martes, 27 de junio de 2017

…y luego comenzó a contar chistes que no son chistosos...

…y luego comenzó a contar chistes que no son chistosos...

Pasaron unos segundos, nos miramos a los ojos, y nos reímos de la frase que había dicho. Nos reímos bastante.

Mi amigo (me gusta pensar que él es mi amigo… aunque no nos veamos y/o hablemos con singular regularidad), hablaba de alguien que conocíamos en común –y con quien trabajábamos… aunque mucho más él que yo-.

Por situaciones del día a día, vino a mi mente ese momento en mi vida, cuando él y yo nos reímos de una –de muchas- características de esta persona (pensaba que decía cosas sumamente graciosas, las cuales no eran así). Y por esas mismas situaciones de todos los días, donde súbitamente me encuentro pensando en cosas que no dejarán mucho a mi mente, llegué a la conclusión que seguramente era uno de sus recursos para disminuir la tensión de toda la gente que trabajábamos a su alrededor, acostumbrados a exasperaciones y explosiones macabras de carácter.

Hoy por hoy, cuando paseo con mi amigo en cuatro patas, aprovecho para pensar muchas cosas… no estoy acostumbrado a caminar sin hacerlo, es algo natural... pensar en lo que sea… en lo mínimo, “aunque no deje” (tal vez por eso es que me molesto tanto con él, que sigue siendo un cachorro, por sentir que me interrumpe de mis reflexiones de suma importancia cuando me jala por querer ir a olisquear la basura o los excrementos de otro perro).

La característica principal de un “día a día” es la falta de trascendencia.

Las últimas semanas lo único que trascendía en mi vida era llenarme de felicidad por llegar a mi casa y no ver algo destruido, y a su lado, la cara de felicidad de mi perro por haberme dejado un regalo de destrucción.

Yo siento que estoy en un momento de mucha tranquilidad. Pensaba que me hace falta un buen libro, que no había buenas películas por el momento… que ya había terminado de ver las únicas dos series que me interesaban y que incluso, había poca música nueva. Supongo que mi novio ya se sabe mi playlist favorito de arriba a abajo. Supongo que ya lo alucina... 

Creo que ya había dicho alguna vez que tengo la creencia que cuando llega nueva música a mi vida, es que siento que se abre un pequeño (a veces no tan pequeño…) momento en mi vida. Debo admitir que esta idea no es propia, es compartida, y que la hice consciente al volverme fiel escucha de un programa de radio que se llamaba El Soundtrack de una Vida (en Horizonte radio, por supuesto).

El fin de semana que la agrupación francesa Phoenix lanzó su último sencillo Ti Amo, me llegó un halo de buen humor. Escuché la canción más de 10 veces seguidas... ¡me encantó! 

Esa noche, previo a la reunión en casa de un amigo, me llegó otra cosa: un mensaje. De la persona en cuestión, no había tenido noticias en meses. Y en esta ocasión me comentaba una situación estrictamente personal, y por situaciones que no sé (pero que agradezco en verdad), me escribía para contármela. Quiso decirme lo que estaba haciendo al respecto, y además, recordó una conversación que tuvimos (ambos) en donde yo le dije algo que, por lo que me escribió, le provocó reflexionar de su momento en la vida… pero sobre todo, de su vida.

Al final del mensaje, que leí mientras me arreglaba para ir a la reunión (creo que aún tenía la toalla amarrada a mi cintura y el cuerpo mojado, pues acababa de salir de la regadera), puso un enunciado que me emocionó, pero a su vez, me puso un poco triste: “gracias Leo, el mundo te necesita”.

Hacía mucho no recibía un halago de semejantes proporciones… por lo que mi cuerpo mojado, mi toalla y yo tomamos asiento sobre mi cama… y comencé a pensar que tal vez, esa era una noche (o una tarde) complicada en su vida.  Que tal vez era una de esas noches donde lanzas cariño, esperando recibir cariño. ¿Y por qué lanzas cariño, esperando recibir cariño…? Porque a veces, en las noches de un sábado, todos nos podemos sentir solos… tristes. Y se vale.

Al día siguiente, un domingo por la mañana, tuve que llevar a Zampe a que lo nebulizaran. Un tratamiento contra la tos de perrera que por el momento funcionó… mientras eso pasó, decidí ir por un café y ahí comencé a recordar las conversaciones de almuerzo que he tenido con la gente, lo que habré dicho y lo que no… las veces que soy muy grosero, las veces en que me río… las veces en que doy cariño (a veces de más… otras de menos)… en cómo todo lo que haces, de una u otra forma, tiene un impacto en la vida de los otros. Aunque creas que no tiene trascendencia, olvidas (o más bien, desconoces) la realidad del otro. El cómo lo recibe, y el cómo lo digiere.

Me quedé con lo bueno… con que algo que dije, en uno de mis “día a día” le ayudó… y que ahora hace algo para estar mejor. Y cuando la gente está bien, el mundo también lo está… así que de cierta forma… el mundo le necesita; y le necesita bien.

Ayer… unas semanas después de lo que estoy contando, en el parque a donde llevo a Zampe a que juegue con sus amigos, me pregunté qué llegará a decir la gente con quien que trabajo (o la gente en general) cuando ya no estemos juntos… ¿Será que dicen que mis chistes tampoco son chistosos?

¿O será que se acordarán de alguna frase que les dije en el almuerzo…?

Sonreí… fueron esos momentos lindos, que agradeces, porque el cariño es cariño. "Sin filtros, sin dramas"... Y punto.

En ese instante Zampe me ladró, me veía atento (como ve un Dálmata a su dueño)… me sonreía (les aseguro que mi perro me sonríe, solo que lo hace a solas, cuando no lo ven)… lo acaricié, y me puse a jugar con él y con su amigo Samuel (un Golden que ama las pelotas y a los humanos por igual)… y por un segundo, dejé de pensar.

(Dedicado a la mamá de Josh… quien nos recordó que nunca dejó de sentirse triste y se quitó la vida, faltando dos capítulos para el final…). 

lunes, 1 de mayo de 2017

...me tomé dos...

(escrito el jueves 27 de abril).

Todo el mundo merece una copa de vino, de vez en cuando.

Había escuchado hablar de él; principalmente a la hora del almuerzo, en conversaciones con mis colegas de trabajo … Lo llamaban “el astrólogo”.

En noviembre pasado, en un almuerzo cotidiano, una compañera de trabajo me comentó un sin fin de situaciones demasiado interesantes, como para definirlas como una mera coincidencia. Al menos no podría haberlas definido así, tanto por el cariño que le tengo a mi compañera, como por el interés legítimo que me causaron.

Decidí ponerme en contacto con este hombre… Y recurrir a él para conocer y entender mi “carta astral”.

“¡Qué estupidez!”, respondió Edisson cuando se lo dije. Su respuesta me molestó de inmediato, pero pensé que así habría respondido yo unos años atrás…

Llegué a la cita un tanto (demasiado) crudo, y con una cara de “sobreviví a una fiesta de fin de año más… ¡soy un héroe!”. Me sentó en una silla que parecía que se iba a romper en segundos, y me explicó el cómo iba a hablar de la posición que los astros tenían en el momento en que yo nací (el 22 de agosto de 1983, a las 12.45 del medio día, en la Ciudad de México). Y así comenzó:

“De inicio quiero decirte que no, no eres Leo, tu signo Zodiacal no es aquel que pensaste toda tu vida… tu signo es Virgo”. Me quedé pasmado… les dije a varias personas que sentía como si alguien me hubiera dicho: “no eres mexicano, eres de Singapur…”.

Me dio una letanía de explicaciones, imágenes de los astros… me describió de piso a techo la personalidad de los Virgo, habló de mis otros signos (el lunar y el ascendente), y después hablaría por espacio de una hora sobre qué me depara, según la posición de los astros, este año (y los siguientes). Y soltó una frase, tan potente, como slogan de producto de belleza: “a más tardar en junio, pasará algo muy importante… muy importante”.

Ese día, por la noche, dos amigos estarían en mi casa para una reunión.  Esa sería la primera vez que sacaría el tema con ellos (en realidad, con cualquiera…).  Les dije que lo que más me había sorprendido es la descripción, bastante detallada, que hizo de mis últimos 3 años (la depresión por la ruptura de la relación sentimental que en su momento existió, la muerte de personas cercanas a mi, y algo que llamó “un cambio radical en tu vida”… mi mudanza a la capital de Colombia). Creo que el haberles dicho todo esto, provocó que ellos mismos (mis amigos) fueran a visitarlo semanas después…

Días después, viajé a la Ciudad de México… Yo sabía que en esos días tendría que tomar decisiones importantes en mi vida, y en esta ocasión, no dejaba de repetirme que esas decisiones tendrían un impacto (poco o mucho) en la vida de otros, pero sobre todo, en la mía. Me tomé el tiempo, dedicado (juicioso, como dicen los colombianos) para pensar en cada una de ellas… e incluso un día decidí no asistir a una reunión familiar (cosa que después me causó un gran arrepentimiento, e incluso culpa) para atender temas que –pienso- a muchos les podrían parecer triviales…

Ese día descubrí que en la Colonia Condesa habitan muchos Dálmatas… Y pocas horas después, con un café en mi mano, frente al Ángel de la Independencia, me enteré que había muerto George Michael…

El tiempo para pensar se agotó, las decisiones estaban tomadas… y volví a Bogotá.

Y entonces, sí… mi vida tenía ya un acompañante… Edisson y yo nos conocimos la tarde de un viernes de noviembre. Estaba por comenzar a llover, y él me esperaba sentado afuera de una cafetería (la de la mula Conchita y el señor Juan). Ese día, yo había comprado la versión en español del tercer libro de Paolo Giordano… Llegué a la cita,  nos tomamos un café… llovió… y decidimos no separarnos hasta que llegó la mañana del lunes. Unas semanas después, en mi cama… segundos antes de irnos a almorzar, formalizamos lo que ya era una relación. Es oficialmente, la relación más larga que he tenido en años… y si nos vemos drásticos, enfáticos y precisos… es la única relación que he tenido en años. En la que decidí entrar… y él, se convirtió en la persona a quien más le he abierto mi vida en el mismo periodo de tiempo.  Y eso me tiene muy contento.

También me puso muy contento, conocer a la Señora “A”.

El 16 de enero, nació Zampe. Lo conocí por una fotografía hasta inicios de febrero… y llegó a mi casa a finales de marzo.

Zampe (que significa patas en italiano…) es el perro que, ahora mismo, descansa junto a mi… que me agarra la mano cuando escribo. El día que llegó a la casa, se resbalaba en el piso de madera falsa… buscó dónde sentarse, y optó por orinar la alfombra (misma que tuve que quitar, hasta estar seguro que aprendió a no usarla como baño).  Debo decir que a veces pienso en que no seré el mejor de los dueños para Zampe… que sería mucho más feliz con otra familia… viviendo en alguna finca, entre vacas y con un río cercano…

Pero, me gusta pensar que él y yo nos buscamos. Que lo pensé tanto, que llegó a mi vida. ¡Y no! No creo en teorías estúpidas como El Secreto, y similares… es simplemente que desde hace muchos meses, había pensado que un perro debía acompañarme… y que debía ser un perro como él. Zampe ahora es el perro más popular en la veterinaria… y de los más consentidos. Apenas me deja un pequeño espacio para dormir en la cama… porque sí, no me importa que duerma en la cama.

En febrero vi una película que, entre muchas otras cosas interesantes, habla del nombre que recibe el valor de las relaciones humanas. O más bien, el término con el que las compañías aseguradoras definen el monto a pagar (mayor o menor), de acuerdo al vínculo afectivo que los seres humanos tienen con quienes le rodean…
De inmediato pensé en mis propios vínculos afectivos… creo que los únicos cuatro espectadores, ese día ahí, debimos pensar exactamente lo mismo. Pero más allá de eso, pensé en los vínculos que ahora están en mi vida… mi vida en Colombia, mi novio… mi familia en México… mis amigos… todo.

Por semanas me lo pregunté… ¿Cuánto valdré yo… cuánto vale mi vida, o La Vida?

Cuando salí a caminar, en diciembre… por Avenida Paseo de la Reforma… tomé decisiones, falté a una comida familiar… y también se murió George Michael. Decidí que mi vida, este año, fuera diferente… quise dejar de estar solo (o tan solo)… quise sonreír y reír… quise leer cosas bonitas… dejar rutinas que no me llevaban a ningún lugar… ver películas que me hicieran pensar por semanas…

Todo tiene un costo. Y no siempre, es monetario.

El día que lo asimilé –creo- soñé con dos de mis psicoanalistas… Estábamos en una especie de túnel… y ellas estaban entre la gente que pasaba. Una de ellas se me acercó y me dijo: “puede regresar… ya faltan menos años para que usted termine su análisis”. Desperté… por razones evidentes pensé casi todo el día en el sueño.

El costo, es el cambio de vida que implica asimilar tus decisiones…

Por lo que, tomé con un poco de simpatía, que unos días después de que todo lo anterior ocurriera, recibiera una llamada de alguien que me decía: “Leonardo, tenemos que hablar”.

Y ahí… ¡pensé en el astrólogo!

Todo el mundo merece una copa de vino, de vez en cuando. Yo hoy …me tomé dos…


(el libro de Paolo Giordano se llama Como de la Familia; y la película –homónima al término que explica- lleva por nombre “Il Capitale Umano” –El Capital Humano-).

jueves, 12 de enero de 2017

...porque te quiero Leo...

“¿Por qué?”

A pesar de ser una pregunta que hacemos una buena cantidad de veces por día, en ocasiones, resuena en nuestra cabeza. Hace eco… hace ruido. Y si no haces caso a explorar (a responder), haciendo un buen ejercicio de introspección y análisis, pierdes una oportunidad de oro de encontrar algo que está queriendo comunicarse contigo.

Así que, por mi parte… estoy contento (y agradecido) con una persona que un día, creo que fue en noviembre, me preguntó “por qué” había tomado una decisión, que les compartí casualmente… en una conversación de elevador.

Le comenté que, un propósito personal el año pasado, había sido no viajar a México durante un año… dejar que el tiempo pasara, y no aferrarme a tener que ir “a cada rato”, pues tenía muchas cosas que ver por otras partes del mundo, y porque quería demostrarme que yo era capaz de mantenerme bien sin tener que estar usando a la Ciudad, a mis amigos… o mi familia, casi con la misma función que un objeto transicional. Ella no se enteró de esto último, que fue reservado “para mis adentros”… como un importante pie de página.

Su respuesta fue un: “ah bueno, pues, mirá, si te sirve… bien”.  La escena terminó ahí, atestiguada por un tercero que, siempre que escucha una conversación entre otros, sonríe y complementa con un comentario con intensión positiva…

El por qué, retumbó en mis centros la tierra. Esa tarde me quedé pensando, casi mudo cuál era el resultado de mi propósito… y llegué a la conclusión de que no lo sabría hasta que llegaran mis vacaciones y viajara a México. Y así fue…

Mi madre y mi sobrina me esperaban en el aeropuerto… jugando junto a una maceta enorme color amarillo. Mi sobrina, al verme, quiso correr para abrazarme, pero esos ataques de pena que les dan a los niños, la hizo detenerse y correr más bien, para abrazar a su abuela, que me recibía con un abrazo. Diana, mi sobrina, acapararía la conversación en el taxi que nos llevaba a la casa… un tema importante para ella, era decirme que su mamá le había comprado el vestido tan bonito que estaba usando ese día (mi mamá me diría después que Diana insistía en ir de vestido a recibirme), y que los Converse eran iguales a unos que también tiene mi hermana (su mamá)… de ahí saltó a darme un estatus del comportamiento de los perros, y decirme que mi perro consentido, está ya muy viejito, se orina en todos lados y la hace enojar mucho.

A lo largo de las siguientes dos semanas, sería testigo de muchos pleitos entre un perro salchicha sumamente viejo, que casi no ve y no tiene dientes, y una niña (mi sobrina) que lo usa de excusa para enojarse y pelearse con la existencia.

El segundo día me sentí fuera de lugar… por un lado sentía que no había pasado tanto tiempo desde la última vez que estuve ahí… fue raro. Pero no le di mucha importancia, y seguí el plan que llevaba. Ir a comprar un regalo para mi sobrina. Esa tarde empecé a notar que la Ciudad en la que crecí, y que es uno de mis más grandes amores, ha cambiado. Descubrí que se me olvidaron nombres de calles, que restaurantes que me encantaban ya no existen, una saturación de centros comerciales donde antes había nada… y una onda de calor que me pareció imposible en esa época del año.

Vi a mis amigos, en momentos y lugares diferentes… y volví a sentir que no había pasado tanto… pero al mismo tiempo, notaba cosas diferentes. Y escuchaba aquellas cosas que me hacían recordar por qué somos amigos.

Por qué nos queremos tanto.

Me sentí invitado, me sentí… extranjero.

El 25 de diciembre decidí tomar acciones al respecto. Regresar a mi espacio, tomar energía. Hice el recorrido que muchísimas veces realicé viviendo ahí… caminé por todo Reforma… una avenida casi vacía (por el importante feriado religioso) dejaba ver que todo sigue ahí, pero diferente. Y que el diferente, también… soy yo. Todo sigue en mi, pero diferente.

Durante dos semanas pude ser el amigo, el conocido… el compañero de trabajo, el hijo, hermano y tío (incluso hasta el humano de mis perros) que ellos recuerdan.  Me dio mucho (mucho en verdad) ver a gente que hace demasiado tiempo no veía.  

Descubrí que el aprecio que hay entre nosotros, no ha desaparecido… me invitaron a sus casas a tomar Gin & tónicas con cardamomo, mientras escuchábamos a The Kooks y hablábamos del pasado, el presente y el futuro. Comí rosca de reyes con chocolate casero (delicioso), y me enteré de las travesías de un amigo y su familia en su viaje al otro lado del planeta… Comí Rancheritos a montón en una cena (reunión) con amigos que, hace mucho tiempo, no faltaban a reuniones en mi casa donde en vez de Rancheritos, les daba papas baratas (y aún no me lo perdonan)… visité un restaurante que era clásico de mi infancia… y comí la misma sopa que mis abuelos tanto disfrutaban (la sopa Luz) y una hamburguesa alemana con papas a la vinagreta que, desde que tengo 7 años, me hace feliz… me enteré que la vía que rodea el Lago de Chapultepec no se llama El Sope, como yo creía… sino que El Sope está detrás, y al parecer es una vía muy bien plantada para corredores… el hijo de mi mejor amiga, me hacía sonidos de “rrrrrauuuuurrrr” mientras me mostraba a su dinosaurio de juguete, y vi que su mirada, es exactamente la misma a la que tiene Fabiola… me dio muchísimo gusto comer unos tacos gobernador, mientras escuchábamos la canción “Hoy Quiero Chupar” un amigo y yo… Después de eso, fuimos por un café al lugar que yo visitaba –siempre, religiosamente- antes de ir a psicoanálisis (creo que el dueño me reconoció).  Mis perros y yo corrimos por toda la calle, Salchichudo ya muy pausado, pero con entusiasmo… y Juana, con más entusiasmo que reparo por su tío ya muy viejito (es normal, Juana es de Torreón, y Salchicha de la Gran Ciudad)… me tomé unas copas de vino en El Palacio de los Palacios… y me comí unos montaditos junto a una señora que, además de llamarlos insistentemente "tortitas", tenía una competencia clara por ser la campeona universal en romper dietas… Me llevaron a un bar absolutamente “diferente” en la Zona Rosa, al que entras bajando unas escaleras subterráneas (no sé si sea pleonasmo esto último…) y donde me explicaron, “se ve tiene mucha producción… porque si te fijas, el diseño tiene patrón en todo”, en el menú, en las cortinas, en el techo, en todo… me comí una torta de bacalao y una tostada de Marlin en La Cervecería, mientras la copia de la Fuente de las Cibeles (regalo de la comunidad madrileña a la Ciudad de México) nos observaba… Fui (con toda mi familia) a uno de los restaurantes más pretenciosos (y deliciosos) de la Colonia Roma (que lleva el nombre de un color, y un estado mexicano)… y mi sobrina puede presumir que le prepararon un menú especial, único para ella… y casi me explota el páncreas al reírme a carcajadas locas cuando fui con mis compañeros de trabajo a tomar unas margaritas… tan de buenas estábamos, que saludamos telefónicamente a un buen amigo en Australia.

El resumen de mis vacaciones, está en los abrazos, las historias, las canciones, las miradas… y las muchas veces que escuché la expresión: “te quiero Leo”.

Cuando volaba de vuelta a Bogotá, llegué a la conclusión de que ésa es la mejor respuesta que pude haber dado a la pregunta de “por qué” …porque te quiero Leo… Y saber, que es mutuo. 

¡Feliz año!


(y ya en Bogotá, alguien me esperaba en el Aeropuerto… a la 1 de la madrugada, y cuando me dio un beso, me dijo: “¡te extrañé!”).

domingo, 6 de noviembre de 2016

...las postales que nunca llegaron...

(escrito el 06 de noviembre de 2016).


Nunca he recibido una postal. A veces, me sorprende verlas en venta, y me pregunto quién, además de yo (si es que así se debe de escribir), las utiliza.

Fue en mi segundo viaje, que se debería definir como mi primer viaje absolutamente solo, cuando decidí empezar a enviar postales.

Decidí que eso se convertiría en una “tradición”. Misma que se vio truncada por un pésimo sistema de correos a nivel mundial. De las más de 15 postales que he enviado, solo 5 han llegado a su destino.

A veces, tienes toda la intención de contarle a alguien lo bien que la estás pasando, o decirle por qué te acordaste de él (o ella)… y la vida, lo logístico, te juega una broma pesada. La historia que quieres, con mucho entusiasmo, contarle a alguien, no le es informada.

¿Destino… desgracia… o infortunio? No estoy en condiciones de saberlo, a veces me quedo en lo superficial. En la emoción de contarle a alguien a quien estimo, un familiar o un amigo –para mi, lo mismo-, algo que atravesó mi mente en el momento en el que escribí unas líneas en un cartón que no mide más de 10 centímetros de largo, por mucho menos de ancho.

Hace unos días, alguien, me escribió algo así como: “nunca me cuentas nada de ti”.

Lo tomé a personal. E intenté reflexionar sobre lo último acontecido en mi vida. Lo primero que sentí fue una evidente lejanía con él… “¿qué se supone que le debo responder? ¿Me lo preguntará por mero compromiso? ¿Será prudente que le cuente que lo de adoptar un perro va en serio… que mi vida se volvió una rutina, con ciertos “tropiezos” (como aparecen definidos en los menús de restaurantes, aquellos adornos en pequeñas proporciones que acompañan a los platillos) que me causan muchísima satisfacción…? ¿Sería mejor decirle que me encuentro en unos días donde veo la tarde pasar, pensando en qué será de mi vida el siguiente año… si debo renunciar a mi trabajo, si debo esperar a que se acomode todo… si debo marcharme a Buenos Aires a vivir mi capricho de vida… o si debo pensar seriamente en volver a México, para evitar que mi familia me vea como un extraño?

Me molesta (así, en seco) que me pregunten cómo estoy, y luego no respondan. Que me dejen en “visto”.

Me molesta pensar que (yo) acepto, que ese sea el único medio de comunicación con la gente que quiero… Me molesta, como también me molesta que los conductores en Bogotá, cuando chocan con otro auto, se nieguen a retirar su auto, aún así bloqueen el paso a cientos de otros seres humanos detrás de ellos. Me parece una hijoputez. Me expliquen lo que me quieran explicar; es una hijoputez.

Su pregunta (la esencia del “cómo estás”) combinada con reclamo, llegó mientras yo me dirigía a mi casa… el trayecto de no más de 30 minutos (afrontémoslo, en Bogotá los trayectos son cortos) me llenó de preguntas e interrogantes.

Desde pensar que soy mal amigo por mantenerme “a raya” en lo que comunico o no comunico… en pensar que debo “no extra comunicar” a la gente que no me haya pedido “extra información”… y que esa, e-s-a, es la forma en como la gente quiere una amistad hoy en día… en esperar a que pase un año, para verte con tus amigos, sonreír y decir que todo está “chévere”.

Me molesta ese tipo de “establishment”.

Cambié el nombre que pondré a mi perro. En realidad quiero que sea hembra… se llamará “Almojábana”. Quiero que algo colombiano me acompañe por mucho tiempo.

Me quedé frío, cuando, al preguntar por un perro en adopción, la mujer que atendía el lugar, me dijo que pensara bien las cosas… “esto es una decisión a, mínimo, quince años”. (La pronunciación del “mínimo”, fue remarcado con un clarísimo acento colombiano… que los colombianos no notan jamás, pero yo sí. Sentí que Andrea Echeverri hablaba conmigo).

¿Pienso vivir al menos otros 15 años? –Me pregunté de inmediato-. ¿Acaso quiero eso?

¿Te ves al espejo de 48 años… con un perro dálmata, colombiano… que se llamaría Almojábana, junto a ti?

A veces, cuando escribo postales, quisiera una respuesta igual de eufórica a mi redacción… quisiera que alguien, mi “contradialogante” (aquel que dialoga, en posición contraria –físicamente- a mi), respondiera de forma que me hiciera sentir bien. Contento… y acompañado. Escuchado.

La única alternativa que se me ocurre al momento, solo llega en figura de 4 patas (y con motas… siendo perseguido por una mala del cuento, que busca a toda costa hacerse un abrigo con su piel).

Mis amigos y familiares (y mi ex), han sido destinatarios de postales desde Turquía, Polonia, ESLOVEnia, Hungría e Italia… solo han recibido una postal, de las muchas que les he enviado. Desafortunadamente, no recibieron mis historias del lado asiático, contadas desde una ciudad maravillosa –y gigante-, como Estambul… no supieron la historia de Laocoon, la cual me dejó helado, en los jardines de la Ciudad del Vaticano… Pensé, y quería transmitirle, a mi gran amiga Fabiola, lo importante que era para la psicología, y el desarrollo del Psicoanálisis, la historia –ahí plasmada, frente a mis ojos- de la primera escultura que hablaba de la tragedia… de lo trágico. Jamás la recibió.

Pienso, hoy… tarde de domingo. Tarde de esos domingos en que sobreviviste a ser soltero, en tus treinta… gay, expatriado… en una ciudad pequeña, que a veces se esfuerza demasiado para resultarte atractiva, cuando tú ya piensas en alguien más… que, de lo poco que estás plenamente seguro, es que no quieres terminar siendo uno de esos atractivos y neuróticos chicos judíos que protagonizan películas de Woody Allen.

Y que sabes que el nombre de tu perrita, que te acompañará los próximos 15 años (mínimo), te hará sonreír mucho… y te recordará a Usaquén: al grupo que toca Jazz los domingos… a los helados de Mascarpone con Flat White (y hechizo perfecto) que te tomas en tu cafetería favorita… y los ventarrones de domingos por la tarde.

Mientras todo esto pasa, sabes también, que tus amigos son personas que viven un mundo distinto al tuyo (y tú, al suyo)… ninguno mejor, o peor… que tienen expectativas tuyas, que a veces no cumplirás… que a veces los has hecho sentir abandonados… que no has estado cuando te han necesitado. Y que no te lo dicen, porque no son tan dramáticos como tú.

Así son las cosas… y fin. A veces las postales no llegan.

Y mientras tu crees que esto se debe a que, porque en su momento Purificación Carpitneyro te caía muy bien, el mundo te castiga… Otros, solo se lo dejan a que así son las cosas. Forman parte del club  de ...las postales que nunca llegaron… Con historias increíbles por contar.

(en enero llega Almojábana… ya la conocerán).

*He inventado la palabra (término y como le quieran usar) "Contradialogante". Si algún día la RAE la registra y no me agradece tan destacada creación, será una tragedia (así como el Laocoon... y una hijoputez de su parte, como los conductores que chocan en Bogotá, y se niegan a quitar sus putos  y mierderos coches del camino).