domingo, 9 de agosto de 2015

...y que viste calcetines amarillos...

Esta no es una historia triste.

Es ésta la historia de cuándo y cómo conocí a un vampiro.  

Un vampiro (como todos) que no puede ver la luz, y que no podrá morir… a menos que le entierren una estaca en el corazón. Uno que, parece, lleva en el ser vampiro, la penitencia de haber tenido “aquella noche mágica” con la chica de sus sueños.  La chica que en el transmi lo embobaba llamándolo “Kurt Cobain”.

Hablando en la sala de mi casa, se lo confesé. Le dije que si hay algo que me he tomado en serio, es pensar que las personas que conozco, que llegan a mi vida, seguramente han estado vinculadas a mi en otras vidas… le hablé de la teoría de Cloud Atlas (y le recomendé la película… entiendo que la vio y le gustó).

Me comentó que habló de mi con su mamá… y eso me dejó “tatareto” (tal y cómo quedaba él, antes de convertirse en vampiro… cuando veía a la chica de sus sueños). Cuando “jugó” esa carta, decirme que le había hablado de mi a su madre y a uno de sus mejores amigos, la cosa se puso seria. Y en una cena improvisada, envuelta en una pereza total, a causa del fin de semana donde me acompañó durmiendo “como legos”, me presentó a su amigo. Ya saben, es ese momento en donde dicen entre líneas a sus amigos: “es él… dime qué piensas”. Creo que pasé la prueba; pues  afortunadamente el atún “sellado” que preparé, no estuvo nada mal… si no usas una de tus buenas y dignas defensas y buenas cartas de presentación (cocinar), no aprendiste nada de Martha Stewart, ergo… eres un imbécil. Y eso a mi, estimados y queridos, no me pasa.

Cuando sabes lo que la otra persona está diciendo, sin siquiera escucharlo pronunciar una palabra… solo viéndolo a los ojos, debes saber que quien está frente a ti, tiene algo para aportarte: de una u otra forma se ha conectado contigo. Por eso, viviendo en un mundo cada vez más virtual, más frío… más individual, en donde las historias donde conoces a alguien que se enamora de ti, y tú de él… se ven solo en los comerciales de Coca Cola o en alguna serie de HBO; que algo así te ocurra es una posibilidad mínima. ¿Estás (n) dispuesto (s) a tomar esa posibilidad? 

Una semana después de esa cena, estando yo en pleno corazón del pueblo Inca, en la altísima ciudad de Cuzco (o Cusco… me enteré que se puede escribir de cualquier forma, no hay regla alguna ni manera de debatir), pensaba una y otra vez en él. Pensaba en mí con él… pensaba en nosotros, envuelto en un frío atroz que atacaba por las noches la pequeña ciudad andina (rodeada de montes nevados e historias de Incas y de niños fantasmas que se aparecían afuera de mi habitación). Un sensación extraña recorría mi cuerpo y mi mente.  Alguien me tenía pensando mucho en él… y me distraía de lo que había ido a ver: La Ciudad Inca de Machu Picchu. Fue hasta que llegué ahí, a la ciudad que fue construida para la clase alta de los Incas (una ciudad construida para 450 familias), que el efecto que él había puesto en mi (ese hechizo) me dio unos minutos de tregua… Entrar a ese lugar es algo que te crispa la piel… Ver esa ciudad desde la puerta de acceso, te abre la boca y te deja callado. En ese primer minuto que la admiras, no hay mucho que decir, solo admirar.

Tal cual me pasó con él… cuando lo vi recargado en la puerta de una ex Hacienda Bogotana, ahora convertida en centro comercial… su look, su seguridad, su aroma… su sonrisa al verme y abrazarme (abrazo que yo contuve… ya saben, no me abro con facilidad… y “contener” es la materia de Doctorado que yo dicto en Harvard).

Una vez adentro de Machu Picchu, un guía llamado Edy (supongo que del quechua “Eduardo”… ¡ja!) me dio una explicación privilegiada (solo 4 brasileños y yo) de cómo fue construida; detalles arquitectónicos, astrológicos, civiles y hasta teorías extraterrestres, que él se encargó de destruir: “decir que los extraterrestres fueron quienes construyeron Machu Picchu es un insulto al pueblo Inca, y yo lo voy a demostrar” (tomó una pequeña piedra, y con otra piedra más dura –cuyo nombre no recuerdo- partió la primera piedra con un corte perfecto… me permitió quedarme con un fragmento de la piedra que él cortó… le dije que sería un regalo para mi mamá, y no mentí… se lo llevaré al D.F. la próxima vez que vaya). Edy sabía que yo tenía poco tiempo para hacer el recorrido (no podría tardar más de 4 horas porque el tren de vuelta a Cuzco salía, y había una enorme cantidad de turistas ese día en particular, por celebrarse la independencia del Perú). Así que tras la extensa explicación, me llevó a mí solo al lugar donde se toma la “clásica foto de Machu Picchu”. Y me tomé HARTAS fotos… Lo había logrado. Estaba ahí, en la Ciudad Inca de Machu Picchu.

La sonrisa que enmarca mi rostro es la misma sonrisa que me acompaña al hacer “click” a la cámara en cualquier lugar icónico del planeta donde he estado…

La sonrisa es la misma que salió de mi, inesperadamente y sin control, cuando el vampiro me dijo que yo le gustaba… Me costaba creerle, porque pensaba cómo el siendo tan guapo, vería algo en mi que le resultara atractivo. Para no entrar “en líos”, me daba un beso,  el argumento ahí se terminaba.

El viaje fue muy rápido… lo pude haber planeado mejor, pero decidí guardar días de vacaciones para un futuro viaje… había logrado mi objetivo y eso me tenía muy contento. A veces no hay que hacer viajes de días y días para vivir esa sensación de que has logrado algo. Esos días en Perú me llevaron a comer a uno de los mejores restaurantes del planeta, el famoso “La Barra” de Astrid y Gastón; me dejaron conocer una Catedral de impacto y espectacular como lo es la Catedral del Cuzco; me hicieron entender cómo Cuzco era la capital de los Incas (cosa que yo no sabía)… y entender las construcciones a su alrededor (con nombres larguísimos y complicados para la pronunciación)… y después de 4 horas en un tren con ventanas gigantes, estando ya en el pequeñísimo pueblo de Machu Picchu, tomar un autobús digno de salir en esa serie de carros locos con “Pier No Doy Una y su perro Patán” para, luego de sobrevivir a ese recorrido de terror, en el cuál crees muchas veces que vas a morir, llegar al acceso. No se me va a olvidar nunca lo que sentí cuando entré… cuando vi esa ciudad.

De igual forma, a veces no necesitas tener meses de relación, e incluso… no necesitas “declarar” una relación como tal, para saber que alguien hizo ya un impacto “meteórico” en tu vida… y lo sabes, porque como ya lo dije, cuando lo ves te quedas “tatareto”. A veces, cuando sabes lo que la otra persona piensa, sin que se haya dicho una sola palabra… a veces, estás frente a alguien que es muy parecido a ti.

¿Y qué fue de él? Bueno… pues eso es algo que corresponde a nuestras vidas privadas… y que a nadie le importa. ¡No se diga más!

Y como buen vampiro, nos despedimos de noche, nos dimos un beso… y nos fuimos a nuestras casas. Acompañados de una fría noche de agosto, en la capital de Colombia.


(con mucho cariño, para el vampiro que va por ahí, demoliendo hoteles …y que viste calcetines amarillos…).

sábado, 4 de julio de 2015

...que yo no le perdono...

(escrito el 4 de Julio de 2015).

La tarde del jueves fue la señal.

Dicen que el diablo se esconde en los detalles. Y en esta ocasión, eligió uno grande.

Estaba sentado en el sofá, leyendo, cuando una escena sacada de un cuadro, un atardecer de ensueño iluminó a Bogotá. Una combinación de colores (naranja, rosa, rojo, dorado… azul y blanco) despedían un día más en la capital de Colombia, y como muchos más de sus habitantes, me dejé embobar. Estaba iniciando el primer cuento del primer libro de cuentos colombianos que estoy leyendo, cuando ese color rosa invadió la habitación y me hizo voltear asustado, pensando en que algo se estaba incendiando. Era el cielo lo que “parecía” incendiarse.

Esa debió ser la señal, la señal clave a todo.

Al día siguiente mi rutina habitual me despertaba a las 6.30am… pero en esta ocasión decidí preparar un te en vez de café, e irme a trabajar. Conversé con mucha gente a quien le tengo un gran respeto profesional. Unos de ellos me buscaron, más que yo a ellos… con la mayoría de ellos hablé –evidentemente- de temas de trabajo, y con los que tengo mayor confianza, hablé del atardecer espectacular del día anterior.

Hablé –entre líneas, pero creo que nadie lo notó- de lo bien que me sentía en las últimas semanas. Noticias, tanto laborales como personales, me habían elevado el estado anímico. Me sentía de tan buen humor, que me di permiso hasta de hablar, de temas banales: los converse rojos de mi compañero de trabajo (y su muy buena combinación), la maleta naranja que me quiero comprar, la ruta y hotel que usaré para mi próximo viaje personal (y la descripción del mismo).

Si la meteorología se prestaba para buenos espectáculos, ¿por qué yo no?

Y llegué a mi casa tarde, mucho más tarde de lo que había planeado. “Mi” casa, es en verdad la casa en la que llevo viviendo menos de una semana (a la fecha en la que escribo esto); es un apartamento ubicado en las montañas de Bogotá (en los montes orientales), muy cerca de mi trabajo. Tiene una vista sublime de la zona norte de esta ciudad, y mi habitación, la habitación más grande (en tamaño) que he tenido en toda mi vida, tiene 3 ventanas, dos de las cuales tienen una vista suntuosa (no hay otra palabra que pueda describir la vista) al bosque que corona las montañas andinas de la capital colombiana. Llegue a vivir aquí el lunes. Cuasi iniciando mi segundo año de asignación en la región andina, basado en Colombia.

Subí la montaña para llegar a casa, pensando en que era una lástima que no hubiera nuevamente el mismo atardecer que el día anterior (“es cosa de un solo día” dije). Al llegar al edificio, pensé en muchas alternativas que podrían poner un fin destructivo a mi vida (un terremoto, un infarto… un avionazo). Y nada: “deja de pensar en eso” –estúpida premisa, el intentar dejar de pensar-… entré a casa.

Al abrir la puerta de la casa, me quedé congelado… no hablé casi durante una hora, y me senté (casi) en posición fetal (estaba -yo- transparente) en el mismo sillón que me había visto admirar el atardecer 24 horas antes. Mi mente sacaba –y utilizaba- todos los recursos posibles y a su alcance para sacarme de esa posición. Para hacerme hablar. 

Más allá de decir: “no podía creer lo que vi”, es pensar que me “horrorizó lo que vi”.

Unas horas después, busqué a Fabiola. Me calmó escucharla. Me tranquilizó escuchar a su bebé… a su esposo… sentir que “todo era normal”. A veces pienso que ella, Fabiola, me terminará odiando por solo mantener un contacto o cuando estoy supremamente feliz… o cuando tengo una emergencia. A veces siento que peco de no buscarla cuando las cosas están normales… cuando no hay sobresaltos.

Hoy. Hoy no estaba para chistes. Hoy agrupé los libros que estaban guardados en dos cajas (que llegaron desde México) en un estante. Mi “biblioteca” (pequeña, pero digna) estaba lista para salir a relucir.  No por nada, puse sobre un “sobre libros” (estoy seguro que esa palabra no existe, y la acabo de inventar… y que en doscientos años, alguien se atribuirá su invención… eso, o en alguna tienda “independiente” de la Condesa o Chapinero…) un libro que más que una autobiografía, me hizo recordar por qué mi carácter y personalidad, no es para dejarse detrás. Frente a todos los libros, Cristina Fernández se postra con la portada de “La Presidenta: Historia de una vida” (de Sandra Russo) –ya en otro escrito, hablé de ese libro-.

No es un tema político. Me sentía indefenso… y necesitaba que alguien me ayudara a recordar que puedo yo solo.

Y claro que puedo yo solo…

Le prometí “no joderlo”. No estarlo buscando un día sí y al otro también… Y hoy lo busqué. Su respuesta, de lo más normal… de lo más “él”… hoy no me gustó. Hoy quería que él me preguntara “¿Leo… cómo estás tu?”… y que su pregunta se escuchara “más allá del compromiso”. Tal vez mi momento me hizo sentirla así... comprometida. Molesta. Tal vez fue así. Tal vez, "un puro es un puro". Lástima... nunca he fumado uno. 

Unos minutos después revisé mi correo personal… “la verdad es que me decepcionó que algo que te comenté de forma confidencial, lo hicieras trascender”. (palabras modificadas)… ¡Dios! Me sentí de la verga. Soy un pendejo. Soy un imbécil.

La cagué.

Y cerré las ventanas… puse los blackouts  (una cosa rara que usan en Colombia porque amanece muy temprano en esta zona del planeta, que tapa la entrada de luz a las habitaciones). Hoy no estaba para “atardeceres”. Hoy “no llegó el detalle” de que me preguntaran “¿cómo estás?”… Hoy llegó el reclamo, de haber hablado lo que no debiste: “me decepcionaste”.

El diablo, dicen… se esconde en los detalles.

Como “mi pequeño” detalle de haber dejado la estufa prendida… todo el día de ayer –viernes-. Y que la hornilla permaneciera encendida por, aproximadamente, 9 o 10 horas… junto a un paquete de servitoallas (esas servilletotas que vienen en un rollo gigante, que uso obsesivamente)…

Claro que puedes tu solo Leo… pero también puedes –tu solo- joderte la vida. Sin nadie que te ayude. Con tus decisiones. Con tus actos.  

El detalle… es que mi vida, “mi hermosa vida”… aquella donde a veces traiciono a quienes les tengo un gran aprecio… aquella donde a veces “busco a quien le dije que lo dejaría en paz”… aquella donde viajo y sonrío… aquella donde a veces me emociono –y mi piel se encoje- por escuchar a Cristina… aquella donde leo cuentos colombianos, y tomo café –o vino tinto argentino-… se pudo ir a la verga … por un puto detalle…

Por eso, es que me afecta tanto (al menos en días como hoy) … que no se tomen en serio, el “detalle” de preguntar “¿cómo estás?”.

Al final nada pasó… solo es un serio llamado de atención de mi mente. Hay ciertos temas, que mi mente no me perdona.

Y otras …que yo no le perdono…


(if I had a ponny… I ride him on my boat).

martes, 9 de junio de 2015

...que si lo sabré yo...

(escrito el 8 de junio de 2015).

La última vez que tuve una vista tan espectacular, fue en Cracovia.  La habitación tenía una ventana enorme que daba justo al castillo de esa ciudad (alguna vez hogar del Rey de Polonia y territorios aledaños). Desperté en la habitación del chico que conocí la noche anterior en un bar llamado “Angeles Azules” (nada que ver, hasta donde entiendo, con el grupo de música mexicano)… me invitó a seguir tomando en la terraza del hotel donde estaba hospedado, el “Leonardo DaVinci” cuya habitación (una suite) tenía vista al castillo de Cracovia… yo estaba embobado… él abrió una botella de vino tinto que le habían dado como cortesía… y todo fluyó (¡¿cómo no iban a fluir las cosas con ese escenario?!). Lo hicimos, perdón lo abierto de la situación, viendo al castillo. Fue increíble. Suena a película…

Pensé que algo así jamás me volvería a pasar… pero el Empire State se encargaría de demostrarme que estaba equivocado.

Pero, ¿a qué viene esto? ¿Por qué hablar de la vista que tengo –o he tenido- cuando tengo relaciones sexuales?

Hace un par de semanas, creo que tres…. Tuve uno de esos días fatales. Estuve enojado por todo y con todos, simplemente porque en la mañana, al despertarme, había tenido la idea brillante de mirar una de esas aplicaciones que te dicen qué fue lo que hiciste ese preciso día años atrás… y con quién. Si nos apegamos a la máxima “el que busca encuentra”… (o en este caso, el que recuerda se afecta) más temprano que tarde, habría de encontrarme con “algo” que me afectara.

Ahí estaba una foto suya. Estaba, en lo que hoy el mundo define como “etiquetado”… no pensé que esa aplicación “me la aplicaría” de esa forma. Ver su foto actual… él, con lentes negros de pasta y una playera beige (que bien se le ve el beige). Eran menos de las seis de la mañana en Bogotá, y yo ya me había clavado un cuchillo para todo el día.  “Me quité de las manos” el aparato con el que veía esto, y me preparé para mi día. No había visto ninguna foto suya en años.

Sobra decir que esa imagen suya me acompañó por varios días… pensando cómo estaría él, pensando en mi… en los momentos tan distintos en los que me muevo hoy, a los que me movía hace más 3 años (casi 4) que terminó nuestra relación. Fueron días de pensar muchas cosas, cosas bobas, por demasiado tiempo. Cosas que “a simple vista” te quitan el tiempo. Pero a mi, al menos, me sirve invertirles justamente eso: tiempo. En mi no aplica el "no pienses en eso", como si existiera un botón que al presionarlo, hace que tu cerebro deje de hacerlo... como si existiera ese grado de voluntad en el control de tus pensamientos.

Y justamente eso es lo que me ha llevado escribir esto. “Tiempo y Control”.  Creo, o más bien, sé, que soy alguien que toma demasiado de lo ya mencionado para superar sus propias barreras, o aquello que le resulta difícil. Por ejemplo, en esta ocasión, se me ha complicado enormemente ordenar mis ideas para ponerlas en lo que quería escribir hoy. Controlarlas fue (ha sido) todo un tema... llevo días viéndolas volar frente a mi, sin yo poderlas recolectar y darles sentido.

Escribo esto cuando, regreso a casa tras unos días de trabajo fuera de “mi patria adoptiva”, y en los cuales pude disfrutar una experiencia que me emocionó como hacía mucho no pasaba. Visitar la ciudad que, de una u otra forma, está inscrita en mis genes. Mis papás me concibieron ahí. No hay de otra, si uno hace la suma de los tiempos, ellos tuvieron “a bien” embarazarse –para escucharme “progre”- en Nueva York. Durante toda mi vida crecí escuchando a mi papá sobre esa ciudad, en la cual estoy seguro, vivió unos años increíbles con mi mamá y mi hermana… y conmigo. Para mi, era un asunto de “tiempo” viajar a esa ciudad, y encontrarme con todas aquellas historias que me contaba, él y mi mamá. Caminar por todos esos barrios, y sentir como si algo muy (pero muy) adentro de mi, se activara y disfrutara que yo estuviera ahí.

También fue un ejercicio para verme al espejo, y ver cómo ha pasado el tiempo en mi vida. Si “hace 4 años” estaba comiendo en aquel restaurante argentino que tanto nos gustaba… hoy mi vida (y la suya también) es otra. Pinta y juega distinto… (me encanta cuando la gente usa el término “juega” para hablar de hacer). La nostalgia es algo que, de pronto, se vuelve un acompañante con el que tengo que acostumbrarme a vivir. No lo veo como algo malo. Malo acostumbrase a una relación y quedarse ahí, víctima de la costumbre… bueno saber cuando, esa sensación de enojo y tristeza que te da por unos días… es la nostalgia, que “acostumbra” aparecerse en tu vida, te arma un tango… y después, se va. Y tu sigues con lo tuyo.

Fue muy reconfortante “escuchar” los mensajes que la gente que me importa y toca mi vida, me escribía y grababa el día de ayer, cuando estaba caminando como todo un “arrogant New Yorker”… escuchar a Fabiola hablarme… y ver a Miguel cómo escuchaba algo que quería (y tenía) que decirle… y verlo tan guapo (mi amigo es muy guapo), comiendo cacahuates. Leer como “aquel chico”, el barranquillero del nombre único… te saluda desde la hermosa Buenos Aires. Y saber que se quieren –y mucho-. Saber que nuestras vidas se unieron.

Saberme y sentirme querido. Apreciado…y como dicen los colombianos "pensado".

Y déjenme les digo algo: saber eso, cuando vas caminando por Manhattan, te hace sonreír, sí o sí.

Por eso, cuando le dije: “¿por qué no vamos a mi hotel?, la vista es el Empire State", sabía que la posibilidad de un “no” era mínima. Ya saben… como todo un “arrogant New Yorker”, supe jugar mis cartas… solo que no hubo vino, al menos no en la habitación.

A veces, la vista, es parte del espectáculo …que si lo sabré yo…

(Ustedes seguramente leyeron la historia de cómo conocí a Kate y Jill… bueno pues, en ese viaje eterno que emprendimos por las carreteras turcas, hablamos de una mujer que parecía se iba a unir a nuestra aventura –y la cual, afortunadamente no lo hizo-. Kate la describió como una neoyorkina arrogante… “You know… she’s a tipical arrogat new yorker”…  ambos reímos un poco -porque a veces se vale ser políticamente incorrecto-.  De ahí adopté el calificativo).

viernes, 1 de mayo de 2015

...aunque yo no haya entendido nada de lo que escribió en sus cartas...

(escrito el 1o. de mayo de 2015).

Leo... ¿de qué lado de la cama duermes?

Su pregunta no me tomó por sorpresa… sino, desprevenido.

Le respondí a mi amigo Sebastián, que usualmente duermo del lado izquierdo, pero que últimamente había notado que dormía en el centro de la cama. “Hace tiempo leí en una revista que, cuando duermes en el centro de la cama, es que estás listo para recibir a alguien nuevamente… porque si duermes exclusivamente de un lado, es como si estuvieras esperando a que otra persona llegara… es como si le estuvieras guardando el lugar”.

No recuerdo en dónde leí eso… pero estoy seguro que lo leí. Tal vez en una de esas revistas de avión, donde escribe medio mundo… y en donde nadie se toma la mínima molestia de corroborar lo que uno lee. Es una foto… es un momento. Lo que la gente escribe ahí, es solo un momento. Tal vez nada “científico”… nada que haya pasado por el riguroso método que, inició Kant, en aquel libro (originalmente cartas) que le escribió a la reina de Holanda… hace ya, unos cuantos cientos de años.

De pronto me confundí… pensé en dos personas a quienes les guardo mucho afecto, a pesar de que no son “tan” cercanos. Tal vez no en “persona”, pero sí en “alma”. Me enteré que ellos dos, recién, habían conocido a dos personas que les harían vibrar. Así que cuando le respondí a mi amigo con mi argumento, cuasi intelectualoide -digno de hipster- (el cual, repito, seguro leí en alguna revista barata), pensé en ellos.

Pensé de inmediato que si ellos habían conocido a alguien que los “emocionara”, y yo estaba durmiendo en el centro de la cama, querría decir (cuasi ipso facto), que yo estaba listo para conocer a alguien, e invitarlo a mi vida.

¿En verdad? ¿Por algo tan somero uno puede pensar que “está listo” (cual Bob Esponja) para compartir su vida con alguien…? ¿Existe una señal para eso…?

No me atrevería a responder con “conocimiento de causa”, pues hacerlo me convertiría en uno de esos escritores que publican (efusivamente) en las revistas de aviones… así que prefiero tomar mi distancia, y pensar que… si me atreví a decirlo, es porque me atreví a sentirlo.

Últimamente he sentido que a mis 31 años de edad, de no lograr superar los “fantasmas” que me persiguen, me quedaré con mi sombra como único acompañante. Me acuerdo que, en Lima, tuve una larga discusión conmigo mismo, mientras estaba “detenido” por un enorme embotellamiento en una de las principales avenidas de la capital peruana (esa avenida donde, de seguirla de frente, llegas a Miraflores… aún pienso que el chófer del taxi me consideró un loco, pues como acostumbro hablar conmigo mismo –cosa que algunos califican de hablar solo-, se espantó, y me dejó 2 calles antes de llegar a mi hotel).

En verdad no sé si eso sea cierto, pero a veces –creo- las personas nos vemos “necesitados” de pensar que “tal o cual señal” implica, que algo va a pasar. Ya saben… dos más dos son cuatro… para todo el mundo. Solo que nadie estudió con mi maestra, una de mis grandes maestras, que me enseñó que… dos más dos son cuatro, si Edipo lo permite.

Mi amigo es un escéptico. Es un incrédulo… él es un ser humano, a quien le tengo un respeto increíble… Cuando me conoció, yo estaba a punto de ir a vomitar al baño (el chico con el que yo salía a mis 16 años, me había emborrachado… esa era la condición para besarme… y yo se la creí –y la cumplió, me besó en el bañó, mientras un policía golpeaba la puerta para que saliéramos-).  Sebastián llegó al lugar donde yo me encontraba… se reía de “mi peda loca”… pero me la perdonó. Durante años, nos vimos al menos 1 vez al año, pero… al menos de mi parte (y sé que de él también) existió un gran respeto y cariño… cosa que fue incrementándose en los últimos 3 años (su cinismo lo llevó a decirme que “me veía muy bien” el día que yo me enteré, mi ex me iba a terminar… y mi vida sería devastada por aquel tsunami). Pasó por mi al WTC de la Ciudad de México, me llevó a un café –y luego a mi casa-… y no me dejó solo ni un solo momento, mientras mi mente me hacía pedazos.

15 años después de “mi peda loca”… Sebastián vino a visitarme 3 semanas a la capital de Colombia (término que acuñé del chófer de un taxi en El Dorado). Es un tipo loco, que por alguna locura –la cual no analizaremos acá- aún viste de traje cuando viaja en avión. Es un tipo loco, que me permitió quedarme solo en Theatron... porque sabe que me gusta bailar solo, y cuando nadie me ve... me gusta más.

Por muchas razones que solo dos amigos entienden… nos entendemos muy bien.

Tal vez, por eso le quise decir –o hacer saber- a mi amigo, que estoy bien… que “duermo en medio de la cama, porque estoy listo…”. Científicamente, nadie lo sabrá… salvo le pregunten a un escritor de revistas de avión. Seguro él “es el putas”.

Aunque al igual que la reina de Holanda con Kant …aunque yo no haya entendido nada de lo que escribió en sus cartas…

… con todo el respeto y admiración a Daniel Krause… el único escritor de revistas de avión que me hizo suspirar (y logró que mis ojos se pusieran rojos).


(Aplausos histéricos para mi… pues esta es la 1ª. Ocasión en la que escribo una entrada de mi blog en Mac… y sufrí horrores. En realidad esto es una locura).

sábado, 18 de abril de 2015

...detrás de un pantalón (cuasi leggin) manchado de café...

(Escrito el 18 de abril de 2015).

Digamos que las palabras volvieron, en el momento en el que el café (su capuchino) cayó en mi pantalón (que más bien, parece un leggin).

Llevaba días con sufriendo de “palabras cortadas”. De esas veces que estás hablando de algo, y simplemente “olvidas” la palabra que define aquello que quieres decir.  Es raro, porque sabes, en verdad, qué es lo que quieres decir… sabes a lo que te refieres… pero no te acuerdas de la palabra que lo define.

A Sebastián lo conozco desde hace un chingo. No hace falta diplomacia entre él y yo, aunque nos tratamos con mucha elegancia, y risas de por medio. Entre él y yo, existe una regla: la neta. Así de simple.

Directo, sin nada de pompa y protocolo. Nos escuchamos… nos entendemos. En sus respectivas dimensiones. Eso nos volvió muy buenos amigos.

Llegó al Aeropuerto de El Dorado, en la Capital de Colombia un viernes. Me dio mucho gusto verlo, era (es) es el segundo de mis amigos que viene a visitarme desde que vivo acá. El primero fue José… y como decimos en México, se la rifó. Y eso, le merece todo el respeto de alguien que hace eso, rifársela.

Una semana después de que Sebastián llegará a Bogotá, pasaría… al despertar, sabía que “debía” –o más bien, quería- decir algo… pero no “quería decirlo”. Preferí ir a comprar jugo de naranja, que hablar…

Me daba “pena”.

Así que preferí  guardármelo, y “pensé” que se tramitaría solo. Sin pena ni gloria.

Desafortunadamente tanto “pena como gloria” saben que llevo mucho tiempo en psicoanálisis, como para no hablar. Y la regla es clara… “o hablas, o hablas”. Y como jugué a llevar la contraria, a “no hablar”… me la regresaron como se debe, como más me molesta. Olvidando lo que quería decir.

Eran palabras tontas… como el nombre de un actor (Hugh)…  emociones que se presentaban en mi cuerpo (y alma)… recuerdos… etc.

Para un buen obsesivo (o bien, un obsesivo… sin el “buen”) como yo, me causaba hasta urticaria… (ojo acá Leo… ¡ojo!).

Un día, una compañera y yo (una persona que cumple con todos aquellos requisitos que uno requiere para poder hablar con toda confianza, sin restricciones…) nos fuimos de almuerzo. Yo me sentía un poco cansado (aparte de la carga de trabajo que me he cargado estos días). Ella y yo hablamos y hablamos y hablamos, casi por dos horas. Ella de pronto me dijo: “¿Leo, vas a querer café?” (algo cuasi típico después de un almuerzo acá en Colombia)… y nos dirigimos a una cafetería icónica en este país. Hablando, ella y yo (hablando)… pasó algo curioso (no, no existen las curiosidades en la vida)… yo le dije algo así como: “es que siento que tengo algo atorado, que debo decir algo y no lo digo, porque siempre que me pasa esto, que se me olvidan las palabras que quiero decir, es que no me atrevo a decir algo… o me da hipo”. Ella me respondió –palabras más, palabras menos- “creo que también estás muy cansado, se te nota… se te escucha. Mira que cuando a mí me pasa eso me tropiezo”  (en ese segundo, mi cerebro se activó… “tropiezo”… “ella se tropieza”… “yo tropiezo con las palabras”… “si te tropiezas te caes”… “algo acá me hace caer”… “me puedo dar en la madre”… “esto me puede doler”… “¡no mames Leonardo para!”)… y ella seguía hablando… hasta que tropezó y empujó su capuchino hacia mí. Específicamente, a mi pantalón, el cuál es tan ajustado (que me da pena usar porque mi mente mafiosa me hace sospechar que parece leggin) que da un poco de qué hablar.

Ella, como cualquier humano con un rasgo de civilidad, se llenó de vergüenza. Yo, como cualquier humano con descaro y cinismo, me ataqué de la risa… la mitad de los asistentes a ese Juan Valdés nos veían con cara de situación, mientras yo no podía parar de reír… y mi cerebro me decía: “wey, ahí lo tienes”…

Mi pantalón color carne, el cual se ajusta a mi delgada pierna (porque sí, ya se los dije… parece leggin), tenía manchas de café… parecía que me salía urticaria. Parecía que mi cuerpo se esforzaba por decir algo.

Cuando tu cuerpo rechaza algo que comes… lo dice de inmediato (una alergia… diarrea… algo).

Cuando tu mente rechaza algo que haces, o le cuesta mucho tramitarlo, te hace decirlo (o por lo menos a gente como yo). Mi mente, quería que yo hablara. Así de simple: abrir mi boca y decir algo… parar la hinchazón que me causaba “aquello”, que yo vivía como una tortura.

Ese día llegué a casa y Sebastián me estaba esperando… me sugirió salir a cenar.

Antes de que eso pasara, yo me senté en la barra de la cocina y le dije: “necesito decirte algo… me pasa algo”.

Y hablé. Sentía como si una tonelada de mi espalda se fuera diluyendo…

Le expliqué el contexto de que estaba olvidando palabras (cosa que él ya había notado, y mucho, esos días acá).

Reímos un poco sobre lo que yo tenía que comentar… me regañó, tal y como un amigo regaña a otro amigo: “Leo, no hagas pendejadas… lo sabes”. Y nos fuimos a cenar… a un restaurante japonés delicioso.

El dilema acabó ahí…

¿Y por qué lo comparto?

Pues porque a veces, una persona cualquiera, puede mejorar su vida, y recordar palabras cotidianas que se ocultan …detrás un pantalón (cuasi leggin) manchado de café… con el simple acto de hablar.

Y fin.

(si estás leyendo esto, gracias… y sí, la mancha de café se quitó…).

(hace ya unos meses… en México… yo comenté de un roomie que tuve –al cual volví loco con mis obsesiones de limpieza-… alguien sumamente atractivo y con muy buen cuerpo –oriundo de la región celta de España, en la frontera con Portugal- que una vez se compró algo que, sencillamente se debe definir como unos leggins… cuando lo comenté con algunos conocidos, se quedaron incrédulos, "con cara de situación"… yo, para defenderlo, dije algo así: “pues sí, para usar eso, se requieren unos huevotes, y miren que con esos pantalones, se nota  -y mucho- que los tiene”… supongo que eso mismo dirán de mi... ¡ja!).