domingo, 31 de enero de 2016

...¡cuídate!...

(escrito el 31 de enero de 2016).

¡Y además de todo, me rompieron mi maleta! ¡Cabrones!

Cuando terminé de decir eso, había ya dos federales a mis espaldas, viéndome feo (como es común en ellos)… tuve que disculparme (muy a mi pesar)… y dejar que hicieran su trabajo.

Para entender el contexto, debemos retroceder un poco… a mediados de octubre, con un calor de infarto, en Cartagena, recibí una llamada que me dejó un bastante consternado.

Más allá del contenido de la llamada, fue la consecuencia. Un periodo de estrés, bastante llamativo en mi. Y un esfuerzo desmedido de mi parte para contenerlo. Empecé a comer desmedidamente… sumado a la temporada, y pensando que el orden de los factores no altera el producto… ¡vaya producto con el que me encontré!

Llegué de vacaciones a la Ciudad de México. A encontrarme con amigos, conocidos… y sumados (por no decir, gente linda con la que tuve el privilegio de convivir… y la que tuve el privilegio de besar y algunos… ver despertar).  Aproveché (excusándome en la necesidad de brindar y alegrar mi vida), para visitar cualquier cantidad de restaurantes, bares y lugares donde hubiera comida y bebida. Bebida cool… término acuñado por un amigo... tal vez fue ese bautizo, lo que nos costó ver cómo casi se volvían uno solo, una mexicana (que fruta vendía) con un escoces ebrio (no conozco alguno que no cumpla tal adjetivo), sobre mi mojito virgen. Conocí a gente inteligente, gente que me hizo esperar… y que me hizo pensar… personas que me hicieron reír… bailar… cantar… y sobretodo, ocultar (o congelar por un par de semanas) el estrés que tenía y que recorría mi torrente sanguíneo.

Yo… elimino el estrés con comida. Ergo, comí media Ciudad de México… y volví a Bogotá con un exceso de equipaje corporal irreal, para unas horas después, aterrizar en una de las ciudades cuya gastronomía puede definir la supremacía de la especie humana.

En Lima uno no solo come cebiches (queridos… la palabra “Cebiche” proviene de “Cebolla”. Eso dicen en Perú, y yo les creo… así que ahórrense sus regaños por mis múltiples faltas de ortografía y redacción impura)… en Lima uno come papa color negra… “sanguches” criollos que son capaces de generar la paz mundial… se deleita con batata (camote) y mazorca (todos saben qué es mazorca) en cualquier cebiche… suspira al ritmo de un suspiro Limeño… se atormenta con algo llamado "causa"  y parece que yo, no puedo vivir sin algo llamado “lúcuma” (un familiar inca del aguacate azteca) en cualquiera de sus presentaciones.

Comí sin pedir permiso, y mucho menos, sin pedir perdón.

Sobra decir, que existieron previo a esto, un par de días, donde visité un país vecino a Colombia, conocido mundialmente por adoptar el nombre de una línea imaginaria que divide el mundo en dos… donde tampoco perdoné comer como si el avión en el que me devolvía a Bogotá (me regresaba a…) se fuera a caer, y asunto resuelto.

Y… ¿qué tiene que ver todo lo que comí en meses pasados? Pues… que llamó mi atención el día que descubrí lo mucho que había subido de peso. Incluso mi madre, en su primer visita al país andino que se ha convertido en mi casa, me hizo un sutil comentario que sirvió para causar en mi, una revolución francesa.

Más bien… todo esto sirvió de introducción para hablar de la visita de mi madre a mi casa, en Bogotá.

Llegó la tarde de un viernes. Me encantó verla y abrazarla, en la recepción de pasajeros del aeropuerto al que tantas veces he llegado yo solo, y caminado de igual manera (solo) a la fila de taxis…

Visitó gran parte de los atractivos turísticos de la capital de Colombia… y la invité a probar cualquier cantidad de productos imposibles de consumir en la capital de México.

Llamó particularmente mi atención que muy pocas veces intentó preguntar cómo “estoy yo”. Es decir, pocas veces llegó a preguntar cómo estoy yo como persona. No quiero decir con esto que sea alguien indiferente o fría, sino que tiene desarrollado un instinto materno (supongo como la gran mayoría de las madres) que logra detectar cuando algo marcha bien, o no.

En esta ocasión, solo detectó que su hijo había pasado por un periodo de estrés en donde se sobre alimentó, y donde disfrutó ver a sus amigos y familia (lo que para mi es lo mismo) en México.

Tal vez no quiso preguntar nada más… porque alguna vez su hijo le dijo que no le permitiría saber nada más que lo básico. Porque, según él… podía arreglárselas solo.

Y al parecer así lo hizo… para el resto del mundo, es alguien que lo ha logrado, alguien que el status quo aplaudiría con fervor… O bueno… con cierto fervor.

El instinto, se diferencia de la pulsión (según recuerdo) por el deseo. Por el significante… No somos animales. Por mas doloroso e infiel que esa última frase le resulte escuchar al perro salchicha que tanto quiero (y siento me quiere). El deseo materno de ver bien a sus hijos… El deseo de saber que están bien, en donde quiera que se encuentren.

Muchas personas me han dicho, a lo largo de mi vida, cuánto me parezco físicamente a mi madre.

Una de mis psicoanalistas… aquella que tiene su consultorio junto a la famosísima cafetería de los macarrones franceses, a unos pasos del Parque Artigas… en Polanco (pronúnciese con elegancia), sería la única que trabajaría a detalle… cuánto me parezco a la persona que yo abracé en el aeropuerto “El Dorado”… en la capital de Colombia.

Pocas personas… mi madre, mis amigos… ,la psicoanalista a quien alguna vez le atribuyera un apellido húngaro, saben lo mucho que me costó levantarme de aquella separación (relación). Pocas personas vieron en mi, alguien que se derrumbaba sin control… alguien que parecía muerto en vida… Nadie veía eso venir (excepto yo... y todos sabemos -sin dramas- que no era posible de detener).

Pocas personas entendieron el “por qué”  de mi decisión de irme de una ciudad que se volvió un contrincante… a la ciudad que disfruto enardecidamente las veces que la he visitado en los (casi) dos años que llevo fuera de ella.

Es por eso, que pasé por alto que mi mamá no me preguntara cómo estoy… cómo van las cosas… en su primer visita a Bogotá (la capital de Colombia… comentario con suma obviedad). ¿Por qué? Porque sé que se dio cuenta que por el momento estoy bien. A secas.

Confirmó que gran parte de mi vida actualmente es mi trabajo… sabe (sospecha) que hay algunas personas que me han causado todo tipo de suspiros. No pregunta quienes… porque sabe que “aquel” llegará… si es que yo lo permito; y si es que irrumpe en mi vida, de forma tal como para causarme un terremoto. Por eso, disfruté viéndola disfrutar el mejor café del planeta... reírse en uno de los restaurantes más irónicos de todo el mundo... probar sabores nuevos... ver atardeceres que solo Manuel Manrique podría describir... y ver que su hijo, como diría ella: "está bien... ahí la lleva".

Sabe que por eso me fui… que me fui porque necesitaba que mi mente se oxigenara… que mi corazón se moviera.

Cuando uno vuela alto (como cuando los aviones logran aquella altitud que anuncian como si fuera cualquier cosa)… algunas cosas se tornan frágiles. Aquello que no está protegido.

Cuando uno vuela alto, se olvida de proteger cosas importantes. Como el corazón. Por más obvio que esto resulte (como que Bogotá es la capital de Colombia... o cuanto quieres a tu familia... y a tus amigos).

Cuando uno vuela alto… se olvida que un golpe acaba con la magia. Un golpe en el lugar indicado, lo rompe todo. Destruye multitudes. 

Como cuando los federales rompieron mi maleta, al llegar al aeropuerto de la Ciudad de México. Mi maleta iba tan fría que un golpe, el más mínimo… rompió el cierre de seguridad; desatando en mi una furia tonta que me causó insultarlos:

¡Y además de todo, rompen mi maleta! ¡Cabrones!

Días después a mi enfrentamiento con los supuestos representantes de la ley, visité una sucursal de la tienda donde compré mi maleta… para preguntar cómo hacía válida la garantía… Me dijeron que fuera a un lugar especializado, y que no me cobrarían nada. Y mi maleta quedaría como nueva. Así... sin más, con la mano en la cintura (como los putos federales).

Hoy, al volver a México, mi mamá me dio un abrazo, mientras me decía cuánto me quiere (mucho)… y al formarse en la línea de espera para ingresar a esa zona del aeropuerto donde no puedes ver más a la persona a quien fuiste a despedir, mirándome con elegancia (de la misma forma en que se pronuncia el nombre de la colonia que tanto me gusta en la Ciudad de México)… sus ojos me decían: “es sólo el cierre de seguridad, no es toda la maleta …¡cuídate!…”.

Solo ella… mis amigos… una mujer con un consultorio junto a unos macarrones de espectáculo en Polanco y yo… sabemos a qué nos referimos.

Y aún así… se atreven a romperme la maleta.

¡CABRONES! ¡HIJOS DE PUTA!

Cuando me decidí irme de la Ciudad de México, a vivir a otro país… pensé que no encontraría palabras que definieran lo que yo sentía… pensaba que solo mis amigos… mi familia… la psicoanalista de Polanco, e incluso mis perros, entendían que pasaba por mi mente. Hasta que un día llegué a Quito, la capital del Ecuador… y en un taxi, sobre la “vía verde” –o una avenida con un nombre similar- leí un grafiti que decía: “para qué volver a caminar… si contigo aprendí a volar”.  Me reí… a carcajadas (el taxista me veía con cara de: “este loco”). Entendí que había tomado la decisión correcta. Y Quito, se consiguió un lugar muy especial en mi corazón.


Como lo tiene mi madre.

P.D.: una amable sugerencia... nunca le digan a un federal, que es un cabrón. De corazón... no lo hagan. 

miércoles, 30 de diciembre de 2015

...insultando a la gallega...

(escrito el 30 de diciembre de 2015).

Tal vez esta sea la historia o la reflexión más boba que les pueda yo contar… pero es algo que me ha estado dando vueltas toda esta semana.

He pasado días escondiéndome de una responsabilidad propia. Una de esas responsabilidades que no fueron impuestas por alguien más, sino por uno mismo. Cada año, por muchos años ya, he intentando transmitir el sentimiento que me aborda cuando el año en curso culmina. Este, sin embargo, me tomó un tanto con la mente en blanco.

No tener algo qué querer compartir, o que reflexionar, me resulta patético, hasta el tuétano. Afortunadamente una gallega me ayudó a encontrarlo (irónicamente).

Hace dos diciembres escuché una historia muy simpática, de la hermana de un gran amigo (alguien a quien quise mucho, y quien falleciera justo hace dos diciembres). Ella, con toda su argentinidad, nos contaba a varias personas, cómo una ocasión, en un viaje al extranjero (a Miami para ser exactos), ella y su amiga usaron un dispositivo móvil para ser guiadas en el auto que rentaron. La guía resultó ser una gallega que, ¡las guió ni mas ni menos que a un sentido contrario de una autopista! Un policía las detendría en segundos, y al pedirles una explicación contundente y clara, ella (la hermana de mi amigo), le gritaba (con esa pasión porteña que solo se da en el sur del continente americano) “¡fue la gallega! ¡Joder tío, que fue la gallega!”

Todos quienes escuchábamos la historia de la hermana de nuestro amigo, nos reíamos a carcajadas…

Y dos años después de haber escuchado esa historia, la gallega se apareció en mi vida.

Haciendo uso esta semana en la ciudad de México de un servicio de taxis, escuché esa voz característica… “la gallega”.  Y noté algo, el poder que tiene esa voz de “comando” sobre quien maneja el auto. “El sistema nos está mandando por esa calle” me dijo el chófer, respondiéndome al ser cuestionado (por mi, obvio) del súbito cambio de ruta… y tomando una ruta claramente más peligrosa y poco usual. “No, vayámonos por la ruta original… no le hagas caso al sistema”.  La cara de molestia del chofer no se hizo esperar… su mirada por el retrovisor lo decía todo: “pinche wey mamón… y además de todo, creo que es maricón”.

Cinco o seis conductores de este “mundialmente conocido” servicio de taxis de avanzada (muy aspiracional, pienso) me respondían lo mismo: “el sistema nos está mandando por aquí… el sistema nos está mandando por allá”. Todos ellos recibieron la misma indicación que di al primero (solo que tal vez, de una forma mucho más diplomática y elegante). “No hagas caso a la gallega… vámonos por donde te digo, es mejor y más seguro”.

Y es aquí donde viene la parte boba de mi historia; porque mi mente que a veces se revoluciona por cosas a las que “no debería pararle bolas”… me dejó pensando en la gallega que todos tenemos en nuestra mente, y nos dice que hagamos tal o cual cosa… porque “está comprobado que nos conviene… porque el sistema así lo indica” “porque para brindarle un viaje y una experiencia más placentera, tenemos que acatar esa indicación”. Ante lo cual, sale de ese pequeño porteño que llevo dentro (mezcla rara con chilango absoluto) un: “la puta que la parió, que se vaya a la chingada”.

Un amigo muy querido e inteligente que tengo, el cual llegó a mi vida en la secundaria, digno y fiel defensor de la tecnología y esos sistemas “inteligentes” me hizo saber que yo estaba equivocado (al quejarme del sistema que encarna a la gallega): “es un sistema de recopilación de datos de miles de usuarios que se llama –inserte aquí un nombre técnico que no recuerdo y que no me quita el sueño recordar-“.  Yo, que intento ser un digno defensor de la especie humana y el pensamiento independiente, le respondí: “me vale madres… toma tus propias decisiones, maneja y si sabes la ruta que quieres tomar, dale… no te vayas por donde te dice ella –la gallega-”. Ambos nos reímos y nos vimos con cara de “nunca cambias”… y seguimos disfrutando de nuestra cena a unos pasos de la maravillosa avenida Paseo de la Reforma.

Así que le di vueltas a lo que definitivamente, nadie le importa (pero a mi sí)… y llegué a la siguiente conclusión muy obvia sí… pero que no vale dejar “en saco roto” al estar a horas de terminar el año:

Si ustedes son los conductores de su vida (sus sueños y sus deseos), no dejen que un sistema les indique qué decisiones tomar. Puede resultar peligroso. Por más que les digan que eso les conviene…

Pueden terminar …insultando a la gallega…

¡Mucho (¡harto!) cariño y Felices fiestas!


(con enorme cariño para todos y todo lo que marcó mi año… espero el próximo seguir escribiendo y contarles a cuántos metros debo girar a la derecha).

domingo, 8 de noviembre de 2015

...pienso que lo traigo a la vida...

(escrito el 8 de noviembre de 2015).

Últimamente he tenido problemas con mi nivel de concentración, y evidentemente, con mi nivel de tolerancia a lo que yo considero estúpido.

Lo noto (y se nota desde afuera) con cierta facilidad: no he podido terminar de leer el libro que elegí leer, no me atrapa… sin embargo, “siento”, y me digo a mi mismo –ya saben, en ese “deber ser” nefasto y atosigante que parece, no nos deja ser-, que “tengo que terminarlo”.

Hace ya algunos años, casi diez (o un poco más), en una clase con dos profesores que simplemente no me caían, y con quien tuve mi primer encuentro serio de conflicto de ideas (en el cual me resguardó mi “siempre” fiel compañera de batallas, Fabiola), les escuché argumentar una patología con la imposibilidad de terminar los libros que uno empieza a leer… en lo general, era con la imposibilidad de terminar las cosas que uno inicia. En esa época, me acuerdo perfectamente bien, tuve algunos problemas (considerados por mi “deber ser” como graves), al leer un libro que se convertiría en uno de mis favoritos: “El Retrato de Dorian Gray”. No podía pasar de aquel capítulo –según yo es el XII- en donde Wilde describe con gran precisión detalles y artículos que se albergan en la casa de uno de los protagonistas… uno no se da cuenta, hasta después de haber terminado el capítulo, que es con esa letanía de detalles que el autor da a entender que pasan los años, y como sabemos, Dorian Gray no envejece.

Yo llevé ese texto a mi análisis, con mi psicoanalista de ese momento (la de la calle de Lope de Vega… en Polanco), por mi gran sabido temor a envejecer, y a crecer… el tema pasó, y ese año hice mi trabajo final para esa materia, Psicopatología de la Vida Cotidiana, sobre ese libro.

He intentado dar explicaciones al por qué no puedo avanzar con alguno de los tres libros que tengo como meta para antes de finalizar el 2015… Me respondo que el último que leí fue tal EXPLOSIÓN de emociones y sensaciones magistrales, que aún me niego a dejarlo… En agosto decidí abrir un libro que había visto, por primera vez, en un anaquel de la sucursal de Porrúa, en el centro comercial que lleva por nombre, el nombre de la avenida donde se encuentra y 3 números, ubicado en la Ciudad de México... por una larga historia bastante extraña, terminaría comprándolo en la Feria Internacional del Libro de Bogotá. En aquella ocasión (en México) llamó mucho mi atención la historia en la contraportada –nótese que eso fue hace como 4 años-… Yo ni idea que la vida me traería a vivir a Bogotá… a unas calles de distancia de donde el autor (Santiago Gamboa) decidió darle domicilio al protagonista de “Plegarias Nocturnas”.

Aún hoy, por más imbécil y pendejo… mediocre e infantil que me quieran considerar, cuando paso por el cementerio de Usaquén, toco la pared… pensando en que fue ahí donde Manuel Manrique pintó parte de sus graffitis… y cuando veo pasar un BMW, supongo que es Edgar “Alan” Porras el que va manejándolo.   (Para aquellos que no conocen Bogotá, Usaquén es un barrio o colonia, dentro de la municipalidad o alcaldía con el mismo nombre; es muy famoso por su pintoresco centro, en donde junto, se encuentra un cementerio... Usaquén es el primo lejano de Coyoacán).

“Plegarias Nocturnas” ha sido, para mi, una revelación que impactó de tal forma en mi vida, que me he sentido obligado a contarle esa experiencia a más de uno… (en realidad, a casi todo con el que he hablado).

Una vez, cuando le conté sobre el libro a alguien que, notablemente no le importaba una verga la historia que salía de mi boca (y no podía ver lo emocionado que me encontraba), me acordé de una entrevista que le hicieron a una señora bastante “controvertida”, en relación a una historia que decidió plasmar en un compilado de muchas historias, de muchas mujeres (me refiero a Guadalupe Loaeza, y el libro "Gritos y Susurros" de Denise Dresser)… En esa entrevista, que salió por televisión en un programa especial del Canal Dos… Loaeza hablaba de cómo, cuando descubrió a su entonces novio/pareja… o significant other, con su amante… ella arrancó en ira (al menos eso dijo ella, así lo describió… “ira”… para mi me parecía muy simpático escucharla decir frases muy “Loaeza” como “puntapié”)… El punto al que quiero llegar, es que ella dijo que después de mucho hablarlo con su psicoanalista (recuerdo bien que eso me hizo reír, por obvias razones)… comenzó a contarle la historia a todos… al taxista, a sus amigas… a la gente con la que hablaba… a la cajera de El Palacio de Hierro… etc. Hasta que un día pasó.

Abreacción… ¡lo sé Freud, deja de joderme!

A veces, estando yo en el diván de la última psicoanalista con la que asistía en México, la de la calle de Hegel (también en el barrio de Polanco), y decía algo que ya sabía… algo que era obvio, algo que me chocaba… yo solía gritarme a mi mismo: “lo sé Freud, ya lo sé… deja de joderme”… el silencio de ella, era lo que continuaba a mi queja; seguro porque sabía que cuando ya había llegado a ese punto, yo seguiría hablando. Ya lo sabía… ahora qué haría con ello.

Mi mal humor ha estado caracterizado por una falta de tolerancia casi absoluta a lo estúpido. Mi nivel de diplomacia ha estado en lo más mínimo… casi inoperante. Y no me importa. Esta semana que terminó, dos personas me dijeron que “nunca me habían visto tan enojado”… Por un evento que pasó en el trabajo, salí furioso a unas oficinas del piso superior, y entré a gritarles… Cual loco desquiciado. No es algo de lo que me alegre. Es solo una señal. Y las señales, hay que verlas.

¿Señal de qué?

Señal de que estoy… molesto y saturado. Molesto porque… pues por varias razones, pero se resume a que no siempre las cosas llegan a donde tu crees que llegarán. Molesto porque a veces parece que mi mente se deja controlar, se vende como prostituta venida a menos, a lo que el deber ser le indica que debe hacer…

Y ahí va… de puta, a hacerlo.

Y ahí voy… de pendejo, porque, es lo que debo hacer.

Desde hace unas semanas para acá, decidí atacar ese sentimiento con dos acciones claras… hacer algo que irremediablemente, y sin discusión, hubieran estado en mi lista de cosas que yo “siempre había querido hacer, pero no lo había echo”: aprender italiano… y tomar clases de salsa.

Así logré un pacto con mi mente, acostumbrada a prostituirse al “deber ser”, con algo que mi pasión más nata, más mía… quería hacer: hablar italiano y bailar.

En mis clases tengo tareas que hacer… estudiar para el examen… practicar… aprender a conjugar… presentarme… escuchar nueva música (o entender la que ya me gustaba); y/o… practicar mis pasos… contar la música en ritmos de 8 (¿sabían que la música lleva compases de 8 tiempos?)… bailar frente al espejo… y bailar con mi maestro (un tipo súper chévere, que me pidió bailar frente a él el primer día, para saber si aceptaba o no, ser mi profesor).

Parece que mi mente se relajó… hay una mezcla entre “lo que tengo que hacer” y lo que “quiero hacer”…

Es un pacto muy sano. Es el lado puta de mi mente, renegociando con su chulo… con el pimp. Lo siento, pero no cualquier puta, renegocia con su pimp.

Eso me ayudó a disparar un objetivo: “viajar a Italia, regresar a EsLOVEnia y terminar en la amada y endiosada Hungría”. No hay ciudad más bonita, que la capital de Hungría.

¿Y sobre los libros…? Pues… es complejo aceptarlo, pero… me duele mucho saber la muerte de un personaje. Me duele bastante. Ya me había pasado, cuando mi ex pareja y yo nos dejamos, decidí leer un devastador libro llamado “Conversación al Sur” (de Marta Trava). El final me puso tan –pero tan mal-  que, combinado con la depresión que me cargaba, mi madre accedió a darme pastillas para poder dormir ese noche (en mi familia, los medicamentos están alejados de nuestra rutina).

Me duele saber que un personaje con el que te involucras tanto, pero tanto, tenga un final tan duro.

Eso me pasó con Manuel.

Por eso, al pasar por el cementerio de Usaquén… y tocar parte de sus paredes…pienso que lo traigo a la vida…

Estoy asustado, o casi negado… a perder a otro personaje. Al menos por este año. Lo bueno, es que al año, le quedan pocas semanas de vida.


(ironías de la vida… no sabía, hasta que llegué a vivir a Bogotá, que Marta Trava vivió aquí. El museo de arte moderno de Bogotá, MAMBO, se llama como ella, por ser una de quienes impulsó el arte moderno en Colombia. Ella, como saben, era Argentina… y uno de los personajes en el libro que mencioné, se viene a vivir a Bogotá. Curioso, ella fue también la escritora de “En cualquier lugar”… de ahí el nombre del programa de entrevistas del canal 22 ya hace unos años. Si nos apegamos la teoría de Donald Winnicott, que vi en la clase con los dichosos profesores, “todo esto yo ya lo sabía, solo que no me acordaba").

domingo, 9 de agosto de 2015

...y que viste calcetines amarillos...

Esta no es una historia triste.

Es ésta la historia de cuándo y cómo conocí a un vampiro.  

Un vampiro (como todos) que no puede ver la luz, y que no podrá morir… a menos que le entierren una estaca en el corazón. Uno que, parece, lleva en el ser vampiro, la penitencia de haber tenido “aquella noche mágica” con la chica de sus sueños.  La chica que en el transmi lo embobaba llamándolo “Kurt Cobain”.

Hablando en la sala de mi casa, se lo confesé. Le dije que si hay algo que me he tomado en serio, es pensar que las personas que conozco, que llegan a mi vida, seguramente han estado vinculadas a mi en otras vidas… le hablé de la teoría de Cloud Atlas (y le recomendé la película… entiendo que la vio y le gustó).

Me comentó que habló de mi con su mamá… y eso me dejó “tatareto” (tal y cómo quedaba él, antes de convertirse en vampiro… cuando veía a la chica de sus sueños). Cuando “jugó” esa carta, decirme que le había hablado de mi a su madre y a uno de sus mejores amigos, la cosa se puso seria. Y en una cena improvisada, envuelta en una pereza total, a causa del fin de semana donde me acompañó durmiendo “como legos”, me presentó a su amigo. Ya saben, es ese momento en donde dicen entre líneas a sus amigos: “es él… dime qué piensas”. Creo que pasé la prueba; pues  afortunadamente el atún “sellado” que preparé, no estuvo nada mal… si no usas una de tus buenas y dignas defensas y buenas cartas de presentación (cocinar), no aprendiste nada de Martha Stewart, ergo… eres un imbécil. Y eso a mi, estimados y queridos, no me pasa.

Cuando sabes lo que la otra persona está diciendo, sin siquiera escucharlo pronunciar una palabra… solo viéndolo a los ojos, debes saber que quien está frente a ti, tiene algo para aportarte: de una u otra forma se ha conectado contigo. Por eso, viviendo en un mundo cada vez más virtual, más frío… más individual, en donde las historias donde conoces a alguien que se enamora de ti, y tú de él… se ven solo en los comerciales de Coca Cola o en alguna serie de HBO; que algo así te ocurra es una posibilidad mínima. ¿Estás (n) dispuesto (s) a tomar esa posibilidad? 

Una semana después de esa cena, estando yo en pleno corazón del pueblo Inca, en la altísima ciudad de Cuzco (o Cusco… me enteré que se puede escribir de cualquier forma, no hay regla alguna ni manera de debatir), pensaba una y otra vez en él. Pensaba en mí con él… pensaba en nosotros, envuelto en un frío atroz que atacaba por las noches la pequeña ciudad andina (rodeada de montes nevados e historias de Incas y de niños fantasmas que se aparecían afuera de mi habitación). Un sensación extraña recorría mi cuerpo y mi mente.  Alguien me tenía pensando mucho en él… y me distraía de lo que había ido a ver: La Ciudad Inca de Machu Picchu. Fue hasta que llegué ahí, a la ciudad que fue construida para la clase alta de los Incas (una ciudad construida para 450 familias), que el efecto que él había puesto en mi (ese hechizo) me dio unos minutos de tregua… Entrar a ese lugar es algo que te crispa la piel… Ver esa ciudad desde la puerta de acceso, te abre la boca y te deja callado. En ese primer minuto que la admiras, no hay mucho que decir, solo admirar.

Tal cual me pasó con él… cuando lo vi recargado en la puerta de una ex Hacienda Bogotana, ahora convertida en centro comercial… su look, su seguridad, su aroma… su sonrisa al verme y abrazarme (abrazo que yo contuve… ya saben, no me abro con facilidad… y “contener” es la materia de Doctorado que yo dicto en Harvard).

Una vez adentro de Machu Picchu, un guía llamado Edy (supongo que del quechua “Eduardo”… ¡ja!) me dio una explicación privilegiada (solo 4 brasileños y yo) de cómo fue construida; detalles arquitectónicos, astrológicos, civiles y hasta teorías extraterrestres, que él se encargó de destruir: “decir que los extraterrestres fueron quienes construyeron Machu Picchu es un insulto al pueblo Inca, y yo lo voy a demostrar” (tomó una pequeña piedra, y con otra piedra más dura –cuyo nombre no recuerdo- partió la primera piedra con un corte perfecto… me permitió quedarme con un fragmento de la piedra que él cortó… le dije que sería un regalo para mi mamá, y no mentí… se lo llevaré al D.F. la próxima vez que vaya). Edy sabía que yo tenía poco tiempo para hacer el recorrido (no podría tardar más de 4 horas porque el tren de vuelta a Cuzco salía, y había una enorme cantidad de turistas ese día en particular, por celebrarse la independencia del Perú). Así que tras la extensa explicación, me llevó a mí solo al lugar donde se toma la “clásica foto de Machu Picchu”. Y me tomé HARTAS fotos… Lo había logrado. Estaba ahí, en la Ciudad Inca de Machu Picchu.

La sonrisa que enmarca mi rostro es la misma sonrisa que me acompaña al hacer “click” a la cámara en cualquier lugar icónico del planeta donde he estado…

La sonrisa es la misma que salió de mi, inesperadamente y sin control, cuando el vampiro me dijo que yo le gustaba… Me costaba creerle, porque pensaba cómo el siendo tan guapo, vería algo en mi que le resultara atractivo. Para no entrar “en líos”, me daba un beso,  el argumento ahí se terminaba.

El viaje fue muy rápido… lo pude haber planeado mejor, pero decidí guardar días de vacaciones para un futuro viaje… había logrado mi objetivo y eso me tenía muy contento. A veces no hay que hacer viajes de días y días para vivir esa sensación de que has logrado algo. Esos días en Perú me llevaron a comer a uno de los mejores restaurantes del planeta, el famoso “La Barra” de Astrid y Gastón; me dejaron conocer una Catedral de impacto y espectacular como lo es la Catedral del Cuzco; me hicieron entender cómo Cuzco era la capital de los Incas (cosa que yo no sabía)… y entender las construcciones a su alrededor (con nombres larguísimos y complicados para la pronunciación)… y después de 4 horas en un tren con ventanas gigantes, estando ya en el pequeñísimo pueblo de Machu Picchu, tomar un autobús digno de salir en esa serie de carros locos con “Pier No Doy Una y su perro Patán” para, luego de sobrevivir a ese recorrido de terror, en el cuál crees muchas veces que vas a morir, llegar al acceso. No se me va a olvidar nunca lo que sentí cuando entré… cuando vi esa ciudad.

De igual forma, a veces no necesitas tener meses de relación, e incluso… no necesitas “declarar” una relación como tal, para saber que alguien hizo ya un impacto “meteórico” en tu vida… y lo sabes, porque como ya lo dije, cuando lo ves te quedas “tatareto”. A veces, cuando sabes lo que la otra persona piensa, sin que se haya dicho una sola palabra… a veces, estás frente a alguien que es muy parecido a ti.

¿Y qué fue de él? Bueno… pues eso es algo que corresponde a nuestras vidas privadas… y que a nadie le importa. ¡No se diga más!

Y como buen vampiro, nos despedimos de noche, nos dimos un beso… y nos fuimos a nuestras casas. Acompañados de una fría noche de agosto, en la capital de Colombia.


(con mucho cariño, para el vampiro que va por ahí, demoliendo hoteles …y que viste calcetines amarillos…).