeterías que tiene Bogotá, y por ende, el mundo. Ya me conocen. Un helado de mascarpone, un “hechizo perfecto” (un cóctel a base de ron barranquillero, crema irlandesa y helado de café) y un flat white (mi excentricidad lo convirtió en mi café insignia ahí). Mi mente estaba en otro lado… no me concentraba… algo me pasaba.

Salí a caminar, y pensé lo que obvio. Y de esta forma: “quiero un vino”.

Fui a un supermercado, donde justo a fuera hay un local de flores donde siempre compro, a buscar una botella individual de vino tinto… aproveché para comprar unas arepas, crema para el cuerpo, y una hogaza de pan con queso recién horneado.

Al formarme en la caja, me llamaron a pagar. De pronto, regresó el señor que recién había pagado sus productos.

“Bueno, pero qué le pasa… si le pedí hacer un retiro”. “Usted está muy distraída… usted es una incompetente”.

Me puse rojo…

“Oiga, no sea grosero” (dijo la voz de un chico, que acompañado de su novia, o una mujer que se hacía parecer a su novia, estaban detrás de mi).

“¡La puta que te parió! ¡Te formas y le pides disculpas!” Habló mi intestino. Nos hicimos a los gritos… alguien me dotó de una voz, prominente, cuando quiero insultar.

Solté uno de los mayores insultos que jamás se me habrían ocurrido.

Hubo un silencio encapsulador. Una señora, vestida con un intento de abrigo, que compraba un suavizante de telas, me veía horrorizada.

(Nadie viste de abrigo, para comprar un suavizante de telas).

El sujeto a quien dirigí mi insulto era calvo… se calló… y respondió: “vete… largo, anda”. Peor… me fui hacia él, mientras el vigilante del Carulla (un intento de Superama) se alertó. De a poco se acercaba a mi.

Detrás del tipo al que yo insultaba, había un estante de mermeladas (algunas de ellas, las he comprado… sobre todo una de higos, que me resulta fantástica).

Sentía como mi cabello se movía, mientras le gritaba, mirándolo a los ojos, todas mis maldiciones (que por cortesía, no describiré aquí)…

Hace poco, Camilo… mi estilista, mientras me aplicaba un “menjurje” me dijo: “marica… tienes pelo mejor que vieja”. Nos reímos por minutos, él y yo. Camilo, sabe que soy gay… y sabe que me resulta (muy) sexy… Fue uno de los mejores piropos que he recibido este año.

El guardia del Carulla se acercó a centímetros míos… Cuando el tipo me dijo vete, me le fui encima… “vete a donde… ¡ven! Discúlpate!”. El silencio en esa tienda, era especular.

El tipo se fue… hubo gritos. Insultos “hasta la madre”.

La cajera lloraba. Le hablé claro y fuerte: “no dejes que te hablen así”. Me vio a los ojos, me dio mi voucher y susurró… “gracias”.

No supe, no sé, por qué lo dijo.

Salí del Carulla y vino un flash a mi mente… Me acordé de algo: estaba en un Superama (una tienda muy tipo el Carulla) cerca de mi última casa, en la Narvarte… por la calle Cumbres de Maltrata… en la  colonia Narvarte. Compraba un vino. Un tipo se acercó a mi, a la cajera que me atendía y le quitó el vino de la mano a cajera. Reaccioné con toda la furia de mi ser… lo insulté hasta que me sangró la garganta…

Un silencio atormentaba el Superama que está a unos metros de la estación del metro Xola.

El tipo, mientras yo lo insultaba, me tomó de los hombros y me dijo:

“lo único que te quiero decir, es que si compras 2 de estas botellas, una te sale gratis… hoy hay dos por uno”.

Sentí como mi páncreas se detuvo. No sabía qué decir… Mis ojos se pusieron rojos. La vergüenza me carcomía. El insultado, me tomó de los hombros, con sus dos manos, y me dijo: “ve a tu casa, y abre el vino… lo necesitas”. Me reí… el tipo me hizo un guiño. Entendió que no era personal.

Le conté, unos minutos después, a Federico, lo que había pasado. Él, aterrado, salió del depa, y volvió minutos después con una bolsa de Rancheritos. “¡Boludo!” (yo amaba que Fede me dijera “boludo”)… “mirá… vení,  chupáte el vino”…

Reímos como 1 hora (para mi, fueron como mil horas… en verdad extraño a un amigo como Fede).

Mi amigo me conocía… sabía que una bolsa de Rancheritos… me calma mejor que un Prozac.

Hoy, salí del Carulla… La cajera lloraba… el tipo abrazaba a su novia… la mujer del abrigo seguía horrorizada, y el guardia me dijo: “no pasó nada”.

Lo miré a los ojos y le dije: “claro que pasó… insultó a tu compañera… ¡y tú no hiciste nada!”.

Llegué a mi casa con un ramo de gladiolas rosas… una botella de vino, y unas arepas de yuca para mi desayuno semanal.

Pensé en que quería algo “mío”. Quería una bolsa de Rancheritos… quería que no me dijeran “extranjero”… quería poder hablar con alguien de la victoria de mi equipo, los poderosísimos (adjetivo superlativo otorgado por mi) Delfines de Miami… quería sentirme normal, en un día normal.

Pero cuando eres extranjero, y susceptible como yo, la normalidad no existe.

Hace unos días… un amigo (al que le tengo un aprecio, superlativo) fue hospitalizado y no estuve ahí… para acompañarlo… mi sobrina (que padece una complicación médica, compleja, mas no imposible), tuvo una ligera recaída; y mi perro, que tiene tantos años como Tutankamón (y que me conoce al cien) fue salvado de una eutanasia canina… Para ninguno de ellos estuve. 

Para mi mejor amigo, que no la pasa bien, hace meses… estoy lejos. A veces, no sé como hacerle saber lo mucho que lo quiero.

“Boludo… chupáte el vino”… Fede, siempre tenía una respuesta inteligente.

Hoy era un día, de esos lindos en Bogotá. Cielo azul, y mucha gente en Usaquén… hoy era un día normal para mi… hasta que alguien me hizo saber, que no… no soy de aquí.

(aunque sus salchichas, sean muy buenas)…

Y por eso, entre otras cosas …me agarré a gritos con un pelón en el Carulla…

(Fede, un gran amigo mío, al quiero un montón, murió el 14 de diciembre de 2013 en la colonia Condesa, en la Ciudad de México. Su muerte me afectó demasiado… Una vez,  hablando él y yo… echando vinos… me dijo que si quería superar a mi ex, me tenía que ir de México. Y por eso, entre otras cosas, me fui).


El restaurante “La Provence de Andrei” es muy cercano a mi casa. Está en Usaquén. Es bueno… sus meseros (muy guapos por cierto), usan una playera a rayas rojas, con blanco… les recomiendo, la codorniz.