domingo, 20 de abril de 2014

...las lágrimas de mi tía...

(escrito el 20 de abril de 2014).
 
Un acumulado de emociones, y de manifestaciones somáticas, es lo que ha transitado en mí, desde que me hicieron oficial el ofrecimiento de irme a vivir a otro país.
Quiero ser realista en algo… no pensé que algo así me fuera a suceder. No niego que mucho tiempo lo pensé, incluso cuando más joven, en un arranque de pasión y emoción, pensé en renunciar a mi trabajo, e irme a vivir a la hermosa tierra porteña bonaerense… pero aun así contuve mi atrabancado instinto, y me mantuve como un normal asalariado en México.
Notar las muy diversas reacciones de aquellos a quienes les fui informando la noticia, fue una experiencia singular… desde la persona que no mostró nada de emoción… hasta la de una persona siempre muy atenta conmigo que, temeroso, quería saber si podría verme pronto, para “despedirnos”. Mi familia, dándome el espacio que desde hace ya unos años me dan… con mucha cautela preguntándome datos… y sobre todo, si estaba feliz o no. La sonrisa de Miguel vía Skype… haciendo ese sonido que hace con su respiración, cuando algo le da mucho gusto… creo que ese sonido fue el que más me ha alentado a pensar que no sería una mala idea, después de todo, aceptar la propuesta.
He pensado en mi papá, quien tuvo la misma aventura por 3 años… y quien en varias ocasiones me reclamó no haber buscado una beca al extranjero (como él hizo) y salirme un rato de la ciudad (y país) que me vio nacer y crecer. Todos los días, prácticamente, pienso en alguien referente en mi vida, que atravesó (o atraviesa… no lo sé) esa misma situación en su vida.
No sentir (y saber que las que hay, no son determinantes) ataduras a la vida que llevas, y creer que puedes relanzar tu vida en otro lugar, es algo que me tiene pensando (casi penando) en todo momento.  
Hace unos días una persona muy querida, a la que le gusta acompañar sus alimentos con distintos tipos de pimienta y con muchas especias (por ella es que me enteré de la existencia de la pimienta roja) le hablaba al mesero que nos atendió la noche que cenamos ella, sus grandes amigas y yo, “señor, me trajo dos saleros… le pedí también pimienta”. En esta ocasión, la cena (ya casi una tradición entre nosotros), estuvo acompañado de un elemento que me tomó por sorpresa… uno de esos detalles con los que te das cuenta lo unido que estás con alguien… el lazo afectivo que hay. El cariño y amor, que como familia, nos tenemos. Al pedir nuestras bebidas (yo una clásica copa de vino “rojo”, como ella lo nombra en español), descubrí que a mi tía le gusta el vodka de naranja, con agua tónica, una rueda de naranja… servido en una copa de vino. Fue imposible no acordarme, que hace casi dos años, mi mejor amigo se burló de mi “particular” forma de preparar los vodkas con agua tónica (vodka tonics) que tanto disfruté desde el día que los descubrí… “wey, ¡¿qué pedo con tu lágrima de señora?!”, Miguel dijo riéndose (y provocando carcajadas), en alguna de las muchas reuniones que tuvimos.
La cena transcurrió sin mayores sobresaltos… hablamos de todo y de todos, de las historias que ya sabemos los unos de los otros, nos pusimos al día con nuevas historias (que serán repetidas hasta el cansancio en un futuro, porque nos causan risa o asombro… o porque nos gusta recordarlas siempre), las películas que hemos visto, lugares a donde hemos ido (se emocionó y me sonrió mucho cuando le dije lo mucho que pensé en ella cuando entré por primera vez al Gran Bazar en Estambul)… familiares con quienes hemos estado en contacto (o en mi caso, con quienes ya no tengo contacto)…
Una de tantas historias que les platiqué, es la de un vecino con una particular afición. Cada noche, este señor saca su telescopio y enfoca algún astro o cuerpo celeste (no me pregunten la diferencia, porque incluso, no sé si exista alguna) e invita a todo el que pasa por esa esquina de la colonia Narvarte a ver por su telescopio… “¿no quiere ver la luna? ¡Es gratis!”…  “¿quiere ver Júpiter? ¡Es gratis!”.
Le dije a mi tía y a sus dos grandes amigas (que para mí, son parte de la familia) que por meses pasé junto a este señor (cuyo nombre desconozco totalmente) y, respondiendo lo más amable posible, rechazaba la propuesta… hasta hace muy poco.
Ese día vi 4 lunas de Júpiter, y al planeta en sí… ¡Se veían espectaculares! Me explicó el señor el tiempo de rotación de esas lunas, me dijo que era afortunado porque la luna más cercana al planeta pronto iba a ser bloqueada por el propio planeta, y ya no se vería… “mire atentamente, ¿ve cómo está muy cerca la luna del planeta? Bueno, pues en unos 5 minutos ya no se verá nada”… No entiendo por qué rechacé por tanto tiempo la invitación –tan amable y efusiva- del vecino a observar “más allá de lo cotidiano”…
Mi tía no vive en México desde hace casi 40 años… año con año hace una visita a su país para ver a su familia y a sus grandes amigas (una de ellas, la primer psicoanalista que conocí en mi vida). Desde muy chico he encontrado muchos temas que me han identificado con ellas…
Al terminar la cena y ver el  abrazo que dio para despedir a su gran amiga (la también seguidora del diván), me transportó a cualquier despedida mía con algún gran amigo…
Llegué a preguntarme, y cuestionarme, por qué un amigo no es razón suficiente para decir “no”… y quedarme a vivir la vida que conozco. Seguir rechazando las invitaciones que me hace la vida, para “ver más allá de lo cotidiano” y maravillarme con lo que pasa cuando lo hago.
Sé que en la cena del próximo año, podré contar todo lo que vino a mi mente (y a mi corazón) a las integrantes de la mesa. Sé que será una historia que les gustará escuchar (sea cual sea el resultado), mientras yo me viajo pensando …en las lágrimas de mi tía…
(Mañana inicio el trámite que resultará en una visa de trabajo para mudarme de país…)

domingo, 26 de enero de 2014

...de iniciar, una vez más...

(escrito el 26 de enero de 2014).
 
Con la muerte de Federico como un sisma en mi vida, vinieron a cuento una serie de sucesos desafortunados que se dedicaron a engalanar mi diciembre… desde una bravuconada de mi parte a un pendejete en un bar, la cual sirvió no solo para experimentar cómo el flujo de sangre se deja sentir con particular perplejidad al salir de la nariz, sino para cambiar de anteojos (más por fuerza que por gusto)… pasar de nuevo por un quirófano para atender una extraña reacción que mi cuerpo no ha podido contener… hasta mi adicción a una serie de época británica, que me hizo pasar momentos simpáticos en solitario.
A pesar de que no han pasado más de 60 días desde ese terrible día, siento –creo que es algo común en este tipo de eventos- que han pasado meses… el periodo de shock que afectó a todos los involucrados, vino… indiscutiblemente, el momento de reacomodar todo. Momentos incómodos y “feos” (por no decir tristes y mediocres) se dejaron venir, tan solo para recordarnos que los seres humanos a veces tenemos que sacar los colmillos para defendernos, para protegernos… para hacernos valer.
Cuando nos vemos en medio de situaciones muy complicadas, cada uno de nosotros utilizamos los recursos y herramientas que tenemos a nuestro alcance… en sentido figurado. Nuestro actuar va acorde a cómo somos, qué podemos hacer y qué queremos hacer (esto último, pienso, de acuerdo a las decisiones que hayamos tomado).
Crecí viviéndome como un niño, un chico… un joven, al que mucha gente consideraba endeble. Protegido por otros… incapaz de moverse por sí solo. Tal vez por eso, pienso, a muchos les sorprende escuchar que esa persona se convirtió, sino en un autócrata, sí en alguien que puede manejarse con bastante autonomía, capacidad de decisión y que, además, lo disfruta. Sin embargo, no es fácil… La semana pasada recibí la llamada de alguien que tiene un muy valorado lugar en mi vida, una autoridad moral suficientemente grande, como para en su momento haber tenido el coraje de hablar de frente y rescatar nuestra amistad del risco en el que se encontraba. Esta persona me llamó para preguntarme cómo estaba… cómo la estaba pasando. Me dijo que había estado pensando en mi… y que sólo me llamaba para decirme que: “estaba sacando la casta… que no esperaba menos de mí en un momento así...”; que sabía que lo que me estaba pasando no era nada fácil, y que quería decirme que él, desde su trinchera… confiaba en mí (palabras generales).
Me senté… la piel se me erizó… había lágrimas por salir de mi… Esos momentos, esos actos, son los que más valoro, y los que más recuerdo de alguien.
Me di cuenta que sólo 2 personas, hasta ese momento, me habían dicho de corazón que yo podría salir bien de esto… mi madre y Miguel. Manuel… se convirtió en la 3er. persona.
No me cuesta trabajo pedir ayuda… pero lo evito. Sé que puedo hacer las cosas yo solo. Seguramente es una forma de querer decirle a todas esas personas que pensaron que yo no podría llegar a ningún lugar sin la ayuda eterna de quienes me protegían, que sí lo puedo hacer… que aquí ando… que a veces “mi vida bonita” se pone en jaque… pero ahí es donde todo mi ejército interno sale a dar batalla… a tranquilizarme… a llevarme a pensar qué debo hacer y cómo, para no caer… para no perderme… para no perder lo que he logrado, aunque a veces termine haciendo unos verdaderos malabares para sostenerla.
Hoy, después de escupirle la cara a un wey en un  bar, yo con la cara ensangrentada, él con dos puñetazos míos y con su camisa rota; hoy, después de haber defendido mi casa, mi hogar… el lugar donde vivo, de pendejos que no pueden ni respetar un luto; hoy, después de haberme operado por segunda ocasión en 1.5 años, y teniendo menos de 2 días para recuperarme y volver al trabajo; hoy, después de que Miguel se volvió a Playa del Carmen, y que eso me haga sentir una persona bastante sola… parece que las aguas se nivelan, y mi vida bonita, vuelve a surgir.
Una nueva historia se comienza a escribir con un nuevo personaje… un chico de particular atractivo físico y de un trato súper ligero, Dany… de Galicia… llega a vivir conmigo. Es mi nuevo roomie. Al menos unos meses, su presencia acá detonará en mi ganas de conocer cosas nuevas y de relacionarme con gente nueva. Eso se agradece.
¿Quién habrá sido este chico anteriormente… por qué llegó él, y no otra persona… qué historia se escribirá entre nuestras vidas?
Después de toda esta turbulencia, es momento …de iniciar, una vez más…  
(a las personas que este tiempo se preocuparon por mi… llevándome a comer DELICIOSAS crepas francesas con una ESPECTACULAR tabla de quesos… a las que me cuidaron y me abrazaron cuando no paraba de llorar, espantado… viendo como mi camisa se ensangrentaba como vil delincuente en Reforma… a quienes me llamaron desde La Paz para preguntarme cómo estaba… por el simple motivo de quererte decir que te quieren… y por supuesto, para quien me dijo que no esperaba menos de mí en un momento así… muchas gracias).

domingo, 15 de diciembre de 2013

...con su remera del River...

(escrito el 15 de diciembre de 2013).
 
 
“Creo que no sabes esto Rodrigo…” (Rodrigo, alias Krusty, me miró con detenimiento, abriendo los ojos como normalmente hace y de frente),  fíjate que hace unos años, creo que cinco, mi ex y yo viajamos a Buenos Aires, y ese viaje, al menos a mí –y creo a él también- me cambió la vida. Creo que fue la pasión que encontramos en la mayoría de los argentinos, algo que nos marcó.

Desde ese momento, a la fecha, muchas veces dije que quería irme a vivir a Buenos Aires. Se lo dije a Fede cuando lo conocí, creo que eso dio al click para que en me aceptara como su roomie, y para que yo decidiera venir a vivir aquí. Es “curioso” como la vida te lleva por analogías que a veces parece sólo entender ella… no pensé que esta sería “mi particular manera de vivir en Argentina”.

El día que llegué a la calle de Petén, Fede me recibió medio dormido. Se tardó en abrirme la puerta (traía su remera de la selección argentina, curioso, yo traía la de la selección mexicana). Pensé por un momento que las personas de la mudanza terminarían por dejarme tirado ahí, con mi colchón, mis discos… mi tele y mi trapeador. Pasando esa anécdota, pusieron todos los muebles en la sala… él se sentó en un sillón rojo, yo en una silla… nos vimos a la cara, y asumimos que no sabíamos ABSOLUTAMENTE nada el uno del otro. Bueno, él sabía que yo era gay, que me llamaba Leonardo… y que a veces me gustaba cocinar. Yo de él, que amaba al River Plate, que consideraba al vino “Las Moras” como el “cabashito de batasha”… y que no se despertaba temprano los fines de semana.

Hicimos un buen click… reímos mucho. Sus amigos eran su familia. Lo querían como, literalmente, se quiere a un hermano; a uno de esos hermanos que uno forma, o genera por elección. Personalmente doy mucha importancia al valor de la amistad. Pienso que quien tiene buenos amigos, amigos sólidos… amigos/hermanos, lo tiene todo. ¿Por qué pienso eso? Pues porque para tener una amistad así, debes ser una gran persona.

“Che no te muevas tanto… ¡giráte! ¡giráte!” me gritaba en Av. Revolución, la primera –y única- vez que me subí a su moto. La primera vez que me atreví a andar en moto por la gran Ciudad de México, la ciudad que por cierto, amaba. Creo que me tomó respeto por eso… porque le había dicho que nunca lo había hecho. Me preguntó: “¿querés un casco…?” y así fue. Leonardo Márquez anduvo por las calles de la Ciudad que Federico tanto recorrió en dos ruedas, con un casco… confiando mi vida a alguien que no conocía, pero que “algo me decía”, se convertiría en un amigo.

La vida te lleva por caminos extraños. Caminos que sólo ella entiende, y que a veces, no te explica hasta mucho después.

Fue hasta que lo escuché hablar. Fue cuando lloró. Cuando me contó parte de su historia… sobre su familia, sobre su ex. Sobre él, por qué era y hacía lo que hacía… de lo cual estaba cansado, pero no paraba… Fue cuando puso un video de Rolón (el tan famoso psicoanalista argentino) para explicarme lo que sentía.

Pensé, en ese momento, que entendía por fin el por qué yo estaba aquí. El por qué se dio ese click… por qué nos entendíamos tan bien, si no nos conocíamos en lo absoluto, si de lejos podríamos ser tan diferentes. Simple, porque éramos, muy en el fondo, sumamente parecidos. Porque sentíamos lo mismo (la diferencia, hoy lo comentaba con Fabiola, es que hay formas en cómo eso se libera… yo lo hablé. El… lo actuó).

Ese día, el día que pasó, yo me encontraba de soberbio buen humor. Caminé calles y calles antes de llegar a casa, venía cantando –literal- de tan contento.

Me lo topé en las escaleras… “¡ey!” –le dije-… “¡qué onda!” –respondió-. “Todo bien”… Retiró el casco de su moto para darnos un abrazo (raro… no era una costumbre, pero creo que los dos notamos que estábamos de buen humor). Un poco de plática rápida… no más de un minuto… “¡Pásala bien Fede!”… “vos igual”.

Nunca más lo volvería a ver.

Con su humor “bárbaro”… “fenónemo”… no me lo imagino más que feliz –o al menos es lo que mi neurosis me invita a pensar- al momento de llegar al más allá. Supongo que en el cielo argentino hay asado… chorizo… bifes… fugazzetas… vino tino “Los Árboles”… música “vishera”… de versuit, y esas cosas raras que a él tanto le gustaban… supongo que en el cielo argentino todos son apasionados… y gritan cosas como: “che boludo… vení que me partís las pelotas” “andá y probá este vino, mirá que es de la patagonia”… con postres de dulce de leche…  supongo que bailan con un fernet en la mano…

Y supongo que ahí, entre todos ellos, está Fede …con su remera del River...

La vida se pasa de hija de puta.

Y esa se volvió, mi particular manera de vivir en Argentina.
 
(felices fiestas).
 

domingo, 20 de octubre de 2013

...lo que estás sintiendo...

(escrito el 20 de octubre de 2013).
 
“Acaba de suceder. Murió su esposo”.
Evidentemente afectada, la persona que nos informó esto, tuvo que tomar asiento… pasar saliva (un trago amargo), mientras mi jefa y yo veíamos cómo sus ojos se ponían rojos. Una gran amiga suya, compañera nuestra, y persona (más allá de en dónde nos conocimos) a quien yo admiro y aprecio mucho, estaba atravesando una muy dolorosa situación.
Eso pasó hace casi un mes…
Hoy, desperté después de haber conciliado el sueño, evidentemente molesto… malhumorado… y creo que decepcionado, no sé si de mí mismo, o de un conjunto de situaciones que se presentaron… situaciones que no supe manejar y que me llevaron a quedarme callado. En una esquina, con los brazos cruzados… emputado.
Me sentí, o me quería sentir, un poco solo. Pero tenía que librar dos frentes en ese “enojo”; uno de ellos era aquel donde se encontraban las situaciones que me molestaron en extremo (vale decir que son estupideces que en su momento me confrontaron a: o atacar y armar un desastre, o quedarme callado… pendejamente, creo, opté por lo segundo); en el otro frente, se encuentra la lucha que tengo conmigo mismo en últimas fechas, cada vez que algo malo ocurre, que una situación no me es favorable, y siento que hago un drama y me victimizo… y entonces comienzo a preguntarme si ese “victimizarme” es exagerado… real… confiable… Me enojo. Me enojo porque me acuerdo de las personas que usaron la expresión “te victimizas” con fines de lucro y/o agresión.
“Curiosamente” el día había iniciado con una historia que me permitió hilar las ideas hasta este momento.
Desperté ese sábado e hice mi rutina: tomar un buen café… hacerme un desayuno ligero… y salir al cine a ver una película que había esperado durante unos meses. Una persona de esas que crees conocer, pero que en realidad no conoces, me había dicho que esa película me gustaría porque, “todo viajero en solitario se sentiría identificado con la idea que hay detrás del tema original”. Bastó ese argumento para esperar con ansias el día del estreno, y llegado el mismo, asistir con entusiasmo a verla.
Me encantó… el final me hizo vibrar… el final me hizo reír… el final me hizo sentir lo mismo que he sentido muchas ocasiones, cuando me atrevo a decir: “olviden eso… olviden esa historia… olviden todo… porque todo se puede acabar ahora” mientras me río con descaro que disfraza miedo y emoción (tal vez exista en alemán alguna palabra para describir eso, jajaja)…
Por la noche, intenté transmitir esa idea a varias personas, quienes parecían, o no estar interesados en escucharla o entenderla… o estar rodeados por un mal humor que me terminó haciendo su presa.
Hice algo que, créanme, nunca había hecho antes. Me levanté, y me retiré de la reunión… no sin antes sentirme absolutamente enojado por todo lo que estaba pasando…
Ya en mi cama, me enfrenté (como ya les comenté) a ese terror que me ataca de victimizarme más de la cuenta, y por ende, sufrir de más… sufrir como medio de chantaje.
A veces envidio a las personas que parecen no sentir sufrimiento, que parecen indiferentes a muchas cosas… que parecen superhombres.
Parecen… pero no lo son. Y ahí, sonrío yo solito, mientras recuerdo decenas de sesiones en el diván.
Enfrentarse a uno mismo, a miedos que cualquiera de nosotros puede tener, y que nos pueden retener, es en realidad, el tema que vino a mi mente para escribir esto… enfrentarse a lidiar con aquello que muchos te han dicho que haces para complicar tu vida, y chantajear a gente con lágrimas o con argumentos cuasi-perfectamente estructurados en el lenguaje… de esos que nadie puede debatir… enfrentarse a tener que poner esa idea sobre la mesa (o sobre la mente, porque hacía rato ya que me había levantado de la mesa) y cuestionarme qué tanto mi encabronamiento era “válido” y no era un enojo “de sentimiento”… “No hagas de tripas corazón Leonardo”, me decía una persona hace mucho tiempo… me encantaba que lo dijera.
Enfrentarse a quedarse “solo”… y tener que rehacer tu vida. Con lo que tengas, con lo que puedas… y como puedas.
Cuando la vi, tres semanas después, vestida de negro absoluto… en riguroso luto, frente a mí, me detuve. Caminé hacia ella, mientras ella me veía y me abrió los brazos. “Lo siento mucho… de verdad, siento mucho lo que estás pasando… y quiero decirte que te aprecio mucho, y te respeto mucho… si puedo hacer algo por ti, no dudes en pedírmelo… De corazón”. Su voz entrecortada, respondió lo que tenía que responder: “gracias chico… (me abrazó de nuevo)”. (Me gusta mucho, por cierto, que ella me diga “chico”).
A veces, quiero pensar… y por experiencias personales lo digo (y pido por favor, no hacer de ese comentario algo egocentrista, o “creído”) que cuando te quedas sin “Gravedad”, simplemente, te agarras de lo que puedes, con tal de seguir, o mejor dicho, de intentar seguir.
A veces no sabes si es lo correcto; y creo que también es válido preguntarse si es “válido” hacerlo, si no deberíamos dejarnos arrastrar con todo lo que está pasando. Si nuestro mundo “parece” estar destruido, por qué no dejarnos destruir con él.
A veces, siento, es válido levantarse de la mesa, y decir: “estoy molesto… estoy MUY molesto”.
Y creo, que eso, no es hacerse la víctima, sino simplemente es …lo que estás sintiendo…
Cuando la vi vestida de luto riguroso… me acordé de mí… en el peor momento de mi vida… en el diván… berreando… destruido… empapado… con la presión baja… no podía ni hablar… Y mi analista lo dijo: “se da cuenta que viene vestido de negro… todo de negro… porque está en luto… y en vez de hablar de él, de quien lo dejó… habla de Cristina Fernández… y de su difunto esposo”.
Nos vemos, en otra sesión.
(con mucho cariño, a esa persona que en enero pasado, en una comida junto al mar, me dijo: “Leo, vete a Turquía").

domingo, 8 de septiembre de 2013

...desde hace 30 años...

(escrito el 08 de septiembre de 2013).
 

“Nunca había estado tan lejos de casa…”. Al escuchar esto, Kate me miró fijamente y respondió: “¿estás bien?”… yo sonreí, y comencé a decirle (con sobrado entusiasmo) que me emocionaba saber que estaba muy lejos de mi casa, explorando nuevas ciudades, conociendo cosas nuevas y gente nueva…
Kate y yo nos entendimos muy bien, los dos psicólogos, con posturas ante la vida muy similares y gustos en común, los 4 días que estuvimos juntos tuvimos muchos temas de conversación.
Tal vez para hablar de ella, tenga que retroceder unos meses atrás… más precisamente a una noche (o una madrugada) en la principal avenida de Playa del Carmen, la muy famosa 5ta. Avenida. Ahí, mi mejor amigo (cuya identidad ya ha sido revelada en otras historias) y yo hablábamos conmovidos de que seguramente nuestra amistad se vería muy comprometida por la distancia que ahora existiría entre nosotros… fue ahí cuando él dijo algo de una película que yo no había visto (película basada en un libro, entiendo) en donde se habla de cómo las personas nos encontramos una y otra vez con las mismas personas en distintas vidas y de distintas formas. Yo no entendí el argumento de la película en un primer momento, y en realidad lo confundí, y me puse a pensar en que si eso fuera verdad, quién habría sido él (mi amigo) en mi vida anterior, si en esta existe tanto afecto entre nosotros. Y ese ejercicio medio agotador para la imaginación, lo hice con mucha gente que me rodea y que me ha rodeado…
Pensé en que sería interesante estar dispuesto a recibir a nuevas personas en mi vida, y que cuando éstas llegaran, simpáticamente sonreír y recordar que posiblemente ya nos habríamos topado en una vida anterior…
Meses después de esa noche en la 5ta. Avenida, en otra visita para ver a mi amigo, pasó algo digno de recordar… Despertamos y hablamos de lo que habíamos hecho la noche anterior, donde la habíamos pasado muy bien… me mostró un anuncio publicitario que, nos hizo reír a carcajadas… no podíamos parar.
Creo, sin afán de drama… que ese ha sido uno de los mejores momentos de mi vida. Estar con alguien a quien quiero… viviendo lo simple. Riendo… viviendo.
La amistad aún no se ha visto comprometida… pienso que al contrario. Que se ha vuelto más sólida.
Al final de esa segunda visita, en el aeropuerto (ya de vuelta a la Ciudad de México) Miguel fue el primero en desearme un “feliz cumpleaños” (el número 30) y un feliz viaje a Turquía… mismo que iniciaría 3 semanas después de haberlo ido a ver.
Y así fue… un viaje planeado e interpretado como una fuga más… “una fuga más”… Varias veces pensé en cancelarlo, y sin embargo, Turquía se resistía a desaparecer. Al mismo tiempo, se mostraba muy misteriosa en qué me quería contar… qué historia habría para mí en un país tan lejano y sin ningún tipo de vínculo conmigo, o con mi historia. ¿Para qué me quería Turquía ahí?
Y todo comenzó. Despegamos… volver a cruzar todo un océano de noche para después, despegar y aterrizar nuevamente de noche, en la única ciudad en el planeta que está dividida en dos continentes, unida por dos únicos puentes (el puente Bósforo y el puente Atartük). La experiencia de cruzar de un continente a otro en tan solo minutos, fue irreal.
Amanecí en América, aterrizaba en Europa… y esa noche dormía en Asia. De eso se trata viajar… de descubrir (y descubrirte) en el mundo.
Cumplí treinta años en el 5to. Piso (como la 5ta. Avenida) de un hotel, en su terraza restaurante. Quería darme un regalo especial, y era ese… mi comida. Busqué un lugar que fuera muy lindo, y encontré un restaurante llamado Le Fumoir (sí, cocina fusión francesa con turca… que barbaridad). La vista era un espectáculo… mi mesa (que mamonamente tuve que hacer reservación para una persona, y cuando llegué me veían con cara de situación…) estaba ubicado justo a un costado del barandal, la vista al mar de Mármara y al cuerno de oro, desde el hotel ubicado en la muy linda zona de Galata… a unos pasos de la famosa torre Galata (de nombre claramente italiano).
Nadie supo por qué estaba ahí solo… nadie supo que ésa era mi comida especial, la cual había planeado meticulosamente y con mucho esmero, casi por meses…
Solo yo lo supe. Ese era el plan.
Y funcionó.
La tarde la pasé en la plaza Taksim y en el parque Gezi… el ahora famosísimo parque Gezi, tomé un café y un delicioso pastel de frutos secos en una muy linda cafetería, y se acabó… era momento de dejar Europa para volver a mi hotel en el lado asiático de Estambul… y en esa ocasión, lo hacía ya con 30 años.
Unos días después salía al sureste de Turquía, a la increíble región de Cappadocia. Ahí, tomé valor para hacer algo que pensé me costaría mucho trabajo. A 780 metros de altura, en un globo aerostático, me despedí de Luis Ricardo, quien falleciera en febrero pasado. “Hola Luis, vine al cielo a saludarte… porque te extraño” fue la frase que elegí poner en un papel que alguien me dio, minutos antes de subir… tal vez suene muy a película tonta, pero funcionó… a veces, dejar ir a alguien, complica nuestra existencia. Mi miedo a las alturas esa mañana, por espacio de 1 hora, parecía haber desaparecido. Luis Ricardo yo, disfrutamos mucho el viaje, y la vista del amanecer en Cappadocia. Es espectacular.
Y después… inició la historia.
La siguiente fase de ese recorrido era ir mucho más al sureste. Ahí se integraron dos personas que venían de Australia: Jill y Kate. Viajaban juntas por segunda ocasión en sus vidas. Eran dos amigas, que dijeron, se conocen …desde hace 30 años… sin embargo, tienen un problema… una de ellas vive en Melbourne, y la otra en la isla de Tasmania (“Tasi”, como le decían, y cada vez que lo hacían yo sonreía, pues me parecía muy lindo que dijeran “Tasi”). Esta situación, su diferencia en ciudades, la han resuelto exitosamente. Son muy amigas… y se notaba.
No pude evitar notar la similitud y cómo tantos datos “curiosos” se asocian a mi vida.
Al menos así lo quiero pensar, porque es un buen momento para pensarlo así…
Por eso cuando Kate me preguntó si yo estaba bien, después de decir que “nunca había estado tan lejos de casa”, me dio gusto poder contarle a ella y a Jill por qué estaba yo ahí. Porque era mi regalo de cumpleaños, “de mi para mi”… Eso las sorprendió… aplaudieron y rieron… “supongo que es un cumpleaños importante, ¿me equivoco?”, me preguntó Kate…
Lo es… Son 30 años… y qué mejor que celebrarlo, en la única ciudad de une dos continentes.
En los últimos meses, desde aquella noche en la cual Miguel y yo hablamos de nuestra amistad y surgiera esta idea de pensar que pronto nuevas personas llegarían a mi vida… eso ha ocurrido de forma desbocada. Ahora vivo con alguien proveniente de Buenos Aires (sobra decir el buen vínculo que eso nos ha dado)… y su grupo de amigos resultan más que agradables.
Ahora sé, que aunque mis amigos vivan en “Tasi”… son mis amigos, y ahí estarán.
Al igual que yo para ellos.
 

 

miércoles, 1 de mayo de 2013

...como en familia...

(escrito el 1o. de Mayo de 2013).

Ocurrió en un taxi.

Recordé la frase, que creo, le adjudican a Oscar Wilde: “Nadie como tu familia para destrozarte”. En realidad no sé si sea de él o no… pero en el taxi lo pensé. Me dije a mi mismo: “claro, lo olvidé”. Todo se remonta a lo último que escribí, el texto que lleva por título “del por qué los mexicanos no hablamos en húngaro”… cuando lo escribía sabía que olvidaba algo… pero no recordaba qué.

Me enteré, el día de hoy al medio día, que mi abuela paterna tenía horas hospitalizada porque se había caído la noche anterior. Nadie me había notificado… ni a mí, ni a mi hermana. Sus dos únicos nietos.

Cuando me enteré, y hablé con un familiar responsable… alguien que estaba con ella, se negó a decirme el hospital donde estaba internada, limitándose a decirme que me mantendría al tanto… ¿Por qué? Pues “porque no”. Así, o más claro…

Me enojé. Creo que no es para menos. Al hablar con mi hermana y decirle lo que había pasado, se enojó también… inclusive tengo la impresión de que se molestó más que yo.

Pensé que si lo que opinaban o querían mis familiares era, separarme de mi familia, pues por lo menos no me enojaría. ¿Por qué? Porque mi familia son mis amigos.

Y entonces… ocurrió en un taxi. Recordé, mientras el chofer me llevaba al restaurante alemán donde decidí comer.

Pensé en una interpretación que mi psicoanalista lanzó hace una semanas, cuando le había comentado que debido a la hospitalización de alguien con quien yo salía, conocí a su familia, misma que me trató muy bien y sentí me dio un buen recibimiento.

No entendí cuando ella dijo: “lo que usted no busca, al parecer, es una pareja… usted busca una familia”.

De inmediato lo asocié a la enorme frustración que sentí (y siento) por el hecho de que la persona con quien tuve una relación de más de cinco años, nunca me presentó con su familia… y yo permití y acepté permanecer en el anonimato ese mismo periodo de tiempo.

De ahí no pasó. La interpretación aún no hacía efecto.

Hasta que pasó lo siguiente.

Hace dos semanas, mi mejor amigo me invitó a una comida con su familia. Lo tomé con toda la seriedad del mundo… me arreglé… me cambié la ropa como 3 veces intentando verme bien. No era para mí cualquier cosa… era una comida con la familia de mi mejor amigo. Familia a quien ya había conocido, y que en su momento, había sido la misma historia…

En esta última comida, como en la anterior ocasión… se reunió gran parte de su familia… papás, hermanos, sobrinos… había cerca de 15 o 20 personas en su casa… comida… sonrisas, plática… era una familia. Recordé en un momento, las reuniones que se llevaban a cabo en la casa de mis abuelos maternos, en la casa de la familia Guzmán… Eran muy similares. Gente. Mucha gente… muchas sonrisas, pláticas… risas… comida. Mucha familia.

Todos parecían quererse. Todos parecíamos...

Hasta que murió mi abuelo… Hasta que la senilidad de mi abuela se convirtió en un tema…

Fue ahí donde la familia se fracturó… y se volvieron sub-núcleos.

En la reunión en casa de mi amigo, me sentía muy bien. Inclusive su casa, parecía por momentos la casa de mis abuelos… Por un momento, no quería que terminara. Quería que todo siguiera… seguir platicando, viendo a mi amigo disfrutando y escuchando a sus papás… a sus hermanas (muchas, por cierto)… a sus sobrinos.

Pensé en que chica es mi familia ahora. Mi mamá, mi hermana, su pareja y su hija… y yo.

En la reunión en casa de Miguel… vino súbitamente a mi mente la frase: “usted no busca una pareja… busca una familia”. Y caí en cuenta de qué quería decir mi psicoanalista.

No sólo de cómo me he alejado yo de mi familia, sino de lo importante que significa “estar” con alguien (en singular) y con gente (en plural) que te quiere, que ME quiere. Pensé y asocié de inmediato en que como mi familia, La Familia (con mayúscula), a la cual yo había pertenecido (la gran familia Guzmán) se había extinguido… necesitaba casi como única especie sobreviviente de ese legado, unirme a otra. De lo contrario, desapareceré.

Pensé en que lindo es sentirse así. Unido… en calor…

Tal vez pocos lo han notado, pero así es como me siento cuando la gente me invita a convivir con “su núcleo”… Incluso, hace un par de semanas, cuando un miembro de mi vida (de nombre Sebastián) me invitó a una, ya casi tradicional, parrillada en viernes santo en su casa, yo me preocupaba y mucho porque posiblemente no podría ir (un día antes tuve un pequeño accidente jugando tenis)… y les decía a los médicos en el hospital que al día siguiente tenía una comida en casa de un amigo a la cual NO podía faltar. Los médicos no me hacían mucho caso o parecían restarle importancia… yo insistía, “¿verdad que puedo ir…?”. Al final fui… y me sentí, …como en familia…

En el texto anterior (cuyo título ególatramente me encantó), olvidé mencionar esto… olvidé mencionar cómo mis amigos y mi círculo cercano, siento, se ha volcado a mi cuando los he necesitado… me han demostrado el más puro y vital de los afectos cuando me han visto abajo, a veces sin yo pedirlo… a veces pensando que se han cansado de mi.

Pensando en que mi verdadera familia… son ellos. Mis amigos. Y que bien me siento por eso…

Por eso, cuando pensé en la frase que sigo sin saber, le pertenece o no a Oscar Wilde… pensé en que en mi caso no aplica…

Porque mi familia, afortunadamente… son mis amigos.

Espero mi abuela esté bien… espero encontrar una familia.

sábado, 27 de abril de 2013

...del por qué los mexicanos no hablamos en húngaro...

(escrito el 28 de abril de 2013)

La semana pasada parecía todo estar muy claro. En especial el sábado.

Atravesé por “esos momentos” en los cuales tienes una serie de descubrimientos ante los que te quedas perplejo. Uno de ellos, fue el considerar (casi asegurar) que no había podido enfrentar de lleno la muerte de alguien a quien quise mucho. Por más que hubiera tenido la oportunidad de despedirme de él, su muerte me afectó. Comencé una intempestiva y casi compulsiva rutina de negación y distracción fácil. Cogía con todos, y con todo.

El final a esto vino hace dos semanas, cuando hablando con alguien que intermitentemente se aparece en mi vida, y cada que lo hace noto mayor amabilidad en su persona, me preguntó por el… yo le dije que había muerto, y como tal vez es natural (y más natural después de haber tomado alcohol) solté a llorar… le dije, a este personaje intermitente, cuánto lo extraño y lo que su muerte me hizo sentir…

Esa plática la tuvimos mientras nos dirigíamos a casa de Miguel. Esa noche, no era una noche común, o por lo menos, una como las que he tenido desde el pasado enero, cuando Mike se fue del Distrito Federal. Miguel se encontraba aquí, en el D.F. y por esa noche, todos “jugaríamos” a que “todo seguía igual”…

Me encontré a mi amigo muy contento… y en un momento que tuvimos él y yo, en medio de los gritos, las cervezas, el vodka y lo demás… hablamos. Me preguntó cómo estaba yo, me dijo cómo estaba él… comentamos lo que había pasado en mi reciente visita a la ciudad donde actualmente vive… y extrañamente, lo vi muy conmovido. Le dije, bromeando: “Miguel, ahora tú eres yo… eres el sentimental”… reímos. Nos abrazamos… éramos de nuevo dos amigos queriéndose… encontrándose… y riéndose.

Unos días después tenía claro que quería seguir con un poco de introspección en mi vida. Viendo una película un tanto cuanto infantil… no pude evitar “quebrarme”… término que uso cada que lloro sin control. En ese momento hice algo que no me había atrevido a hacer. Miré la única fotografía que él y no nos tomamos, y que había puesto sobre un espejo que está en mi habitación. En esa fotografía, los dos sonreímos mucho. Había sido un buen día, importante para mí, porque le presenté a Miguel. Fuimos a comer a un lugar que me gusta mucho, y comimos muy rico… y reímos. El se veía muy guapo. Y su sonrisa lo hacía mucho más guapo. Mientras sostenía la fotografía recordé eso… su sonrisa, y lo que me causaba verla… Lo feliz que me hacía verlo sonreír. Y la última vez que salimos… ahora que lo pienso, sonreía con dolor. Se sentía muy mal.

Hablé con él, llorando… y sin más ni más… le pedí disculpas, por no haber podido “sobrellevar” su muerte como tal vez el hubiera querido…

Incluso, me siento mal y un poco culpable por no haber ido a ver, en todo este tiempo, a su mamá… quien durante todo el tiempo que estuvo hospitalizado, se portó muy linda conmigo.

Al día siguiente, logré terminar de leer un libro que tenía detenido, señal de que una buena energía pasaba por mi momento del día… sonreí cuando eso pasó… Esa sensación, esa descarga de adrenalina que pasa por tu cuerpo cuando llegas a la última página del libro… cuando ves que sólo le quedan unas líneas a esa historia que alguien te está contando… cuando ese personaje, de quien tú eres confidente, está a punto de decirte adiós… esa adrenalina me encanta.

Salí a caminar… noté lo bonito que puedes ver las cosas que normalmente ves y que te rodean, si las miras desde una perspectiva distinta… Son momentos que debes aprovechar, porque son momentos. No duran para toda la vida.

Esa noche, de sábado… sucedió lo que tal vez debía suceder.

Tuve un sueño. Aunque si nos apegamos a que siempre soñamos, debería decir, esa noche recordé mi sueño. Entre los personajes se encontraba mi psicoanalista. Una mujer judía. Tal vez eso último suene extraño, pero en una ocasión, yo hablando de un tema en cuestión, entre lo que surgió fue un comentario de su parte diciéndome: “usted sabe que yo soy una mujer judía”.

Desperté de golpe. Asocié un viaje a Hungría –a Budapest- donde vi en una pared de la sinagoga de ésa ciudad, un apellido similar al de ella (Weiss), cosa que le mencioné cuando volví (siempre supuse que su apellido es compuesto, como según entiendo, muchos apellidos judíos son). Acompañaba a mi anécdota, el hecho de que quien me hubiera dado el recorrido turístico ahí, fuera una mujer con un enorme –desde mi punto de vista- parecido físico a “la doctora”… Le pregunté si ella –o sus orígenes- se encontraban en Hungría. Nunca respondió (nada raro).

Cuando Luis Ricardo falleció, tomé una amarga decisión. Puse en “jaque” (tal como yo definí) mi situación económica, comprando un boleto a un destino bastante lejano, porque se me antojó… y porque decidía volver a viajar “lejos”… El boleto según yo (y sigo sosteniéndolo) era una ganga… pero el sacrificio que implica poder pagar el resto del viaje incluía, entre otras cosas, suspender mi psicoanálisis. Fueron 6 sesiones más.

El “no se puede ir así… usted no está bien” fue determinante. El “no me importa… no quiero seguir con esto… es muy doloroso”, también.

Se hablaron de algunas últimas cosas… que evidentemente quedarían en el tintero… sobre todo mi “casi” imposible trámite ante los duelos…

La decisión de Carlos de terminar nuestra relación, y mi implicación en ello… la muerte de mi padre, y mi abandono hacia él… la partida de Miguel a otra ciudad, y la amistad que era más que evidente, es el único pilar que me sostiene cuerdo… y ahora la muerte Luis Ricardo.

Vaya a donde vaya… toda mi historia irá conmigo…

Vaya a donde vaya… mi mente habla en español…

Pero a veces… el lenguaje entra en problemas, y no entiendo nada. “Y eso me gusta”… me gusta no entender… me gusta no saber qué dicen, ni saber qué dice un letrero o un aviso… me gusta no saber… “me gusta no hablar”.

Frase CATACLÍSMICA en una persona que por años se ha acostado en un diván a decir lo que le cruza por la cabeza…

El no hablar en psicoanálisis, por no querer explorar algún tema… no “querer saber”… es casi un volver a repetir aquello que le aqueja, más que asegurado.

El hacerme víctima por mucho tiempo, el no aceptar o reconocer mi responsabilidad en muchos de mis actos… el saberme solo, y por qué mi soledad me lleva directamente a una asociación con mis “modelos” de vida (mi padre y mi madre), son temas que sin duda, me acompañarán en cualquiera de mis viajes y en cualquier idioma.

“Tal vez sea por eso que usted se identifica con una mujer judía”. “Tal vez por eso es que se identifica con la víctima”.

Y me quedé callado.

Ya no dije más… al igual que no dije nada cuando ella dijo, con un tono de voz enfático: “usted sabía que él iba a morir… ¡el estaba enfermo!”…

Fue distinto de la primera vez que lo escuché… aún recuerdo su tono de voz diciéndome “él se va a morir, y muy pronto”. En esa ocasión… todavía intenté negarlo. Diciéndole que no, que ella se equivocaba… que él estaría bien. Que él saldría del hospital y estaría bien.

Anoche soné con Luis Ricardo… era su funeral… y por un momento cobraba vida y alguien tenía que matarlo. Yo sufría mucho… gritaba y lloraba. Y lo veía muerto. La imagen era aterradora.

De pronto, su cuerpo… todo él… se parecía a mi padre.

Y desperté.

Y di gracias… pensé que había tenido un terrible sueño. Fue lo primero que dije: “que sueño tan horrendo”. Miré el reloj, eran las 06:08am…

Intenté dormir un poco más.

Recuperé la idea de que mi vida no es tan sencilla… de que lo difícil no ha pasado… volví a pensar …del por qué los mexicanos no hablamos en húngaro…

Porque personas como yo, no tendrían cómo complicarse más la vida.